
La belleza está por todas partes
La belleza está por todas partes
y a veces duele cuando es inasible
o simplemente tu estado emocional
no te permite disfrutarla.
La luz, los caminos, el ocaso,
un vestido que ondea al viento,
la ropa tendida en la cuerda de un prado,
la conversación de la que surgen hilos,
el amarillo infinito de los campos de Castilla.
Otras veces es la velocidad vital
el impedimento básico, insoslayable,
la rareza de una tarde de lectura
o un paseo que no lleva a ningún lugar.
La revolución es coger una manzana de un árbol
como ya lo fue en la antigüedad bíblica,
salir del entrenamiento algorítmico un instante,
observar el vuelo alimenticio de un ave rapaz
o pedalear una mañana de otoño sin rumbo definido.
No es buena idea tratar de atraparla de golpe,
ni desdeñarla de forma autocompasiva
en una espiral oscura en la que nada es suficiente.
Tampoco es fiable acudir a las noticias deformantes,
o cebarse en las agendas públicas cacareadas
de intoxicación mediática notable.
El cariño con uno mismo es el camino
para acceder a la ciudadela de los pequeños placeres,
a la extracción de la parte proteica de la vida.
