Poema 739: La Reina de las Telas

La Reina de las Telas

Noche creciente, luna creciente con estrella,

el poeta atraviesa la ciudad en bicicleta:

Delicias, Arco de Ladrillo, La Farola, La Rubia…

Se ha cruzado con raiders diversos en las sombras

mientras rememora la nave con pequeñas claraboyas.

Riesgo, vértigo, madeja felina, la Reina de las Telas,

ágil escaladora compositora de instantáneas

la habilidad escalada, elevada a una potencia artística.

Todo el antiguo taller está lleno de ilusión y talento,

cuerpos entrenados durante todo el año,

múltiples procedencias, ideas vitales y experiencias,

la Luz de las Delicias es un punto de encuentro intenso

en el que las emociones están siempre a flor de piel.

Suena la música y comienza la dramatización,

composiciones imposibles para cuerpos normativos,

escorzos, enredos, la fuerza contra la masa, cierta gravedad

y la salvación de la integridad personal en el compañerismo.

El taller es un refugio y una guía espiritual semanal:

allí cada cual brilla con elegancia y se encuentra a sí misma

abriendo al mundo, en esos minutos de acrobacias increíbles,

la enorme capacidad estética de su yo artístico.

El esfuerzo y las sonrisas son solidarios y colectivos,

maestría a base de disciplina, práctica y confianza fraterna,

un reinado de apariencia efímera mas elongable y absoluto.

Poema 412: Otoño mágico

Otoño Mágico

Conversan palabras con imágenes

en el valle horadado por el Ambroz,

diríase un baile en el que otoño danza

un vals lento con partitura de hojas,

mientras la niebla desciende húmeda

desde las moles pétreas legendarias.

Arroyos cantarines rebosantes de agua,

surten de regenerador dinamismo

a los ríos de lecho muerto en el estío

que desaguan veloces en el embalse reseco.

Un vate pastor podría sentarse

a declamar sus versos al viento

sobre las rocas ascendentes del cordel,

o ventilarse unas migas o una torta

bajo el alcornoque centenario de la Vía.

Una pastora descolgada del Cántico

podría triscar por los montes y espesuras

pasar los fuertes y fronteras,

lamentarse en el espejo de estas aguas

del amado que mil gracias iba derramando.

Chisporrotea la calbotá entre la bruma,

arrejunta los espíritus caminantes,

dispersa vientos y enemistades antiguas,

actualiza la quietud del caminante por el valle.

Centenares de personas afinan sus sentidos,

hollan el bosque húmedo,

elevan su umbral de belleza cotidiana,

hasta niveles de compleja absorción,

santifican la diosa  Naturaleza

y la feracidad mítica y hortícola del valle.