Poema 394: Teatro en Cáparra

Teatro en Cáparra

El sendero está iluminado por cirios en el suelo,

vibran las ruinas bajo la luz del fuego,

intimidad en la sierpe de espectadores,

un río humano que surge del polvo

y camina con expectación hacia el arco tetrápilo.

La magia del teatro convoca risas y aplausos,

incluso la luna llena hoy no ha querido perderse

el alimento del humor teatralizado;

eso la hace ascender e iluminarse cada minuto.

Sobre el histórico sitio romano excavado,

uno se predispone a cualquier enredo, engaño,

diálogo con voz fuerte y autoridad en la dicción:

Plauto ha sido adaptado a una modernidad arcaica.

Los aplausos son el agradecimiento por la risa,

ese don tan escaso y volátil,

el esfuerzo de las actrices y actores disfrazados

por adaptar gestos, palabras, movimiento y acción.

El acoso de los patricios hacia las esclavas

provocan la risa fácil del espectador

sustentada en el travestismo y la banalidad,

en los equívocos sexuales y la belleza,

y en la gracia ebria del esclavo Olimpión.

Aparto la vista unos instantes del escenario

y allí aparecen, alumbradas por el generoso satélite

vestigios de lo que fue un próspero cruce de caminos,

una ciudad ensamblada en una colina al pie del río Ambroz.

Poema 387: Una noche tras otra

Una noche tras otra

Una noche tras otra, en la penumbra de mi habitación,

bajo la luz íntima de una lámpara,

leía un capítulo del Quijote.

Tenía veinte años y diversificaba el tiempo en muchas cosas.

He recordado ahora aquellas noches con nostalgia,

lleno entonces de incertidumbres sobre la vida misma,

sin atreverme a atisbar el futuro,

disfrutando de la lectura como si fuera un placer prohibido.

Cada instante de soledad se convierte ahora en un íntimo lugar,

espectáculo, magia, la posibilidad de escribir o leer

o escuchar canciones que me transportan a otra época.

Un cuaderno, unas líneas oscuras, el aura de la soledad sonora;

la ambientación cobra suma importancia,

más de la que tiene en realidad, o la que tendría a los ojos ajenos.

Ese es parte de mi alimento, de la consolidación del buen humor,

de la relativización de los problemas que no suelen ser tales.

Después vinieron muchos libros cómplices,

algunos por el lugar en el que eran abiertos sistemáticamente,

otros por su contenido perturbador:

Flores del año mil y pico de ave, en Creta,

El cielo a medio hacer en el otoño de Liencres,

o mi primer Saramago, Memorial del Convento, en La Bañeza.

Una noche tras otra encontré caminos en la lectura

y el inmenso placer en la escritura oculta que apenas nadie leerá.

Poema 354: Vicios privados

Vicios privados

Humedad, una bocanada de aire frío

me hace llorar;

la noche ha sido diferente allí:

unos pantalones abandonados junto a un fular

retorcidos, impregnados por la niebla.

El desorden y la suciedad en aquel callejón

a la salida del restaurante suizo de fondues

es impropio del país, de la ciudad.

La bruma y el frío no alcanzan a esconder

el producto desenfrenado de la juerga nocturna.

Una vez fijado en mi memoria

tampoco lo esconden la rápida actuación

de los servicios de limpieza.

Fachadas siempre impolutas.

Todo lo demás son vicios privados

en habitaciones sin persianas ni cortinas.

Trampas para el ojo, perversidad,

magnificencia para ocultar el desvío vital.

Lo que la ciudad esconde, no lo verás

si no eres capaz de trasponer el circuito turístico,

de leer el barrido posible del ansia humana.

Poema 282: Noche de julio

Noche de julio

La soprano granadina reposa en la penumbra

semioculta por la sombra centenaria

de una columna helicoidal;

el joven moreno y apuesto desgrana 

notas de Debussy en su arpa legendaria; 

la estampa es bellísima: palacio, noche, música,

la serenidad calurosa del mes de julio.

Presiden el patio unas gárgolas enhiestas,

tracerías góticas y filigranas absorben la mirada,

mientras ella deja flotar en el aire canciones de Falla.

Rostros enmascarados detienen el tiempo,

aguzan el oído ante una nana;

la artista ha calentado su voz, y su sonrisa

flota con sonidos armónicos demorados

que viajan por el patio hasta fundirse con la piedra.

Voz, arpa y silencio,

aplausos nítidos  y alegría comunal en la música:

el público henchido de gozo eleva la vista 

a la bóveda mudéjar;

artesonado o heráldica, flores de lis o semiesferas

la vista encantada no descansa.

Poema 261: Duerme la ciudad

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Duerme la ciudad, silente, detenida;

se hace aún extraño abrir la ventana

a la noche fresca ya de primavera

y no escuchar el ruido de los coches.

Se escuchan chirridos metálicos

que no consigo identificar,

imagino pájaros enjaulados o una veleta

que gira con el viento.

La noche se ha vuelto turbia,

el entendimiento opaco y la brisa

del pesimismo absorbe la energía restante.

Nada queda por hacer, salvo esperar,

contemplar el silencio.

El flujo de comunicación es gris oscuro

y una extraña emoción me oprime el pecho,

nada nos falta y todo nos es superfluo.

En la balanza del confinamiento se pesan

los libros con los paseos limitados,

la música con el aroma del campo.

Descansan las conciencias

tras todo el día chateando,

millones de conversaciones tal vez banales

se retuercen en las ondas invisibles.

La música de Copland me va sumiendo lentamente

en el sueño del que despertaré con júbilo en la calle,

victoria contundente o precaución respiratoria,

aún es pronto para vislumbrarlo.

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Poema 236: Carpe Diem

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Carpe Diem

 La noche ofrece múltiples sensaciones,

el aroma que ha dejado la lluvia,

el frío en el rostro,

una visión de nubes algodonosas flotando,

quietud pero no silencio.

 

Has decidido apurar el placer,

no postergar la lectura del último libro

ese que compraste con deleite,

mirar unas fotografías olvidadas,

sacar del cajón tu caleidoscopio hexagonal.

 

No sabes cuál será tu último gol,

ni si sentirás más la sensación de plenitud

al pedalear en bicicleta por un camino arenoso,

cuándo verás el mar por última vez

o qué figura dibujarán las nubes en el ocaso.

 

La noche ofrece todo su poder evocador,

la serenidad de tu presencia madura;

mañana habrá una niebla de singular hermosura,

o un cielo que recoge cualquier forma geométrica

imaginada o soñada en forma de color y nubes.

 

El tacto de una piel suave, o el beso de tus hijos,

la música que reconoces en las primeras diez notas,

la sucesión de palabras encadenadas

capaces de que tu sangre se acelere en las venas,

deben ser apurados sin ninguna dilación.

 

 

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Poema 103: La noche

    La noche

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La noche. Humedad, babosas,

bichos incógnitos en la sombra,

la oveja dormida es una piedra,

una vaca rumia en la penumbra.

 

Ruge el mar en mi cono de sombra,

la costa resplandece,

miedo, barro, el camino conocido

desciende cauteloso hacia la playa.

 

El faro a ráfagas me ilumina el rostro,

espuma en la mar,

no hay parejas esta noche,

Erizo Sibarita en mis oídos.

 

Frío, la vista se complace,

tiemblan mis rodillas,

soledad, ecos de una novela,

belleza en la luz amarilla de la farola.

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Poema 91: Sucede

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Nunca es de noche ahora,

crecen y crecen las plantas silvestres,

los piñones y las almendras servirán

para el invierno,

la luz puede desintegrar las agujas del pino,

convertirlas en fuegos de artificio.


No hay realidad, consumes y construyes

tus propios decorados;

todo se mueve pero tú permaneces,

la sangre no huye de ti

peregrino de imágenes y báculo.


La matemática puede modelizar tu vida,

o decorar tu perfil de Facebook,

abrir la mente al orden de las ideas,

dibujar un cuadro áureo o expresionista,

hace crecer el brillo en ojos muy amigos.


El desánimo es un pequeño dolor,

o la ausencia de energía vital,

horas y horas que pasan sin tregua,

el avance de otoño-invierno en la televisión,

decorados en torno a un desfile de ropa interior.


Nunca es de noche, vértigo en la palabra

de quien sustenta el mundo,

ahora yaces tendido en otras esferas,

sopesas la música, un piano junto al mar,

la inocencia que corretea por la playa.

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