Poema 706: La cáscara del día

La cáscara del día

La cáscara del día envuelve la vida:

una suma increíble de pequeños acontecimientos

de decisiones intensas y cambios de humor

de sensaciones a flor de piel

de instantes de pertenencia a uno mismo.

Combinas la seguridad con la duda

evalúas, accedes al pensamiento profundo

guiado, sostenido y obligado

por la línea de continuidad temporal.

La revolución terráquea es una unidad de medida

de duración variable que se elonga o se encoge

por el vigor en la autopercepción intrínseca,

la intensidad de ese almendro en flor

o las portadas terribles de los diarios de guerra.

Millones de hormigas-persona se encogen o exaltan

por las palabras ocurrentes de multimillonarios estúpidos,

bravucones incapaces de taponar todas las fugas

del maravilloso laborar humano.

Antes o después caerán con oprobio y rencor

dejando tras de sí un rastro nefando

una memoria que la humanidad no podrá asimilar.

Los días envuelven todas las conexiones y las empaquetan

antes de que el sueño reestructure y organice

y limpie las banalidades e inmundicias del espíritu.

Renovados, asistimos a la propaganda y los fuegos de artificio.

Poema 679: El tiempo blanco

El tiempo blanco

Aislado y azul

amanece el invierno aséptico

voces en un coro presuntamente navideño

muchos tics de labores realizadas

el placer se escapa

en la multiplicidad veloz del aprovechamiento

lo pasado es una imagen fugaz

solo lo por venir habita el cerebro

The Nutcracker llegó donde no había máscaras

en una soledad armoniosa

con coro contemplativo y respetuoso

un espacio sonoro de abrazos fraternos

en un final propio del espíritu de adviento

los cielos engañan cual trampantojos

de anuncios níveos nunca concretados

palabras que engarzan reflexiones

hilos y pensamientos voraces

sostenido por ideas fijas eternas inmutables

de apariencia inmortal

sobrevuela el río con sus corrientes convectivas

aquella garza que azulea la piedra

junto al puente desmemoriado

llega el tiempo constreñido y taciturno

un azar hogareño lector y reflexivo

Poema 656: La vida teje su telaraña pacientemente

La vida teje su telaraña pacientemente

La vida teje su telaraña pacientemente,

nubes de humo, trampantojos,

la sensación estética de una alegría efímera,

un proyecto que dura el instante de la sinapsis,

el tiempo necesario para activar alertas ancestrales.

La masa se reúne expectante entre las sombras

de un parque nominalmente desfasado

para observar el enderezamiento del aerostato.

Máxima expectación en el acontecimiento infantil

retardado por la foto del político populista

inflado por el mismo aire caliente

que emana de la barquilla y asciende por la vela.

El cuerpo aún responde y coopera en la resistencia,

fenómenos meteorológicos adversos, fuegos,

esa lluvia ausente en verano apenas atisbada,

un caminar que era placentero y parlanchín

hasta la llegada del silencio y el acecho de la duda.

Aparece la nada para la que no estaba preparado

tras el trasiego generoso de las vacaciones:

océanos y volcanes y todos los paisajes hermosos

y los días en que me ausenté de mí mismo.

Por debajo de la puerta se atisba la sombra del tiempo

predecesores y otras imágenes especulares

otros mundos ocultos e historias ya olvidadas

antes de contemplar la curvatura exacta

de esa carretera por la que conduces.

Poema 514: El mundo a tus pies

El mundo a tus pies

En la desapacibilidad de comienzos de mayo

una salida en bicicleta con mi hijo es algo mágico,

el esplendor del campo, el esfuerzo,

un silencio de pedalear e impregnarse de los colores

de esta primavera que me evoca la del confinamiento.

Soy consciente de la maravilla del instante,

de la conexión sin palabras, de la dualidad establecida,

una transmisión inmaterial de ideas, de movimiento,

el placer de triscar montes y sembrados,

de vislumbrar una combinación inesperada de flores,

de ascender a lo alto de un monte, sin resuello.

Todas las obligaciones diáfanas han desaparecido,

la vista abarca campos ondulados, árboles de hojas tiernas,

algunos senderos apetecibles, ocres entre el verdor;

también una sensación efímera de volatilidad:

después de este instante vendrá otro también irrepetible,

habrá otras felicidades que apenas podré fijar un instante

devoradas por la velocidad imparable de los acontecimientos.

El mundo a tus pies permanecerá en la retina,

elongará el tiempo más allá de mi tiempo y fortaleza.

Poema 458: La línea del tiempo

La línea del tiempo

La línea del tiempo es singular,

me lleva y me trae, entre olvidos

ocupaciones y preocupaciones varias,

mi infancia y adolescencia parecen estar

a un tiro de piedra del recuerdo,

recuperables siempre,

así como las personas queridas que murieron.

La inercia se encarga del resto:

estoy y participo y disfruto el instante,

sin fijar los momentos, llenos de fotografías

e incluso de algún poema también inercial.

El móvil me absorbe el cuarenta por cien de todo,

pegado a mí participa en debates, recuerdos,

menciones, imágenes, citas y referencias.

Ocupamos el mismo espacio que ocupábamos:

¿Durante cuánto tiempo?

¿Qué reminiscencias leves quedarán tras de mí?

La calle y la noche son ahora de otros jóvenes,

también la alegría desbocada sin horizonte,

el desconocimiento de la fugacidad,

la huida hacia adelante renovada por generaciones.

El tiempo jibarizado en una exposición aleatoria,

recortes de hitos y recuerdos macabros,

la forma de sostener una comunidad inconexa.

En mi recuerdo se producen pliegues extraños,

atajos a momentos vitales estelares

insignificantes en el cómputo global comunitario.

Las líneas siguen un relato simplificado,

más allá de la losa de tristeza que duró un instante

una emoción y unas palabras íntimas y profundas,

la conexión y el llamamiento comunitario

a un pensamiento conjunto de misticismo y elevación.

El tiempo es un espacio topológico que puedo deformar

una goma maleable, deformable, plegable,

pero finita e irrompible, y finalmente inexorable.

Poema 445: Bendita Felicidad

Bendita felicidad

Él duerme.

Toca el piano con soltura,

se llena de memoria y de notas,

se mide conmigo cada día.

Ella se relaciona,

queda bien con todo el mundo,

empatiza hasta el tuétano de sus huesos.

Veo pasar sus momentos,

los días llenos de una felicidad muy alta,

repletos de acontecimientos.

Pienso, escribo, disfruto,

leo poco, pero pausado y consciente

del poder evocador de las palabras.

Atisbo la vorágine de cuanto sucede,

la gracia del olvido selectivo,

el engaño colectivo tan reiterado.

Bendita felicidad de libros acumulados,

de conocimiento y belleza,

de contacto intenso con la naturaleza.

No hay tantas rutinas placenteras,

ni tantas extravagancias exquisitas,

solo el cultivo sosegado del bienestar.

No dejo pasar el instante, ni la ocasión efímera,

ni tan siquiera un poema vislumbrado,

ni esa risa –rara avis– tan amiga.

Existen las oscuridades y el dolor,

algunos presagios difíciles de ignorar,

el fin absoluto de los tiempos en que vives.

Y sin embargo suena la música,

coexisten las bellas palabras

con miradas llenas de energía y pasión.

El tiempo nunca dura suficiente,

ni la belleza, ni los rituales, ni el amor,

solo el amplio instante perdura inmarcesible.

Poema 435: Primavera veloz

Primavera veloz

Un escritor presenta su libro

–largamente esperado–,

el fruto de años de silencio poético,

y rápidamente pasa y apenas permanece.

Somos el tiempo que nos queda,

–dijo Bonald-,

y ese tiempo no es lineal:

acelera en primavera, se contrae

en las tardes cortas y oscuras de invierno.

Suceden –pues todo llega–, acontecimientos

percibidos como lejanos en su planificación,

decisiones, alegrías fugaces,

esas canas y arrugas que asumes con humildad,

el fulgor de las estaciones, la luz.

Desearías amanecer en medio del campo,

verde, fresco y húmedo, oloroso,

corriente de aromas entrecruzados

en una forma helicoidal cromosómica

a la que asignas colores.

Te impregnas de ellos, tocas, acaricias

la tierra, quizás un cuerpo amado,

antes de gritar a pleno pulmón tu presencia,

primate convertido en autócrata,

pergeñador de versos bucólicos,

íntegramente satisfecho por la fusión

con una naturaleza ancestral y mítica.

Las nubes cubren el sol, lo tamizan;

desde tu observatorio urbano sopesas

la comodidad, –litúrgica y lectora–,

contra el ejercicio incierto y agotador,

los lances del campo a través salpicado de alimañas,

el polvo ya roña en tu piel aseptizada.

–Reducción de la disonancia cognitiva–,

te dirán con convicción profesional,

ese desencuentro con la pérdida y la memoria,

una cuenta atrás vital,

que te hermana con las plantas y las rocas,

temeroso desde siempre

de cuanto se mueve de forma autónoma y animal.

El placer básico de ver amanecer desde un teso,

Mambla, Cuchilla, Cerro, Pinajarro,

tan difícil de conseguir en la veloz rutina,

en los días verdes de un abril a punto de fugarse.

Poema 401: Ventanas

Ventanas

Nubes blancas, cambio de tiempo,

viento, pisadas en medio de la carrera,

un baile, una coreografía de corredores

verdes, multicolores,

el paso síncrono, la belleza del momento,

eres parte de la masa y solo puedes asomarte

durante un instante fugaz.

Grúas en el horizonte, muchas, demasiadas,

ocultan aquel trozo verde del campo

que veías durante el confinamiento,

cruel clima que desgaja hojas y limpia árboles.

Cuadernos por los que te asomas al mundo

oculto o visible,

la respiración de los otros,

el gesto cansado o elegante de gacela,

resistencia, olor a ungüentos para los músculos,

un texto con dos conceptos asidos al vuelo.

Recuerdas un funeral inocuo,

un cuadro de escuela flamenca,

la profundidad de campo sin punto de fuga,

esas noches de estío calurosas

en las que las ventanas permanecen abiertas

en busca de un frescor que se resiste.

En algunas ventanas se asoman los curiosos,

fotografían la sierpe humana

que se elonga según pasan los minutos.

La luz y el recuerdo del profesor difunto

que certificaba el acceso al club nocturno

asomado a su ventana privilegiada,

marcan el final de la mañana corredora

mientras degustamos una buena tortilla de patata.

Poema 382: Abundancia

Abundancia

Abundancia, comida, libros, noticias, estímulos,

haga lo que haga no tendré tiempo para todo,

el polvo se posará mansamente en capas

sobre los libros no leídos para mostrarme

mi infinita insignificancia.

Y sin embargo no me detengo, degusto poemas

uno a uno, dos a dos, cada día,

sigo escrutando con mirada poética el árbol viejo,

los restos que dejó la tormenta tan aparatosa,

el deambular brillante hacia el quiosco

de quienes han madrugado un domingo de mayo.

Vibra la ventana al paso de los motores de explosión,

surgen nuevas grúas en el horizonte constructor,

todo el mundo parece ajetreado

quizás para ignorar las llamadas de auxilio de su conciencia.

Llegan imágenes terribles de la guerra,

un videojuego ajeno que me perturba un instante

antes de conectar la radio para constatar la estulticia

de los comentaristas deportivos.

El mundo es un juego de equilibrios mentales,

un ajuste de cuentas continuo contigo mismo,

una suma de discontinuidades: palabras, gestos,

la complicidad de tus iguales, a veces compasivos.

El sueño de algunos deviene en arte

y en activación de resortes placenteros,

en trabajo y en ocio, en lecturas optimistas de la realidad.

La abundancia aquí será un agujero de carestía en otra parte,

o quizás sea solo una ilusión temporal

que no todo el mundo está dispuesto a reconocer.

Poema 324: El tiempo que nos queda

El tiempo que nos queda

Hemos tenido el privilegio de ver pararse el mundo,

de escuchar el silencio en una autovía,

de reconocer el canto de los pájaros,

de poder leer a deshoras asomado al balcón exiguo

y subir y subir escaleras sin parar.

Después redescubrimos la flores, su aroma,

la belleza de la naturaleza a su antojo

el éxtasis de un paseo en bici enmascarados,

las benditas vitaminas del sol en la piel

y el ancestral gusto por caminar pegados a la tierra.

Cada pequeño espacio de libertad era una maravilla,

de la que muchos han disfrutado:

se agotaron las bicis en las tiendas,

y han surgido caminantes a borbotones en las sendas.

Ahora la cigüeña subida en su atalaya eléctrica

contempla el ruido horrísono del tráfico en la autovía

cuál saurio evolucionado de perfil extraño

mientras me acerco sigiloso para captar una instantánea

de su vuelo elegante y sagital.

Ya no contemplamos el cielo cada tarde

ni miramos con extrañeza al caminante desenmascarado,

los perros ya no son un privilegio

ni la noche está vedada a los noctámbulos de fiesta.

Los años veinte se repetirán de forma sarcástica,

apurar la vida, las sensaciones, el tiempo que nos queda,

ignorar lo aprendido, huir hacia delante en el espacio,

sin olvidar la especie a la que pertenecemos,

aún recién salidos de las cuevas para transitar el mundo.