Poema 409: La intimidad del poema

La intimidad del poema

Ese instante en el que has recogido la casa,

todo parece ordenado, según tu orden,

sientes que todo está limpio

aunque en un examen profundo haya polvo,

ácaros silenciosos o no,

el momento en el que a través de la ventana

coexiste el ruido de coches con el de pájaros

aún los árboles verdes y la vista

conserva un único acceso al campo como un tesoro.

En ese momento no vas a escribir

como un encargo hecho por ti mismo;

habrás encontrado un hilo o un motivo,

una necesidad expresiva en tu interior.

La intimidad del poema que escribirás

solo se mostrará según se vayan decantando

los versos,

las palabras, la uniformidad temática,

el ansia de todos los pensamientos que se agolpan.

Esa llamada inspiración puede surgir de otro poema,

o de una luz, una música, una soledad,

un estado emocional sensible a cualquier estímulo:

aprovecha el momento, parece decir tu otro yo.

Has encontrado quizá la forma de construir un poema

con ladrillos que has recopilado de aquí y de allá.

Después lo revisas y lees y relees,

pules esto y aquello, tomas decisiones,

evitas repeticiones y buscas sinónimos.

Una vez fuiste impresionista y otra adoraste las elipsis,

durante un tiempo hubo guerra en tus poemas,

la geometría que nunca te abandona.

Se podrán clasificar, –te dijo una voz íntima–,

en tres o cuatro temáticas,

sentiste entonces el corsé autoimpuesto

o la limitación de tu entendimiento poético,

pero no por eso desististe o aminoraste

el celo poético, el cauce de ideas manidas.

Te despides del poema como aquella pastilla de luz,

o el vago rumor de una campana que aquí no escuchas,

sin capacidad real de verlo en perspectiva.

Poema 408: La herida matemática

La herida matemática

            “En memoria de Agustín,

                  quien siempre será el Divino Raíz de menos uno”

Hacía tiempo que no te veíamos

y ya no te veremos.

Llegó la noticia como un golpe

al pie de una iglesia,

entre la desapacibilidad y la amistad.

Nos ibas contando cada retroceso,

con desarmante entereza,

con las cicatrices al aire,

sin tapujos.

Cuando aparecías transmitías calma,

la serenidad de quien ama mucho la vida

y sabe de su finitud y sus desgracias.

Te recordaremos en aquella obra

como el Divino Raíz de Menos Uno,

entre el humo y el alcohol,

llenos de risa y de vida por delante,

embutidos en matemáticas abstrusas.

Reunidos con aire circunspecto

te homenajeamos con anécdotas, recuerdos,

pequeñas alabanzas que te habrían gustado,

nombres casi ya olvidados,

una pequeña catarsis para los vivos:

la herida matemática,

tu imagen bonachona y amiga

presente en el centro de la vida.

Poema 407: Campana

Campana

Una campana rasga la noche y el amanecer;

me despierto aún inmerso en la partida de naipes,

cómputos, risa, amistad reencontrada, gin tonics,

el suave río subterráneo que continúa

más de treinta años después.

Los ladrillos perfectamente alineados

denotan solidez robusta,

el color cambiante según la humedad de los días.

Es tiempo de algunas conversaciones

siempre convergentes y no siempre banales.

La campana rememora aquel poema de Zorrilla

en el funeral celebérrimo de Larra,

–Ese vago rumor que rasga el viento…

Corretean los niños, llenan el espacio de vida;

teletransportado a otra edad

resuenan risas y los gritos inocentes.

Un palacio nos reúne en un corrillo erudito:

las impresiones sobre Roma en el siglo primero a.c.,

la victoria de Cayo Mario en Vercelas

y los estertores de la República.

Cortinajes, tapices, cuberterías, relojes dorados

son observados con detenimiento,

imaginamos la vida ampulosa de los monarcas.

Las campanas vuelven a indicar la hora

o el final de la vida de alguien en este pueblo,

mientras amasamos pan

y nos aplicamos a la tarea de sobrevivir.

Poema 406: El tiempo de la noche

El tiempo de la noche

La noche se extiende por las horas de la tarde

no es el frío, ni la lluvia:

en el pueblo nadie ocupa las calles desiertas.

Cinco caminantes con un libro bajo el brazo,

palabras, emociones condensadas,

pequeño teatro personal e íntimo:

algunas conexiones suficientes

para sostener vidas y sonrisas.

Desde mi butaca, una vez superado el sueño,

observo dos altillos decrépitos,

ventanucos mágicos en desuso.

Una vez más quiero asomarme a ellos,

repararlos, tomar posesión una vida entera,

calcular los difíciles ángulos diédricos con el tejado,

como aquella vez en la que construí una maqueta.

Allí hubo una vida que el tiempo de la noche ocultó,

rostros que escudriñaban el peligro,

quizás fusiles de otra época.

El tiempo de la noche invita al recogimiento,

al calor de unas sopas de ajo,

a las luces cálidas, anaranjadas de baja intensidad,

a sumergirse en voces susurrantes y acogedoras.

La poesía es un deseo al alcance de la mano,

nadie ha previsto el frío:

surge como un recuerdo cíclico

la promesa del lecho hasta el amanecer.

Poema 405: Conversaciones

Conversaciones

Una conversación abre espitas olvidadas,

ideas que pasaron de largo,

pensamientos del corto plazo quizás importantes.

Sentado en el cogollo de la ciudad

llena de ruido y de pandillas en formación,

de parejas consolidadas y quizás ya marchitas,

añoro el campo, la luz del atardecer y del amanecer,

en este orden,

los descensos por un sendero serpenteante

lleno de las hojas del otoño,

el verde amarillento de la estación

o el contemplar las nubes caprichosas

tumbado y arrullado por el sonido de la cascada.

Amistades que se estiran y encogen o se difuminan,

el factor humano, cada vez menos humano,

más investigado e imitado por la inteligencia artificial,

demasiadas horas de conversación

no siempre con quien quieres, si no con quien te toca

en una aleatoriedad a veces triste,

otras veces de una alegría inesperada.

Deseo el mar, el viento y la lluvia, agua por doquier

quizás cuando eso llegue desearé estos días soleados

de un octubre que no parece otoño.

Las conversaciones son caminos que sortean lecturas,

que llenan de expectativas e hilos

los recesos del trabajo o de la paternidad comprometida.

A veces siento que no comprendo nada,

que todo pasa por delante según avanza el calendario

sin que sea capaz de fijarlo, salvo en fotografías.

El consumismo ha llegado a la memoria,

a la edad en la que todo es menos intenso

en el recuerdo que en la realidad,

sin tiempo de fabular o divinizar o idealizar,

de construir una narración propia de lo sucedido.

Y sin embargo las palabras producen resurrecciones,

revivir momentos e ideas,

desencriptar sensaciones como se resuelve una ecuación,

ese momento de gloria en que la mente al fin comprende.

Poema 404: Ideas de futuro

Ideas de futuro

Experiencias, artículos, opiniones,

estrategias de inteligencia artificial,

en los juegos, en la guerra, en la vida,

aparecen puntas de iceberg,

muestras aún desapercibidas,

la domesticación de la ciencia básica.

Las tareas se vuelven sencillas,

en aras de incrementar el trabajo

de forma exponencial.

Crecen los atajos, trampas, engaños,

aparecen caminos difíciles

estadísticamente más veloces,

la lógica humana pierde peso

frente a algoritmos inusitados.

Mientras tanto el poder es ajeno a todo,

continúa aprovechando voluntades

y disfrutando de la animalidad gregaria

de cada uno de nosotros.

Rozar la sabiduría es exclusivo y minoritario,

se eriza el vello ante los avances evolutivos,

descubrimientos y estructuras genéticas

que acotan la paleontología.

Tantos campos y tanta ciencia,

tantas matemáticas modelizando procesos,

miles de artículos científicos imprescindibles,

el futuro llega a borbotones

sin que la consciencia lo asimile.

Poema 403: Música india

Música india

Han viajado miles de kilómetros

para tocar en una ciudad pequeña

alejada de los grandes centros culturales,

una ciudad que tiene una orquesta sinfónica

y fábricas que alienan a sus trabajadores.

Se miran con sus rostros no agraciados,

parecen discutir por los gestos de sus manos

enfrentados en la tarima

mientras el maestro del violín improvisa.

La nota de color la da una jovencísima mujer:

vestida de rosa intenso acaricia imperturbable su tanpura;

Shreya Suresh da continuidad a todo el conjunto

más allá de la improvisación de las tablas y el thavil.

El doctor Subramaniam concita todo el interés;

con movimientos pausados y enérgicos dirige sin titubeos,

eleva el ritmo, introduce con un gesto el morsing

o inicia un diálogo triangular con sus músicos.

De forma didáctica, en un inglés que apenas comprendo,

informa sobre su técnica de improvisación

y agradece la celebración,

 del septuagésimo quinto aniversario de la independencia india.

Poema 402: La cara oculta

La cara oculta

Pretendidamente nos suministran

Píldoras de información innecesaria:

un documental te abre levemente los ojos

y entonces el engaño se manifiesta nítido.

Corrupción, comisiones, poder económico,

simpatías o antipatías personales,

muchas amantes, lujo deslumbrante,

¿carnalidad o intimidad beneficiosa?

La carga emocional solo puede vislumbrarse,

celos, espías, toda la maquinaria del estado

frente al apetito sin medida del monarca,

sin noticias de la cara oculta de la luna.

En el foco de los difamadores profesionales

todo se amplifica y distorsiona:

escritorio con fondo de biblioteca noble,

sentados ante una mesa de enorme dignidad

aseveran sin tapujos su verdad alcanzada.

Consejos, sentimientos, opinión pública, grabaciones:

primero impunidad,

luego extorsión sellada con dinero comunal,

la complicación del enjambre humano,

enfermedad y agotamiento regio.

Tengo la sensación de haber observado

el reverso oculto de la Historia,

decenas de puntos conocidos

unidos por hilos incógnitos de lógica aplastante.

La comunicación es un trampantojo

de gran belleza narrativa,

una estabilidad necesaria y reputada,

un agar nutritivo para la cohesión social humana.

Poema 401: Ventanas

Ventanas

Nubes blancas, cambio de tiempo,

viento, pisadas en medio de la carrera,

un baile, una coreografía de corredores

verdes, multicolores,

el paso síncrono, la belleza del momento,

eres parte de la masa y solo puedes asomarte

durante un instante fugaz.

Grúas en el horizonte, muchas, demasiadas,

ocultan aquel trozo verde del campo

que veías durante el confinamiento,

cruel clima que desgaja hojas y limpia árboles.

Cuadernos por los que te asomas al mundo

oculto o visible,

la respiración de los otros,

el gesto cansado o elegante de gacela,

resistencia, olor a ungüentos para los músculos,

un texto con dos conceptos asidos al vuelo.

Recuerdas un funeral inocuo,

un cuadro de escuela flamenca,

la profundidad de campo sin punto de fuga,

esas noches de estío calurosas

en las que las ventanas permanecen abiertas

en busca de un frescor que se resiste.

En algunas ventanas se asoman los curiosos,

fotografían la sierpe humana

que se elonga según pasan los minutos.

La luz y el recuerdo del profesor difunto

que certificaba el acceso al club nocturno

asomado a su ventana privilegiada,

marcan el final de la mañana corredora

mientras degustamos una buena tortilla de patata.

Poema 400: Se nos mueren los ídolos

Se nos mueren los ídolos

Murieron Batiatto y un señor

que se llamaba Leonard,

y las letras dejaron de tener sentido.

Cuántas veces pensé que Lorca

habría sentido escalofríos de placer

al escuchar el pequeño vals vienés

con voz ronca y afinada.

Se fue Javier Marías sin darse apenas cuenta,

¿o fui yo quien lo consideraba inmortal todavía?

Y la reina de reinas, la longeva,

y con ella la autoridad palaciega.

Godard los sobrevivió unos días

espléndidos del mes de septiembre.

Compré sus casettes casi sin dinero,

escuché que el hijo era distinto del padre,

me desperté en primavera

y supe de la estación de los amores.

Descubrí presunta información en los rostros

como los miraba Jacobo Deza.

No me olvido de Almudena, ni de Joan,

ni de Brines.

Es el fin de un ciclo vital, cultural,

de voces y plumas elegidas;

quizás siempre fue así y solo la edad (mi edad)

se mezcla de nostalgia y luto.

Quedan las obras y quedan los vivos,

y el prodigio democrático de tantas redes

capaces de difundir pequeñas maravillas.

Nos han dejado ideas, hilos, música,

vértices sobre los que tender cabos y búsquedas,

la sensación de que nos adentramos en la senectud

y una cierta orfandad estética y de pensamiento.