Poema 460: Llover, leer

Llover, leer

Llueve,

tras más de dos meses llueve,

huele a lluvia;

aquel calor del verano ya se ha olvidado.

En mis ojos llovió casi toda la mañana;

estuve leyendo,

hacía meses o años que no llovía así.

Y en medio de toda esta lluvia interna y externa

algún mecanismo intrínseco empezó a analizar,

a recordar, a interpretar,

a buscar modelos de aprendizaje que imité,

a intentar entender mis miedos y los de los demás.

La lluvia vista y olida desde casa

me recordó el confinamiento,

las horas asomado al balcón o a la ventana,

el silencio de los coches que no pasaban,

el sordo golpeteo en el asfalto del agua,

la feracidad que provocó en el reino vegetal

aquella primavera.

Eché de menos la calma humana,

sin griterío,

sin alterar con gestos exagerados el curso del tiempo:

sin violencia a la vista, sin egoísmos en directo.

Surgen decenas de preguntas tras la lectura,

¿Estaré repitiendo patrones machistas?

¿De quién he aprendido? ¿Cuánto miedo tengo?

¿Estoy a gusto con mi vida? ¿Están a gusto conmigo?

La lluvia aporta la permanencia, la reflexión, cierta nostalgia:

gris profundo instalado en el cielo, verde fulgor

en las copas de los árboles, en el césped,

un rumor: tráfico lejano, algunas voces de adolescentes

que pasan mojados por la acera,

la masa de agua haciendo espuma sobre el suelo.

Cada cuál posee silencios, evidencias de discrepancias,

dolor, luchas de poder que ni sabe que existen.

Cada uno tiene su propia novela familiar,

anécdotas, toboganes vitales, tristeza y más miedo.

Pasan más adolescentes caminando, capuchas negras,

pañuelos, indiferentes a la lluvia o a la humedad;

sus preocupaciones están en otros sitios;

sus modelos somos nosotros, padres, adultos,

feministas reconvertidos por puro razonamiento.

Se comban por humedad, los libros dispuestos en montaña,

libros que son como el cuerpo:

los observas cada día, quieres leerlos, poseer su sabiduría,

los miras, como te miras las manos,

las piernas, los antebrazos:

reconoces la belleza de tu piel, el bronceado.

Casi todos poseen alguna marca de lectura,

esa impronta que te dejarán marcada si los terminas.

Arrecia la lluvia, anunciada, proclamada, avisada,

todo se detiene, también tú te detienes.

Poema 370: La calima

La calima

No veo todo lo que debiera de ver,

hoy la metáfora es el polvo sahariano

pero ocultas están las ondas, los silbos

en frecuencias inaudibles para mi edad,

algunas sombras en horarios imposibles,

o el trino de los pájaros en árboles desnudos

silenciados por el ruido de los coches.

No escucho las bombas de racimo,

ni los gritos indignados e impotentes

de los ucranios sitiados, peones de un tablero

en el que sienten que alguien les mueve

o les expulsa de la partida sin permiso.

El frío se cuela por la ventana abierta

como símbolo de una debilidad energética

vulnerando la estructura mental de seguridad

construida con paciencia, ilusamente,

por varias generaciones democráticas.

Un espectroscopio sería lo más apropiado,

o la lucidez suficiente para entender

el perverso y aséptico juego de esa partida

en la que nadie gana, observado todo

desde el punto de vista, a ras de suelo,

de quienes son movidos por autómatas impasibles.

La calima marrón que todo cubre

muestra la fragilidad superficial de un mundo

más inseguro y limitado de lo imaginado.

Poema 336: Descenso

Descenso

Un día te quedas solo

con esas reflexiones tan importantes;

pierdes el control de tu cuerpo

ese que tanto has moldeado

las manos aún bronceadas

tu rostro marcado por los desastres de la vida.

Desciendes.

Coincide que la luz ese día es grisácea,

apenas puedes ver más allá de tu declive.

Te afanas en tareas cotidianas,

repetitivas, rutinas que has hecho mil veces.

Te has fijado en esas flores marchitas

atadas a una valla en la calle;

has pensado: ahí hubo un accidente terrible,

imaginas a quien puso las flores

recordando una y otra vez la escena.

Tienes varios recordatorios en el móvil,

fotografías a cuál más hermosa,

ausentes de ellas quienes recorrieron otros caminos;

te quitas las gafas,

en tu miopía observas todos los detalles en la pantalla,

cuánta hermosura de color y como duele.

Abres los brazos y los cierras nadando a braza

los ojos bien abiertos tras las gafas esféricas

con las que abarcas todo el fondo de la piscina;

esa imagen parece sacada de una peli de Almodóvar,

entonces recuerdas a los amigos que no pueden nadar.

La decadencia es inevitable,

tanto como el desgaste de los zapatos que más te gustan.

Entrecierras los ojos para tener aún menos luz,

oyes el ruido del tráfico y el viento en la enredadera.

Poema 335: Ruido

Ruido

Oyes el ruido de un avión y piensas

ya están aquí.

Vibran las grúas al paso invisible.

El terror de la especie.

Una mujer corre y eso un detonante.

Corren decenas, cientos, miles, corren.

¿Hacia donde corren?

Vives en una jaula que simula libertad

pero el ruido que te taladra los oídos

te recuerda tu dependencia.

Entonces tomas consciencia de tu cuerpo

miras tus manos, las conoces,

te gustan, es un consuelo que sigan ahí.

Piensas en tu rostro bronceado

curtido por los años.

Parece que puedes sentir tus dientes,

cierras la boca para comprobar que están ahí.

Has vivido y disfrutado, ves el camino detrás de ti.

Sientes que te faltan algunos abrazos

y que el tiempo se ha detenido.

Silencio.

Poema 324: El tiempo que nos queda

El tiempo que nos queda

Hemos tenido el privilegio de ver pararse el mundo,

de escuchar el silencio en una autovía,

de reconocer el canto de los pájaros,

de poder leer a deshoras asomado al balcón exiguo

y subir y subir escaleras sin parar.

Después redescubrimos la flores, su aroma,

la belleza de la naturaleza a su antojo

el éxtasis de un paseo en bici enmascarados,

las benditas vitaminas del sol en la piel

y el ancestral gusto por caminar pegados a la tierra.

Cada pequeño espacio de libertad era una maravilla,

de la que muchos han disfrutado:

se agotaron las bicis en las tiendas,

y han surgido caminantes a borbotones en las sendas.

Ahora la cigüeña subida en su atalaya eléctrica

contempla el ruido horrísono del tráfico en la autovía

cuál saurio evolucionado de perfil extraño

mientras me acerco sigiloso para captar una instantánea

de su vuelo elegante y sagital.

Ya no contemplamos el cielo cada tarde

ni miramos con extrañeza al caminante desenmascarado,

los perros ya no son un privilegio

ni la noche está vedada a los noctámbulos de fiesta.

Los años veinte se repetirán de forma sarcástica,

apurar la vida, las sensaciones, el tiempo que nos queda,

ignorar lo aprendido, huir hacia delante en el espacio,

sin olvidar la especie a la que pertenecemos,

aún recién salidos de las cuevas para transitar el mundo.

Poema 274: El final de la escalada

El final de la escalada

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Hordas de gente en la hora límite

pasean como si estuvieran de vacaciones

y el caminar fuera el objetivo máximo

en el que interaccionar socialmente,

en el que echar un cigarro adolescente con unos amigos

escondidos tras un montículo y la vegetación.

 

La dignidad la otorga una mascarilla,

con la que proteger a los otros,

también a aquellos que con cacerolas y banderas

sacan su rabia de sabios y expertos a pasear,

ruido y entretenimiento en días tan cambiantes

de la lluvia y el chubasquero al cielo azul y la camiseta.

 

Esta poesía descriptiva y testigo del coronavirus

ya no da más de sí,

será un testimonio al que acudir en el futuro,

ese que nadie se atreve a pronosticar con claridad,

si será una vuelta a la vida deseada ahora

o un tiempo nuevo de precaución y distanciamiento.

 

En estos días de confinamiento se han abierto los sentidos,

la mirada en cámara lenta desde las ramas esqueléticas

a las frondosas copas de los árboles que ocultan el río,

desde los caminantes absortos con la mirada perdida,

hasta las alegre chácharas didácticas en familia.

 

Ahora que se vislumbra el final del quédate en casa,

entre fases y desescaladas, entre inmunes y miedosos,

solo queda mirar hacia delante, avanzar,

tratar de vivir la vida con lo aprendido en estos meses,

limpiar la atención de las cosas que hemos sentido innecesarias.

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Poema 173: Primavera desperdiciada

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Estoy desperdiciando otra primavera,

este año es una de las buenas:

sol, agua, cunetas llenas de flores,

el impagable olor de las plantas

que evoca mi infancia en bicicleta.

 

El valle que he mitificado,

las jaras florecidas que alguien

me anunció este verano,

un embalse lleno,

la montaña que quiero escalar

antes de cumplir cincuenta.

 

Todo el día vago cansado,

lleno de ocupaciones informáticas,

ajeno a quienes eran mis amigos,

con apenas capacidad de una mirada

poética, ahora dependiente de la casualidad.

 

El cuerpo se acostumbra al asfalto,

a la contaminación cotidiana,

rutas urbanas de flores solo en vestidos,

miseria y ruido.

 

Estoy desperdiciando otra primavera

en el tiempo confortable de la madurez.

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Poema 153: Enero

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El humo de la chimenea del asador

distorsiona el color del césped

que al fin debe ser verde tras la lluvia.

 

El sonido de las motos en esta atmósfera gris

tiene algo de aterrador:

los sonidos de los caballos españoles en América.

 

Pesadas cazadoras de cuero, monos impermeables,

el valor de enfrentarse al frío, las hogueras

todas las incomodidades del invierno en moto.

 

Cabalgan o alinean sus motos en comunión espiritual,

símbolo de pertenencia, comunidad,

la fraternidad del frío y el motor de explosión.

 

Una cierta irrealidad de fin de semana,

vorágine de horas sin dormir, sudor, frío y alcohol,

la masa motociclista asume el poder de la muchedumbre.

 

Dioses admirados por su cabalgadura,

disfrazados de seguridad bajo sus cascos relucientes,

forman un espectáculo digno de aplauso y fotografía.

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Poema 136: Tiempos modernos

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Nada vacía los mensajes constantes,

ruido tenaz, bombeo

de sangre incontenible,

priapismo periodístico y político.

 

Asaltar la calle con la risa,

diseño de dibujos animados,

contra le ley implacable, opresión

real o inventada, nada existe.

 

Furia, cabalgamiento, himno y bandera,

simple y lineal, la receta centenaria

de sangre y fuego

no halla acomodo por anacrónica.

 

Batallas teóricas, dinero, poder,

ocultamiento de problemas propios,

libros y lecturas encubiertos

por el trampantojo que todo lo ve.

 

Fuerza y ley y orden,

propiedad privada de kilómetros cuadrados,

odio y oposición,

soy más fuerte, más amarillo y más rojo.

 

Generaciones o personas, ideas

sometidas sin razonamiento o consenso,

túnel estrecho de entrada al laberinto

en el que perder el tiempo de una vida.

 

El bombeo contumaz engulle

las palabras y la cultura

escupe monedas y exageraciones,

desata sentimientos reptilianos olvidados.

 

El potente imán crea coreografías

de partículas semejantes,

baile orientado de dibujo preciosista,

con una pareja odiada y necesaria.

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Poema 59: El sonido de las motos

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El sonido de las motos

El sonido de las motos se enseñorea

de la vía pública principal:

no existe nada más, ellos anónimos,

son lo único importante. Un día. Unas horas.

Dentro de cien años habrá una foto icónica,

un río de lava motera, muda, en blanco y negro.

Ser protagonista de algo, ser observado:

el desfile de la victoria, Porta Triunphalis.

La lluvia y la soledad encarnada en el viejo árbol,

contrastan con el bullicio cálido, el rugido,

emergente de los motores. Frío, alcohol,

el motero polaco, brinda un poema a su dama.

Demasiadas Harley Davidson en esa acera,

caprichosos colonizadores del hotel de lujo,

movimientos de amor en las paredes,

vorágine vital, relato de días de gloria.

Prisa y sonido, perturbación del espacio,

los caballeros en sus monturas se aprestan

al torneo sustitutivo, pericia, caballitos, equilibrio,

adrenalina evolutiva en el combate teórico.

El poeta polaco, barbado e inflamado,

eleva las manos al cielo que rezuma agua,

asemeja un profeta apocalíptico

mas su imagen será el icono recordado.

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