Poema 399: God Save The Queen

God Save The Queen

El roce mediático convierte en lugar común

cada acontecimiento extraordinario,

rebaja el sentido auténtico, lo envilece,

la fiesta la organiza el menos capacitado.

Poder judicial, aceleradores de partículas

o agujeros negros,

todo está al alcance de un comentarista:

bastan unas páginas leídas en diagonal

tras una búsqueda de pocas palabras.

La serie de Netflix está a un click del mando,

lo que dice el guion es una verdad histórica

mucho más importante que un tratado

o el análisis sesudo de un historiador.

Las anécdotas suplen a los severos aconteceres,

un opinador profesional cobra por picos de audiencia,

levanta polvaredas en connivencia con un homólogo,

descalifica o alaba según pacto previo.

El circo mediático es de gran belleza visual,

imágenes icónicas, tres cuartos de siglo

desfilan en todas las pantallas

nadie quiere perder la instantánea de Buckingham Palace:

yo estuve allí en ese acontecimiento.

La fantasía y los privilegios familiares

hacen comulgar a las mentes más gregarias,

despiertan la imaginación y los sueños o deseos

administrados con astucia por el poder establecido.

La reina ha muerto, cuándo o cómo

es objeto de especulación mediático-popular,

el baile del lujo y el boato acaba de comenzar:

un réquiem, un castillo, una abadía histórica,

una útil distracción para la vida cotidiana al alza.

Poema 398: La amistad del corredor

La amistad del corredor

Se desvanece el ruido y la música de la fiesta

en las sendas estrechas del pinar;

correr es un acto de purificación

una hermosa ínsula en la vida cotidiana.

Huele a decorado recién regado

a pesar de la sequía que no nos abandona,

pinos que han rezumado resina todo el verano,

esparragueras fractales de millares de agujas.

La amistad de los corredores es un vínculo potente,

ha sobrevivido a paternidades varias,

al agotamiento de la edad o la desmesura alimenticia

y persevera en confidencias ahogadas por la respiración.

Ya no hay registros, ni marcas, ni tiempos,

el acto social ha superado al deportivo,

solo el orden, la fuerza o la forma física prevalecen

cuando todo lo demás ha sido olvidado.

Ciertas rutinas de calentamiento, estiramiento,

detenernos en los mismos pinos,

recordar anécdotas, risas, despistes,

sostienen ampliamente el esfuerzo deportivo.

Nadie tiene dudas de la recompensa tras la fatiga,

ni del público que escucha con interés hipótesis

y disertaciones varias en torno al fútbol

o a las estadísticas de cualquier disciplina humana.

Lazos, familia, vacaciones, vivencias,

incluso tras ausencias prolongadas

parece que no ha transcurrido el tiempo

que todo vuelve a comenzar mientras corremos.

Poema 397: Final del verano

Fin del verano

Los días se vuelven poderosos,

más allá del riesgo del vacío existencial,

hay vetas, filones, hilos marcados

llenos de brillo y promesas,

converges bajo una nube protectora

y de allí salen hipótesis, consejos, ideas.

Y de repente una lectura se vuelve procedente,

e imprescindible,

las conexiones gigabyticas se incrementan,

y ese juego de actividad mental

se convierte en trampantojo del silencio.

Has transitado por senderos ancestrales,

te has bañado en el mar Cantábrico,

has volado por la cuenca danubiana en bicicleta,

has conocido personas con cierta aura personal,

y vuelves a la sede dinámica y protectora.

Asientas cada día tus equilibrios personales,

improvisas, enfocas, sostienes,

un entramado de detalles preciosos,

de búsquedas incesantes, de aprendizaje,

cara vista u oculta, serenidad.

Nada te pertenece, ni el tiempo, ni los libros,

ni siquiera el dominio de ti mismo;

evalúas el límite entre la dicha y el vacío,

entre la soledad buscada y la ausencia de energía.

Un viento fresco o una luz en el ocaso,

toda la belleza fundida en un abrazo infantil,

en palabras con tenue pronunciación,

en ideas a corto plazo, incapaz de ver más allá.

Poema 396: Permanecer

Permanecer

En medio de la belleza, de nubes, de jardines,

luces que juguetean al atardecer,

invitado en soledad, silente, permanezco.

Jolgorio tradicional, quizás ancestral,

días en los que aflora el animal interior,

la tendencia oculta de cada cual:

danza, fuerza, resistencia, risa innoble,

permisividad y desorden.

La introversión oculta un vacío vital,

faltan preguntas e intereses comunes,

sobran ideas de otros colonizando mentes,

cortesía y desperdicio fugaz del tiempo.

No he reorganizado aún el consumo

de vivencias vacacionales en mi mente:

baños fluviales, deporte, risa,

campos inusuales o paternidad fraterna,

una sucesión excelente de bellos momentos.

A veces en un descanso necesario de actividad

aparecen vacíos o desiertos, conflictos éticos,

necesidad de conjugar pensamiento y realidad,

la presión social para no alejarte de la ortodoxia,

el reintegro a la corriente colectiva.

La edad es el chivo expiatorio necesario,

falta de personalidad o pereza,

y la búsqueda del relato virtuoso y alegre

surgido de ciertos vacíos vitales indeseados

y de contradicciones de difícil explicación.

Uno barniza las discontinuidades hermosas

con una pátina mental de gran calidad,

resistente a la nostalgia o al recuerdo,

acabado necesario para poder continuar,

para que la permanencia se disfrace de excelencia.

Poema 395: Las nubes en el cañón

Las nubes en el cañón

Tumbado en el cañón horadado por el agua,

tras el baño en la poza helada,

absorbo con presteza la energía de la piedra,

me lleno de su calor.

Las nubes del cielo bailan un vals lento,

no puedo dejar de mirarlas:

descubro formas de animales, de países,

fantasmas, ataques, mordiscos.

De repente me pregunto:

¿de dónde sale mi imaginación?

¿Qué soy capaz de vislumbrar?

Entiendo mis limitaciones sobre las formas,

estas cambian al ritmo que mi cerebro adivina,

como si estuviera estipulada la velocidad.

El vals lento semeja al de los cuerpos que se juntan,

nubes amorosas hacia otras nubes,

todas de riguroso blanco inmaculado,

se acercan y se alejan, desvaneciéndose con ceremonia.

Un dragón humeante ataca una oveja,

el mapa de la península se convierte en un fiordo,

siento algo de felicidad en la contemplación,

algo tan sencillo y al tiempo tan espectacular.

Una corona o un continente, busco y encuentro,

cada imagen es contrastada con una base de datos

alojada en mi cerebro después de tantos años;

reconozco la presteza mental en ese instante.

Siento el placer del sol, el ruido uniforme del agua

que desciende en cascadas entre las grandes piedras,

la luz, la brisa, el azul tras las nubes blanquísimas,

ese bienestar profundo lo asimilo a la felicidad.

Poema 394: Teatro en Cáparra

Teatro en Cáparra

El sendero está iluminado por cirios en el suelo,

vibran las ruinas bajo la luz del fuego,

intimidad en la sierpe de espectadores,

un río humano que surge del polvo

y camina con expectación hacia el arco tetrápilo.

La magia del teatro convoca risas y aplausos,

incluso la luna llena hoy no ha querido perderse

el alimento del humor teatralizado;

eso la hace ascender e iluminarse cada minuto.

Sobre el histórico sitio romano excavado,

uno se predispone a cualquier enredo, engaño,

diálogo con voz fuerte y autoridad en la dicción:

Plauto ha sido adaptado a una modernidad arcaica.

Los aplausos son el agradecimiento por la risa,

ese don tan escaso y volátil,

el esfuerzo de las actrices y actores disfrazados

por adaptar gestos, palabras, movimiento y acción.

El acoso de los patricios hacia las esclavas

provocan la risa fácil del espectador

sustentada en el travestismo y la banalidad,

en los equívocos sexuales y la belleza,

y en la gracia ebria del esclavo Olimpión.

Aparto la vista unos instantes del escenario

y allí aparecen, alumbradas por el generoso satélite

vestigios de lo que fue un próspero cruce de caminos,

una ciudad ensamblada en una colina al pie del río Ambroz.

Poema 393: Me gusta

Me gusta

Me gusta tumbarme boca arriba en el mar y flotar,

dejarme mecer por las olas,

descansar tras nadar un rato.

Me gusta ver los cuerpos en la playa nudista,

personas sin complejos, naturales,

apegados a la tierra, al sol y al mar.

A veces se cruza por delante un atleta,

o una mujer con los pechos hermosos y diferentes.

Me gusta imaginar sus vidas.

Me gusta coger una ola e irme,

buscar el siguiente placer, diversión, obligación.

Me gusta correr hasta una playa aislada

desnudarme y posar la ropa en las rocas.

Me gusta oler las flores de brezo en agosto,

escuchar el zumbido de los insectos libando

en medio de una orgía de perfume polínico.

Me gusta leer un poema en voz alta

escondido en un recoveco del acantilado

mientras rompen las olas, fondo sonoro.

Me gusta el vuelo de la gaviota que planea,

la sombra que oscurece mi sombra un instante.

Me gusta poder disponer de todos mis sentidos

libres, ajenos a la vida y al griterío social.

Poema 392: Esa sensación

Esa sensación

Esa sensación de enjambre humano,

agitado, hiper estimulado

arrastrado por él

difícil de controlar una vez en movimiento:

¡Vivid y disfrutad que el tiempo se acaba!

Desconecto noticiarios y opiniones,

me alejo de sucesos y calor mediático,

ocupado en el vacío que deja un poema con éxito,

la espera atenta a una novedad creciente.

Leo y leo, agito hilos invisibles, entrevistas,

el sosiego de quien apenas influye

y lo está diciendo todo.

Esa sensación de ola sobre la que surfeo,

no de forma voluntaria:

asomo la cabeza un instante y veo el panorama,

para volver a centrarme en sobrevivir.

A menudo me siento manipulado,

bien de forma local, bien de forma general,

improviso palabras sobre las que construir hipótesis,

teorías surgidas de la necesidad explicativa y coherente.

Otras veces soy un eslabón, necesario o no,

una cadena de transmisión

a la que otros se enganchan, o acercan o permean,

una luz o una oscuridad, quizás una expectativa.

Esa sensación no me abandona, no descansa,

el tiempo que nos queda de Caballero Bonald,

esa inoculación poética que penetra en la carne

y la deja ya inmarcesible para siempre.

Poema 391: El final del viaje

El final del viaje

Todavía veo bicicletas rojas y amarillas

y la amplitud como un mar del río Danubio,

aún creo ver siluetas familiares en las calles

de los compañeros de aventuras.

El viaje se ha vuelto liviano

ante el quehacer diario;

irá adquiriendo su peso como una celebración,

un momento idílico en estos años,

risas, conversaciones en paralelo, confidencias,

el alma austriaca analizada en sus campos y jardines,

la belleza de unos cisnes o la sorpresa de un lago,

un café delicado a la vera de una abadía,

la suma de recuerdos veinticinco años después

y las miradas incrédulas de los jóvenes.

Quedará en el recuerdo el primer baño en el río,

las cervezas del final de cada jornada ciclista,

algunas pequeñas ascensiones por rampas empinadas,

o los albaricoques al alcance de la mano.

El viaje ha tenido una velocidad ideal,

la mirada limpia de quienes lo hacían por vez primera,

las risas de cada noche sentados a una mesa,

junto a recuerdos y pequeñas erudiciones.

Una siesta junto a un campo de calabazas

nos descubrió el territorio Alevita;

el mecanismo de una esclusa nos hizo detenernos:

admirar la fuerza hidráulica,

entender las complicaciones de la navegación,

poner un pie en un país y otro en Alemania.

La suma de los días excede con creces a lo imaginado,

pues el calor de esta vez o la lluvia del viaje original

trastocan el modus intinerantur.

Las despedidas nos dejan hilos invisibles,

enlaces, nervaduras, amistad y alegría,

incluso para los que habitamos en la periferia.

Recuerda Raquel la generosidad y el disfrute

en estos día terapéuticos de julio.

Que las lágrimas de la despedida

se conviertan en vínculos imperecederos.

Poema 391: Krems


Krems

Con toda la resonancia de calles medievales,

en medio de viñedos y bodegas centenarias,

una cúpula recibe al viajero con el calor

sobrepasado del estío presente.

Se hace patente el diseño geométrico reglado 

en la Galería Estatal de la Baja Austria,

mientras agotados buscamos un refugio del sol.

La Venus de Willendorf nos entretuvo un instante,

en el camino desde Melk,

sudor y resistencia y a veces silencio.

El estuco renovado de la calle principal

traslada una idea de imperio barroco,

al igual que la cúpulas verde-oxidadas del campanile.

El rio Danubio nos ha traído hasta aquí 

bajo los albaricoqueros anaranjados por el fruto en sazón.

Los vinos blancos se suceden en el calor de la tarde,

sobre las bodegas antiquísimas llenas de barriles.

Solo una piscina nos ha salvado la tarde,

llenándonos de risa y de coreografías

a la espera de una tormenta que apenas llegó .