Poema 439: Viaje en globo

Viaje en globo

El aire frío anuncia el amanecer,

hay una lona estirada y un cestillo de medio lado,

mi amigo Gus llega sin dormir.

Unos ventiladores llenan el globo de aire

antes de que los quemadores lo enderecen.

Los viajeros nos reunimos en torno al piloto

que comienza su explicación.

Ascendemos sin apenas darnos cuenta

salvo por el tamaño de quienes quedan en tierra,

sale el sol al otro lado de la ciudad.

La vista cenital se esfuerza por localizar

los hitos conocidos de la urbe:

identifico decenas de lugares, parques, plazas,

vías terrestres de escape.

Cada cual se afana en fotografiar y grabar

fijar el instante en su objetivo,

olvidarse de la fragilidad aparente del cestillo

suspendido por una tela rellena de aire caliente.

El fuego de los quemadores calienta la piel

como si estuviésemos al pie de una chimenea,

tanto que se agradece la brisa en el cogote.

Volar es una sensación maravillosa,

cancela el tiempo y cualquier otro pensamiento,

salvo la belleza colorida del paisaje,

la sombra inclinada del propio artefacto

y la alegría profunda de sentirte vivo.

Aterrizamos con calma: la pericia segura del piloto

descarta opciones y atisba barbechos y baldíos,

nos conmina a la postura de seguridad

mientras brega y se posa con sapiencia.

Poema 438: Zombis

Zombis

Los zombis caminan por la calle

la cara iluminada por su pantalla retina,

ajenos al canto alegre o temeroso de los pájaros.

Hay quien desearía ser de nuevo confinado

para explotar toda la funcionalidad de su tesoro,

comunicarse todo el tiempo de forma aséptica.

Alguien ve una foto de un ciclista en medio del campo,

expresa su temor alérgico a las gramíneas,

el gran satán: aire libre y flores en primavera.

Hay una colección pasmosa de rosas olorosas,

que como mucho serán captadas por la cámara:

–mira, había unas flores–, dirán al mostrarlas orgullosos

de su captura sabatina en ese lugar ajeno a sus costumbres.

El encuadre es la clave de bóveda,

no existirán ni la luz, ni el aroma, ni la suave brisa,

solo los personajes de su juego interactivo,

el combate o la aventura virtual

en una realidad inexistente y simplificada.

En ese mundo no salen conejillos de sus madrigueras,

ni se ortigan al atravesar una zona de escombros:

saltan bloques, trampas inesperadas, simas infinitas,

consiguen monedas o energía para sus avatares,

en un tiempo acelerado ajeno a su memoria y su vida.

Poema 437: Cuatro gotas

Cuatro gotas

Se espesa el aire delicadamente oscuro,

la premonición de una lluvia ausente,

el caminar presuroso de pensamientos turbios,

gris, azul, negro, nubes sin fecundar,

el tiempo gastado en banalidades

más allá de cópulas desesperadas,

de la muestra del deseo blando

susurros y palabras de amor,

el tiempo cíclico, repetido y anárquico.

Existe una sequía real y otra mediática,

la insistencia día tras día

en el asunto en que enfocan las agencias:

ayer Cataluña o cualquier derecho social,

hoy la sequía pertinaz

capaz de oscurecer cualquier futuro:

la cultura del pesimismo se filtra en mis neuronas,

¡Cómo voy a correr con veintidós grados en abril!

Y sin embargo con cuatro gotas caídas esta noche

–nocturnidad y alevosía–

huele a primavera llena de amapolas.

Conversan dos hombres calvos y orondos

con enérgico movimiento de manos,

posiblemente unos “enterados” de los noticiarios,

–la ideología social está acabando con el planeta–, dirán.

Cualquier pronóstico puede fallar,

incluso los más catastróficos.

La vida no depende de esos presagios,

quizás sí de las pequeñas vicisitudes personales,

rituales de confianza, alguna caricia,

esa risa que compartiste por una broma inescrutable.

Poema 436: Soledad

Soledad

Non, je ne suis jamais seul

avec ma solitude

                        Georges Moustaki

La soledad hay que cuidarla y trabajarla,

darle una salida,

alfombra roja llena de flashes,

destellos de belleza y amor.

Hay que pintarla de colores hermosos,

llenarla de cantos de pájaros en primavera,

de nubes irisadas, de arrebol.

Toda una vida cuidando la soledad,

mínimos destierros, sonrisas en el espejo,

el ánimo vulnerable protegido por la infantería,

los caminos aleatorios rebosantes de amapolas,

el detalle nimio de una planta olorosa,

y esa presencia de sosquín en las redes sociales.

A veces te alcanza cuando no la deseas

y conjurarla es un arte innoble,

una cocina desordenada y sucia,

ausencia sinfónica de ruidos amigos.

Será, –como dice Moustaki–, tu última compañía,

la que regará tus desiertos

y volverá la noche confortable y placentera,

la presencia ausente de errores y recuerdos,

dulce compañía rebosante de felicidad.

Poema 435: Primavera veloz

Primavera veloz

Un escritor presenta su libro

–largamente esperado–,

el fruto de años de silencio poético,

y rápidamente pasa y apenas permanece.

Somos el tiempo que nos queda,

–dijo Bonald-,

y ese tiempo no es lineal:

acelera en primavera, se contrae

en las tardes cortas y oscuras de invierno.

Suceden –pues todo llega–, acontecimientos

percibidos como lejanos en su planificación,

decisiones, alegrías fugaces,

esas canas y arrugas que asumes con humildad,

el fulgor de las estaciones, la luz.

Desearías amanecer en medio del campo,

verde, fresco y húmedo, oloroso,

corriente de aromas entrecruzados

en una forma helicoidal cromosómica

a la que asignas colores.

Te impregnas de ellos, tocas, acaricias

la tierra, quizás un cuerpo amado,

antes de gritar a pleno pulmón tu presencia,

primate convertido en autócrata,

pergeñador de versos bucólicos,

íntegramente satisfecho por la fusión

con una naturaleza ancestral y mítica.

Las nubes cubren el sol, lo tamizan;

desde tu observatorio urbano sopesas

la comodidad, –litúrgica y lectora–,

contra el ejercicio incierto y agotador,

los lances del campo a través salpicado de alimañas,

el polvo ya roña en tu piel aseptizada.

–Reducción de la disonancia cognitiva–,

te dirán con convicción profesional,

ese desencuentro con la pérdida y la memoria,

una cuenta atrás vital,

que te hermana con las plantas y las rocas,

temeroso desde siempre

de cuanto se mueve de forma autónoma y animal.

El placer básico de ver amanecer desde un teso,

Mambla, Cuchilla, Cerro, Pinajarro,

tan difícil de conseguir en la veloz rutina,

en los días verdes de un abril a punto de fugarse.

Poema 434: Viernes Santo

Viernes Santo

En el aire de esta primavera florida

están los pájaros devoradores de flores

perseguidos por mi padre el día de su cumpleaños.

Leo poesía desconsolada, corpórea, enferma,

angustiada de vivir en una enfermedad imaginada,

mientras un rayo visible me enfoca a Leonora,

el monumental canto del catálogo:

los días que se vuelven mágicos en el recuerdo.

La descripción tamizada por el intelecto

es un arma poética impagable,

hipocondría mejorada, decenas de detalles hogareños,

recuerdos, el aleve pensamiento inestable

que pasa y ya no será recordado.

Vienen imágenes nocturnas de desfiles,

de penitentes descalzos con los hombros magullados

por el peso de esculturas centenarias,

un bobo inútil y anacrónico presidiendo la talla suprema,

mejorando la tesis en la que me reafirmo

sin haberla terminado: isla cultural aquella SEMINCI.

Reflexiono sobre el sentido de comunidad,

de pertenencia y sentimiento fraterno,

un sentido vital oculto en la palma de la mano,

colores y costumbres que perduran

destronadas por la seguridad social universal.

El capirote que posee el poder de parar y reanudar,

brilla con todo su esplendor en la masa uniforme:

horas estáticas de peregrinación

en caminos repetidos unas decenas de veces.

Música y arte popular, expresión coral consuetudinaria,

silencio y respeto, más allá de las creencias.

El movimiento ingente de voluntades

induce pensamientos de colectividad evolutiva.

Poema 433: Escenas de vida y muerte

Escenas de vida y muerte

No podría vivir ahí, en la casa cuya entrada

tiene forma de ataúd.

¿Quién pensaría esas escaleras, esa perspectiva,

ese ángulo de inclinación?

Falta el cadáver y la cruz, eso sí.

Lo observan varios burros que pacen en altura,

una farola y un poste telefónico.

Se puede mirar con suspicacia,

igual que se puede amar con suspicacia.

Todos los humanos son enemigos,

aún los allegados, los domesticados, los ungidos.

Alguien ha diseñado la casa del terror:

enorme mole llena de aguas y alturas,

soledad fantasmagórica con vistas al romanticismo,

a un cementerio en el que el ángel blanco

avisa de que allí terminarán tus días

en caso de ser rico de familia,

bajo arcos de una iglesia que no se sostuvo.

Una mujer rechoncha pasea a tres perros por el prado,

ella no se mueve, sus cánidos parecen satélites,

anda unos pasos y se detiene agotada, contemplativa.

La cooperativa que trabajó con las algas

ha sido colonizada por zarzas e higueras;

el lugar es un altar secreto de misas negras,

de pecados nefandos u otras profanaciones

en la vera misma del antiguo seminario.

Los mirlos despegan al paso aventurero

de una familia hambrienta y cansada,

oscurecen el cielo durante un instante

y avisan con graznidos de su superioridad aérea.

Poema 432: El mar

El mar

Surgieron en la entrada de la playa

como restos de una fiesta que no fue;

querían abarcar la playa y apropiársela

en una táctica ofensiva prehistórica.

Los hombres caminaban arqueando sus piernas

con balanceo de caderas

dándose una importancia suma en este universo.

Se adentraron en el mar con sus neoprenos brillantes,

al acecho paciente de la ola,

nublado el cielo, nublado el mar,

lleno de crestas y un sonido poderoso

más fuerte que ellos, más rotundo.

No eran marineros ni aborígenes,

surfeaban desde la mesa de sus oficinas

en edificios rodeados de tráfico y espejos,

soñaban con un instante de gloria a tres metros de altura,

el grito de su vida aburrida al coronar el Tourmalet.

Esperarían toda la mañana o toda la vida,

a salvo la coreografía magnífica desplegada en la playa.

No envidié sus esperas ni su atuendo camaleónico,

sí el poder de domeñar durante un instante la arena

en una danza chamánica de fuerza comunal.

El mar les devolvería a su individualidad gris y urbana.

Poema 431: Lugar de retiro

Lugar de retiro

En medio de la jungla vacacional

corretean niños en la plaza turística,

el templo, frío y solemne, se abre sin candado,

nave enorme de días de gloria y prédica,

socorro de quienes salieron a faenar

y volvieron diezmados y exhaustos.

Apenas hay ruido, quizás rumor

de las olas lejanas, bruma y condena,

clima insano de escasos extremos,

pajarillos que se hacen oír cuando cesa el tráfico,

parejas añosas que desgranan sus días infértiles.

El cielo dibuja nubes, claros, monumentos,

una puesta de sol roja e instantánea,

el verde que se cuela por los ojos

al igual que el olor a hierba segada penetra

en el torrente sanguíneo.

–No resistirías–, te dice una voz íntima.

Hay una falsa quietud y unos códigos

que aún no has comprendido, piensas.

El mar puede agotarte, y el encierro

en estas cuestas, tascas, jolgorio, prados,

se puede tornar irrespirable.

El nivel del mar, un huerto, la naturaleza viva,

–Otros lo hicieron antes que tú–,

sosiego, frente a bullicio y desmadre,

ir a la contra del turismo de masas

y esperar la luz, esa que no llega todos los días,

podrían iluminar cada instante de duda.

Cada lugar conocido, traspasada la costra

del trampantojo viajero

se presta al análisis etéreo del deseo y la realidad,

alma errante, ansiosa de todos los lugares y ninguno,

viajero que busca la paz en el viaje.

Poema 430: Penuria poética

Penuria poética

Por alguna razón que no comprendo

estoy enganchado a un libro

que no me convence ni eleva,

poemas de los que no extraigo

si no la levedad lectora vertiginosa,

algunos giros sorpresivos indignos,

la elongación triste de mi rostro en el espejo.

Lo combino con otro extravagante,

casi pornográfico,

en el que se adivina prostitución pasada,

la lujuria en su esplendor juvenil

una y otra vez, como un martillo que repica,

inagotable,

que recuerda las manchas de la edad en las manos,

el fin próximo de los días amorosos.

Melancolía de los textos jugosos,

abiertos, expansivos,

esos que producen luz e impulsan, impúdicos

la velocidad escritora y la lentitud lectora.

Bajo esta cúpula marciana llena de presagios,

de temperaturas ascendentes,

de ausencia de lluvia, de una guerra que no cesa,

contemplo los párpados caídos de un verso

que no remonta,

desahogos poéticos personales

alejados de la belleza, de la sorpresa aprendiz

de quien moldea, hiende, altera o distorsiona.

Me sorprendo a mí mismo en mi disgusto,

sin poder cambiar el aura lectora,

alejado del optimismo levitante propio,

de esa búsqueda incesante del lado hermoso.