Poema 685: El Camello

El Camello

He pasado de puntillas sobre el año nuevo

rutinas placenteras, dibujos en la arena

un baño ritual en agua helada, cortante,

el tiempo medido para no perecer.

Los cielos crean una paleta de colores pastel

en la bahía donde al fin descubro el camello

roca inmortal desafiante al mar Cantábrico.

Palacetes en el horizonte, viejas moradas

en las que imagino a un Benito envejecido

contemplando los amaneceres mientras pudo,

rememorando sus años con Emilia.

Todo descubrimiento depende del punto de vista,

enfocar desde el lado correcto o inesperado:

aquella juventud erudita y filosófica desnuda

en medio de una noche septembrina

brincando por entre las olas de la exigua playa.

El instante del crepúsculo se eleva en mi deleite

cuál hito memorable dos décadas después,

el tiempo de contemplar y de fijar calmadamente

esa luz y toda esa tormenta dispar de ideas latentes.

Poema 680: El baile de los recuerdos

El baile de los recuerdos

La montaña llegó a mi indolencia,

decenas de papeles, fotografías, exposiciones,

pasado, poemas, olvido:

dos servilletas, varias facturas, revistas,

olor acumulado de tinta antigua

dibujos infantiles, regalos, misticismo,

renunciar a la suma terrible de recuerdos

de los que queda un leve relato edulcorado.

El erotismo de escribir ocultamente

se ha ido difuminando,

deja tras de sí cuadernos inconclusos

poemas encendidos que nadie leerá.

Guardo recuerdos esenciales, no arqueológicos

sino espirituales, armas contra el tiempo,

corazas del porvenir.

La liviandad es un espacio atractivo,

me condena a la pausa lectora, al domingo,

a tardes de lucubraciones emocionales

mientras el orden hace su trabajo soterrado.

Poema 678: El tiempo del unicornio

El tiempo del unicornio

El tiempo del unicornio trae la lluvia

momentos de máxima alerta

un recordatorio de ardor guerrero

preocupaciones inútiles antes del sosiego.

Multitarea repartida sin piedad

en días enfebrecidos de Navidad latente,

capitalismo desatado, noticias tremendas

de abusadores machistas impunes.

Toda la atención enfocada en etéreas noticias

víctimas y consumidores del vértigo

de editoriales cargados de epítetos

de la prisa vital por alcanzar el absoluto.

La belleza del invierno que amanece

es gris, llena de niebla y de siluetas,

es un tiempo de imaginación y memoria,

reminiscencias de un pasado de laúdes

de cánticos desafinados en una cocina

en la que chisporroteaba la lumbre materna.

El tiempo vuela y la memoria se renueva

en aras de esa cierta resiliencia mítica

cuando las siluetas se difuminan

y uno explota de alegría efímera y exultante.

Poema 607: Recuerdos del viaje

Recuerdos del viaje

El viaje se difumina en los detalles,

se agrandan algunas sensaciones

y se pierden sucesiones de momentos

ideas, emociones y preocupaciones.

Pasan los días e Islandia es cada vez más verde

en el concepto, en la idea preconcebida,

en las auroras tan fotogénicas en la noche.

La iglesia de Vik es cada vez más roja

y Gullfoss helada es cada vez más blanca.

La casa del lago se ha convertido en idílica

aún sin café y sin apenas víveres,

desayunando el último sobre de jamón,

caminando por sendas ocultas por la nieve.

No conocí la moneda local, ni apenas islandeses,

vimos muchos más caballos que personas

y decenas de japoneses en cada cascada.

Tuve muy poco tiempo de escritura,

imposible afianzar las impresiones

del frío extremo, de la fuerza de la naturaleza.

El resultado es una amalgama de belleza,

de descubrir un lugar mítico en pocos días,

de haber disfrutado intensamente de cada instante.

Poema 504: Recuerdos, marzo, primavera

Recuerdos, marzo, primavera

Me asomo a la ventana y parece que fue ayer

cuando reinaba el silencio.

Ya no hay grúas en el horizonte cercano,

apenas se ve el campo tan ansiado entonces,

apenas queda un recuerdo agridulce.

Resuenan broncas políticas sobre comisiones,

sobre decisiones polémicas de gestión de la muerte,

un porcentaje pequeño de la vida,

un oasis en la voraz velocidad del mundo.

El olvido va dejando crecer su musgo en las grietas,

las flores son un trampantojo delicioso,

apenas quedan ya sensaciones de confinamiento.

Solo algunos paisajes descubiertos tras la salida,

en los que aspirábamos toda la naturaleza de golpe,

la feraz vegetación que siguió su curso natural,

la lluvia, el sol, el viento, fuerzas primigenias,

nos hicieron conscientes del concepto de reclusión.

Hoy el caminar es lo usual, mirar con intensidad

cuanta belleza nos rodea,

sentir el viento y la luz poderosa del sol en el rostro,

dejar flotar el vago recuerdo de aquella oscuridad.

Poema 458: La línea del tiempo

La línea del tiempo

La línea del tiempo es singular,

me lleva y me trae, entre olvidos

ocupaciones y preocupaciones varias,

mi infancia y adolescencia parecen estar

a un tiro de piedra del recuerdo,

recuperables siempre,

así como las personas queridas que murieron.

La inercia se encarga del resto:

estoy y participo y disfruto el instante,

sin fijar los momentos, llenos de fotografías

e incluso de algún poema también inercial.

El móvil me absorbe el cuarenta por cien de todo,

pegado a mí participa en debates, recuerdos,

menciones, imágenes, citas y referencias.

Ocupamos el mismo espacio que ocupábamos:

¿Durante cuánto tiempo?

¿Qué reminiscencias leves quedarán tras de mí?

La calle y la noche son ahora de otros jóvenes,

también la alegría desbocada sin horizonte,

el desconocimiento de la fugacidad,

la huida hacia adelante renovada por generaciones.

El tiempo jibarizado en una exposición aleatoria,

recortes de hitos y recuerdos macabros,

la forma de sostener una comunidad inconexa.

En mi recuerdo se producen pliegues extraños,

atajos a momentos vitales estelares

insignificantes en el cómputo global comunitario.

Las líneas siguen un relato simplificado,

más allá de la losa de tristeza que duró un instante

una emoción y unas palabras íntimas y profundas,

la conexión y el llamamiento comunitario

a un pensamiento conjunto de misticismo y elevación.

El tiempo es un espacio topológico que puedo deformar

una goma maleable, deformable, plegable,

pero finita e irrompible, y finalmente inexorable.

Poema 457: Rayo fulminante

Rayo fulminante

                        Para Miguel Ángel

que siempre ayudaba a todo el mundo.

Llegó, –tensa espera–, fulminante,

cuando el ascenso parecía esperanza

creando un desorden temprano,

un vórtice en todo cuanto ocupaba.

Suma de excesivos recuerdos, cariño,

fórmulas de cortesía y palabras profundas

que atañen al lado pragmático de la vida.

Casa faro y luz en la esquina emblemática,

guía y consejero, gran hacedor, solucionador,

infatigable vecino, pariente y amigo.

Temperamento y voces extemporáneas,

nervio puro, eslabón y memoria,

defensa del menos común de los sentidos.

Indefensos y embriagados por su ausencia

velamos humildemente familia y obra,

un tiempo difícil y repleto de boquetes.

El rayo fulminante cayó inesperado,

convirtió en luto la celebración,

interrumpió la senda, ya apacible,

de contemplar los frutos de su amor.

Poema 443: El camino de las avutardas

El camino de las avutardas

La tierra no se sujeta en el campo descarnado:

llueve y la escorrentía embarra el camino.

Las huellas de las palmípedas persisten en el barro.

Huele a trigo húmedo y a las flores de las cunetas,

canturrean los pájaros;

una avutarda sale volando pesada y a ras de tierra.

A duras penas levanta el vuelo.

Hay huellas de otros animales: zorros, conejos,

caminos que trazaron las hormigas en su faenar

antes de la lluvia.

En medio de fiestas y romerías,

el disfrute de la naturaleza humedecida

es un oasis de felicidad, de sensaciones ancestrales.

Llegan en tropel los recuerdos y los cómputos:

¿Cuántas veces habré pasado por ahí?

¿Cuántas avutardas he avistado en mi vida?

En una bicicleta infantil recorríamos sendas

durante el mes de junio

con una pandilla que aún sobrevive en la madurez.

Ningún camino de la concentración parcelaria

me es desconocido:

puedo nombrarlos al estilo de los lugareños

si es que yo mismo no soy uno de ellos.

Puedo recordar los nidos de aguiluchos

o a Picachinas trepando por los pinos piñoneros.

La vida está pasando, pero las señales ancestrales

persisten, llenan mi memoria,

me invaden la nostalgia y el gozo

en una mezcla de emociones muy placentera.

Poema 421: Nunca es suficiente

Nunca es suficiente

No me he fijado en las flores, ni en nada nuevo

he contemplado el mar desde dónde lo hice una vez

entre juncos y plantas resistentes a la duna

he buscado los recuerdos, no descubrir matices

o hallar nueva belleza.

A veces la vida que he vivido me empuja

a revivir momentos, a revisitar lugares y personas:

ha pasado el tiempo y he olvidado,

a veces rememoro imaginando aquella escena

cómo era entonces, qué tribulaciones o presagios

me acompañaban cuando pisaba la orilla del mar.

Hay niebla y busco en ella poemas antiguos

sensaciones de capa y espada,

el tono gris bajo la cúpula del filtro tan pucelano,

achaco la falta de intensidad al poco dormir

o al agotamiento de tantas pequeñas cosas,

a la responsabilidad que no me abandona.

Mantengo un perfil plano y suave,

lecturas discretas y leves, un poema aquí, otro allá,

complacencia en lo que escribo:

no molestar ni incidir, no perturbar a nadie.

Poemas de repetición, fotos ya vistas,

la cantidad de cosas que suceden cuando nada sucede,

el listado delator de preocupaciones y ocupaciones

nunca es suficiente, nunca suficiente.

Poema 401: Ventanas

Ventanas

Nubes blancas, cambio de tiempo,

viento, pisadas en medio de la carrera,

un baile, una coreografía de corredores

verdes, multicolores,

el paso síncrono, la belleza del momento,

eres parte de la masa y solo puedes asomarte

durante un instante fugaz.

Grúas en el horizonte, muchas, demasiadas,

ocultan aquel trozo verde del campo

que veías durante el confinamiento,

cruel clima que desgaja hojas y limpia árboles.

Cuadernos por los que te asomas al mundo

oculto o visible,

la respiración de los otros,

el gesto cansado o elegante de gacela,

resistencia, olor a ungüentos para los músculos,

un texto con dos conceptos asidos al vuelo.

Recuerdas un funeral inocuo,

un cuadro de escuela flamenca,

la profundidad de campo sin punto de fuga,

esas noches de estío calurosas

en las que las ventanas permanecen abiertas

en busca de un frescor que se resiste.

En algunas ventanas se asoman los curiosos,

fotografían la sierpe humana

que se elonga según pasan los minutos.

La luz y el recuerdo del profesor difunto

que certificaba el acceso al club nocturno

asomado a su ventana privilegiada,

marcan el final de la mañana corredora

mientras degustamos una buena tortilla de patata.