Poema 746: El vértigo de los días

El vértigo de los días

El vértigo de los días es prodigioso,

amaneces en un planeta y oscureces en otro,

el pensamiento dota de continuidad

a la suma independiente de puntos álgidos,

una narración vital, una reconversión ética,

todas las ponderaciones necesarias y suficientes

en la locura estadística de datos y alcances

del festín informático y electivo actual.

Alejados de la agenda los genocidios,

terremotos, incendios, las destrucciones creativas,

aparece el fútbol circense y mediático

en el que una decisión o la fortuna voltean el relato.

Cualquier generador puede pasar de un prompt

a un poema simbólico como este,

mas incapaz de extraer una sinopsis en cincuenta palabras

cuando aparecen determinados conceptos vetados.

Los días se han ampliado hasta la extenuación metafísica,

rutinas acopladas al borde superficial optimizado,

titulares a cuatro columnas tan efímeros como hirientes,

la mente evolutiva en constante ebullición erudita,

solo el olvido necesario e higiénico desbloquea la memoria,

permite la inclusión en tropel de nuevas imágenes,

experiencias inmersivas, fuegos fatuos animados,

la voracidad ávida de aprovechamiento tan humana.

Viajas a una velocidad trepidante, amplías cada instante

vaciando el peso específico de cada interacción,

seleccionando los ítems desencadenantes de emociones,

lo inesperado en su belleza intrínseca alegórica,

un todo elevado y avivado por notables afectos espontáneos.

Poema 46: Vértigo

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Vértigo en el cómputo de cosas,
tiempo, libros por leer, páginas:
unas vidas con tanta ansia, a sorbos
de aprehenderes, y otras tan nimias,
dejar pasar el tiempo entre lamentos.
La belleza de un bosque de castaños,
la sensación de fuerza en las piernas
entrenadas, en el camino polvoriento,
descubrir, transmitir alegría, viveza,
frente al dormitar continuo, egoísta,
quejas y lamentos, desprecio vital
del que todo le es debido y nada entiende.


La belleza asimétrica del paisaje,
el movimiento suave y cadencioso
de una mujer en la calle, su seguridad,
unos jóvenes que fuman su tiempo
para establecer redes de comunicación
estrechas entre ellos, puro humo;
una palabra de hace cuatrocientos años
cae en picado sobre tu cerebro moderno,
activa circuitos desconocidos,
abre una compuerta de emociones,
descubrimientos, el vórtice de internet,
lluvia de conocimientos indexados,
vídeos, música, lugares inaccesibles para ti:
cuando te has asomado ya no existe cura.


Vértigo en el alféizar del viaje, cúmulo
de lecturas preparatorias, cultura,
la concesión necesaria para la poesía,
desorden onírico, una perturbación
en el recuerdo sumado de tantas camas
diferentes, de tantas comidas, amasijo de luz,
vórtice de emociones, vértigo de la invariabilidad,
del olor de la tierra al recibir la lluvia en verano,
del viento en el rostro sobre un pedaleo rítmico
superpuesto a otros tantos céfiros.


Ímpetu desbordado, aferrado a la vida,
nuevos sabores, nuevo tacto, la mirada
poética cual lupa de hipersensibilidad,
una voz, un susurro, la oscuridad profunda,
la belleza deslumbrante del ocaso marino,
la curiosidad exponencial en el cénit vital,
un todo animado que te eleva y te desciende,
el vértigo cada vez que despegas la mirada
del suelo para observar las estrellas fugaces.


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