Poema 498: Espectáculo natural

Espectáculo natural

No sé si es un pescador o un suicida

en la orilla opuesta del Duero.

Desafían las nubes el reflejo en el agua

y los patos se dejan llevar lateralmente.

Permanece en la orilla mirando hipnótico

la corriente de aguas turbias,

la crecida de un río que anega ya las riberas.

El espectáculo natural es enorme:

las aguas habitualmente verdosas y calmas

se expanden entre remolinos y oquedades

a una velocidad asombrosa.

Si no fuera por una prenda de abrigo llamativa

que ha posado en los juncos ribereños

diríase metamorfoseado con el gris de la orilla.

Imagino lo que yo haría si el hombre salta:

gritar, llamar, señalar, nunca emular.

Si no fuera su intención abandonar el mundo

sentiría envidia del paisaje a pie de caudal que percibe,

de la fuerza fluvial penetrando en cada sentido,

de esta mañana de invierno aún cruda y luminosa

 mimetizado con la divinidad milenaria de las aguas.

Poema 441: El invernadero

El invernadero

Aquello era una colección de hierros

ensamblados, tuertos, el símbolo

de un fracaso hortelano pasado.

Crecía la hierba y el desorden

la imagen de la desolación

de un lugar abandonado.

La reconstrucción fue paciente,

fuimos cumpliendo plazos,

cubriendo el techo de policarbonato;

más tarde paredes y puertas

para lograr un espacio enorme.

En invierno hacía calor dentro;

hicimos un diseño educativo:

plantas, semilleros, zona docente,

y entonces se corrió la voz:

de forma altruista llegaron consejos,

donaciones, ideas, trabajo.

Voluntariamente se constituyó

un comando invernadero,

plantaban, regaban, pulían la madera,

en el tiempo libre aquello era un bullicio

de voces, idas y venidas organizadas,

el júbilo de ver el primer tomate en la planta,

la lucha diaria contra el pulgón y las hormigas.

He sentido la ilusión colectiva,

el cosquilleo de quien aporta su granito de arena,

la luz inocente en la mirada

y el deseo de pertenencia a un proyecto común.

Hoy iremos de nuevo a clavar, desclavar,

forrar, irrigar, plantar y ordenar,

tomar pequeñas decisiones y asombrarnos

de lo que la naturaleza nos ofrece cada día,

al lugar en el que el alborozo eclipsa los agobios.

Poema 435: Primavera veloz

Primavera veloz

Un escritor presenta su libro

–largamente esperado–,

el fruto de años de silencio poético,

y rápidamente pasa y apenas permanece.

Somos el tiempo que nos queda,

–dijo Bonald-,

y ese tiempo no es lineal:

acelera en primavera, se contrae

en las tardes cortas y oscuras de invierno.

Suceden –pues todo llega–, acontecimientos

percibidos como lejanos en su planificación,

decisiones, alegrías fugaces,

esas canas y arrugas que asumes con humildad,

el fulgor de las estaciones, la luz.

Desearías amanecer en medio del campo,

verde, fresco y húmedo, oloroso,

corriente de aromas entrecruzados

en una forma helicoidal cromosómica

a la que asignas colores.

Te impregnas de ellos, tocas, acaricias

la tierra, quizás un cuerpo amado,

antes de gritar a pleno pulmón tu presencia,

primate convertido en autócrata,

pergeñador de versos bucólicos,

íntegramente satisfecho por la fusión

con una naturaleza ancestral y mítica.

Las nubes cubren el sol, lo tamizan;

desde tu observatorio urbano sopesas

la comodidad, –litúrgica y lectora–,

contra el ejercicio incierto y agotador,

los lances del campo a través salpicado de alimañas,

el polvo ya roña en tu piel aseptizada.

–Reducción de la disonancia cognitiva–,

te dirán con convicción profesional,

ese desencuentro con la pérdida y la memoria,

una cuenta atrás vital,

que te hermana con las plantas y las rocas,

temeroso desde siempre

de cuanto se mueve de forma autónoma y animal.

El placer básico de ver amanecer desde un teso,

Mambla, Cuchilla, Cerro, Pinajarro,

tan difícil de conseguir en la veloz rutina,

en los días verdes de un abril a punto de fugarse.

Poema 431: Lugar de retiro

Lugar de retiro

En medio de la jungla vacacional

corretean niños en la plaza turística,

el templo, frío y solemne, se abre sin candado,

nave enorme de días de gloria y prédica,

socorro de quienes salieron a faenar

y volvieron diezmados y exhaustos.

Apenas hay ruido, quizás rumor

de las olas lejanas, bruma y condena,

clima insano de escasos extremos,

pajarillos que se hacen oír cuando cesa el tráfico,

parejas añosas que desgranan sus días infértiles.

El cielo dibuja nubes, claros, monumentos,

una puesta de sol roja e instantánea,

el verde que se cuela por los ojos

al igual que el olor a hierba segada penetra

en el torrente sanguíneo.

–No resistirías–, te dice una voz íntima.

Hay una falsa quietud y unos códigos

que aún no has comprendido, piensas.

El mar puede agotarte, y el encierro

en estas cuestas, tascas, jolgorio, prados,

se puede tornar irrespirable.

El nivel del mar, un huerto, la naturaleza viva,

–Otros lo hicieron antes que tú–,

sosiego, frente a bullicio y desmadre,

ir a la contra del turismo de masas

y esperar la luz, esa que no llega todos los días,

podrían iluminar cada instante de duda.

Cada lugar conocido, traspasada la costra

del trampantojo viajero

se presta al análisis etéreo del deseo y la realidad,

alma errante, ansiosa de todos los lugares y ninguno,

viajero que busca la paz en el viaje.

Poema 379: Destellos

Destellos

Destellos de felicidad, verdor, despreocupación,

de una vida intensa en la naturaleza,

pura ficción:

estás en un relato impresionista

en el que tú construyes con tu conciencia la historia,

limas y descartas, minimizas el mal tiempo

o las carencias y el aburrimiento.

También el dolor.

Sobrevaloras la soledad, pagado de ti mismo,

lleno de una salud que no durará mucho.

Sin embargo esos destellos tienen consecuencias,

han sembrado dudas teóricas y duendes silenciosos

hacen un trabajo constante de zapa ante la fealdad,

la prisa, las prescindibles acciones de cada día.

Vano caudal de luces y canto de pájaros,

asombro ante la belleza de la jara en flor,

fotografías de un intenso verdor primaveral,

un baño en aguas frías, puras, cristalinas,

diluidas por el tiempo voraz y veloz,

ese que vas a gastar rodeado de ruido,

de una nube tóxica invisible cuando estás en ella.

La conciencia tapa y adormece, ensalza y eleva

las necesarias acciones para la supervivencia

en un medio social hostil con apariencia protectora.

Solo los destellos del arte, de la poesía, de la música,

te mantienen erguido y con cierta esperanza futura.

Poema 348: Algunos hombres solitarios

Algunos hombres solitarios

Algunos hombres solitarios, de una cierta edad

calvos o ralos,

caminan con la mirada perdida.

No sonríen nunca en público.

A saber en qué piensan.

Pareciera que soportan la vida

a la espera de que termine.

Ninguna ilusión, ninguna esperanza.

Algunos días me siento así.

Arrugo repetidas veces la cara para alejar el rictus,

desprenderme de esa máscara natural.

Otros días siento alegría verdadera y energía vital.

El jilguero resurge cantando tras la tiranía del cuervo.

Tiendo a pensar que son daños colaterales pandémicos

o el recorrer circuitos urbanos estáticos

en los que cada paso se parece al anterior,

el ruido de los coches oculta el silencio,

y el otoño solo asoma fugaz en algunos rincones.

Cada día deseo más reintegrarme en la naturaleza.

Poema 338: PRAE

PRAE

En un cierto momento, todos los equilibrios

pueden desmoronarse

por la caída de una hoja seca del árbol.

Y esa luz, ese filtro entre nubes

que llevan toda la tarde soltando agua,

esa luz puede quemar las pupilas sin brillo.

Los niños juegan divertidos con los cangrejos

atrapados en el canal;

hay fruta didáctica que se resiste a madurar,

plantas aromáticas exhalando su perfume tras la lluvia.

Allí has hecho fotos magníficas, irrepetibles,

ahora caminas indeciso y desnudo sin una cámara,

incapaz de fijar la vista en cada detalle,

consciente de que tu propio ánimo

construye la visión de la naturaleza

la vuelve anodina o fascinante,

consciente de que caminas por inercia

cuando cada paso que das es una maravilla mecánica.

Cae el agua de un riachuelo artificial

en este pequeño paraíso, oasis urbano,

con una sonoridad relajante.

Pequeños animales y plantas sostienen

un equilibrio inesperado

en un lugar fuera del mundo mercantilista.

Poema 324: El tiempo que nos queda

El tiempo que nos queda

Hemos tenido el privilegio de ver pararse el mundo,

de escuchar el silencio en una autovía,

de reconocer el canto de los pájaros,

de poder leer a deshoras asomado al balcón exiguo

y subir y subir escaleras sin parar.

Después redescubrimos la flores, su aroma,

la belleza de la naturaleza a su antojo

el éxtasis de un paseo en bici enmascarados,

las benditas vitaminas del sol en la piel

y el ancestral gusto por caminar pegados a la tierra.

Cada pequeño espacio de libertad era una maravilla,

de la que muchos han disfrutado:

se agotaron las bicis en las tiendas,

y han surgido caminantes a borbotones en las sendas.

Ahora la cigüeña subida en su atalaya eléctrica

contempla el ruido horrísono del tráfico en la autovía

cuál saurio evolucionado de perfil extraño

mientras me acerco sigiloso para captar una instantánea

de su vuelo elegante y sagital.

Ya no contemplamos el cielo cada tarde

ni miramos con extrañeza al caminante desenmascarado,

los perros ya no son un privilegio

ni la noche está vedada a los noctámbulos de fiesta.

Los años veinte se repetirán de forma sarcástica,

apurar la vida, las sensaciones, el tiempo que nos queda,

ignorar lo aprendido, huir hacia delante en el espacio,

sin olvidar la especie a la que pertenecemos,

aún recién salidos de las cuevas para transitar el mundo.

Poema 271:Primavera con mascarilla

Primavera con mascarilla

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La naturaleza está desbordada,

mucho más de lo que se ve desde la ventana,

gatos y ocas reaccionan al movimiento

apretados por el hambre del confinamiento.

 

El olor de las flores, los almendrucos,

la humedad, ascienden desde un suelo

que parece virgen tras el descanso

de una cuarentena tan lluviosa.

 

Hay una alegría por algo tan cotidiano

como un paseo con los niños,

hay miedo y precaución,

todos cubiertos con mascarillas preventivas.

 

Unos restos ajados de lilas y el color

intenso de unas amapolas

redescubren los ojos sometidos a pantallas,

a luces artificiales en el hogar.

 

Somos seres anónimos hasta para los amigos:

no te detengas, no contamines,

no desperdicies la ventana temporal de tu paseo,

aprehende cada brizna de hierba en el camino.

 

Cada uno es su isla familiar, su entorno reducido,

los libros que ha leído y la música del confinamiento,

algunas canciones de resistencia,

y los aplausos a las ocho que ya van decreciendo.

 

El pinar huele a limpio y solo se escucha el ruido

de pájaros y corredores hollando los caminos;

enmascarados vuelven al hogar en embudo

a las diez en punto de la mañana conforme lo ordenado.

 

La vida se filtra, y se escapa y desborda por los pliegues

de un sistema que trata de ordenar el caos;

aún es pronto para saber si podremos mostrar

en primavera nuestro verdadero rostro.

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Poema 218: Paseos de libertad

 

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El río y el puente se mantienen inmutables,

no así mis sensaciones,

no el descampado siempre verde de la ribera,

ni el tiempo que tengo por delante.

 

Paseo por territorios de la memoria,

por tierra de vivos y muertos,

imagino otras huellas y todos los sentidos

escuchando grillos, pájaros, el viento en el plantío.

 

Hay una efervescencia en el paseo

un cierto alivio popular tras la tensión electoral,

la naturaleza que resurge con el agua,

los colores intensos recién nacidos.

 

Busco esos caminos a tientas,

me guío por sensaciones y mapas orientados

por las palabras que dejan profundos surcos

en los vericuetos secretos de la mente.

 

La fertilidad se impone a la economía,

aúlla cada despertar de la primavera,

ordena vidas y somete la volubilidad

de quien se afana en ser libre cada día.

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