Poema 759: Los días blancos

Los días blancos

Los días son blancos entre un universo y otro,

el color de un cierto vacío inexistente,

bruma mítica tras un descenso abrupto

surgiendo de entre sábanas de apego.

Abro un libro que escalo frase a frase

antes de dejarme engatusar de nuevo

por la cantidad ingente de inmediatez

que ofrece un dispositivo electrónico.

Los días blancos son este año calurosos.

Las sensaciones de individualidad añoran

los días julianos fraternos del pedaleo,

esas cápsulas que se abrían a mi lado

para comulgar con una idea o una sonrisa.

Velocidad de vidas que aletean fugaces

inaprensibles, heroicas, constructivas,

la juventud guiando al deseo o al desencanto.

Los días blancos se rellenan de política,

el pulso entre inhumanos y diplomáticos

y el advenimiento desaforado de individuos

–hombres simples, testosterónicos y peligrosos–

manipulados hasta la náusea.

El ovillo comienza a construirse por costumbre

llenándolo de ideas, libros, artículos, podcasts

y una cierta música no para cualquiera.

Pronto llegaré a una zona gris, aún en lontananza

tangencial a los mundos en tensión,

el fin de las rutinas protectoras y los faros vernáculos.

Allí los colores oscilarán sin piedad.

Poema 564: Todo lo que tenía que contar

Todo lo que tenía que contar

Todo lo que tenía que contar eran unos níscalos,

el contacto con la naturaleza,

caminar monte arriba, integrarme

en la naturaleza, sentir su apego ancestral:

un árbol caído aquí, una cama de liebre,

unos huesos dorsales, un cráneo,

un plumaje que aún permanece compacto,

la madriguera profunda de algún animal incógnito.

Toda mi concentración puesta en la búsqueda

de unos hongos anaranjados,

la felicidad instantánea del hallazgo,

suma de pequeñas euforias fuera del mundo.

Todo lo que tenía que contar eran unos níscalos,

la rebusca tras la búsqueda,

el placer de conectarme unas horas a la naturaleza

con el cable USB de una cesta y una navaja.

Cada cuál contaba sus aventuras urbanas;

luego el fútbol televisado dejó su belleza

 y su crueldad en la casa de los anfitriones.

Nada polémico, nada fangoso

de todo eso que tanto nos importa

y es finalmente vacuo y repetitivo.

Cambio de hora, de luz, de orientación,

pequeña resaca del intenso día de ayer.