Poema 644: Las olas compartidas

Las olas compartidas

Las playas asturianas tienen nombres míticos,

Playa del Silencio, La Caladoria, La Concha de Artedo,

igualan al arrojado y al tímido,

los convierten en guiñapos arrastrados por el mar.

En medio del fragor sonoro del oleaje

aparece un rostro reconocible y amigo,

la confianza de poder atacar juntos los terribles embates,

el disfrute tras cada revolcón marino.

En esos instantes en el agua no existe antes ni después,

el olor de la sal y el yodo, la alerta continua,

la posición del resto de bañistas o de algún surfero

centran toda tu atención.

Nadar y tenderse boca arriba tras atravesar la ola,

sonreír al grupo que te rodea,

verdeazul-sonoro-táctil-salado,

ya nada importa salvo la cumbre momentánea

y enseguida, saber que ese instante es irrepetible.

Compartir las olas activa sentimientos de pertenencia

establece pequeños vínculos anímicos

seguramente etéreos o sumativos en el largo plazo impredecible.

Los días míticos se suceden cual motas puntillistas,

comunican las crestas de las olas compartidas

con otros momentos estelares veraniegos pasados

creando un subconjunto de amistad de alto valor emocional.

Poema 547: Inventario veraniego

Inventario veraniego

Continuidad, suaves transiciones de la edad,

y, sin embargo, saltos físicos, imágenes del pasado,

el trampantojo de las repeticiones,

baños ancestrales en las mismas aguas ya diferentes.

En esencia la estructura permanece:

caminar, pedalear luengas jornadas, nadar,

leer con ritmos e intensidades diferentes,

la casa familiar como meta tras las andanzas,

los descubrimientos y los hitos.

Me he bañado en tres mares diferentes,

hemos escalado volcanes y cimas graníticas,

atravesado canchales y piornos amenazantes.

Observé las sombras inquietas de los árboles

en las pozas heladoras de ríos de montaña,

un teatro en unas ruinas romanas,

el espectáculo orquestal que nadie contemplaba,

una casa mítica para la cultura,

y una abadía contenedora de reliquias inmemoriales.

El verano se parece a una jubilación vislumbrada,

un dulce viajar, leer, escribir, ejercitar,

llegar allí donde la energía y la imaginación te lleven.

La escala de las sombras se amplifica o se reduce

oculta por el veloz movimiento cotidiano,

se alterna con la luz que elonga los días,

con una corriente subrepticia alegre y vitalista.

El verano es el punto geodésico del año,

al que solo accedes tras arduo y placido camino.

Poema 461: El cielo, los cielos, septiembre

El cielo, los cielos, septiembre

La puesta de sol detrás de la ventana abierta

es un escándalo naranja, violeta, azul,

el final de un día anodino

en el que la vuelta ciclista lo impregnó todo.

Hay imágenes que ruedan y ruedan

que aparecen de repente en un texto poético

y te recuerdan que una vez las absorbiste:

una pradera en un día de primavera

por la que corretean perros y niños,

incluso tu hijo pequeño corría por allí.

Una playa de cuerpos desnudos,

podría ser un cuadro de Sorolla

pero es un recuerdo de un verano en Cantabria,

días efímeros en los que no fijaste el tiempo,

no lo pudiste clavar en tu recuerdo

y lo mitificaste para poder vislumbrarlo.

Los cielos transmiten paz y ganas de vivir,

también dolor:

el sol que parece morir y se resiste en sus reflejos,

la noche baldía,

el inicio del declive horario que nos llevará al invierno.

Pasan los veranos, –el número finito de veranos–

que escribió Aurora Luque,

todas las posibilidades que dejaste escapar,

también las que conseguiste coleccionar en tu piel,

imágenes que aún no has asimilado,

días hermosos, amaneceres, caminatas, bicicletas,

algunos poemas que surgieron por necesidad,

palabras que alguien te dirigió,

los libros que has leído y dejaron una impronta triste

o deliberativa.

Vislumbras personas bronceadas por la calle

de las que imaginas otros veranos diferentes,

esos que no has conocido y fantaseas con que existen.

No caben todos los detalles que querrías recordar,

traer al primer plano de tu pensamiento:

momentos captados en fotos o en aquella frase

que escribiste en un cuaderno que no vas a mirar.

El cielo, los cielos, señalan toda la belleza aleatoria

de nubes vulgares iluminadas por el sol cautivador,

de momentos estelares en días insustanciales.

La nada aparece cuando menos te lo esperas

y tienes que llenarla con los cielos de septiembre.

Poema 415: Arqueología del verano

Arqueología del verano

                        “Ese pequeño brazo que

sujeta el horizonte y lo retiene…”

                  Aurora Luque

Llueve. Sentado en el porche

de la casa familiar

observo el desastre del final del otoño:

troncos de los árboles llenos de hongos,

verdín por todas partes,

hojas secas y retorcidas en el solárium,

el huerto apocado y abonado,

colgajos de hojas macilentas en la higuera.

Cae una lluvia fina inmisericorde,

casi un continuo de agua que alabea el papel

de los libros que me hacen compañía,

grata compañía–.

Sale vaho de mi boca, va el frío húmedo

calando mis huesos:

los secaré más tarde en la lumbre.

Escucho a mi padre afanarse con hierros,

ordena, limpia, siempre inquieto,

siempre buscando una obra nueva,

una reparación, una mejora.

Pienso en la mortalidad,

en la longevidad de que disfrutó mi abuela.

El trampantojo constructivo de lustros

podría ser invadido por la maleza en meses,

las plantas liberadas competirían por el espacio,

el agua y la luz, sin árbitro posible,

toda la geometría humana borrada en un tris.

Leo en Aurora Luque

–De lo infinito que contiene un verano–

y ahí está toda la fuerza del poema,

el ser errante que hay en mí

fijado a la tierra que he cavado con mis manos,

el deseo de permanecer aquí

mientras voy viajando a todas partes.

Poema 397: Final del verano

Fin del verano

Los días se vuelven poderosos,

más allá del riesgo del vacío existencial,

hay vetas, filones, hilos marcados

llenos de brillo y promesas,

converges bajo una nube protectora

y de allí salen hipótesis, consejos, ideas.

Y de repente una lectura se vuelve procedente,

e imprescindible,

las conexiones gigabyticas se incrementan,

y ese juego de actividad mental

se convierte en trampantojo del silencio.

Has transitado por senderos ancestrales,

te has bañado en el mar Cantábrico,

has volado por la cuenca danubiana en bicicleta,

has conocido personas con cierta aura personal,

y vuelves a la sede dinámica y protectora.

Asientas cada día tus equilibrios personales,

improvisas, enfocas, sostienes,

un entramado de detalles preciosos,

de búsquedas incesantes, de aprendizaje,

cara vista u oculta, serenidad.

Nada te pertenece, ni el tiempo, ni los libros,

ni siquiera el dominio de ti mismo;

evalúas el límite entre la dicha y el vacío,

entre la soledad buscada y la ausencia de energía.

Un viento fresco o una luz en el ocaso,

toda la belleza fundida en un abrazo infantil,

en palabras con tenue pronunciación,

en ideas a corto plazo, incapaz de ver más allá.

Poema 282: Noche de julio

Noche de julio

La soprano granadina reposa en la penumbra

semioculta por la sombra centenaria

de una columna helicoidal;

el joven moreno y apuesto desgrana 

notas de Debussy en su arpa legendaria; 

la estampa es bellísima: palacio, noche, música,

la serenidad calurosa del mes de julio.

Presiden el patio unas gárgolas enhiestas,

tracerías góticas y filigranas absorben la mirada,

mientras ella deja flotar en el aire canciones de Falla.

Rostros enmascarados detienen el tiempo,

aguzan el oído ante una nana;

la artista ha calentado su voz, y su sonrisa

flota con sonidos armónicos demorados

que viajan por el patio hasta fundirse con la piedra.

Voz, arpa y silencio,

aplausos nítidos  y alegría comunal en la música:

el público henchido de gozo eleva la vista 

a la bóveda mudéjar;

artesonado o heráldica, flores de lis o semiesferas

la vista encantada no descansa.

Poema 280: Memoria del verano

Memoria del verano

Cada verano es un plano inexistente

que se superpone a otros planos

imágenes, sudor, playa, bicicleta,

pantalones cortos y sandalias

una puesta de sol en el mar.

Las láminas más lejanas

son transparentes,

apenas pinceladas en la memoria,

una playa de río,

la brecha de mi hermano contra una puerta,

un periódico con Suárez en la portada,

las ciruelas rojas y enormes en Gandía.

Luego hay ya una tormenta de imágenes:

hoy saldrá alguna por azar,

una bicicleta roja apoyada en un árbol

al que nos hemos subido,

tirar piedras a un lavajo con ranas,

un monasterio en ruinas en Aquitania,

leer un tebeo escondido a la hora de la siesta.

La superposición de planos no es nítida,

ni hay un camino temporal por el que seguir;

la presencia de estímulos reconocibles

te lleva a unos u otros recuerdos,

hilos de los que extraes vivencias

modeladas a tu conveniencia adulta,

sin aristas, ni sudor, ni agotamiento.

Las canciones del verano del ochenta y dos, 

conviven con partidos de fútbol en una era

a la que vuelves subido en un trillo

cuando apenas habías cumplido cuatro años,

tras el sombrero de paja de tu abuelo.

Antes de la pandemia el verano era estructura,

viajes, vivencias, museos, arte y belleza, naturaleza;

ahora es una lucha mental de continuidad,

un cúmulo de pequeñas acciones

para soslayar el extraordinario peligro,

dotar de normalidad la herida física y mental

ante la incertidumbre de los meses futuros.

Este verano dejará imágenes extraordinarias

aplicado como estás en la búsqueda de belleza,

en el orden armónico dentro del desorden,

en la risa que aparece inesperada,

en una suma de ilusiones renovadas:

palabras, lecturas y ojos que brillan al mirarlos.