Poema 749: La luna de los miopes

La luna de los miopes

Sale la luna sobre el lago por entre las montañas,

anaranjada y decreciente amplifica su volumen

al mirarla desde mi miopía del siglo veintiuno.

Las moles montañosas se superponen en planos indiscernibles,

crean una sensación de sueño o irrealidad.

Miles de luces cual luciérnagas fijas

surgen de la ribera, estratificadas y aleatorias.

Los grillos silencian todos los ruidos nocturnos,

oscuridad de siluetas iluminadas por el satélite convexo

mientras descansa el mundo a orillas del gran lago italiano.

Se entremezclan los palacios con la arboleda

en estas noches irrepetibles del agosto caluroso.

La montaña penetra en la villa en forma animal,

observatorio privilegiado de insectos noctámbulos,

o un macho cabrío que pasta distraídamente

antes de saltar liviano entre bancales y vallados.

La estela lunar convierte la visión sin lentes

en alucinado impresionismo imaginado,

ora definido, ora difuminado en multitud de luminarias.

La inseguridad del miope se vuelve arte,

belleza, formas fantásticas y lugares evocados,

una constelación propia y enigmática

antes de aguzar la vista en una transición onírica.

Tratas de aprehender toda la belleza plana,

sin puntos de fuga ni composiciones áureas,

una suma humana de avances e invasiones imparables

desde que Turner inmortalizara el lago en el diecinueve.

Descansa el valle de las campanas diurnas,

de todo el tráfico turístico en ambas orillas,

de las hordas de pasajeros que desembarcan

invadiendo plazas y callejuelas, tiendas y cafés

en la búsqueda de la mejor fotografía instagrameable.

La luna ilumina la paz, el sosiego y el descanso

antes de una nueva jornada exploradora.

Screenshot

Poema 625: La belleza de los caminos en primavera

La belleza de los caminos en primavera

Conozco la belleza de los caminos en primavera,

el olor inalcanzable de algunas plantas al despertar,

el colorido en las cunetas donde no llega el herbicida.

Desearía pasar por allí una y otra vez, eternamente.

El ciclista atesora todo eso entre el sudor y el esfuerzo,

siente una vitalidad desbordante,

piensa en su privilegio viajero de esfuerzo improductivo,

en urbanitas que nunca podrán disfrutar de esas ondulaciones

de los valles cerealísticos acompasados por el viento.

El pedalear sin rumbo otorga una falsa sensación de libertad,

una capacidad espejística de elección,

una añoranza de un pasado lejano anti tecnológico.

Al llegar al valle en el que transcurre un riachuelo

por el que serpentea una senda casi invisible

me detengo a escuchar el sonido de los grillos omnipresentes,

aquí no hay guerra, ni injusticia, ni vocingleros del mal,

ni la competitividad humana a veces tan sutil.

Pienso que estar aquí una vez más,

sería un motivo categórico de querer seguir viviendo;

después, consciente de mi egoísmo, pienso en personas

en el hueco relacional que ocupo,

quiero mostrarles la belleza de un día anónimo y soleado

en mitad de ninguna parte.

Aquí, escuchando el zumbido de los insectos polinizadores,

dejo la mente en blanco y me integro con la tierra

en la que un día desapareceré sin apenas dejar rastro.