Poema 218: Paseos de libertad

 

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El río y el puente se mantienen inmutables,

no así mis sensaciones,

no el descampado siempre verde de la ribera,

ni el tiempo que tengo por delante.

 

Paseo por territorios de la memoria,

por tierra de vivos y muertos,

imagino otras huellas y todos los sentidos

escuchando grillos, pájaros, el viento en el plantío.

 

Hay una efervescencia en el paseo

un cierto alivio popular tras la tensión electoral,

la naturaleza que resurge con el agua,

los colores intensos recién nacidos.

 

Busco esos caminos a tientas,

me guío por sensaciones y mapas orientados

por las palabras que dejan profundos surcos

en los vericuetos secretos de la mente.

 

La fertilidad se impone a la economía,

aúlla cada despertar de la primavera,

ordena vidas y somete la volubilidad

de quien se afana en ser libre cada día.

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Poema 217: Lorca no descansa

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Lorca no descansa en Granada,

la ciudad le da la espalda,

vive para el turismo de la Alhambra.

 

Lorca tiene lectores extranjeros,

lenguas encendidas con sombrero,

hermosas muchachas que le velan

al pie de su centro viajero.

 

Turistas de las tapas admirados,

curiosos de cuentos alhambrinos,

contemplan el fulgor de cada ocaso,

se miran en ojos anodinos.

 

Lorca clama su obra en cada calle,

su vida truncada en cada esquina,

rosal, jardín, naranjo o mandarino,

honda amargura de piel mezquina.

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Poema 216: En los tejados de Granada

En los tejados de GranadaIMG_5326

En los tejados de Granada

hay una gran farsa de ruinas y antenas,

aires acondicionados y tejas desblanquiñadas;

también hay barro, cables, adobes y miradores.

 

Hay restos de construcciones árabes,

lavaderos y callejuelas, el abrigo del viento,

el ladrillo mudéjar.

 

Hay un aire de culpa en la muerte de Lorca.

Granada está colonizada por hordas de cristianos

vencedores, plazas de santos, beatos y conventos,

turistas pelirrojos y escotes de estudiantes aventureras.

 

Hay un centro escondido de Lorca,

tan oscuro como sus sonetos de amor

en esta ciudad volcada en la Alhambra.

 

Hay cuestas y frío y calor.

Pequeñas procesiones familiares y enormes

comandos limpiadores de cera,

limpios sepulcros pulidos en las aceras.

 

En los tejados de Granada refulge el sol

y la nieve de Sierra Nevada.

Granada tiene un aura de ciudad conquistada.

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Poema 215: La Mambla

La MamblaIMG_20190411_083040

El placer enorme de la subida matinal,

bruma, frescor, la luz refulge sobre el verde

animado de los campos,

la vasta vista se recrea en el sol tras la lluvia.

 

Hay algo animal y mágico en la ascensión,

una vuelta a los orígenes,

la fuerza de las piernas del cazador

presto a observar a sus presas.

 

Más tarde, la ascensión comunal

es una maravilla,

hay turnos para asomarse a la cima,

comandos que investigan la cueva

bailes, risas y carreras.

 

El día ha cumplido sus expectativas,

el monte mágico acumula seguidores:

aún no hemos perdido el contacto con la tierra,

por más que nuestra mirada atraviese el cosmos

para descubrir un agujero negro.

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Poema 214: Cambios

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Sonrisa desconfiada de un día de primavera,

los tulipanes aún no se han abierto,

hojas ralas despiertan de su letargo,

las rutas de los pájaros migratorios han cambiado

o yo no he mirado lo suficiente.

 

Voces y manipulaciones en la tienda de pollos

de enfrente, el silencio de una mañana de domingo,

el perro enorme campa a sus anchas entre las bombonas,

mientras me escucho leer en un inglés anémico

los últimos poemas del libro de Simic.

 

Fin de ciclo, de libro, de estado de ánimo,

dolor de tanta luz incrustada en un pecho invernal,

dos mil diecinueve, no me gustan los nueves,

ni la atonía de mi cuerpo en el cambio de hora,

remiro la pila de libros con mucha curiosidad.

 

Hay pequeñas cosas que me sostienen:

una canción con voz grave y segura,

acariciar un libro antes de abrirlo con devoción,

sostener mi cámara de fotos con una mano,

antes del disparo que fijará el ángulo hermoso.

 

Ciertas pequeñas ilusiones, la mirada poética

recuperada, una sonrisa incrustada en un texto,

la visera que impide ver más allá y protege,

continuidad y cierta esperanza fértil de lluvias,

son suficientes para empezar, confiado, un nuevo ciclo.

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Poema 213: Metapoema

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Atonía de espacios abiertos llenos de luz,

demasiada luz,

cerebro y flores demasiado expuestos,

ángulo agudo al despertar del sueño

de media tarde.

 

Voy en el coche conduciendo,

leo un poema de Simic en un semáforo;

–esto no puedes escribirlo, alguien te denunciará–,

pero podría habérmelo inventado,

–¿qué estás diciendo que mientes en tus poemas?

¿Toda tu poesía es mentira?–

 

Reviso los doscientos doce poemas de mi blog,

quizás he inventado historias en algunos,

quizá en todos…

 

Acabo de despertar, soñaba

con vecinos que tendían la ropa en los columpios.

Era bonito, parecía un barco con velas remendadas,

un colorido de espantapájaros,

el sonido del viento deshidratando la colada,

–eso lo has visto en una película china–

 

–Este poema terminará en tu blog–

no hay problema, no lo lee apenas nadie,

puedo poner mi sueño y decorarlo

con una puesta de sol sobre una ría

o con flores amarillas de tojo en un sendero.

 

–Demasiada luz–.

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Poema 212: La tarde es mía

La tarde es mía

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La tarde es mía,

he mirado al árbol que parece un muchacho

con las manos en los bolsillos,

el sol es aún fuerte, el viento

obliga a cubrir las piernas y las gargantas,

ancianos frágiles esquivan las sombras.

 

Soledad productiva.

 

Ríos de luz y calma.

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Poema 211: Hotel Kastro

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En el hotel Kastro viví unas semanas;

en aquellos días parecía estudiar

ecuaciones controlables con un parámetro,

mientras leía unas Flores de Cunqueiro.

 

Al atardecer musitaba frases en la soledad

de la fortaleza veneciana

acariciada por las olas.

Melancolía.

 

Aún no lo sabía pero aquellas palabras

eran poemas no escritos,

era el perfil rocoso de las montañas de Creta,

la luz del Mediterráneo

el peso solemne de la Historia en mi cráneo.

 

Vivía en un cuarto modesto con ducha,

frente a la habitación compartida

de mis amigas francesas:

Dominique, Florence, Pascale,

bellas y utópicas en su lengua natal.

 

El palacio de Knossos distaba una línea de bus,

la magia del trono,

los delfines en frescos, las salas en pie,

el minotauro poderoso de inusitada potencia

me hacían soñar con viajes futuros.

 

No he vuelto a la isla,

ni a la vida de aquellas chicas francesas

con las que no supe ligar;

el hotel me despidió en la salida del ferry

mientras la fortaleza refulgía por el sol.

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Poema 210: Cierro los ojos

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Cierro los ojos para ver las noticias,

muerte y destrucción,

un teléfono que suena al amanecer,

lágrimas humanas para conmover a la audiencia.

 

Cierro los ojos para ver al gato tuerto,

vagabundo entre las ocas de la ribera

del río Pisuerga,

no los abro ante la anciana que le da de comer.

 

Cierro los ojos ante los gritos

desesperados de hombres en una barcaza

neumática y desechable,

el terror de la soledad marina infinita.

 

Cierro los ojos ante la mujer drogada

que se tambalea entre las procesionarias,

verbalizando frases sobre su hija

en la nube sobre la que está flotando.

 

Cierro los ojos ante la sospecha infundada

del manejo mundano del dinero,

del acopio masivo de forma obscena

o de los abusos del fuerte ante el débil.

 

Cierro los ojos para no ver a la mendiga

que porta su bolsa de tesoros tambaleante,

el pelo ralo pegado al cráneo

su mirada perdida fija en el asfalto.

 

Cierro los ojos y veo la belleza poética

de cuanto no es poesía,

la luz del ocaso desde el cómodo sofá,

el escalofrío atroz ascendente en mi médula.

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Poema 209: Orugas

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Hoy soñé con procesionarias,

me desperté en el día Pi,

una espiral de orugas

convergía en un cúmulo de arena;

antes de enterrarse

dibujaban la letra griega.

 

En mi sueño, la rueda de la bicicleta

destripaba una procesión de lepidópteros;

la hembra guía, confundida, enrollaba

toda la comitiva para defenderse.

 

La abubilla escarbaba con su pico en la arena

extraía una crisálida crujiente

que digería sin dificultad.

Los decimales de Pi se metamorfoseaban

en pelos urticantes

flotaban en el ambiente y se fijaban en la piel

rosada de los imberbes agresores de larvas.

 

El sueño terminaba con un fundido en verde,

el color larvario de la fila india,

el del líquido irritante tras el aplastamiento,

una liberación natural de esperanza.

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