Poema 613: Mapas

Mapas

Desvistes una vez tras otra la realidad que tus sentidos detectan

cual murciélago que emite sonidos y recibe respuestas.

Construyes un mapa mental que das por bueno,

por veraz y por perfecto, aunque solo es tu mapa mental.

Puedes ser un maestro del puntillismo o del cubismo,

esmerarte mucho, entrenarte en perfeccionar los detalles.

Sólo tú posees tu mapa.

Tratas de aproximarte, –casi siempre inútilmente–,

a quienes crees que elaboran mapas e imágenes parecidos a los tuyos.

Cuando consigues un pretendido acercamiento

se produce comunión y gran alborozo.

Aprendes a mostrar solo la punta del iceberg de tu concepción holística,

construida con retazos de percepciones, de estudios, de lógica, de erudición,

del caminar errante aquí y allá.

Te cuesta mucho imaginar los mapas ajenos.

Cuando consigues conectar las fronteras de ideas ajenas periféricas

obtienes tu atlas del mundo.

Necesitas un salto dimensional o un agujero de gusano

para poder alcanzar a vislumbrar otros mundos.

Poema 550: Vivir aquí

Vivir aquí

Caminar por el playón algunos días,

traspasar la muralla de las rocas apiñadas

–podría entrenarme a caminar sobre ellas–

acceder a las calas desiertas, nunca del todo vacías,

depositar la ropa y mis zapatillas nuevas de montaña

a resguardo de las olas, sobre una roca

quizás de las que se desprendieron antaño

en el ascenso, –trípode con polea y acero–,

de mercancía contrabandista.

Fusionarme con el mar, integrar mi cuerpo

con el movimiento suave o violento de las olas,

tumbarme boca arriba y flotar.

Salir del agua sin consciencia del tiempo,

de la hora, de que nadie me espere,

secarme al sol, caminar desnudo como caminaron

casi todos mis antepasados,

pensar en ellos, en el ocio de que no dispusieron

como dispongo yo ahora.

Poema 504: Recuerdos, marzo, primavera

Recuerdos, marzo, primavera

Me asomo a la ventana y parece que fue ayer

cuando reinaba el silencio.

Ya no hay grúas en el horizonte cercano,

apenas se ve el campo tan ansiado entonces,

apenas queda un recuerdo agridulce.

Resuenan broncas políticas sobre comisiones,

sobre decisiones polémicas de gestión de la muerte,

un porcentaje pequeño de la vida,

un oasis en la voraz velocidad del mundo.

El olvido va dejando crecer su musgo en las grietas,

las flores son un trampantojo delicioso,

apenas quedan ya sensaciones de confinamiento.

Solo algunos paisajes descubiertos tras la salida,

en los que aspirábamos toda la naturaleza de golpe,

la feraz vegetación que siguió su curso natural,

la lluvia, el sol, el viento, fuerzas primigenias,

nos hicieron conscientes del concepto de reclusión.

Hoy el caminar es lo usual, mirar con intensidad

cuanta belleza nos rodea,

sentir el viento y la luz poderosa del sol en el rostro,

dejar flotar el vago recuerdo de aquella oscuridad.

Poema 325: El tiempo de los caminantes

El tiempo de los caminantes

Sin huellas y sin memoria caminan,

siguen las márgenes de un río

o los caminos celestes de la noche,

se sientan a tomar el fresco en poyos

guarecidos del frío y del calor,

escupen huesos de cereza en primavera.

La flor del saúco y la babosa que cruza la vía verde

componen sumando un cuadro de madrugada.

Huele a hierba recién cortada

al despertar de las plantas regadas.

No puedo dejar de escuchar tras el rumor del río

el canto de Batiatto: caminante que vas

Buscando La Paz en el crepúsculo,

La encontrarás fuera de la ciudad.

En los prados de Romañazo suenan las aves

pastan las vacas y el verde intenso penetra en tu piel

con el rocío de la mañana.

El río Balozano ahoga los ladridos lejanos,

camino sobre las antiguas vías del ferrocarril

paso ahora por la trinchera

antaño llena de zarzas y piedras desprendidas.

Ya no hay ovejas en el cordel del Berrocal

solo caminantes y ciclistas,

es el signo de los tiempos de ocio y supervivencia.

Con unas fotos publicadas en el grupo de Facebook

todo el mundo te sitúa de perfil

en un lugar idílico para el paseo a cualquier hora,

comiendo cerezas del árbol.

Hay un nuevo tiempo en el caminar,

tiempo de ocio y de salud,

el individuo se aisla de los otros en pandemia,

alcanza cimas personales y estéticas

redescubre el placer natural de sus antepasados.

Poema 324: El tiempo que nos queda

El tiempo que nos queda

Hemos tenido el privilegio de ver pararse el mundo,

de escuchar el silencio en una autovía,

de reconocer el canto de los pájaros,

de poder leer a deshoras asomado al balcón exiguo

y subir y subir escaleras sin parar.

Después redescubrimos la flores, su aroma,

la belleza de la naturaleza a su antojo

el éxtasis de un paseo en bici enmascarados,

las benditas vitaminas del sol en la piel

y el ancestral gusto por caminar pegados a la tierra.

Cada pequeño espacio de libertad era una maravilla,

de la que muchos han disfrutado:

se agotaron las bicis en las tiendas,

y han surgido caminantes a borbotones en las sendas.

Ahora la cigüeña subida en su atalaya eléctrica

contempla el ruido horrísono del tráfico en la autovía

cuál saurio evolucionado de perfil extraño

mientras me acerco sigiloso para captar una instantánea

de su vuelo elegante y sagital.

Ya no contemplamos el cielo cada tarde

ni miramos con extrañeza al caminante desenmascarado,

los perros ya no son un privilegio

ni la noche está vedada a los noctámbulos de fiesta.

Los años veinte se repetirán de forma sarcástica,

apurar la vida, las sensaciones, el tiempo que nos queda,

ignorar lo aprendido, huir hacia delante en el espacio,

sin olvidar la especie a la que pertenecemos,

aún recién salidos de las cuevas para transitar el mundo.

Poema 313: Inexpresivos rostros

Inexpresivos rostros

Los rostros se vuelven inexpresivos

se apagan al acercarse el toque de queda,

el amor que estaba en el aire

ha quedado suspendido en el ocaso.

Casi todo el mundo camina envuelto

en su mascarilla de diseño,

un disfraz y una protección mental leve

ante el desorden neuronal pandémico.

Los homínidos se dispersan en todas direcciones

caminantes, buscadores, deportistas,

un hormiguear en un terrario,

todos poseedores de la verdad suprema.

Se multiplican los jugadores virtuales,

afloran los tramposos en pos de las vacunas,

otros disfrutan de bajas laborales

o se ponen en cuarentena por contacto estrecho.

Todo el mundo ve series al destajo

quizás sin la necesaria introspección,

una idea del mundo expandida al milímetro

por guionistas creadores de opinión.

Los cuerpos se acostumbran a la soledad

del entorno familiar,

a la propia burbuja sostenida in extremis

por una efímera esperanza de futuro.

El carnaval luce espléndido, los ojos fijos

en días iguales a los anteriores,

la mísera muerte aleatoria en lontananza,

las bocas carnosas no muerden la manzana.

Poema 289: Debería pasar cada mañana por aquí

Debería pasar cada mañana por aquí

El paseo sobre el río no defrauda nunca,

patos que dejan su estela angular en el agua,

alguna garza sobre las ramas que sobresalen

de árboles muertos y sumergidos,

el color cambiante de la superficie y los verdes ribereños,

la estampa del pueblo centenario asomado al cauce.

Puede que algún viandante te devuelva el saludo

tras pasar la frontera de los acerolos;

puede que observes un corzo despistado

en una lengua de vegetación adosada a la corriente.

El cielo es un reflejo azul de nubes de algodón,

quizás no me dirija a ningún sitio,

solo me detenga a escuchar las campanas de la iglesia,

el toque a muerto en la mañana.

El camino me lleva a la biblioteca,

a un paisaje simple de líneas básicas

dibujado en la pared en tonos pastel,

a la plaza del pincho de tortilla.

Una vez hice de esta ruta un paseo geométrico,

una ruta matemática en la que medir y contemplar,

una reflexión sobre el modo de mirar las cosas simples.

Cada mañana debería pasar por aquí,

es una referencia estética y una forma de contemplar

el mundo que te rodea,

de oler el despertar de la vegetación,

de henchir tus pulmones para afrontar las vicisitudes diarias.

Poema 286: Canto del caminar

Canto del caminarIMG_2075

A media luz, tras el ritual del despertar,

atraviesas un pueblo ajetreado en sus huertos,

lindo caminar sin otra intención que el placer

sensorial encerrado en tu caja craneal.

 

Ahí sumas experiencia, intuición, imaginación,

la vida que pasa por delante cada año,

miedo a extraños ruidos del amanecer,

la locura o el olvido que pueden acaecer.

 

Se afana el agricultor en abrir la trampilla

del riego por inundación, ingeniería del surco,

voracidad de la invasión acuática

murmullo de las acequias llenas de vida.

 

Asciendes por pistas y sendas tan diferentes

de las que has conocido en tu  niñez,

de los caminos que hollaron tus antepasados

en la meseta horadada por cuencas fluviales.

 

Te sorprenden las formas abigarradas de los árboles,

la piedra de aspecto fálico que parece coronar el valle,

la luz solar que va abriéndose paso por las gargantas

y torna dorada la penumbra y la oscura masa vegetal.

 

Tus piernas son tu conexión con la naturaleza,

ellas te permiten ver aquello que poca gente ve,

subir y calcular y volver, son tu medio de transporte,

la forma de huir si te acechan varios perros salvajes.

 

Por allí hay un canchal, aquí un manantial, allá

una torrentera que ahora baja seca y descarnada,

un pilón lleno de agua te muestra el ganado que no ves,

huellas, boñigas, silbos, cencerros, el todo habitado.

 

Decides regresar sin acercarte siquiera a las cumbres,

deben seguir siendo inaccesibles para ti,

son la ilusión por cumplir, el proyecto de tu madurez,

la medida creciente de esperanza y futuro.

IMG_2037

 

Poema 180: Vida natural

Vida naturalCaptura de pantalla 2018-08-08 a las 19.19.50

El agua corre, salta, brinca, sortea rocas

grita de júbilo ante su libertad

en un descenso vertiginoso

por gargantas de enormes piedras.

 

El sonido del agua es una bendición

para el oído estresado por el tráfico

o por una jauría de centenares de adolescentes

desbocados a la hora del recreo.

 

Grillos y cigarras compiten contra el silencio,

a veces una corriente de viento susurrante

se cuela por los cañones horadados

por el agua durante milenios.

 

Desnudo, tumbado en la roca,

mi cuerpo absorbe el calor del día,

el oído capta todos los matices del agua

y la vista se relaja en las hojas móviles del castaño.

 

Cada hora pasada en la naturaleza

es un regalo y un privilegio,

el recuerdo ancestral almacenado en los genes,

un gozo para todos los sentidos.

 

Las huellas de uno o varios lobos,

en la umbría de la Pista Heidi

descarga mi adrenalina y tensa mis músculos,

aguzo vista y oído mientras sigo caminando.

 

Hay moscas, arrancamoños, zarzas,

parásitos escondidos en los helechos

que flanquean el camino centenario

entre vallados de prados escalonados en terrazas.

 

La fuerza de tu espíritu se pone a prueba

con el calor sofocante, los pinchazos, el sudor,

las ortigas que inoculan su veneno en tu piel,

y los múltiples obstáculos que esconde cada senda.

 

Minimizas todos esos inconvenientes

o los sopesas con la luz cambiante e indescriptible,

la fragancia aromática de las riberas del río

o la sensación atávica de libertad.

IMG_20180806_092842 (1)