Poema 755: Hipnotizado por el cielo

Hipnotizado por el cielo

Las expectativas de la tarde eran anodinas:

una exposición de labores artesanas

con miles de horas de dedicación amante,

juegos juveniles de competición ansiosa,

y quizás un paseo al atardecer

hollando los caminos ancestrales del pueblo.

Revoloteaban las bicicletas como abejas

inquietas, concéntricas y dispares

provocando la envidia del pedaleo en el ocaso.

Integrado en el grupo ciclista anónimo

fui reconociendo y saludando a amigos,

hijos ciclistas llenos de ilusión infantil,

siguiendo el itinerario de los organizadores.

El sol decreciente escondido tras un ovni nuboso

comenzó a romper la densidad vaporosa

en un naranja apasionado y apocalíptico.

Ya no eran rayos heliocéntricos,

sino manos meteoríticas que trataban de agarrarlo,

una garra hipersónica viajera desde el espacio profundo,

un desastre sideral solo visible por los ciclistas.

Hipnotizado, abandoné el grupo heterogéneo

para imaginar las dimensiones de la ceguera cósmica,

como si Saramago hubiera tomado cartas en el asunto.

Poema 198: Calles y piedra

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Calles y piedra y el aliento de la niebla

persigue conciencias y ánimas,

despierta sueños y vuelos de aves migratorias,

el milano de cola de tijera

al acecho del surco oxigenado del arado

cae en picado atajando a su presa.

 

Un impresionante paisaje de montañas

superpuestas en el poniente,

muestra tu nimiedad personal,

penetra como el fulgor del frío en tus huesos,

azulea tu aura de turista observador.

 

Palabras en desuso vivas en las macetas,

el pueblo solitario en la hora del ocaso,

calles tuertas, un castillo silueteado;

allí resuenan tus pasos fantasmales

en la calzada romana y el puente.

 

El aura familiar envuelve y protege,

el museo se muestra en escenografías

disimuladas durante decenios en cada calle,

en cada rincón, cada fuente, cada esquina,

un trampantojo sin fisuras aparentes.

 

La belleza es la hora del ocaso

o la ausencia de transeúntes y pobladores,

quizás la pertenencia al clan que campa

a sus aires sobre las piedras milenarias,

o el aire limpio que penetra en los pulmones.

 

Paz y armonía, momento irrepetible,

la conjunción de detalles y algarabía infantil,

una foto aquí y otra allá, el cuidado de la luz

más apreciada que nunca

glorifican el día y lo encumbran a mito y leyenda.

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