Poema 351: Sospecha

Sospecha

Una mujer hermosa en el mirador del río

cabecea negando algo en su interior

aunque bien pudiera estar hablando por teléfono.

Duda, mira la corriente. No me ve,

atento y sospechando de sus intenciones.

Hace mucho frío en la ciudad y la escarcha

cubre el césped que rodea este magnífico entorno.

El hombre en el que apenas había reparado

ya no está.

Los patos nadan ajenos a los humanos,

dejan tras de sí otra estela de agua.

El ruido de los coches amortigua cualquier sonido.

Poema 349: El Camino

El Camino

La lluvia resalta la belleza del otoño,

brillan las hojas,

las agujas marrones del pino

resurgen cobrizas en el suelo,

solo la música rivaliza en belleza

desde el interior del automóvil.

Cada mañana revisito mis obsesiones:

la fugaz visión del río y su cauce salvaje,

el bidón en el que arden maderas en el aserradero

antes blanco, y renovado y ya quemado,

la casita con columpios en medio del pinar,

lo que yo llamo, pretenciosamente, tierras altas,

unas glicinias que asoman por un balcón

igual y distinto a los otros en una fila de cuatro

casas iguales y distintas.

Millones de sinapsis se cruzan en mi cerebro

en medio de todos estos hitos observables:

una sentencia, una estadística, una noticia,

el enfoque y los minutos iniciales de la clase

que impartiré dentro de unos minutos.

El camino es un ritual presente cada día

una forma de estar en el mundo con la seguridad

de una cierta inmutabilidad mientras todo cambia;

anclajes de seguridad mientras sigo escalando.

Poema 334: Oda al río Trabancos

Oda al río Trabancos

En este lecho seco y arenoso hubo un río:

en sus orillas cantaba el agua,

croaban las ranas mimetizadas en los juncos,

a las ventas de la orilla llegaba el frescor de sus aguas.

Debatimos brevemente sobre los meandros,

la roca del suelo,

el ganado que pastaba en la vega,

nos fotografiamos junto al pino enorme y solitario

testigo mudo de un siglo de decadencia.

Ya no hay caudal, solo crecidas cada dos lustros,

apenas algunos chopos delimitan el cauce,

las fuentes se han desviado a los cultivos,

no hay frescor ni la vida del agua.

Las construcciones junto al río, posadas, molinos,

cambios de postas,

son hoy ruinas auténticas de barro y ladrillo

de las que son testigos mudos las rejas en las ventanas.

Los caminos del valle fluvial son de arena blanca,

el paisaje muda con el cambio de provincia:

dehesas de encinas en las que pasta el cerdo ibérico;

el camino se retuerce y se llena de hermosura.

Imaginamos lo que pudo ser aquello hace un siglo,

una maravilla de visión, torres erguidas

en todos los puntos cardinales,

acémilas para llevar el vino y el cereal,

tratantes de pieles y ganado,

un correo que vadea el río a toda velocidad.

La mañana termina con un buen almuerzo

en una tasca con solera bien surtida,

antes de enfrentarnos al viento de cara

y a los avisos de hormigas laboriosas

atravesando con premura el camino.

Poema 325: El tiempo de los caminantes

El tiempo de los caminantes

Sin huellas y sin memoria caminan,

siguen las márgenes de un río

o los caminos celestes de la noche,

se sientan a tomar el fresco en poyos

guarecidos del frío y del calor,

escupen huesos de cereza en primavera.

La flor del saúco y la babosa que cruza la vía verde

componen sumando un cuadro de madrugada.

Huele a hierba recién cortada

al despertar de las plantas regadas.

No puedo dejar de escuchar tras el rumor del río

el canto de Batiatto: caminante que vas

Buscando La Paz en el crepúsculo,

La encontrarás fuera de la ciudad.

En los prados de Romañazo suenan las aves

pastan las vacas y el verde intenso penetra en tu piel

con el rocío de la mañana.

El río Balozano ahoga los ladridos lejanos,

camino sobre las antiguas vías del ferrocarril

paso ahora por la trinchera

antaño llena de zarzas y piedras desprendidas.

Ya no hay ovejas en el cordel del Berrocal

solo caminantes y ciclistas,

es el signo de los tiempos de ocio y supervivencia.

Con unas fotos publicadas en el grupo de Facebook

todo el mundo te sitúa de perfil

en un lugar idílico para el paseo a cualquier hora,

comiendo cerezas del árbol.

Hay un nuevo tiempo en el caminar,

tiempo de ocio y de salud,

el individuo se aisla de los otros en pandemia,

alcanza cimas personales y estéticas

redescubre el placer natural de sus antepasados.

Poema 295: Arte en tiempo de crisis

Arte en tiempo de crisis

En un clima de pesimismo generalizado

ves un cormorán estirando sus alas en el rio,

el agua verde y estanca refleja la otoñada,

la prisa te impide disfrutar durante dos minutos

de toda la luz y la quietud

testigos mudos de la enorme segunda ola.

Un cortometraje, un cuadro, una voz,

arte en múltiples soportes, grafiti inteligente,

música de quien aprovechó el tiempo de confinamiento,

exposiciones a las que solo accedes virtualmente

la maravilla de los pequeños detalles semiocultos.

Desde el puente sobre las vías divisas la ciudad nueva:

manchas de ocre y amarillo, rojos y verdes,

zonas para el paseo y la lectura al sol de octubre,

carriles para las bicicletas, camuflaje para las viviendas,

ese tiempo para disfrutar de ello que antes no existía.

El arte nos salva de los instintos reptilianos mal conservados,

concentra los sentidos en el placer,

eleva, distrae, ensimisma, explora los rincones

productivos de cada ser humano al que alcanza,

devuelve un test positivo insospechado de creatividad.

Una exposición o un libro, el poema que elude la política,

la cara B de la realidad, el reflejo del sol en los árboles,

son la muestra inequívoca de una vía de escape humana

a la miseria, la enfermedad y la muerte,

al ansia competitiva de esa huida cotidiana hacia delante.

Poema 220: Gatos

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La luz a esta hora invita al recogimiento,

aún no hace buen tiempo,

brillan las luces de la ciudad en el río

despiertan soledades olvidadas.

 

Una docena de gatos posa en el parque infantil

hay pocos transeúntes que los amedrenten

miran embobados esperando su comida

esa que a diario alguien les acerca.

 

Asomado al balcón del río observo la corriente

una mujer que pasea a su perro me observa

quizás me compadece o me ignora,

tendrá ya sus propios problemas intrínsecos.

 

Los gatos podrían atacarme si estuvieran hambrientos,

no creo que saliera bien parado del asalto,

mi presencia altera sus posiciones:

se alejan sin alejarse.

 

La fuerza del río es un imán para la conciencia,

el destello de la luz sobre la pasarela

y las sombras del mermado crepúsculo

estimulan los centros neurálgicos de la belleza.

 

He recordado al gato tuerto y a otros gatos:

en esa colonia de apacible apariencia

habrá luchas de poder, de vida y sexo,

morrongos descarriados que se asoman

a la oscura corriente del río.

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Poema 218: Paseos de libertad

 

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El río y el puente se mantienen inmutables,

no así mis sensaciones,

no el descampado siempre verde de la ribera,

ni el tiempo que tengo por delante.

 

Paseo por territorios de la memoria,

por tierra de vivos y muertos,

imagino otras huellas y todos los sentidos

escuchando grillos, pájaros, el viento en el plantío.

 

Hay una efervescencia en el paseo

un cierto alivio popular tras la tensión electoral,

la naturaleza que resurge con el agua,

los colores intensos recién nacidos.

 

Busco esos caminos a tientas,

me guío por sensaciones y mapas orientados

por las palabras que dejan profundos surcos

en los vericuetos secretos de la mente.

 

La fertilidad se impone a la economía,

aúlla cada despertar de la primavera,

ordena vidas y somete la volubilidad

de quien se afana en ser libre cada día.

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Poema 186: El sendero que baja al río

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El sendero que baja al río

 

La luz no es de otoño, ahí estás

enfrascado en extractos y pantallas,

los saltamontes indican el camino hoy sin hollar,

los arrancamoños se adhieren a tu chaqueta nueva

y tu mente se transporta al espectáculo de los patos.

 

Todo está aún verde, pero el declive ha comenzado.

 

Tras la presa corre el agua entre carrizos de la ribera,

hay una continuidad en la coloración: agua, camino, cielo,

 

Te sorprenden matices que no esperas en estas fechas.

 

Tu cabeza está llena del trabajo que acabas de abandonar,

pero el murmullo del río acalla el rumor mental,

aún tienes una amplia predisposición para la belleza,

para el sonido de la naturaleza.

 

Has descubierto un sendero y quieres mostrarlo;

es un lugar mágico de alejamiento

al lado de coches, ordenadores, timbres, griterío.

Volverás a la orilla del Duero en busca de paz.

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Poema 160: Apuntes naturales de cambio

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El cielo se ha aliado forzando dibujos

en esta mañana fría de marzo;

magnético atrapa las miradas,

siluetas hermosas, deseos prohibidos.

 

La forma del agua del río,

caprichosa y saltarina, turbia,

energía pura liberada y desbocada

emerge en la mente sin compuertas.

 

La masa de gente parece retraída,

aparece solo en los telediarios:

cúmulos de protestas democráticas,

personas dispersas en la vida diaria.

 

Ves pasar bajo la lluvia

veloces paraguas cargados de ego,

zapatos encerados llenos de prisa,

los deseos de cada cuál enfrentados.

 

Un rayo de sol frío anuncia la primavera,

esa que no existe ya en tu recuerdo

absorbido por el gris de la sequía pasada,

nota de color, nota desprendida del cuaderno.

 

La llama del bidón encendido

ralea antes de extinguirse,

ha sobrevivido un año más

a los tiempos modernos y la tecnología.

 

 

Bandadas de pájaros migratorios

desaparecen en el amanecer elongado,

aún persiste el misterio de las aves guía,

el desconocimiento de la gran belleza.IMG_8387

 

Poema 157: Velocidad

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La velocidad impide disfrutar del viaje:

atisbo a ver la hoguera,

el cauce marrón del río,

mas ignoro la forma de las nubes

o la silueta de los pinos solitarios,

no veo a los mirlos picoteando el sembrado,

ni los dibujos de los charcos en los caminos.

 

La pelusa verde de los campos

se convierte en cereal sin apenas darme cuenta,

las tierras altas cambian de color,

la prisa desbarata el placer

de apreciar la intensidad de la luz.

 

No observo la suciedad en las laderas

del polígono industrial,

ni las naves abandonadas o la casa okupa,

tampoco los tocones aún naranjas

de los pinos cortados en la última poda.

 

He pasado al lado de los extraterrestres

de mono naranja con luces estroboscópicas,

adelanto a varios camiones cargados

de papel prensado, pesados y volátiles,

veo al grajo que come despojos destripados

levantar su vuelo al acercarme.

 

La velocidad se confunde con el blues de Norah Jones,

puedo sentir la tensión de mis manos

crispadas en el volante,

y el avance rápido de los minutos en el reloj,

la adrenalina para tomar decisiones rápidas

la levedad del desplazamiento fugaz.

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