Poema 265: Geometrías del confinamiento

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La línea del renglón se inclina hacia abajo

como lo hace la señora que camina por la calle

con su bolsa de la compra repleta de alimentos.

 

Se cruza con una encapuchada de un azul tenue

que marcha veloz y silenciosa, en línea recta.

 

El perro zigzaguea aleatoriamente,

los ojos envidiosos del observador trazan un camino,

seco y anguloso

el que une su balcón con el cono de luz del movimiento animal.

 

Los palomos se esparcen a sus anchas en la enredadera

planean siguiendo una curva suave de aterrizaje en el césped

plagado de margaritas.

 

Las ondas musicales tras el aplauso a las ocho de la tarde

reverberan en los edificios hasta extinguirse

se acoplan con otros reproductores en curva sinuidal.

 

Enfila recto el vehículo de la policía tan alborotada

por el estado de alarma tras veintisiete días.

 

Subo y bajo escaleras una y otra vez en un circuito helicoide

procurando no tocar las barandas,

concentrado en pulsaciones y tiempo de ascensión.

 

Las pelotas de ping-pong sobre la mesa del salón

describen parábolas invertidas

antes de chocar con los botes de tomate en conserva

que hemos colocado como red.

 

Las piezas del puzzle que hacen mis hijos forman un mapa

de fronteras coloreadas, cabos y golfos que se unen

en un rectángulo final de gran belleza.

 

Mi vista traza diagonales en la lectura de artículos de prensa,

a veces traza círculos en la difícil concentración de un párrafo

del tercer libro de lectura sofisticada.

 

El sol y las nubes diseñan formas caprichosas

vórtices de viento, conos invertidos,

un sumidero que parece absorber todas las almas encerradas.

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Poema 228: Noche de agosto

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Las calles de moda en Amsterdam

rezuman fiestas privadas,

ventanas iluminadas sin cortinas

conciertos abarrotados en el canal.

 

En la puerta elevada de su casa

una pareja degusta un vino caro y frío,

charla en un idioma sonoro

prepara su noche íntima de sábado.

 

Todos ríen: la gracia de la juventud les alcanza,

el tiempo por delante es su tarjeta de crédito,

la agilidad de sus muslos torneados en la bici,

la altura tremenda de su generación.

 

Un tenor levanta centenares de aplausos,

desafía la seria laboriosidad semanal,

es admirado, elevado en ese instante por la masa,

se desvanecerá en horas, salvo en la memoria.

 

En una noche única de agosto se han conjurado

la luna, la música, la temperatura y el agua;

sobre el bosque de bicicletas aúlla la conciencia del poeta,

el deseo reconvertido en poema.

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Poema 207: La gran belleza

La gran bellezaIMG_20190224_140344

Tránsito despistado, sigues una iglesia

en un cuadro de Van Gogh,

o te fijas en las variaciones posibles

de la ley electoral,

o te documentas sobre las intenciones

de tal o cual poeta;

cuando puedes, elevas la mirada y sonríes,

te consideras afortunado por encontrar

la belleza en la vida cotidiana.

 

A veces retiras las gafas de tus ojos,

contemplas los objetos deformados,

el color que se confunde y se mezcla,

la vacuidad de cuanto te rodea;

desenfocas con tu cámara réflex

y consigues trascender el mundo lineal

de contornos definidos y precisión aparente.

 

No eres capaz de ir más allá,

eres consciente de tus límites, de tu capacidad

de insistencia en asuntos complejos,

de la voracidad con la que quieres acceder

a todo cuanto tu mente alcanza:

consumir antes que crear,

disfrutar antes que avanzar sufriendo.

 

En breves instantes de lucidez

escuchas la voz atemporal de un guía,

el cántico desesperado y auténtico,

la música que te produce vibraciones internas,

trance, éxtasis, ausencia mundana;

entonces navegas por el nirvana ilimitado

de tus conexiones neuronales más libres

y vuelves con una paz profunda e inútil

en la vorágine activa y sinusoidal de cada día.IMG_20190221_175526-EFFECTS-EFFECTS (1)

 

 

 

Poema 165: Rastros culturales

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Elenco magistral, amplias fotos,

el rastro que alguien deja en Facebook

sin programar o sin planificar,

un perfil de cosas que te gustan,

montaña, viola, esquí.

 

Un concierto, un maestro legendario,

energía y entrega, la corriente musical

interna en esa persona es enorme.

 

Tu rastro no es tan grande, ni tal alto,

ni alcanzas tantos seguidores:

poemas, tu salvaguarda cultural,

muestra de tu inquietud y tus dudas.

 

La retina fija e implementa flujos de pensamiento,

recortes, fotografías, un verso o una idea,

cada cual se parece a alguien,

emula o amplifica o enlaza collages múltiples,

la cara vista de una vida sonriente.

 

El buscador te lleva directamente a un rostro,

eleva tus expectativas,

oscurece sombras y las oculta,

tras muchas elecciones pasas de puntillas por meses

y años y andanzas eliminadas.

 

Tu rastro se asemeja a tus olvidos,

a los trampantojos que tu mente crea

para evitar dolorosa consciencia de tus titubeos,

para elaborar un relato simplificado y feliz

de tus días, de tus decisiones y logros.

 

Idealización, nulo esfuerzo, nula duda,

sonríes y difundes tus ideas con miedo,

el valor en esas mínimas decisiones te define,

música o luz o pertenencia o disputa,

todo eso eres y a todo eso aspiras en tu vida.

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Poema 101: Un hombre con una máquina de escribir

Un hombre con una máquina de escribir

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Un hombre con una máquina de escribir

parece dirigir un coro de voces blancas,

los instrumentos dialogan en los intervalos

de silencio vocal.


Un poco más allá, una pareja de bailarines,

etéreos, livianos, danzan al ritmo de la flauta

travesera y los instrumentos de cuerda

que, armonizados, no pueden nada contra el viento.


El hombre de la máquina de escribir se levanta,

en un gesto teatral se quita la peluca

y la máscara plástica del rostro:

es una hermosa mujer de pelo corto y pajizo.


Un aleluya se eleva hacia la bóveda

de este templo secularizado,

los bailarines se desnudan

todo el mecanismo queda al descubierto.


No, no hay un coro góspel travestido,

es teatro, la directora del coro extrae un bolígrafo

de su traje y escribe en la espalda musculosa

del bailarín: “Deus ex machina”.


Cual enorme contradicción, la grúa oculta

barre el escenario, se detiene un instante

la escriba se cuelga de ella en pose seductora,

cinematográfica, de resalte de curvas femeninas.


Sin la directora en el escenario, el coro de voces blancas

se convierte en una formación triangular de cisnes;

un solo de violín ejecuta el concierto de Tchaikovski,

la bailarina y el bailarín se besan apasionadamente.

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