Poema 220: Gatos

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La luz a esta hora invita al recogimiento,

aún no hace buen tiempo,

brillan las luces de la ciudad en el río

despiertan soledades olvidadas.

 

Una docena de gatos posa en el parque infantil

hay pocos transeúntes que los amedrenten

miran embobados esperando su comida

esa que a diario alguien les acerca.

 

Asomado al balcón del río observo la corriente

una mujer que pasea a su perro me observa

quizás me compadece o me ignora,

tendrá ya sus propios problemas intrínsecos.

 

Los gatos podrían atacarme si estuvieran hambrientos,

no creo que saliera bien parado del asalto,

mi presencia altera sus posiciones:

se alejan sin alejarse.

 

La fuerza del río es un imán para la conciencia,

el destello de la luz sobre la pasarela

y las sombras del mermado crepúsculo

estimulan los centros neurálgicos de la belleza.

 

He recordado al gato tuerto y a otros gatos:

en esa colonia de apacible apariencia

habrá luchas de poder, de vida y sexo,

morrongos descarriados que se asoman

a la oscura corriente del río.

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Poema 219: Camino de Praga

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He vuelto y los árboles ya no son los mismos,

no recordaba el color de la tierra,

ni el olor de las plantas cuyo nombre ignoro,

he vuelto buscando lo que narraba el poema

y ya no hay rastro de la silueta del poeta.

 

Camino por las mismas calles,

con mi memoria en carne viva,

los sentidos afilados alerta,

escucho el eco de las risas y los billetes

sin valor aparente en aquella fiesta inconsciente.

 

En aquellos años la ciudad estaba casi vacía,

adoquines y agua, un brillo gris metalizado,

Bolzano en una placa apenas visible,

o la tragedia que había sucedido décadas antes

conformaban los rostros inexpresivos de la gente.

 

Un corifeo de borrachos en San Wenceslao

nos saludaba cada anochecer,

silentes bebedores en los escasos locales de comidas,

un decorado solo para nosotros, transeúntes en la noche

coronaba un palacio en luces mortecinas.

 

He vuelto caminando por un poema de amor,

por el homenaje de una poeta deslumbrada,

por la vela y el frío sobre el Valtva helado,

por el recuerdo de un hombre que come abstraído

con la mirada fija en una pared vacía.

 

Sigue el puente de hierro en idéntica espera

de aguas renovadas cada primavera,

no los amores y amigos que no perduran,

no la locura inexperta de quien todo abarca,

sí la lucidez aprehensiva de mi mirada.

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Poema 218: Paseos de libertad

 

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El río y el puente se mantienen inmutables,

no así mis sensaciones,

no el descampado siempre verde de la ribera,

ni el tiempo que tengo por delante.

 

Paseo por territorios de la memoria,

por tierra de vivos y muertos,

imagino otras huellas y todos los sentidos

escuchando grillos, pájaros, el viento en el plantío.

 

Hay una efervescencia en el paseo

un cierto alivio popular tras la tensión electoral,

la naturaleza que resurge con el agua,

los colores intensos recién nacidos.

 

Busco esos caminos a tientas,

me guío por sensaciones y mapas orientados

por las palabras que dejan profundos surcos

en los vericuetos secretos de la mente.

 

La fertilidad se impone a la economía,

aúlla cada despertar de la primavera,

ordena vidas y somete la volubilidad

de quien se afana en ser libre cada día.

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Poema 217: Lorca no descansa

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Lorca no descansa en Granada,

la ciudad le da la espalda,

vive para el turismo de la Alhambra.

 

Lorca tiene lectores extranjeros,

lenguas encendidas con sombrero,

hermosas muchachas que le velan

al pie de su centro viajero.

 

Turistas de las tapas admirados,

curiosos de cuentos alhambrinos,

contemplan el fulgor de cada ocaso,

se miran en ojos anodinos.

 

Lorca clama su obra en cada calle,

su vida truncada en cada esquina,

rosal, jardín, naranjo o mandarino,

honda amargura de piel mezquina.

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Poema 216: En los tejados de Granada

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En los tejados de Granada

hay una gran farsa de ruinas y antenas,

aires acondicionados y tejas desblanquiñadas;

también hay barro, cables, adobes y miradores.

 

Hay restos de construcciones árabes,

lavaderos y callejuelas, el abrigo del viento,

el ladrillo mudéjar.

 

Hay un aire de culpa en la muerte de Lorca.

Granada está colonizada por hordas de cristianos

vencedores, plazas de santos, beatos y conventos,

turistas pelirrojos y escotes de estudiantes aventureras.

 

Hay un centro escondido de Lorca,

tan oscuro como sus sonetos de amor

en esta ciudad volcada en la Alhambra.

 

Hay cuestas y frío y calor.

Pequeñas procesiones familiares y enormes

comandos limpiadores de cera,

limpios sepulcros pulidos en las aceras.

 

En los tejados de Granada refulge el sol

y la nieve de Sierra Nevada.

Granada tiene un aura de ciudad conquistada.

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Poema 215: La Mambla

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El placer enorme de la subida matinal,

bruma, frescor, la luz refulge sobre el verde

animado de los campos,

la vasta vista se recrea en el sol tras la lluvia.

 

Hay algo animal y mágico en la ascensión,

una vuelta a los orígenes,

la fuerza de las piernas del cazador

presto a observar a sus presas.

 

Más tarde, la ascensión comunal

es una maravilla,

hay turnos para asomarse a la cima,

comandos que investigan la cueva

bailes, risas y carreras.

 

El día ha cumplido sus expectativas,

el monte mágico acumula seguidores:

aún no hemos perdido el contacto con la tierra,

por más que nuestra mirada atraviese el cosmos

para descubrir un agujero negro.

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Poema 214: Cambios

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Sonrisa desconfiada de un día de primavera,

los tulipanes aún no se han abierto,

hojas ralas despiertan de su letargo,

las rutas de los pájaros migratorios han cambiado

o yo no he mirado lo suficiente.

 

Voces y manipulaciones en la tienda de pollos

de enfrente, el silencio de una mañana de domingo,

el perro enorme campa a sus anchas entre las bombonas,

mientras me escucho leer en un inglés anémico

los últimos poemas del libro de Simic.

 

Fin de ciclo, de libro, de estado de ánimo,

dolor de tanta luz incrustada en un pecho invernal,

dos mil diecinueve, no me gustan los nueves,

ni la atonía de mi cuerpo en el cambio de hora,

remiro la pila de libros con mucha curiosidad.

 

Hay pequeñas cosas que me sostienen:

una canción con voz grave y segura,

acariciar un libro antes de abrirlo con devoción,

sostener mi cámara de fotos con una mano,

antes del disparo que fijará el ángulo hermoso.

 

Ciertas pequeñas ilusiones, la mirada poética

recuperada, una sonrisa incrustada en un texto,

la visera que impide ver más allá y protege,

continuidad y cierta esperanza fértil de lluvias,

son suficientes para empezar, confiado, un nuevo ciclo.

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Poema 213: Metapoema

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Atonía de espacios abiertos llenos de luz,

demasiada luz,

cerebro y flores demasiado expuestos,

ángulo agudo al despertar del sueño

de media tarde.

 

Voy en el coche conduciendo,

leo un poema de Simic en un semáforo;

–esto no puedes escribirlo, alguien te denunciará–,

pero podría habérmelo inventado,

–¿qué estás diciendo que mientes en tus poemas?

¿Toda tu poesía es mentira?–

 

Reviso los doscientos doce poemas de mi blog,

quizás he inventado historias en algunos,

quizá en todos…

 

Acabo de despertar, soñaba

con vecinos que tendían la ropa en los columpios.

Era bonito, parecía un barco con velas remendadas,

un colorido de espantapájaros,

el sonido del viento deshidratando la colada,

–eso lo has visto en una película china–

 

–Este poema terminará en tu blog–

no hay problema, no lo lee apenas nadie,

puedo poner mi sueño y decorarlo

con una puesta de sol sobre una ría

o con flores amarillas de tojo en un sendero.

 

–Demasiada luz–.

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Poema 212: La tarde es mía

La tarde es mía

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La tarde es mía,

he mirado al árbol que parece un muchacho

con las manos en los bolsillos,

el sol es aún fuerte, el viento

obliga a cubrir las piernas y las gargantas,

ancianos frágiles esquivan las sombras.

 

Soledad productiva.

 

Ríos de luz y calma.

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Poema 211: Hotel Kastro

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En el hotel Kastro viví unas semanas;

en aquellos días parecía estudiar

ecuaciones controlables con un parámetro,

mientras leía unas Flores de Cunqueiro.

 

Al atardecer musitaba frases en la soledad

de la fortaleza veneciana

acariciada por las olas.

Melancolía.

 

Aún no lo sabía pero aquellas palabras

eran poemas no escritos,

era el perfil rocoso de las montañas de Creta,

la luz del Mediterráneo

el peso solemne de la Historia en mi cráneo.

 

Vivía en un cuarto modesto con ducha,

frente a la habitación compartida

de mis amigas francesas:

Dominique, Florence, Pascale,

bellas y utópicas en su lengua natal.

 

El palacio de Knossos distaba una línea de bus,

la magia del trono,

los delfines en frescos, las salas en pie,

el minotauro poderoso de inusitada potencia

me hacían soñar con viajes futuros.

 

No he vuelto a la isla,

ni a la vida de aquellas chicas francesas

con las que no supe ligar;

el hotel me despidió en la salida del ferry

mientras la fortaleza refulgía por el sol.

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