Poema 426: La vida cotidiana en la urbe

La vida cotidiana en la urbe

Desgasto una tras otra mis lentillas,

–de las camisas que versaba José Agustín, ni hablamos–,

me vuelven a picar los ojos por la cupresáceas

y he comprado un periódico en papel.

Hay infinitas posibilidades electivas

aunque parezca que no puedo salirme del carril,

después están los choques con ideas ajenas,

el límite de la corrección política que apenas traspaso.

La fluidez mental viene de los textos,

bien o mal elegidos, elongados, investigados:

palabras, conceptos angulosos usados a vuelapluma,

acotaciones sistemáticas, flujo de ideas.

Cuando pongo un parche al radiador que se desangra

se funde el foco derecho de mi coche,

o se termina la leche de los niños en la despensa;

hay pocos momentos de calma para la poesía.

Escucho unos podcasts, irrelevantes por eruditos,

llenos de notas y de un trabajo ingente,

lanzados a las ondas para unos miles de personas,

cada una con sus intereses y sus neuras.

Boca a boca, bicicletas municipales naranjas,

un lanzamiento ecológico desesperado

en la búsqueda de una masa crítica de usuarios,

la modernidad es el transporte a pedales.

Leer el periódico dominical sentado al sol en un banco,

o ensayar una charla de achaques con un amigo

son los mayores placeres bajo el sol de febrero,

mientras esperamos atisbos de la primavera.

Poema 425: El sol de febrero

El sol de febrero

El sol de febrero es una maravilla

como la lujuria leída en un autor sátiro

burlón y encendido, un erudito de bastón

y de múltiples velos, viajes, anécdotas y fama.

He perdido el gusto y la mirada poética,

la pulsión de los placeres más mundanos,

el arte de encenderme con unas notas musicales

o con una danza del fuego en una noche de verano.

¡Ah!, el verano, ahí está el fin y el destino,

en noches junto al mar,

el calor que remite en el poniente,

la consciencia fugaz de mi límite mental.

He vislumbrado algunas cosas hoy:

una comida en una calle peatonal,

aquel curso de verano en Santander,

ese partido de baloncesto en un pueblo en fiestas.

Se abre de repente la cabeza tras días angustiado,

poesía a borbotones,

haces de electrones liberados,

estímulos locos, cual espermatozoides novatos.

Ahí está aquella foto de las colinas iraquíes

en plena invasión americana:

la existencia de un mundo inhóspito,

o el valle descubierto en bicicleta una primavera.

También está la risa impagable en una mesa corrida

una tarde estival a orillas del Danubio,

o aquellas notas de Lakmé

que me parecieron el futuro posmoderno.

Potsdamer Platz o la torre Eiffel tras unos arbustos,

entrar en el Gran Canal al amanecer,

un burro con dos bombonas en la medina de Fez,

son sensaciones no del todo olvidadas.

Permanecer y esperar, recordar y revivir,

es la única receta posible a la espera de las musas,

de esa ansia de captarlo todo y de disfrutar,

de absorber la belleza por cada poro de la piel.

Poema 424: Crepúsculo

Crepúsculo

Es la hora mágica de asomarse a la ventana

y decir: el mundo es pura luz

la hermosura del crepúsculo, el dolor

anaranjado o rosáceo del frío,

el día que se resiste a dejar paso a la penumbra

en la que aflora el poder oculto,

todos los trapicheos vergonzosos,

la fealdad que no se puede mostrar en el día.

Las siluetas y los dibujos del cielo

para quien pueda asomarse, son como un mar,

un momento evanescente de lucidez,

un oasis en la monotonía del azul anticiclónico,

la mente en blanco y el frío dentro de los huesos.

Algún antepasado prehistórico debió de adorar

esa luz menguante, ese aturdimiento bello

el silencio con el que cae a plomo la cortina helada,

momento de refugio y fuego, de tareas interiores,

de narrar historias o invocar a los espíritus.

La soledad traspasa el alma y la encumbra,

petrifica al observador entre fusco y lusco,

le llena los pulmones de anhelos

muestra el final de un ciclo y le urge a irse

a postergar esa contemplación tan igual y distinta,

la prisa, la urgencia por vivir otras luces, otros dolores.

Ninguna puesta de sol es idéntica a otra,

una nube, un color, cualquier perturbación,

incluso el estado de ánimo y la predisposición:

el ánimo se ablanda o endurece

surgen palabras o recuerdos o personas,

y el olvido se fusiona en negro con el obturador

antes de que se prolongue el oeste en minutos

inconmensurables, de medición variable y ninguna.

Nadie aguanta la contemplación virginal,

ni el aullido de un perro en lontananza,

ni el rumor de las sombras que acechan;

el cuerpo pide su retirada a la caverna caliente

cómoda, llena de sonidos familiares,

de una protección construida y meditada.

Ya no hay fotografía posible, solo el camino oscuro

la presencia y el ánimo para soportar la soledad

y los pasos en tinieblas, cegado por el fulgor

de la escena más hermosa y hierática del día.

Poema 423: Instantes robados

Instantes robados

Inconsciencia de juventud o prisa

esa niebla austera del Pisuerga

luz oculta promesa de fuego en la tarde

escarcha matinal esqueletos vegetales

en su ciclo de regeneración

un violín pura maravilla dentro de la norma

del circuito de las obras canónicas

o esa historia del canto castrato

la Giuditta es otra maravilla

una sucesión de belleza en la rutina

el cielo el río

la bandada de pájaros migrantes

voces dolor y acinesia

desigualdad cromática de los días

un relato absorbente y prohibido

mi incapacidad para permearlo todo

permanencia y lentitud

el rayo de sol de un amanecer rosado

categorías vitales fugitivas

pereza lectora de ritmo voraz

desorden en libros incógnitos

vaga esperanza de un futuro sin anclas

esa risa que surge del encuentro

de la gracia en estado libre

 pormenores importantes seductores

alicientes de futuro incierto

el entretenimiento virtual

tiempo de uso maquinaria alienante

deja resquicios en cada sentido

por los que entra la cuña del placer

el sueño organizador tan indicativo

la geometría del segundo plano intuitivo

esa corriente subterránea que te guía

Poema 421: Nunca es suficiente

Nunca es suficiente

No me he fijado en las flores, ni en nada nuevo

he contemplado el mar desde dónde lo hice una vez

entre juncos y plantas resistentes a la duna

he buscado los recuerdos, no descubrir matices

o hallar nueva belleza.

A veces la vida que he vivido me empuja

a revivir momentos, a revisitar lugares y personas:

ha pasado el tiempo y he olvidado,

a veces rememoro imaginando aquella escena

cómo era entonces, qué tribulaciones o presagios

me acompañaban cuando pisaba la orilla del mar.

Hay niebla y busco en ella poemas antiguos

sensaciones de capa y espada,

el tono gris bajo la cúpula del filtro tan pucelano,

achaco la falta de intensidad al poco dormir

o al agotamiento de tantas pequeñas cosas,

a la responsabilidad que no me abandona.

Mantengo un perfil plano y suave,

lecturas discretas y leves, un poema aquí, otro allá,

complacencia en lo que escribo:

no molestar ni incidir, no perturbar a nadie.

Poemas de repetición, fotos ya vistas,

la cantidad de cosas que suceden cuando nada sucede,

el listado delator de preocupaciones y ocupaciones

nunca es suficiente, nunca suficiente.

Poema 420: Balance y final

Balance y final

Y la guerra es un bulbo,

exportable, lozano, un oscuro tubérculo

que arraiga en cualquier lodo.

                                    Aurora Luque en “Un número finito de veranos

Empezó el año con el mar

y unas temperaturas nunca esperadas.

Después fue El Viaje,

prepararlo, rememorar veinticinco años atrás,

planos, lugares, el Danubio.

Aún no había viaje, pero ya estaba viajando.

Entre tanto hubo música, conciertos, variaciones,

un pianista arrebatado,

una visita importante que se plasmó en el poema

sobre los pájaros que huyen del lúpulo.

Corrimos entre los pinos y la amistad una vez más.

Los castillos del Loira nos invitaron a soltar mascarillas,

a enmudecer ante el lujo y la magnificencia.

Despertaba la primavera y con ella la guerra,

el horror tan cerca, la incongruencia,

el beneficio de pocos y el desastre de todos.

En mayo descubrí los Zumacales, la magia

de un enterramiento prehistórico, el lugar sagrado,

la naturaleza en el valle de las Batuecas,

los pequeños eremitorios diseminados por la montaña.

Toda la naturaleza se llenó de amapolas y calor;

leí Como guardar ceniza en el pecho,

un festín literario lleno de feminismo y resistencia.

El Rey León en el que actuaba mi hija

creció lleno de baile y color.

Safo en Mérida entre el calor asfixiante

me llegó como un relato lleno de deseo y amor.

Hubo lesiones, fiebre, permanencia,

y sin pausa aparecieron las bicicletas rojas y amarillas,

la consciencia del viaje multitudinario,

días felices en los que todo salía mejor de lo planeado.

Permanecí en agosto mirando cielos, ruinas romanas,

ríos en los que apagar el calor inconmensurable,

un teatro y otra vez el mar nudista entre brezos violetas.

Hubo muertes mediáticas y cambios en el paisaje,

de nuevo la Amistad del corredor poema atemporal,

conversaciones sobre futuros inciertos, música india,

una campana y llegó, luctuosa, La herida matemática.

Noviembre fue un mes de belleza extrema en el Otoño Mágico,

lleno de acontecimientos, de ruido político, de poesía vital y setas.

Se termina el año con arte, con cielos, con fútbol,

lecturas, documentales que son una maravilla de hitos culturales.

Todo se sostiene por hilos invisibles, emoción poética,

formas que son miradas por ojos enfocados y atentos,

las sorpresas de cada día y la esperanza optimista

de fuerza incalculable, inmerecida y deslumbrante.

Poema 419: Hilo Cultural

Hilo cultural

Suspendido en el aire el edificio social

asimila el futuro arquitectónico,

luz en el cielo torvo, nubes amenazantes.

La espita del hilo que abre la mente

llegó desde un cartel en una red social,

el boca-oreja moderno,

el documental erudito, elegante y culto,

un redescubrimiento: María Lejárraga.

El terrible atraso de la dictadura en lo social,

cultural, científico, igualitario.

La sensibilidad se propaga en los días húmedos.

Cada nombre genera un mundo de posibilidades

trabajo ingente de alto nivel amplificado por la televisión.

Otra voz mediatiza lecturas, escuchas, visionados,

somos el producto final de muchas historias.

¿Con quién puedes hablar sobre un poema?

Inesperadamente recuerdo la película lacrimógena

sobre la vida de El Poeta.

Unas palabras de un hispanista llevan al abuelo

de otro insigne poeta: la familia, el instante de partida.

El hilo se retuerce y se expande,

llega a la pila de libros que atesoro sin leer.

Ahí me estimula y a un tiempo me angustia.

Casi deseo otro confinamiento.

La nube de conocimiento y de placer

ha derramado unas gotas fertilizantes

que me apresuro a recoger, recrear, transformar

en el cuenco prolífico de mi memoria.

Poema 418: Misa de Navidad

Misa de Navidad

Las nubes se alojan en mi cráneo como errores que no debí cometer.

Plúmbeo, musgo, hongos en la corteza.

El frío llega a la vejiga y ahí ya no hay dilación posible.

Aúllan los perros en sus casetas, varios patios más allá.

Titilan las hojas en espera de la lluvia. Llevan un ritmo sostenido.

Unas campanas invitan a la misa de Navidad.

Todo está recogido y solo las plantas soportan la intemperie.

Debieron ser muy duros los inviernos aquí antaño.

Comienza la poda, el diseño, la aleatoriedad del crecimiento.

Grises y enjutos desfilan sobre las losas húmedas de la iglesia.

Tumbas antiguas, escayolas venidas a menos por las goteras.

Alguien debió trabajar mucho para decorar el templo.

Aún quedan vestigios de los años de dictadura. Feos restos extemporáneos.

La misa es un ritual que otrora debió ser un espectáculo:

música, boato en las vestiduras de los oficiantes, incienso,

retablos dorados llenos de historia, multitudes.

La voluntad de muchos guiada por un sacerdote.

El rito social encauzado, el dinero y la apariencia de riqueza. Opulencia.

Despojos en el templo y en la vida del pueblo menguante.

Poema 417: El arte

El arte

El arte está más allá de los sentimientos.

A veces son un motor de inspiración.

Otras veces el desencadenante es la inconsciencia,

la temeridad sin freno ni censura.

El miedo es una sentencia cierta.

Los días grises permanecen como una condena mental.

Duelen y atenazan.

Te encadenan a rutinas inesquivables.

La inteligencia puede convertir la nube en dragón,

el respirar aún, en una micro oportunidad única.

Hormigas en las calles siguen a sus teléfonos móviles,

hipnotizadas por la luz.

Por las noticias insignificantes amplificadas.

Cualquier movimiento más allá de la rutina es arte.

Produce placer.

Te eleva un instante cual trampantojo de hermosura.

Somos conscientes del camino de luz.

Y por él transitamos sin esperanza.

La sabiduría consiste en saber que la oportunidad llega.

En soportar el trabajo duro de cada día.

Aparecerá la risa o el encuadre inesperado,

esa luz en el cielo más compleja que toda creación humana.

Una historia que supera a la tuya en tristeza.

O la emoción de un verso en medio de las tinieblas.