
Con algo te habrás quedado
“Con algo te habrás quedado…”
Richar, nieto de Ausencia
Bajo los arcos de una iglesia defensiva
construida en múltiples fases, parcheada
con piedras areniscas y rojizas.
Amanecía con resaca de fiesta y botellón
en el pueblo perdido de Castilla:
cereales ya fundidos por el plomo solar,
lavajos cuarteados, oasis finitos,
una avutarda macho por lo solitario del vuelo,
el frescor del maizal interminable.
Golpetean los saltamontes entre las piernas ciclistas
en imágenes que puedo recordar de mi infancia,
olor a siega a cordones de paja recientes
en la llanura inconmensurable.
La línea del ferrocarril es una costura impermeable,
vueltas y vueltas a caminos sin salida,
y un objetivo inconcluso por la premura y el calor.
Los contrafuertes de la iglesia son lugares
–Ángel González dixit–, propicios para el amor.
La exploración concluye con el avistamiento de la torre
en un horizonte despejado y uniforme,
la vuelta al hogar de los ancestros, el acogimiento
y una suma de imágenes: zorros, cigüeñas, rapaces,
antes de las recompensas dominicales.
