Poema 260: Doscientas ventanas

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Hay doscientas ventanas encendidas al anochecer,

miles de muertos por la pandemia vírica,

el aire sin ruido debido al confinamiento.

Una pequeña urraca vuela hacia el alero

desde donde observa mi rostro en el alféizar.

Hay margaritas asomándose con timidez

a esta primavera sin gente en las calles.

Hay una voz que apenas me llega,

no atraviesa los nodos digitales,

pero sigo llamándola y aguzando el oído.

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Poema 259: Aplausos al anochecer

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Cada tarde el espectáculo es inmenso,

decenas de luces, aplausos, siluetas,

cánticos y algunas proclamas excesivas

provocan sonrisas y ánimo

en el confinamiento recién comenzado.

 

La sobreinformación nos llena los días,

desanima o hace reír durante unos minutos,

consumimos el tiempo y las pantallas

al ritmo de la modernidad exigente,

protegidos y seguros en el aislamiento familiar.

 

Hay una emoción en la colectividad,

el reconocimiento de la soledad acompañada,

la confluencia de mentes concertadas

bajo la luz protectora de la atmósfera vecinal,

pospuestas las rencillas o diferencia de voluntades.

 

La escena pudo ser hace miles de años así:

trogloditas paleolíticos en sus casas cueva

suspendidos en una pared rocosa

aullando a la luna cada anochecer,

libres un día más del peligro salvaje en sus guaridas.

 

Necesitamos la sencillez de la contemplación

del vecino tan aislado como tú,

de la concertación espontánea de ideas,

de la esperanza de que todo permanezca

y el aplauso sincero para quienes arriesgan sus vidas.

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Poema 258: Cuadrado Lomas

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Qué maravilla de aire, campo, tierra, paisaje,

pintura en unas líneas firmes

extraídas de una mirada limpia y profunda,

la cámara se pasea por todos los senderos

que tantas y tantas veces transito en bicicleta.

 

Ansia de caminar, de pedalear, de salir del encierro

en estos días extraños de vida confinada,

la luz, los almendros que ya florecieron y apenas entreví,

el despuntar de los sembrados que dibujan

los caminos ocres como ríos que percuten en el cuadro.

 

El pintor es un héroe estático, un transmisor

de su inteligencia visual al público que lo admira

y desconoce y con la mirada hilvanada

no se detiene a interiorizar la geometría necesaria

la vida y el estudio, la potencia intrínseca del dibujo magistral.

 

Al contemplar las imágenes del campo fundidas con la pintura

evoco temperatura y olor, la fuerza en las piernas al pedalear,

el aire libre que ahora nos falta en el horizonte,

la libertad de una tarde de la estación que sea

de poder recorrer cada camino al ritmo perfecto de la bicicleta.

 

Una cierta angustia invade mi pecho ante tanta belleza inasible,

fuerzas oscuras convergen en mi mente,

el pasado y toda su hermosura rediviva, se confabula

para derrotar mi optimismo innato tan preciado

y me deja postrado e inactivo, cerrado a la espera de un milagro.

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Poema 257: Confinamiento

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El confinamiento doméstico es una oportunidad vital,

pararnos a pensar en la futilidad diaria

de cada cosa tan importante que hacemos;

es una visita a la prisión mental de cada uno.

 

La calle está desierta salvo un patinador septuagenario,

y ancianos paseando mostrando su relativismo,

la gente viene y va, diligente con su bolsa de pan,

y aún el susto en el cuerpo de una situación impensable.

 

Hay insolidarios, gente indeseable, algunos políticos opinando,

el virus es feroz y cruel pero no habrá justicia poética,

hay quien no se ha preocupado hasta que era tarde,

y sin embargo estamos orgullosos de la mayoría de nosotros.

 

La belleza continúa ahí, hay sol, las urracas lo invaden todo

a sus anchas, se posesionan de lo alto del árbol majestuoso,

el silencio de los pocos vehículos es aterrador

acostumbrados ojos y oídos a la vorágine diaria.

 

Hay un hilo conductor que aún funciona,

continuidad laboral en sectores estratégicos,

muchos libros por leer y el desfase temporal de cada uno

presto para ser reducido con paciencia.

 

Algo cambiará al final del confinamiento:

sospechas y rencillas acumuladas en el recuerdo,

el orgullo de haber sobrevivido en comunidad,

la minimización relativa de cada problema futuro.

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Poema 256: Coronavirus

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El mecanismo de la evolución acelerada

es un espectáculo fascinante,

la miseria y la avidez de algunos

frente a la dignidad mantenida de muchos,

miedo irracional y desconfianza ignorante,

frente a la calma científica y racional.

 

En la era de la información

cada cual crea una burbuja cerrada;

aún no se ha detenido el movimiento

y la amenaza invisible parece no existir aquí,

solo las precauciones y los memes de múltiples colores.

 

Las ocupaciones cotidianas se vuelven banales,

huye el dinero y las bolsas adelantan las fechas

en las que se atisba o no el final del contagio masivo,

nada es decisivo, nadie imprescindible,

solo los científicos aportan datos sostenibles.

 

La estructura del mundo está hilvanada,

sostenida por hilos frágiles e invisibles,

casi todas las certezas son banales,

salvo la lucha increíble de la supervivencia humana.

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Poema 255: Aguanieve

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El aguanieve de marzo cae sobre las flores

de los cerezos chinos de mi calle,

también sobre el árbol joven del que penden copos de algodón,

y del viejo, decrépito y aún florido almendro

que ha presidido toda la escolarización infantil y primaria de mis hijos.

 

El pino guía ha sido destronado por el viento,

poda natural, destino inevitable de la cruda selección natural

o quizás una aleatoriedad imprevisible;

atemoriza pensar en la ausencia de patrones

en la muerte y desaparición de algunas formas de vida.

 

En dos viajes sucesivos he visto el pino derribado,

la maquinaria del hombre atacando el cadáver,

carroña con motosierra que solo deja el tocón,

el esqueleto devorado por el depredador,

las virutas naranja de la savia aún portadora de vida.

 

Sonrío bajo las gotas densas que trae el viento,

estoy pensando en la sintonía de Cyrano de Bergerac

que suena a las nueve y media en Radio Clásica:

no dejo de tararear la cortinilla de fin del programa

ni de embeberme de las palabras de despedida.

 

Los cerezos han sobrevivido al aguanieve,

resplandecen en la tarde fría y soleada,

aún no han esparcido el olor de su polen,

serán fecundados por formas de vida invisibles

para la vista desacostumbrada del urbanita ocupado.

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Poema 254: Alegría

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En un momento de soledad al final del día

pincho en el altavoz la Oda a la Alegría,

el poema de Schiller incrustado en la novena de Beethoven,

la voz del tenor me sube el ánimo

me trae a la cabeza el olor de los almendros en flor.

 

La libertad de poder pensar y opinar,

ante la amenaza del coronavirus,

mantener la calma cuando cierta locura

se apodera de la gente y la envuelve

es una alegría intrínseca que no puede cantarse.

 

Hay otras alegrías que no pueden expresarse,

códigos internos o apenas compartidos,

bases de datos ocultas a las que nadie accede,

placeres prohibidos, vías de escape

del gris invernal con amenaza de virus.

 

La explosión de serotonina tras el ejercicio,

una fotografía bella de las que tanto abundan,

la risa desmesurada por un detalle inesperado

me devuelven la intensidad de la vida,

el recuerdo de todos los momentos alegres vividos.

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Poema 253: Penetrar en la niebla

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Penetrar en la niebla por la mañana

es sumergirte en un mundo opaco y tal vez onírico,

dejarte seducir dulcemente por la voz de Ida Vitale

que recita sus versos coloridos y sonoros,

imaginar las tierras altas al fondo del valle,

recordar sombras de la Orestiada,

el ancestral temor a que se difuminase la caza.

 

Es el acceso a la atemporalidad, a las voces,

quizá susurros de la naturaleza superpuestos,

psicofonías, ritmos desconocidos ascendentes

para llegar a un trance sin sustancias psicotrópicas.

 

La niebla es un caos mental único y uniforme,

es la belleza de las siluetas fugaces,

de la velocidad engullida por la luz sepia,

una humedad tozuda que penetra en los huesos

y destroza el alma de las personas melancólicas.

 

Al penetrar en la niebla se deforman los pinos,

pasan a ser gigantes melenudos de miembros quebrados,

se atrasan los relojes por efecto del vértigo,

la irrealidad atrapa una a una las moléculas circundantes

y las reconstruye en un orden caótico.

 

Saldrás de allí reconvertido en dócil funcionario,

capaz de olvidar en pocos minutos la convicción poética,

la hermosura que te ha sido dado contemplar

en tu imaginación velada por la pátina brumosa

de un éxtasis que fue sueño o locura transitoria.

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Poema 252: Dispositivos

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El móvil oculta la poesía que está a la altura de tus ojos,

desbarata la concentración de tu mirada,

la vuelve rastrera y opaca,

solo capaz de ser aumentada y pixelada.

 

De repente lo ves todo nítido,

recuerdas la luna de anoche, lúbrica y erótica,

las motos que resonaban en la niebla hace unas semanas,

la bandada de pájaros migratorios en la curva del Pisuerga.

 

El vecino se apresura a deshacerse de su cigarro,

como si escondiera una infidelidad,

el más chulo de la clase desapareció absorbido

por el cruel humo del que tanto fardaba.

 

Has dejado de fijarte en los árboles esqueléticos,

en los muñones visibles tras la poda,

en el sufrimiento de las cortezas retorcidas por el hielo,

en el aparente holocausto dejado por el invierno.

 

Más de cien veces al día consultas tu dispositivo,

prolongas tu mano, te conectas a un mundo virtual

alejado de la pincelada maestra del arte que te rodea,

cada estímulo es un hilo que te une al mundo.

 

Necesitas pausa y concentración, meditación,

escritura reposada y arduas tareas físicas para olvidar,

soledad y multitud, consciencia metafísica

del tiempo en el que vives y sueñas y disfrutas.

 

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Poema 251: En estos días lluviosos

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En estos días lluviosos ascendentes de enero,

cuando los músculos duelen y duele el alma

el poeta debe volverse sobre sí mismo

una y otra vez, girando y girando, observando

donde están las anclas, donde está el arte.

 

Un verso de Carta al Mundo de Dickinson,

un fragmento de la Bohème,

escuchar la vicisitudes de un escritor en su novela,

degustar con calma una película o una serie

me devuelve el ansia de vivir, de escribir.

 

Una silueta, el olor del pinar tras la lluvia,

el recuerdo de aquellos pájaros azules

que rompían la soledad expectante,

una fotografía de las nubes duplicadas en el Duero,

transportan y embelesan, elevan el espíritu.

 

Existe en el ambiente una saturación de mediocridad,

chistes o rebuznos, opiniones políticas,

la ocurrencia cotidiana elevada al arte de las masas

que evidencia el vacío de ideas y la confusión

de quien busca igualar a todos en la ignorancia.

 

 

Basta el trazo delicado de una silueta,

o la libertad expresiva y anárquica de una poeta

para devolver la seguridad y el anhelo lector,

la confianza constructiva en algunos humanos

silenciados por el griterío evidente y avasallador.

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