Poema 753: El lugar de los ritos

El lugar de los ritos

La toponimia delata un lugar mágico

fuera de las expectativas de los lugareños

que han perdido la continuidad del relato.

Lagares Celtas, piedras enormes talladas

en las que el caminante imagina sacrificios

o fiestas de la vendimia pisando las uvas.

Tres paisanos se afanan en repartir el riego

por inundación ancestral de sus olivos,

ingeniería del agua sobre árboles centenarios.

El lugar semiabandonado, levemente señalizado

desprende un aura de lugar comunal

ya olvidado e integrado entre vallados privados.

No es difícil imaginar la comunión con la naturaleza

en estos parajes místicos de ceremonias y cultos:

al llegar la primavera celebrarían el culto a Ataecina,

diosa ctónica de la fertilidad y el renacimiento;

en el otoño los ritos serían alrededor de Sucellus

dios lusitano de los bosques, la medicina y el vino.

Un caballo pasta con lentitud y mirada perdida

en el prado aledaño sombreado por alcornoques,

único vestigio ya de la vida pretérita de los Lagares.

Poema 534: Casa de Pilar y José

Casa de Pilar y José

Tal y como imaginaba el lugar era fascinante,

vistas sobre la costa y calma, mucha calma.

La censura del Evangelio Según Jesucristo los trajo aquí

a la isla diferente:

Pilar buscó esta casa y la adaptaron para ellos

antes de que llegara el Nobel y el enorme reconocimiento.

La vivienda es ahora un museo, una memoria, un santuario,

una incitación a la imaginación de cómo vivieron

estos escritores eruditos y sus allegados:

sencillez, arte y muchos libros ordenados.

Ella modeló al escritor y vertió al castellano sus novelas,

le regaló tiempo para que pudiera escribir,

detallar, imaginar, sobrevivir.

Creó una biblioteca que es envidia y modelo,

un rincón de mujeres ordenadas alfabéticamente

para que sus libros no convivan con quienes las desdeñaron.

Vivienda blanca con carpintería verde,

jardín de membrillos, algarrobos y olivos,

recuerdos rocosos de su paso por el mundo,

cerámicas alentejanas, retratos, relojes y caballos,

todo un universo de seguridad en la fértil vejez literaria.

Poema 368: Amanecen los gallos

Amanecen los gallos

Amanecen los gallos, y las sombras

se van desvaneciendo en la montaña.

Hace frío y no se oyen aviones ni artillería,

quizás ha sido solo el sueño de la noche

o una película en la que los tanques avanzaban.

Tiembla la tierra por obra de Marte,

los puentes y caminos deberán ser reconstruidos,

las familias con hijos jóvenes no cicatrizarán.

Los olivos recién podados

absorben toda la energía de la tierra,

sangre, excrementos, abonos comprimidos;

sus hojas perennes son inmunes a los gritos,

al pasado, al futuro.

Arrastran sus maletas en la frontera

sin ánimo ni esperanza,

ajenos a los análisis concienzudos de los políticos,

enajenadas sus mentes, sobrepasadas

por hierros retorcidos y silbos constantes.

El agua cantarina transcurre entre las piedras

fría y trasparente;

alguien saciará allí su sed y aliviará el dolor

de sus botas desgastadas por las flores.

El bullicio del comercio sigue su curso

ignorante de la injusticia, del horror y de la guerra.