Poema 643: Acantilados de la costa Astur

Acantilados de la costa Astur

Sopla un nordeste descomunal

sobre la inmensa pradera de la Regalina,

verde por doquier, risas y ocurrencias amicales,

ansia viva de la alegría de espíritus afines y festivos.

El clima y el paisaje configuran el ánimo ciclista:

incluso tras la avería mecánica todo es alborozo,

fotografías desde distintos ángulos, poses,

juegos de palabras y repeticiones jugosas.

La belleza serena excede la belleza real

pero no la esconde ni minimiza,

tampoco exorciza el resto de pensamientos,

ni las cargas habituales de la vida cotidiana.

El esfuerzo del pedaleo en subidas constantes

se compensa con iguales bajadas,

con olores a heno recién segado o a eucaliptos invasores.

Los cortados sobre la costa empequeñecen al individuo,

lo transportan a mundos ignotos en los que sobrevivir

es el único espectáculo permitido,

nos protege la colectividad sumativa de ideas y destrezas,

el pequeño trance de la pertenencia organizada

a grupos cohesionados con diversas estrategias.

La belleza obnubila y concentra el pensamiento

en píldoras poéticas, como el chupito de cielo

observable en la noche estrellada cenital

a través del tragaluz descubierto del coche impronunciable.

El camino continúa con nuevas aventuras.

Poema 637: La caída

La caída

En el momento más anodino acontece

lo inesperado,

ves pasar tu vida, no antes ni durante,

después.

Imaginas tu hueco vital, el desorden

Se acabaron mis problemas–, dirás

mientras evalúas los daños del vuelo ciclista:

el casco con la visera colgando,

las rodillas ensangrentadas, el labio,

un guante desgarrado, los nudillos en carne viva,

nada roto, ¡a galopar!

El efecto del pedaleo irriga la rodilla y desinflama,

menos mal que no te he atropellado–, dijo el conductor.

Reconstruyo las imágenes, la ausencia de sonido

de un vehículo demasiado veloz,

la compasión de los espectadores, la frontera

con un futuro inexistente,

el acto reflejo de clavar el freno delantero erróneamente.

El relato variará en intensidad y coloratura

tras la improvisada ducha y la auto terapia.

Los cactus del camino me distraen un instante

antes de llegar de nuevo al lugar del percance.

He sobrevivido con suerte en esta mañana de verano.

Poema 634: Hay demasiada luz en el pedalear poético

Hay demasiada luz en el pedalear poético

Hay demasiada luz en ese pedalear poético,

campos rebosantes, agua

el espectáculo de la velocidad apropiada.

Se divisan manchas rojas aquí y allá,

amapolas adueñándose de un terreno baldío

o de una cuneta libre de glifosato.

La extensión rojiverde en el acceso al centro comercial

se ha convertido en atracción turística instagramera.

El caudal de agua del canal rima en asonante creciente

con los días previos al solsticio

en coyuntura prebélica de asesinatos selectivos.

El antihéroe inductor de tal desorden

huye precipitadamente de las instituciones,

aumenta sus réditos bursátiles con anuncios ridículos,

promete resolver lacónicamente los conflictos que alienta.

Esa clarividencia matinal amanece rodando

por canales y vías anónimas,

puentes clausurados preventivamente,

lugares privilegiados de observación deforestadora

de extracción de áridos en circuito cerrado,

de un continuo de camiones voladores inmunes.

Esa clarividencia es productiva e intensiva,

permite hollar caminos mentales obstruidos,

se llena de alegría en el trino matutino de las aves

o en el correteo alegre de un corzo en el camino.

La luz abre la puerta del pensamiento político

aplaude la valentía y el statu quo gobernante,

devuelve la auto esperanza al ingenuo oráculo ciclista.

Poema 625: La belleza de los caminos en primavera

La belleza de los caminos en primavera

Conozco la belleza de los caminos en primavera,

el olor inalcanzable de algunas plantas al despertar,

el colorido en las cunetas donde no llega el herbicida.

Desearía pasar por allí una y otra vez, eternamente.

El ciclista atesora todo eso entre el sudor y el esfuerzo,

siente una vitalidad desbordante,

piensa en su privilegio viajero de esfuerzo improductivo,

en urbanitas que nunca podrán disfrutar de esas ondulaciones

de los valles cerealísticos acompasados por el viento.

El pedalear sin rumbo otorga una falsa sensación de libertad,

una capacidad espejística de elección,

una añoranza de un pasado lejano anti tecnológico.

Al llegar al valle en el que transcurre un riachuelo

por el que serpentea una senda casi invisible

me detengo a escuchar el sonido de los grillos omnipresentes,

aquí no hay guerra, ni injusticia, ni vocingleros del mal,

ni la competitividad humana a veces tan sutil.

Pienso que estar aquí una vez más,

sería un motivo categórico de querer seguir viviendo;

después, consciente de mi egoísmo, pienso en personas

en el hueco relacional que ocupo,

quiero mostrarles la belleza de un día anónimo y soleado

en mitad de ninguna parte.

Aquí, escuchando el zumbido de los insectos polinizadores,

dejo la mente en blanco y me integro con la tierra

en la que un día desapareceré sin apenas dejar rastro.

Poema 624: Murmullos

Murmullos

Sorteo la lluvia en vuelo rodante

sobre calles abandonadas,

apoyo eléctrico inestable e inevitable.

La cita abre un hueco en el espacio-tiempo,

murmullos,

conversación de inteligencia simulada,

conceptos y redes neuronales,

pesos y aleatoriedad

en medio de íntimas anécdotas.

Concatenación azarosa e improductiva

de pensamientos tecnológicos,

la lluvia tan predecible

o el problema resuelto al eliminar los sesgos.

El murciélago con el viento de cara

pedalea evitando las grandes avenidas,

se retrae en su guarida

reposo de ideas, de lecturas antiguas

busca voces divergentes

sestea y tira del hilo finísimo de una provocación.

Los murmullos sobre el intelecto

se han acoplado en una onda formidable:

velocidad de pensamiento, sustancias,

la consciencia del relleno orientado del raciocinio.

Los ojos tan brillantes tenían prisa

habían apurado la intensidad de la tarde

dejando tras de sí un deseo de continuidad

de más palabras, de nuevas ideas armonizadas.

Poema 599: ¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

El amanecer se ha disfrazado de luna llena

en el punto cardinal opuesto a la aurora.

Hipnotizado por el tamaño y el color

acodado en la ventana privilegiada

contemplo ese instante de hermosura efímera.

Aún consciente de la fugacidad de la escena

no tengo paciencia para la consumación.

Es el sino de los tiempos, apresuramiento,

prisa, fugacidad, ausencia de recogimiento.

La velocidad de la bicicleta no parece suficiente,

tampoco ese audio escuchado a velocidad normal,

el tiempo no se multiplica por subdividirlo en mónadas,

tampoco el disfrute profundo de la vida.

Ciertamente el encuadre de la escena callejera

es repentino: lugar, luz, circunstancia, presencia,

después el caos y la vulgaridad persistente

abierta en canal un instante para tu ansiosa mirada.

Leo cada día una suma intensa de titulares periodísticos,

la nada vacía y matemáticamente discreta

de unos fuegos artificiales remotos y ajenos

que se cuelan en las mentes desprevenidas

crean emociones básicas, arcaicas e insanas

en aras de la huida hacia adelante consumista.

¿Cuánto tiempo puedo dedicar a la luna?

¿Y cuánto tiempo a la lectura y a la cultura?

Poema 578: La ciudad, sin ritmo

La ciudad, sin ritmo

Atravieso parques y jardines

bajo la bruma gris de otras latitudes,

diríase un día anodino, festivo, otoñal

y en efecto lo es.

La bicicleta eléctrica funciona sin esfuerzo,

aún recuerdo la doble caída bajo la lluvia

y el cuerpo reacciona imponiendo precaución.

Boquean los árboles sus últimos adornos foliares,

transitan las gentes alienadas por la escasa luz,

caminantes inseguros y grises, agotados

por los embates vitales y las noticias infames.

La belleza está ahí, presente y estática,

hilos de conocimiento y verdad, lecturas, imágenes,

anclajes múltiples que elevan la humanidad,

convierten cada día en un oasis de luz y aprendizaje.

La felicidad basada en el comercio, las luces brillantes,

el movimiento permanente,

está hoy de vacaciones muy a su pesar.

Canturreo una canción (o varias) de Batiatto,

la barbilla alta, la mirada poética, la sonrisa puesta

a modo de sostén y equilibrio

tras el enorme descanso nocturno.

Poema 568: Las tardes memorables

Las tardes memorables

Fueron tres tardes de noviembre

no consecutivas.

Los pinos míticos y esos ocasos dolorosos

cual tallas de la Pasión castellana.

Ejercicio, lugares muy diferentes.

Rehabilitación emocional, física, integral,

belleza, bienestar físico.

El sol de la tarde, oblicuo y filtrado

tiene un aliciente vitamínico,

ilumina el caduco arbolado de ríos y canales.

El vértigo desaparece tras el hallazgo

de un níscalo casi oculto.

Se escuchan solo sonidos naturales,

el crujido de mis pasos sobre una rama,

y súbitamente, iluminado como en una postal,

un corzo distraído pastando.

Hace una temperatura inusual en noviembre,

pedaleo buscando la luz poniente,

atento a las ondulaciones del camino,

sumido en en profundas reflexiones

mas acunado por la belleza de la tarde.

Poema 530: Costa Lavajos

Costa Lavajos

La puesta de sol sobre el lavajo

tiene algo de mágico y ancestral,

el agua escasa en esta tierra de cereal

que antes fue viñedo y subsistencia,

la luz infinita que se demora en naranjas,

magentas, índigos, añiles, cobaltos…

Ha llovido en la tarde calurosa,

los futuros girasoles lo agradecen,

también las patatas, maíces, viñedos,

cuanto verde permanece en la campiña.

Huele al cereal aún no recolectado;

voy hollando con la bicicleta caminos

aún vírgenes tras la tormenta.

Las aves rapaces andan revueltas en un rastrojo,

planean, descienden en picado,

atrapan algún roedor que rebaña los últimos granos.

No hay mar, no hay sal ni yodo,

ni la brisa nocturna que equilibra el bochorno del día.

Hay planicie, cereal en sazón, un infinito mirar

hacia la curvatura excelsa de la Tierra,

el sonido del viento que mece las espigas,

la calma del lugar y la circunstancia.

Poema 524: Contrastes antropológicos

Contrastes antropológicos

Al caer la tarde el cereal exhala su perfume,

colma el espacio de un aroma de infancia

que invade la ciudad rodeada de campos de labor.

Salir en bicicleta al declinar el sol

es un embeleso de los sentidos,

el color, el aroma, la luz, el sonido calmo

de las espigas mecidas por el viento.

Allá donde la ciudad penetra en los cultivos

en los márgenes del asfalto invasivo,

desalmados, inútiles e ignorantes

sueltan sus miasmas con nocturnidad:

escombros, plásticos, residuos insoportables

para la vista educada en la sostenibilidad.

Todo el trabajo de décadas de educación

de la búsqueda ilimitada del bien común

se destruye en poco tiempo egoístamente,

en una regresión cívica, estética y pragmática.

Me invade una súbita cólera, enojo, abatimiento,

la fealdad del mundo en toda su amplitud,

el desprecio de los avances colectivos.

El optimismo antropológico cultivado

se enfrenta a la irracionalidad ignorante

de quienes desprecian el futuro colectivo.

Solo las amapolas atenúan la frustración

hiriente de un cierto pensamiento ilustrado.