Poema 190: Relatos sexuales en torno al vino

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Lees “una copa de vino”

y es una satisfacción sexual;

escuchas las gotas de lluvia

y surge la voluptuosidad

imaginada en sinapsis deseantes.

 

Aquella luz o tales evocaciones,

el vapor de un baño caliente,

la soledad de dos seres encontrados

en una situación propicia

desatan los nudos del deseo.

 

Lees y lees y, verbigracia,

accedes al sancta-sanctorum

de otras conciencias disímiles,

a las fantasías lejanas

de escritoras fantásticas.

 

La posición inicial es la clave:

en esa imagen se condensa la acción,

la atmósfera en la que es posible

el encuentro o el fracaso,

o el relato de una cierta intimidad.

 

Una falta ortográfica en el climax,

un ritmo léxico desacoplado de la acción,

desbaratan toda la ingeniería sexual

imaginada o evocada;

el vino nada puede reparar entonces.

 

Tú has estado en cada relato,

te has involucrado entre las palabras

analizas y evalúas y crees o fantaseas

o descrees y fulminas,

eres el espíritu que combina con la escritura.

 

Destacas la denuncia cruda,

el erotismo de la sangre sobre el vino,

el ritmo evocador en la despedida vital,

la potencia suma del cansancio

llevado al extremo de la propia muerte.

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Poema 189: Hojas en la calle

Hojas en la calleIMG_20181107_090250

Las hojas estrelladas tras la lluvia

son una anormalidad en las calles asépticas,

el asfalto no tolera intrusos,

son cicatriz en un cuerpo desnudo,

color indescriptible en la vida gris.

 

El escape visual desata imágenes,

el color de las playas atestadas en movimiento,

un centro comercial abigarrado y ruidoso,

una desconexión ancestral con la tierra.

 

La costumbre de pulcritud cromática

hace llamar sordamente al barrendero,

al meteorólogo para que no permita la lluvia,

a convertir las frondas arbóreas en muñones.

 

Una invasión así de formas y humedad

puede llevar a éxtasis indeseados,

abrir las compuertas del sueño y el deseo,

despertar los sentidos abotargados,

desencadenar una revolución de masas.

 

Quizás haya regresiones a la infancia,

el deseo potente de chapotear en un charco,

miradas de nuevo atraídas por el color

o el potente caminar ensayado de una mujer

en el espejo infalible de los ojos de un hombre.

 

La locura colectiva se desatará en las calles

en un ensayo sobre la fealdad reinante:

¡Retiren con premura la materia orgánica,

devuelvan la neutralidad al asfalto anodino!

 

Los ojos de los viandantes seguirán sometidos

a los férreos patrones cuadriculados de las aceras,

al mobiliario urbano que apenas se despeina

cada día en un ejercicio de supremo inmovilismo.

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Poema 188: Memoria, concepto

Memoria, conceptoIMG_20181102_124318

 

En el silencio del frío está la fortaleza de tu ser.

 

El vórtice o la atmósfera de autoestima,

esa sonrisa que aflora sin procedencia,

el cúmulo de imágenes hermosas,

aún perduran en tu retina.

 

La memoria de presencia y voz y concepto.

 

Ahí valoras la lluvia (pensamiento contra corriente),

valoras el calor molesto del verano,

la sencillez de un erizo bajo el castaño,

el filtro verde de la luz.

 

Resides en una forma de vida que no te pertenece.

 

Ahora concéntrate en la tortilla que vas a cocinar,

sal del poema o de las voces que te piden escribirlo.

Condensa, memoriza y aparta.

Tú eres ahora el cuchillo que pela y corta la patata.

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Poema 187: Documentos

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Los documentos absorben toda la energía,

permutan el orden natural de preferencias,

antes o después ya no servirán para nada.

 

El bidón encendido es la señal de la niebla

del frío matinal en la ribera del Duero,

es la llama que enciende mi sonrisa en otoño.

 

El espectáculo de las hojas decolorándose,

o un crepúsculo de resonancias africanas

son documentos que perdurarán algo más.

 

Todo lo importante es relativo,

salvo los instantes de felicidad de cada día,

ahí está el motor y la serenidad y la gracia.

 

Poeta, cámara de fotos, degustador visual,

olfativo, táctil,

dueño de un imaginario atrofiado por la realidad.

 

Los documentos absorben tiempo y materia,

silencian el canto de los pájaros,

convierten cada día en un rectángulo gris.

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Poema 186: El sendero que baja al río

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El sendero que baja al río

 

La luz no es de otoño, ahí estás

enfrascado en extractos y pantallas,

los saltamontes indican el camino hoy sin hollar,

los arrancamoños se adhieren a tu chaqueta nueva

y tu mente se transporta al espectáculo de los patos.

 

Todo está aún verde, pero el declive ha comenzado.

 

Tras la presa corre el agua entre carrizos de la ribera,

hay una continuidad en la coloración: agua, camino, cielo,

 

Te sorprenden matices que no esperas en estas fechas.

 

Tu cabeza está llena del trabajo que acabas de abandonar,

pero el murmullo del río acalla el rumor mental,

aún tienes una amplia predisposición para la belleza,

para el sonido de la naturaleza.

 

Has descubierto un sendero y quieres mostrarlo;

es un lugar mágico de alejamiento

al lado de coches, ordenadores, timbres, griterío.

Volverás a la orilla del Duero en busca de paz.

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Poema 185: Déjà vu

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No has visto nada, solo eres un aroma de luz

en un desierto calcáreo.

 

El blanco de tu vida amenaza los ojos

de otros viandantes.

 

Caminas con el paso fuerte del que posee salud,

solo renqueas en la intimidad de la noche.

 

Una luna aún espeluznante, amarilla profunda

hacedora de sombras, es cómplice del viento.

 

Sopla sobre el decorado, mas tú sostienes inmóvil

la pose de la artista desnuda en su kimono.

 

Las velas no proporcionan ya sombras dinámicas,

penumbra y goce.

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Poema 184: Llueven flores de otoño

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Apenas existe el aire que respiras,

apenas las nubes dibujan formas

en el cielo o muestran su belleza,

apenas percibes el frescor de la mañana.

 

Vagamente recuerdas la pertinaz sequía

de hace justo un año,

o la visita a la playa de hace dos semanas

embebido en fórmulas y compromisos.

 

Podría acabarse el mundo hoy,

podrían cesar tus privilegios:

tus hijos caminando contigo

o esos besos infantiles de felicidad.

 

La lluvia que tanto esperas

llevará asociado un decaer del ánimo,

una falta espeluznante de luz,

el regreso de monstruos que crees olvidados.

 

Todo es provisional, tu sonrisa también,

el libro que postergas o la música

que has proyectado escuchar;

también el poema que no vas a escribir.

 

El aroma de un jardín que no es tuyo

te embelesa, perturba todos tus recuerdos,

excita tus deseos hasta límites insospechados,

llueven flores de otoño durante unos minutos.

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Poema 183: Te hundes

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Te hundes en hemiciclos imaginados,

levantas pólvora tropical,

hay uvas que desatan nostalgia,

flores y semillas llegadas desde la infancia.

 

Hay nubes en el ocaso veraniego

que ya has fotografiado,

nudos en el cielo, en forma de globos aerostáticos.

 

Estás solo y lo disfrutas de forma inexplicable,

abres un libro y lees en voz alta

y las metáforas van liberando otros nudos

de tu mente pacata sometida a algunas normas.

 

Libertad para el uso del espacio,

el campo de juego se duplica, triplica, quintuplica.

 

Eres un ser ojival que apuntala techos invisibles

y deja pasar la luz.

 

Te hundes, pero tu experiencia te serena:

dormir y escuchar a Monteverdi,

un cierto aseo y la caricia del agua,

la tormenta en toda su belleza

apenas permanece unas decenas de miles de segundos.

 

Has educado la luz íntima

para que estimule tus neuronas creativas,

abres y cierras sinapsis de una forma no del todo aleatoria.

 

Ahí hay un poema sorpresivo,

elíptico y sanador de conciencias.

 

El cristal te atraviesa sin daño aparente,

solo cicatrices emocionales que a nadie preocupan.

 

No eres héroe, ni mártir. Sobrevives,

dejas tu pequeña huella en el paisaje lunar de tus genes:

ladrillo de Lego con forma extraña.

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Poema 182: Ausencias mentales

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En los actos y no en las palabras,

en la búsqueda y quizás también en el despiste,

en los días anodinos y en los momentos inspirados,

en las largas esperas y en el ajetreo embobado

de las tareas rutinarias:

ahí está tu forma de ser innata,

la chispa que alumbra tus andanzas.

 

Te puedes quedar embobado mirando la luna,

la nube rojiza que oculta el sol antes del ocaso,

la suspensión en el viento de una rapaz,

el sonido de las olas sobre las rocas desgastadas.

 

No reaccionas o no eres capaz de ir más allá

de la simpleza enormemente bella de la naturaleza.

 

Caminas sin rumbo, dudas, consultas tu base de datos mental,

eres un ausente en esa acera fea y recóndita,

nadie te alcanza con su mirada inquisitiva,

no hay poder que te devuelva la cordura.

 

No eres ya tú, eres tu sombra o tu carcasa.

 

Ninguna vida te hará sonreír como lo hiciste en esta,

ningún mago te desvelará sus trucos,

ningún niño se parará a tu lado y te mirará para cruzar la calle.

 

El reflejo de un salto inesperado,

pasar la noche a la sombra de la luna llena,

recibir el relente del amanecer

embobado en los brazos amigos, muerto de sueño.

Esa luna y ese sol del amanecer no son tuyos ya,

Has compartido la propiedad con miles de millones

de semejantes tan distintos, tan llenos de su propia vida.

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Poema 181: Ayer creí ver

Ayer creí verIMG_20180822_205822

Ayer creí ver una luna dentro de la luna,

observé el hormigón debajo del asfalto,

una ventana que no da a ningún sitio,

una ausencia de árboles en el descampado.

 

Luego ya observé el crepúsculo de nubes azuladas,

la silueta de la torre en el cielo revuelto,

un barullo de palomas asustadas por el ruido,

una cierta fealdad de adobe a la intemperie.

 

Cachivaches, fotografías de otra época

en las que el contexto anula a los personajes,

bailes y exceso de tecnología actual,

un pequeño edén de agua y plantas aromáticas.

 

Ayer creí ver una red de colaboración altruista,

personajes despojados de su rol,

la franqueza de una vuelta a los orígenes,

trabajo sin orden y sin presión.

 

Más tarde reconocí escenas repetidas,

esas que a veces calman el espíritu por conocidas,

las que no admites fuera del lugar y la circunstancia,

trampantojo y disimulo fuera del tiempo.

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