
Los días blancos
Los días son blancos entre un universo y otro,
el color de un cierto vacío inexistente,
bruma mítica tras un descenso abrupto
surgiendo de entre sábanas de apego.
Abro un libro que escalo frase a frase
antes de dejarme engatusar de nuevo
por la cantidad ingente de inmediatez
que ofrece un dispositivo electrónico.
Los días blancos son este año calurosos.
Las sensaciones de individualidad añoran
los días julianos fraternos del pedaleo,
esas cápsulas que se abrían a mi lado
para comulgar de una idea o una sonrisa.
Velocidad de vidas que aletean fugaces
inaprensibles, heroicas, constructivas,
la juventud guiando al deseo o al desencanto.
Los días blancos se rellenan de política,
el pulso entre inhumanos y diplomáticos
y el advenimiento desaforado de individuos
–hombres simples, testosterónicos y peligrosos–
manipulados hasta la náusea.
El ovillo comienza a construirse por costumbre
llenándolo de ideas, libros, artículos, podcasts
y una cierta música no para cualquiera.
Pronto llegaré a una zona gris, aún en lontananza
tangencial a los mundos en tensión,
el fin de las rutinas protectoras y los faros vernáculos.
Allí los colores oscilarán sin piedad.
