Poema 416: Cielos de invierno

Cielos de invierno

Estos cielos fríos de diciembre son muy hermosos.

Pasamos de puntillas al lado de la felicidad y la belleza.

No conseguimos fijarlas ni un instante. Llegará ese momento en el recuerdo.

Allí estarán tus seres queridos, algunas palabras –que como jirones–

se enganchan en tu memoria; una sonrisa beatífica que repetiste.

Los cielos superpuestos de tantas fotografías, el día en que Messi

ganó el mundial en invierno.

El poema leído al amanecer me desasosiega:

olores de cada estación, fotografías, nostalgia de otros inviernos.

Soy un gran coleccionista de imágenes icónicas,

de un laúd muy antiguo, desafinado, azafranado a la luz de la chimenea,

aquella escalera con la que salíamos a buscar a los pajes reales…

La luz del sol desnuda los árboles y la escarcha matinal blanquea los tejados.

La melancolía me agarrota el pensamiento, detiene mis dedos.

El árbol navideño está repleto de viajes, mercadillos, bazares.

Los ritos son repetidos cada año para atenuar el dolor,

el rostro que deja entrever una tristeza sin fondo en el espejo.

Poema 415: Arqueología del verano

Arqueología del verano

                        “Ese pequeño brazo que

sujeta el horizonte y lo retiene…”

                  Aurora Luque

Llueve. Sentado en el porche

de la casa familiar

observo el desastre del final del otoño:

troncos de los árboles llenos de hongos,

verdín por todas partes,

hojas secas y retorcidas en el solárium,

el huerto apocado y abonado,

colgajos de hojas macilentas en la higuera.

Cae una lluvia fina inmisericorde,

casi un continuo de agua que alabea el papel

de los libros que me hacen compañía,

grata compañía–.

Sale vaho de mi boca, va el frío húmedo

calando mis huesos:

los secaré más tarde en la lumbre.

Escucho a mi padre afanarse con hierros,

ordena, limpia, siempre inquieto,

siempre buscando una obra nueva,

una reparación, una mejora.

Pienso en la mortalidad,

en la longevidad de que disfrutó mi abuela.

El trampantojo constructivo de lustros

podría ser invadido por la maleza en meses,

las plantas liberadas competirían por el espacio,

el agua y la luz, sin árbitro posible,

toda la geometría humana borrada en un tris.

Leo en Aurora Luque

–De lo infinito que contiene un verano–

y ahí está toda la fuerza del poema,

el ser errante que hay en mí

fijado a la tierra que he cavado con mis manos,

el deseo de permanecer aquí

mientras voy viajando a todas partes.

Poema 414: La llegada del invierno

La llegada del invierno

La lluvia se apropia del otoño,

deja los parques sembrados de hojas,

una pátina neblinosa por doquier.

Es tiempo icónico de fotografías,

de luces navideñas irreales,

de hordas de caminantes bajo ellas.

Añoramos la lumbre, el fuego,

la fuerza desbordante de la noche

cálida de otras estaciones.

Los sistemas inmunitarios se adaptan

con cierta dificultad al frío,

a virus veloces de trasmisión desmedida.

Ese edificio en construcción me sobrevivirá,

a mí y a mis descendientes,

es un símbolo de permanencia estacional.

En pocos años,

han cerrado comercios emblemáticos

la cara vista de la ciudad se transforma.

Melancolía y añoranza de juventud,

de tiempos irreales, ya solo recordados,

mitificados, envueltos en la niebla del otoño.

Quizás en este pliegue del espacio-tiempo

se ha producido una aceleración imprevista,

algo que solo sienten los poetas y los pájaros.

Poema 413: Vergüenza / Suma

Vergüenza / Suma

El árbol mágico ha dejado de serlo,

no protege, ni apacigua,

ya no posee la belleza noble e impávida,

muestra una decrepitud fuera de moda.

Las palabras y los gestos.

Los gestos son obscenos e impúdicos,

cuando hablan al mundo

son muñecos maquiavélicos,

títeres excitados desde púlpitos públicos.

Siembran cizaña y añoran la servidumbre.

Hay miles de ramas fractales,

enérgicas y firmes sumando otro árbol,

lógica y pensamiento positivo aliados,

invencibles, cargadas de razón.

Visten corbatas uniformes, fútiles.

Construyen, dignifican, estudian,

sus hojas iluminan el futuro, el arte,

todas las artes protectoras

ante la violencia inútil y estridente.

Violencia silente, apagón, falacias.

Hacen política, pelean cada paso,

firmes, debaten los detalles, negocian

son un clamor, un frente violeta,

fuerza, palabra, inteligencia.

Poema 412: Otoño mágico

Otoño Mágico

Conversan palabras con imágenes

en el valle horadado por el Ambroz,

diríase un baile en el que otoño danza

un vals lento con partitura de hojas,

mientras la niebla desciende húmeda

desde las moles pétreas legendarias.

Arroyos cantarines rebosantes de agua,

surten de regenerador dinamismo

a los ríos de lecho muerto en el estío

que desaguan veloces en el embalse reseco.

Un vate pastor podría sentarse

a declamar sus versos al viento

sobre las rocas ascendentes del cordel,

o ventilarse unas migas o una torta

bajo el alcornoque centenario de la Vía.

Una pastora descolgada del Cántico

podría triscar por los montes y espesuras

pasar los fuertes y fronteras,

lamentarse en el espejo de estas aguas

del amado que mil gracias iba derramando.

Chisporrotea la calbotá entre la bruma,

arrejunta los espíritus caminantes,

dispersa vientos y enemistades antiguas,

actualiza la quietud del caminante por el valle.

Centenares de personas afinan sus sentidos,

hollan el bosque húmedo,

elevan su umbral de belleza cotidiana,

hasta niveles de compleja absorción,

santifican la diosa  Naturaleza

y la feracidad mítica y hortícola del valle.

Poema 411: La vida es poesía

La vida es poesía

Los hechos son menos relevantes que las consecuencias.

Sin los frenos de la experiencia

llega el desastre,

la vida comunicada por grafos invisibles

amplifica o desconcierta:

no vivo en un cenobio como desearía a veces.

Y sin embargo

la vida es poesía.

El rostro sonriente entre la multitud de vehículos

en el atasco,

un verso suelto en medio de la crispación

tensa mis músculos faciales

perturba la rigidez de mis pensamientos

reinicia la búsqueda positiva de vías de escape.

La desinhibición alegre es irracional:

durante generaciones he debido concentrarme

en la subsistencia;

ahora soy un iluminado en reposo,

todas mis artes detenidas,

llega hasta mí el maleficio evangélico

de quien no aprovecha sus talentos.

Cada día terminan por filtrarse en las filas racionales

los mensajes pesimistas del fin del mundo,

el cuanto peor mejor,

la rigidez estricta del análisis lingüístico.

Y otra vez sin embargo

la vida es poesía.

Poema 410: Miradas en la niebla

Miradas en la niebla

Veo imágenes en la niebla,

clásica en estas tierras en estas fechas,

color rojo sobre fondo gris,

luces que se expanden y deforman

esa pesadilla de película de terror.

Pasó el Tenorio, el culto a los difuntos,

la alegría importada del disfraz en esos días;

noviembre es un mes violáceo y húmedo,

la puerta del invierno que aún no llega.

Las luces del semáforo colorean la escena,

más allá del hipermercado no hay nada

solo la cúpula neblinosa y semiesférica

distorsionadas las formas y las presencias.

Persiste la sensación de locura

cuando se obstina la calígine,

un fin del mundo inmediato y devastador,

una pérdida de elementos de referencia.

En algunas estrechas callejuelas del centro,

aquellas que milagrosamente sobrevivieron

a la especulación de los años setenta,

aún es sencillo imaginar espadas y embozados,

un ajuste de cuentas por un lance amoroso.

Hay refranes y entusiastas de la niebla,

también detractores acérrimos,

sonidos que resuenan a distancia

y una belleza no para cualquiera,

no para cualquiera.

Poema 409: La intimidad del poema

La intimidad del poema

Ese instante en el que has recogido la casa,

todo parece ordenado, según tu orden,

sientes que todo está limpio

aunque en un examen profundo haya polvo,

ácaros silenciosos o no,

el momento en el que a través de la ventana

coexiste el ruido de coches con el de pájaros

aún los árboles verdes y la vista

conserva un único acceso al campo como un tesoro.

En ese momento no vas a escribir

como un encargo hecho por ti mismo;

habrás encontrado un hilo o un motivo,

una necesidad expresiva en tu interior.

La intimidad del poema que escribirás

solo se mostrará según se vayan decantando

los versos,

las palabras, la uniformidad temática,

el ansia de todos los pensamientos que se agolpan.

Esa llamada inspiración puede surgir de otro poema,

o de una luz, una música, una soledad,

un estado emocional sensible a cualquier estímulo:

aprovecha el momento, parece decir tu otro yo.

Has encontrado quizá la forma de construir un poema

con ladrillos que has recopilado de aquí y de allá.

Después lo revisas y lees y relees,

pules esto y aquello, tomas decisiones,

evitas repeticiones y buscas sinónimos.

Una vez fuiste impresionista y otra adoraste las elipsis,

durante un tiempo hubo guerra en tus poemas,

la geometría que nunca te abandona.

Se podrán clasificar, –te dijo una voz íntima–,

en tres o cuatro temáticas,

sentiste entonces el corsé autoimpuesto

o la limitación de tu entendimiento poético,

pero no por eso desististe o aminoraste

el celo poético, el cauce de ideas manidas.

Te despides del poema como aquella pastilla de luz,

o el vago rumor de una campana que aquí no escuchas,

sin capacidad real de verlo en perspectiva.

Poema 408: La herida matemática

La herida matemática

            “En memoria de Agustín,

                  quien siempre será el Divino Raíz de menos uno”

Hacía tiempo que no te veíamos

y ya no te veremos.

Llegó la noticia como un golpe

al pie de una iglesia,

entre la desapacibilidad y la amistad.

Nos ibas contando cada retroceso,

con desarmante entereza,

con las cicatrices al aire,

sin tapujos.

Cuando aparecías transmitías calma,

la serenidad de quien ama mucho la vida

y sabe de su finitud y sus desgracias.

Te recordaremos en aquella obra

como el Divino Raíz de Menos Uno,

entre el humo y el alcohol,

llenos de risa y de vida por delante,

embutidos en matemáticas abstrusas.

Reunidos con aire circunspecto

te homenajeamos con anécdotas, recuerdos,

pequeñas alabanzas que te habrían gustado,

nombres casi ya olvidados,

una pequeña catarsis para los vivos:

la herida matemática,

tu imagen bonachona y amiga

presente en el centro de la vida.

Poema 407: Campana

Campana

Una campana rasga la noche y el amanecer;

me despierto aún inmerso en la partida de naipes,

cómputos, risa, amistad reencontrada, gin tonics,

el suave río subterráneo que continúa

más de treinta años después.

Los ladrillos perfectamente alineados

denotan solidez robusta,

el color cambiante según la humedad de los días.

Es tiempo de algunas conversaciones

siempre convergentes y no siempre banales.

La campana rememora aquel poema de Zorrilla

en el funeral celebérrimo de Larra,

–Ese vago rumor que rasga el viento…

Corretean los niños, llenan el espacio de vida;

teletransportado a otra edad

resuenan risas y los gritos inocentes.

Un palacio nos reúne en un corrillo erudito:

las impresiones sobre Roma en el siglo primero a.c.,

la victoria de Cayo Mario en Vercelas

y los estertores de la República.

Cortinajes, tapices, cuberterías, relojes dorados

son observados con detenimiento,

imaginamos la vida ampulosa de los monarcas.

Las campanas vuelven a indicar la hora

o el final de la vida de alguien en este pueblo,

mientras amasamos pan

y nos aplicamos a la tarea de sobrevivir.