Poema 759: Los días blancos

Los días blancos

Los días son blancos entre un universo y otro,

el color de un cierto vacío inexistente,

bruma mítica tras un descenso abrupto

surgiendo de entre sábanas de apego.

Abro un libro que escalo frase a frase

antes de dejarme engatusar de nuevo

por la cantidad ingente de inmediatez

que ofrece un dispositivo electrónico.

Los días blancos son este año calurosos.

Las sensaciones de individualidad añoran

los días julianos fraternos del pedaleo,

esas cápsulas que se abrían a mi lado

para comulgar con una idea o una sonrisa.

Velocidad de vidas que aletean fugaces

inaprensibles, heroicas, constructivas,

la juventud guiando al deseo o al desencanto.

Los días blancos se rellenan de política,

el pulso entre inhumanos y diplomáticos

y el advenimiento desaforado de individuos

–hombres simples, testosterónicos y peligrosos–

manipulados hasta la náusea.

El ovillo comienza a construirse por costumbre

llenándolo de ideas, libros, artículos, podcasts

y una cierta música no para cualquiera.

Pronto llegaré a una zona gris, aún en lontananza

tangencial a los mundos en tensión,

el fin de las rutinas protectoras y los faros vernáculos.

Allí los colores oscilarán sin piedad.

Poema 739: La Reina de las Telas

La Reina de las Telas

Noche creciente, luna creciente con estrella,

el poeta atraviesa la ciudad en bicicleta:

Delicias, Arco de Ladrillo, La Farola, La Rubia…

Se ha cruzado con raiders diversos en las sombras

mientras rememora la nave con pequeñas claraboyas.

Riesgo, vértigo, madeja felina, la Reina de las Telas,

ágil escaladora compositora de instantáneas

la habilidad escalada, elevada a una potencia artística.

Todo el antiguo taller está lleno de ilusión y talento,

cuerpos entrenados durante todo el año,

múltiples procedencias, ideas vitales y experiencias,

la Luz de las Delicias es un punto de encuentro intenso

en el que las emociones están siempre a flor de piel.

Suena la música y comienza la dramatización,

composiciones imposibles para cuerpos normativos,

escorzos, enredos, la fuerza contra la masa, cierta gravedad

y la salvación de la integridad personal en el compañerismo.

El taller es un refugio y una guía espiritual semanal:

allí cada cual brilla con elegancia y se encuentra a sí misma

abriendo al mundo, en esos minutos de acrobacias increíbles,

la enorme capacidad estética de su yo artístico.

El esfuerzo y las sonrisas son solidarios y colectivos,

maestría a base de disciplina, práctica y confianza fraterna,

un reinado de apariencia efímera mas elongable y absoluto.