Poema 648: Vacaciones

Vacaciones

Los días se suceden en una rutina placentera

en la que los sobresaltos son mínimas alteraciones

de la meseta rodeada de lagos y montañas.

Los estados de ánimo son cambiantes

dentro de una onda sinusoidal bastante aplanada,

cumbres lectoras, conversaciones,

un baño helado solitario desnudo en un paraje recóndito,

la canción oportuna en un momento de reposo.

Los valles mínimos anímicos llegan como contrapunto

a esos momentos sensoriales en los que nada sucede.

El calor soslayable con agua fría y sombras centenarias

aplana toda disidencia discursiva

en el interior de este mundo natural de cantos de gallo

de grillos y chicharras, de aves que se conciertan en el ocaso.

Al levantar la vista todo es verde, oloroso, inalcanzable;

los habitantes-hormiga domeñan frutales y huertos,

dan de comer a sus cabras para después ordeñarlas,

comercian con el fruto de su esfuerzo ancestral.

En este silencio lleno de ruidos apenas hay vehículos,

los pensamientos de intendencia nivelan ancianos volcanes,

vacuidades pasadas o futuras, proyectos más o menos arriesgados.

Los círculos concéntricos se completan con cierta tolerancia,

con la mirada miope y olvidadiza que desenfoca el deseo

de otros parajes, otras latitudes y otros azules yodados.

Permanecer durante un tiempo indefinido y ateo

es la única misión de las circunvoluciones cerebrales.

Poema 639: El ojo atlántico

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El ojo atlántico

Entre las miríadas de lagunas geográficas o culturales

estaba este archipiélago luso,

lugares de resonancias meteorológicas,

de resonancias de infamias prebélicas,

una bruma de localización indefinida y ajena.

Ojo, huracán, anticiclón, volcán,

un vocabulario expandido y mítico,

flora y fauna extraídas de relatos navegantes,

formas de vida locales y no turistizadas.

Se aproxima el observador-poeta en carne viva,

se apresta al conocimiento, al viento marino en la faz,

expectante ante las aguas termales o las cumbres volcánicas,

analista impío de la superficialidad observable.

Entre las indefiniciones conceptuales existen bases militares,

cuevas inexploradas, laurisilvas, cetáceos observables,

la sospecha habitacional antes del siglo quince.

Hacia allá nos dirigimos cual visitantes privilegiados,

punta de lanza, viajeros inquietos y observadores.

Confío en la luz atlántica, en la imaginación,

en la intensidad vital de la madurez contemplativa,

analítica, perceptiva.

Comienza un viaje de apertura atlántica,

de expectativas difusas en medio de la neblina ignorante.

Poema 586: El canto del mar

El canto del mar

Lejos, en el itsmo de la playa

atisbo una mujer desnuda;

camina, se oculta en la cueva,

se baña, se seca al sol como una diosa.

El acceso es complicado,

subir y bajar por rocas húmedas,

resbaladizas, líquenes centenarios.

Comienza el año con una bajamar

como la que yo recordaba de antaño,

un día frío y ventoso, solitario,

en el mismo lugar, en el metaverso.

Canta el mar sobre las rocas,

en las que ella se oculta para vestirse

e integrarse, ya mortal, entre los caminantes.

La luz, el azul del cielo, todo coadyuva

para crear un idílico paraíso en la playa:

una cascada, reflejos, gaviotas planeando,

un hermoso perro que juega con las olas.

Didáctica, ha explicado a una pareja

el camino posible hasta la playa;

después ha continuado su ruta.

La imagino con una sonrisa en el rostro

tras la fusión natural con el mar

en estas primeras horas del nuevo año.

Poema 568: Las tardes memorables

Las tardes memorables

Fueron tres tardes de noviembre

no consecutivas.

Los pinos míticos y esos ocasos dolorosos

cual tallas de la Pasión castellana.

Ejercicio, lugares muy diferentes.

Rehabilitación emocional, física, integral,

belleza, bienestar físico.

El sol de la tarde, oblicuo y filtrado

tiene un aliciente vitamínico,

ilumina el caduco arbolado de ríos y canales.

El vértigo desaparece tras el hallazgo

de un níscalo casi oculto.

Se escuchan solo sonidos naturales,

el crujido de mis pasos sobre una rama,

y súbitamente, iluminado como en una postal,

un corzo distraído pastando.

Hace una temperatura inusual en noviembre,

pedaleo buscando la luz poniente,

atento a las ondulaciones del camino,

sumido en en profundas reflexiones

mas acunado por la belleza de la tarde.

Poema 564: Todo lo que tenía que contar

Todo lo que tenía que contar

Todo lo que tenía que contar eran unos níscalos,

el contacto con la naturaleza,

caminar monte arriba, integrarme

en la naturaleza, sentir su apego ancestral:

un árbol caído aquí, una cama de liebre,

unos huesos dorsales, un cráneo,

un plumaje que aún permanece compacto,

la madriguera profunda de algún animal incógnito.

Toda mi concentración puesta en la búsqueda

de unos hongos anaranjados,

la felicidad instantánea del hallazgo,

suma de pequeñas euforias fuera del mundo.

Todo lo que tenía que contar eran unos níscalos,

la rebusca tras la búsqueda,

el placer de conectarme unas horas a la naturaleza

con el cable USB de una cesta y una navaja.

Cada cuál contaba sus aventuras urbanas;

luego el fútbol televisado dejó su belleza

 y su crueldad en la casa de los anfitriones.

Nada polémico, nada fangoso

de todo eso que tanto nos importa

y es finalmente vacuo y repetitivo.

Cambio de hora, de luz, de orientación,

pequeña resaca del intenso día de ayer.

Poema 514: El mundo a tus pies

El mundo a tus pies

En la desapacibilidad de comienzos de mayo

una salida en bicicleta con mi hijo es algo mágico,

el esplendor del campo, el esfuerzo,

un silencio de pedalear e impregnarse de los colores

de esta primavera que me evoca la del confinamiento.

Soy consciente de la maravilla del instante,

de la conexión sin palabras, de la dualidad establecida,

una transmisión inmaterial de ideas, de movimiento,

el placer de triscar montes y sembrados,

de vislumbrar una combinación inesperada de flores,

de ascender a lo alto de un monte, sin resuello.

Todas las obligaciones diáfanas han desaparecido,

la vista abarca campos ondulados, árboles de hojas tiernas,

algunos senderos apetecibles, ocres entre el verdor;

también una sensación efímera de volatilidad:

después de este instante vendrá otro también irrepetible,

habrá otras felicidades que apenas podré fijar un instante

devoradas por la velocidad imparable de los acontecimientos.

El mundo a tus pies permanecerá en la retina,

elongará el tiempo más allá de mi tiempo y fortaleza.

Poema 504: Recuerdos, marzo, primavera

Recuerdos, marzo, primavera

Me asomo a la ventana y parece que fue ayer

cuando reinaba el silencio.

Ya no hay grúas en el horizonte cercano,

apenas se ve el campo tan ansiado entonces,

apenas queda un recuerdo agridulce.

Resuenan broncas políticas sobre comisiones,

sobre decisiones polémicas de gestión de la muerte,

un porcentaje pequeño de la vida,

un oasis en la voraz velocidad del mundo.

El olvido va dejando crecer su musgo en las grietas,

las flores son un trampantojo delicioso,

apenas quedan ya sensaciones de confinamiento.

Solo algunos paisajes descubiertos tras la salida,

en los que aspirábamos toda la naturaleza de golpe,

la feraz vegetación que siguió su curso natural,

la lluvia, el sol, el viento, fuerzas primigenias,

nos hicieron conscientes del concepto de reclusión.

Hoy el caminar es lo usual, mirar con intensidad

cuanta belleza nos rodea,

sentir el viento y la luz poderosa del sol en el rostro,

dejar flotar el vago recuerdo de aquella oscuridad.

Poema 498: Espectáculo natural

Espectáculo natural

No sé si es un pescador o un suicida

en la orilla opuesta del Duero.

Desafían las nubes el reflejo en el agua

y los patos se dejan llevar lateralmente.

Permanece en la orilla mirando hipnótico

la corriente de aguas turbias,

la crecida de un río que anega ya las riberas.

El espectáculo natural es enorme:

las aguas habitualmente verdosas y calmas

se expanden entre remolinos y oquedades

a una velocidad asombrosa.

Si no fuera por una prenda de abrigo llamativa

que ha posado en los juncos ribereños

diríase metamorfoseado con el gris de la orilla.

Imagino lo que yo haría si el hombre salta:

gritar, llamar, señalar, nunca emular.

Si no fuera su intención abandonar el mundo

sentiría envidia del paisaje a pie de caudal que percibe,

de la fuerza fluvial penetrando en cada sentido,

de esta mañana de invierno aún cruda y luminosa

 mimetizado con la divinidad milenaria de las aguas.

Poema 441: El invernadero

El invernadero

Aquello era una colección de hierros

ensamblados, tuertos, el símbolo

de un fracaso hortelano pasado.

Crecía la hierba y el desorden

la imagen de la desolación

de un lugar abandonado.

La reconstrucción fue paciente,

fuimos cumpliendo plazos,

cubriendo el techo de policarbonato;

más tarde paredes y puertas

para lograr un espacio enorme.

En invierno hacía calor dentro;

hicimos un diseño educativo:

plantas, semilleros, zona docente,

y entonces se corrió la voz:

de forma altruista llegaron consejos,

donaciones, ideas, trabajo.

Voluntariamente se constituyó

un comando invernadero,

plantaban, regaban, pulían la madera,

en el tiempo libre aquello era un bullicio

de voces, idas y venidas organizadas,

el júbilo de ver el primer tomate en la planta,

la lucha diaria contra el pulgón y las hormigas.

He sentido la ilusión colectiva,

el cosquilleo de quien aporta su granito de arena,

la luz inocente en la mirada

y el deseo de pertenencia a un proyecto común.

Hoy iremos de nuevo a clavar, desclavar,

forrar, irrigar, plantar y ordenar,

tomar pequeñas decisiones y asombrarnos

de lo que la naturaleza nos ofrece cada día,

al lugar en el que el alborozo eclipsa los agobios.

Poema 435: Primavera veloz

Primavera veloz

Un escritor presenta su libro

–largamente esperado–,

el fruto de años de silencio poético,

y rápidamente pasa y apenas permanece.

Somos el tiempo que nos queda,

–dijo Bonald-,

y ese tiempo no es lineal:

acelera en primavera, se contrae

en las tardes cortas y oscuras de invierno.

Suceden –pues todo llega–, acontecimientos

percibidos como lejanos en su planificación,

decisiones, alegrías fugaces,

esas canas y arrugas que asumes con humildad,

el fulgor de las estaciones, la luz.

Desearías amanecer en medio del campo,

verde, fresco y húmedo, oloroso,

corriente de aromas entrecruzados

en una forma helicoidal cromosómica

a la que asignas colores.

Te impregnas de ellos, tocas, acaricias

la tierra, quizás un cuerpo amado,

antes de gritar a pleno pulmón tu presencia,

primate convertido en autócrata,

pergeñador de versos bucólicos,

íntegramente satisfecho por la fusión

con una naturaleza ancestral y mítica.

Las nubes cubren el sol, lo tamizan;

desde tu observatorio urbano sopesas

la comodidad, –litúrgica y lectora–,

contra el ejercicio incierto y agotador,

los lances del campo a través salpicado de alimañas,

el polvo ya roña en tu piel aseptizada.

–Reducción de la disonancia cognitiva–,

te dirán con convicción profesional,

ese desencuentro con la pérdida y la memoria,

una cuenta atrás vital,

que te hermana con las plantas y las rocas,

temeroso desde siempre

de cuanto se mueve de forma autónoma y animal.

El placer básico de ver amanecer desde un teso,

Mambla, Cuchilla, Cerro, Pinajarro,

tan difícil de conseguir en la veloz rutina,

en los días verdes de un abril a punto de fugarse.