Poema 368: Amanecen los gallos

Amanecen los gallos

Amanecen los gallos, y las sombras

se van desvaneciendo en la montaña.

Hace frío y no se oyen aviones ni artillería,

quizás ha sido solo el sueño de la noche

o una película en la que los tanques avanzaban.

Tiembla la tierra por obra de Marte,

los puentes y caminos deberán ser reconstruidos,

las familias con hijos jóvenes no cicatrizarán.

Los olivos recién podados

absorben toda la energía de la tierra,

sangre, excrementos, abonos comprimidos;

sus hojas perennes son inmunes a los gritos,

al pasado, al futuro.

Arrastran sus maletas en la frontera

sin ánimo ni esperanza,

ajenos a los análisis concienzudos de los políticos,

enajenadas sus mentes, sobrepasadas

por hierros retorcidos y silbos constantes.

El agua cantarina transcurre entre las piedras

fría y trasparente;

alguien saciará allí su sed y aliviará el dolor

de sus botas desgastadas por las flores.

El bullicio del comercio sigue su curso

ignorante de la injusticia, del horror y de la guerra.

Poema 304: Polígono semiurbano

Polígono semiurbano

Las crisis del ladrillo más la pandemia

han llevado al polígono semiurbano a la ruina.

Permanecen las fachadas, como en la canción de Mecano:

la cara vista es un anuncio de Signal,

la cara oculta son cristales rotos,

okupas que pasan frío, ratas, maleza y desorden.

Hay cables que se cruzan aquí y allá,

Suciedad, muchas gasolineras sin que nadie las atienda.

Algunos atisbos de esperanza:

un cielo sacado de una película americana,

talleres, un rocódromo, dos hipermercados.

La ruina es el paraíso del fotógrafo

acostumbrado a flores y los colores del otoño.

Imaginas una chabola de madera

oculta en el edificio sin cristales,

sombras que se mueven en busca de electricidad,

un atlas de pequeños paraísos efímeros,

dolor y resistencia,

quizás los más preparados ante un desastre mundial.

Tratas de no verlos, como ocultas a tu mirada

las miles de cucarachas bajo la tarima impoluta

del suelo de tu casa.

Cuelga la ropa tendida en una cuerda catenaria

allá donde reverbera la vida.

Las sombras viven una Navidad diferente.

Poema 212: La tarde es mía

La tarde es mía

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La tarde es mía,

he mirado al árbol que parece un muchacho

con las manos en los bolsillos,

el sol es aún fuerte, el viento

obliga a cubrir las piernas y las gargantas,

ancianos frágiles esquivan las sombras.

 

Soledad productiva.

 

Ríos de luz y calma.

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Poema 140: Parque de sombras

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Parque de sombras, frío

luz tenue anaranjada,

el viento azota las hojas;

ella cruza veloz con paso firme,

observas encogido en tu pelliza

la belleza de la escena nocturna.

 

Soledad, contraste

con el verano aún presente,

bancos llenos de gente y murmullos,

oración humana,

seguridad colectiva y liviandad.

 

Escena cinematográfica, pandillera,

la necedad importada de América,

una cámara enfoca la brasa de un cigarrillo,

música que estremece y predispone,

vaho, humo exhalado, qué importa.

 

Dice el guion que el líder decide,

pueden salir zombis

o un guerrero experto en artes marciales;

aquí nada sucede,

su caminar humaniza el parque,

integra las sombras y destierra el miedo.

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Poema 130: Hojas amarillas

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Se cayeron las hojas de los árboles

antes del otoño,

torrentes horadaron la tierra,

dormiste dos días seguidos,

al despertar el polvo no dejaba respirar.

 

En el cielo atronaban aviones invisibles,

el ruido que emitía la radio

parecía la radiación cósmica de microondas,

hojas de papel volanderas

cubrían las calles, vacías de color.

 

Sombras humanas cruzaban deprisa,

embozadas y siniestras,

te sentías observado por ojos diferentes,

una luz intensa unía el día y la noche,

confusión y terror, quizá no estés vivo.

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