Poema 554: Septiembre, despunta el día

Septiembre, despunta el día

Un amanecer entre coches, luz:

se abre paso entre las tinieblas

horizonte, cerro testigo, frenos rojos,

aún la música de los Proms veraniega

en la emisora clásica,

rostros recién aclarados en vehículos rivales

la ebullición de la aurora en la mente

y la visualización de las tareas diarias.

El trazado visual del GPS en modo nocturno

de aquel pueblo intermedio lagunar

evocaba una tela de araña expansiva

que tenía atrapados dentro a sus habitantes.

Dos corzos cotidianos saltan delante

¿qué probabilidad hay de que los atropelle?

¿Cuántos albores aún contemplaré?

He sonreído tras el trampantojo de la belleza,

tristes miradas alienadas,

el espectáculo de los pájaros

tendidos en los cables, ateridos o expectantes.

Poema 547: Inventario veraniego

Inventario veraniego

Continuidad, suaves transiciones de la edad,

y, sin embargo, saltos físicos, imágenes del pasado,

el trampantojo de las repeticiones,

baños ancestrales en las mismas aguas ya diferentes.

En esencia la estructura permanece:

caminar, pedalear luengas jornadas, nadar,

leer con ritmos e intensidades diferentes,

la casa familiar como meta tras las andanzas,

los descubrimientos y los hitos.

Me he bañado en tres mares diferentes,

hemos escalado volcanes y cimas graníticas,

atravesado canchales y piornos amenazantes.

Observé las sombras inquietas de los árboles

en las pozas heladoras de ríos de montaña,

un teatro en unas ruinas romanas,

el espectáculo orquestal que nadie contemplaba,

una casa mítica para la cultura,

y una abadía contenedora de reliquias inmemoriales.

El verano se parece a una jubilación vislumbrada,

un dulce viajar, leer, escribir, ejercitar,

llegar allí donde la energía y la imaginación te lleven.

La escala de las sombras se amplifica o se reduce

oculta por el veloz movimiento cotidiano,

se alterna con la luz que elonga los días,

con una corriente subrepticia alegre y vitalista.

El verano es el punto geodésico del año,

al que solo accedes tras arduo y placido camino.

Poema 538: Días de bici

Días de bici

El calor húmedo de la Costa Brava

es insoslayable a finales de julio,

solo el pedaleo en compañía y el agua

mitigan el cansancio extremo.

La luz hiere los ojos al mediodía,

unas cervezas y unas aceitunas

atenúan la dureza de la ruta.

Ayuda, ánimo, una conversación,

la belleza natural del camino,

sentir la fuerza de los músculos

para manejar el peso de la bicicleta,

me hacen sentir un privilegiado

en estos días de descanso laboral.

El consenso estupendo en el grupo,

la tolerancia compartida y conocida,

el reparto generoso de roles,

convierten cada jornada en ilusión,

en descubrimiento de paisajes,

lugares, personas, historias míticas.

Una piscina en un pueblo anónimo

es un oasis temporal en medio del camino:

bajar la temperatura corporal,

ingerir alimentos veraniegos

para recuperar toda la energía posible.

La alegría personal se integra

en un júbilo comunal multiplicativo,

juegos de palabras, bromas recurrentes,

trivialidades que conviven con confesiones

profundas, íntimas o recién elaboradas

en las arduas jornadas pirenaicas.

La vida fluye alegre a través del esfuerzo,

de la asociación de mentes cultivadas.

Poema 517: La magia del campo

La magia del campo

Llueve, sale el sol, viento,

ni un alma en los caminos que llevaban a las eras

colonizadas por casas con persianas bajadas.

Huele a cebada espigándose, a flores en las cunetas,

limpios los campos, uniformizados

por el efecto de los selectivos herbicidas.

Se ondulan las colinas en esta perspectiva

sobre el valle ancestralmente habitado,

algunos árboles, caminos, divisiones humanas,

al fondo los elevados edificios de la ciudad.

Camino solitario en medio de la belleza,

de la luz de un sol que se filtra entre los pinos,

a escasos minutos de la música,

de la gran autopista exportadora de ruido infame.

Soy un punto minúsculo en el vasto espacio,

heredero de los domeñadores de la tierra,

en una tarde azarosa de primavera.

Poema 466: Una luz grisácea, el mar, el cielo, el Centro Botín

Una luz grisácea, el mar, el cielo, el Centro Botín

El perfil del mar y las montañas es difuso,

más allá, el cielo.

En las salas de exposición penetra la luz,

estará el cuadro de El Greco lejos de su tierra de nacimiento,

habrá experimentos artísticos perturbadores

visitantes cosmopolitas que no suben a la fragata

por el mismo precio.

Me he sentado en un punto de anclaje,

ahora es un punto de meditación;

imité a una hermosa mujer vestida de negro,

medias negras, falda negra, corpiño negro:

miraba hacia el mar con nostalgia

tal y como ahora lo miro yo.

Parece una nave del futuro el Centro Botín;

sobrevivirá largos años a su fundador,

la ciudad hecha camino y diseño,

ideas y extrañísimo arte, pensamiento, música.

Canta un aborigen Le Méthèque de Moustaki

armado con una guitarra,

la tarde está calma en esta parte del mundo,

lejos de los bombardeos, del horror intencionado

repelido, vengado, vuelto a vengar hasta la extenuación.

Los maestros del ojo por ojo en su salsa,

todos inmigrantes, emigrantes, invasores, colonos,

quienes se creen superiores en fanatismo,

la luz neblinosa que confunde a verdugos con víctimas,

los fuegos de artificio que pueden eliminarte.

La magia del instante voraz ha pasado;

he seguido a distancia a la dama de negro

hasta una librería que es una pura maravilla.

Allí me esperaban tres libros y la sensación atemporal

de no querer marcharme,

de estar horas y horas hojeando poemas y solapas.

Los libros devoraron la presencia de la dama.

Poema 464: El lento amanecer

El lento amanecer

Un día a la semana, –los viernes–

me es dado contemplar el amanecer,

la lenta conversión de la luz,

violeta, anaranjada, azul,

la magia tantas veces sentida,

el frescor en medio de este veranillo.

Acontece en mi interior.

Paso semanas rutinarias, oscuras,

un peso en medio de mi equilibrio,

dados que se lanzan para decidir

cada pequeño acto, ya montaña,

bifurcaciones inevitables y consuetudinarias.

Amanece tras un abrazo,

o una espiritualidad en forma de mensaje,

lento, emocionante, lágrimas y renacimiento.

Se consolida el día en una cópula de luz,

vibrante, calurosa, cariñosa,

el apego a la vida,

el ansia desmesurada de disfrutar hoy, ahora.

La piel absorbe la luz como absorbe los besos,

siente la emoción primigenia,

guarda un impactante silencio.

El juego lumínico y la voz en directo

que susurra Moon River con una guitarra,

acaban de inaugurar la hermosura del día.

Poema 424: Crepúsculo

Crepúsculo

Es la hora mágica de asomarse a la ventana

y decir: el mundo es pura luz

la hermosura del crepúsculo, el dolor

anaranjado o rosáceo del frío,

el día que se resiste a dejar paso a la penumbra

en la que aflora el poder oculto,

todos los trapicheos vergonzosos,

la fealdad que no se puede mostrar en el día.

Las siluetas y los dibujos del cielo

para quien pueda asomarse, son como un mar,

un momento evanescente de lucidez,

un oasis en la monotonía del azul anticiclónico,

la mente en blanco y el frío dentro de los huesos.

Algún antepasado prehistórico debió de adorar

esa luz menguante, ese aturdimiento bello

el silencio con el que cae a plomo la cortina helada,

momento de refugio y fuego, de tareas interiores,

de narrar historias o invocar a los espíritus.

La soledad traspasa el alma y la encumbra,

petrifica al observador entre fusco y lusco,

le llena los pulmones de anhelos

muestra el final de un ciclo y le urge a irse

a postergar esa contemplación tan igual y distinta,

la prisa, la urgencia por vivir otras luces, otros dolores.

Ninguna puesta de sol es idéntica a otra,

una nube, un color, cualquier perturbación,

incluso el estado de ánimo y la predisposición:

el ánimo se ablanda o endurece

surgen palabras o recuerdos o personas,

y el olvido se fusiona en negro con el obturador

antes de que se prolongue el oeste en minutos

inconmensurables, de medición variable y ninguna.

Nadie aguanta la contemplación virginal,

ni el aullido de un perro en lontananza,

ni el rumor de las sombras que acechan;

el cuerpo pide su retirada a la caverna caliente

cómoda, llena de sonidos familiares,

de una protección construida y meditada.

Ya no hay fotografía posible, solo el camino oscuro

la presencia y el ánimo para soportar la soledad

y los pasos en tinieblas, cegado por el fulgor

de la escena más hermosa y hierática del día.

Poema 387: Una noche tras otra

Una noche tras otra

Una noche tras otra, en la penumbra de mi habitación,

bajo la luz íntima de una lámpara,

leía un capítulo del Quijote.

Tenía veinte años y diversificaba el tiempo en muchas cosas.

He recordado ahora aquellas noches con nostalgia,

lleno entonces de incertidumbres sobre la vida misma,

sin atreverme a atisbar el futuro,

disfrutando de la lectura como si fuera un placer prohibido.

Cada instante de soledad se convierte ahora en un íntimo lugar,

espectáculo, magia, la posibilidad de escribir o leer

o escuchar canciones que me transportan a otra época.

Un cuaderno, unas líneas oscuras, el aura de la soledad sonora;

la ambientación cobra suma importancia,

más de la que tiene en realidad, o la que tendría a los ojos ajenos.

Ese es parte de mi alimento, de la consolidación del buen humor,

de la relativización de los problemas que no suelen ser tales.

Después vinieron muchos libros cómplices,

algunos por el lugar en el que eran abiertos sistemáticamente,

otros por su contenido perturbador:

Flores del año mil y pico de ave, en Creta,

El cielo a medio hacer en el otoño de Liencres,

o mi primer Saramago, Memorial del Convento, en La Bañeza.

Una noche tras otra encontré caminos en la lectura

y el inmenso placer en la escritura oculta que apenas nadie leerá.

Poema 346: Contrapesos

Contrapesos

–Qué cansado es ser feliz– dijo mi hija

en uno de esos momentos de inspiración poética

que tiene desde muy pequeña.

¡Cuánto pesa la belleza!, leo en Louise Glück

y entonces me asomo al ventanal del salón

y observo el paseo de la alcoholera

el cielo gris y las hojas alfombrando el césped

una hora después de haber amanecido

en esta víspera de Todos los Santos.

Ahí está la belleza, aquí está la felicidad.

Llovizna y las copas arbóreas se mecen suavemente;

un señor corpulento, quizás octogenario,

camina con una bolsa de tela en la mano,

indiferente al peso del otoño.

La felicidad puede haber sido leer un poema

o terminar este.

Puede haber sido recordar el cariño que has sentido

en tus días de fiebre,

o la fuerza global de un diálogo ideológico con tu hijo.

Narras buscando palabras que acaban conformando

historias en tu cabeza,

y esa realidad es más potente que el ruido de los coches

o la suciedad del asfalto

o los tóxicos tejados de fibrocemento.

En el cielo gris del otoño destacan las escuadrillas de pájaros,

también las grúas;

un perro dálmata corretea por entre las hojas,

busca rastros y marca el territorio;

el dueño con pantalón rojo, recoge sus excrementos.

Todo se ha llenado de luz tras la lluvia,

en unas horas los árboles protagonizan cada paisaje,

el aire húmedo y oloroso es una medicina natural.

Sonrío de forma idiota apoyado en el alféizar.

Poema 342: Adrenalina

Adrenalina

Adelanto a dos camiones en la carretera comarcal,

se acerca un coche sin luces,

piso el acelerador todo lo posible,

la sangre entra en mi cabeza a borbotones

expande y amplifica el dolor.

El riesgo es una luz en la monotonía

pienso,

cada vida tiene instantes de lucidez,

los humanos nos expandimos

en contra de todo lo predecible,

la existencia es un hecho dinámico insoslayable.

Cada cual se aferra a toda posibilidad de disfrute

a una individualidad exclusiva

como exclusivos son sus caminos neuronales.

La luz llega de forma inesperada

por incógnitos canales:

un poema, un adelantamiento o un peligro cierto

al adentrarte en el ocaso en un barrio marginal.