Poema 497: Lucha y belleza orquestal

Lucha y belleza orquestal

El nivel sonoro es magnífico,

el director parece mover los arcos de cuerda

al unísono,

un mar de espigas, ya Fantasía Bética orquestada,

ya comparsas del viento metal en las réplicas al piano

sobre el que Quasimodo se eleva sobre su sombra,

iguala y supera la intensidad orquestal en velocidad,

manos erizadas, vertiginosas, excelsas,

todo él actuación y síntesis, foco y virtuosismo.

Los aplausos y los “bravos” son entusiastas,

se suceden con continuidad durante infinitos minutos.

Desde mi ángulo del once de la fila once,

contemplo al hermoso segundo violinista entusiasmado,

a la bella joven de la cuarta fila de violines:

no parecen dar tregua al pianista entregado

que no se rinde.

Hay apoteosis y una propina esperada,

antes de que llegue el frío nórdico del Kalevala.

Pienso en lo sublime de la música en directo,

en todas las almas apasionadas que lo disfrutamos.

Poema 494: La hermética belleza

La hermética belleza

La hermética belleza es el estado de ánimo

al contemplar una flor,

el deseo de vivir en un lugar por el que transitas,

una silla vacía en una terraza con vistas,

poder mirar al mar o a la montaña

(paisajes siempre cambiantes, siempre hermosos).

Llueve en estos días de transición

aún el invierno resistiéndose,

el dios Marte campando a sus anchas por el mundo.

Ese ladrillo no me gusta y ahí habrá mosquitos,

las ventanas son estrechas y oscurece pronto,

el ruido de los automóviles en la autopista,

lejos de todo, lejos de todo.

Solo hay un banco no recién pintado;

ahí leo el poder colectivo de los sueños,

la función social en los clanes y tribus,

la belleza imaginada, soñada, compartida,

el proceloso proceso de abstracción

y la incansable búsqueda de lo sublime

plasmado esquemáticamente en un santuario.

Capturo la imagen de la flor, la edito levemente,

desaparecen los contornos,

deja de existir el mundo y solo quedan palabras

la voz que expresa ese sueño oscuro,

la mente inteligente que lo analiza y exprime,

esa tarde diáfana y cálida ya memorable.

Poema 485: La diosa garza

La diosa garza

La diosa garza alza el vuelo al paso corredor,

se posa unos metros más allá sin inmutarse,

planea serena en un vuelo corto y elegante.

Según mi amigo arqueólogo, nos ha protegido

de la lluvia que comienza en ese instante:

diosa votiva, diosa cantada, diosa sacrificada.

La belleza de la niebla gris semeja mi mente agotada,

tiempo de supervivencia sin perder la presencia,

el ánimo o la autoestima:

correr por inercia, la de los mágicos ritos,

el campamento motero lleno de hogueras en la noche,

rugidos del motor, alcohol y música rockera.

Solo atisbo la velocidad de los tiempos,

el delicado equilibrio mental de la abundancia,

las interacciones lectoras, musicales, fílmicas,

tratar superficialmente un tema hasta agotarlo,

quedarme dormido en medio de un artículo interesante.

La diosa garza nos ha protegido en este clima de enero,

ha despertado la posibilidad de un síndrome de Stendhal,

un aura de hermosa belleza sanadora.

Poema 483: El sendero de la costa

El sendero de la costa

El sendero serpentea entre tojos y zarzas,

conecta playas y bordea fincas abandonadas,

sigue la orografía de la costa como un fractal

y multiplica las distancias aparentes.

El tránsito por esos lugares tan bellos

simula una metáfora de la vida:

serpentear sin un fin aparente, avanzar

pendiente de las rocas y las raíces,

sentirse un dios en las cumbres,

descubrir playas incógnitas y simas intransitables,

desfallecer y seguir caminando.

La luz del cielo, tan cambiante, hace verdear el mar,

o lo envuelve en una bruma que anuncia lluvia:

desearía vivir en aquella antigua mansión enorme,

pero también en la exigua torre moderna;

de pronto, empapado, me digo que este clima es cruel

al igual que pensaba la semana pasada

bajo la niebla persistente de Castilla.

El fulgor está dentro de cada uno de nosotros,

está en un verso que me ha conmocionado,

en la voz de esa cantante que me obsesiona,

o en ese recodo del sendero que se abre a la luz marina,

a una nada infinita mecida por el ruido constante de las olas.

Regreso por otros caminos más seguros,

mitificando cada paso que di entre el barro,

creando un mapa mental que pronto olvidaré

entre el ruido obsceno de la ciudad y las urgencias laborales.

El atardecer se eterniza como si me tuviera cautivo,

me urge a volver a las minuciosas rutinas innobles,

al calor de un hogar tejido en estos cuatro días.

Poema 472: En lo alto del puerto

En lo alto del puerto

Cambian los paisajes con el agua

llueven hojas,

los colores son los que el sol nos muestra;

una campana

en medio de los piornos, en todo lo alto,

homenajea a quienes la pusieron,

montañeros, amantes

de una naturaleza ancestral,

inmunes al viento y la lluvia,

llenas las pieles de sudor y esfuerzo,

magros y resecos.

Tumbado sobre la piedra abierta

soy un punto en la montaña

que observa el valle infinito abierto al poniente,

frío seco e intenso,

las ideas detenidas en su bucle estéril,

solo ante una inmensa mole de granito.

Brilla levemente el embalse a lo lejos;

diríase un complejo fractal geométrico,

el diseño racional de una mente pragmática.

Ascienden, mapa en mano, dos jóvenes inexpertos,

imprudentes ante el ocaso de la luz,

cegados por el deseo y la aventura.

Caerá la noche sobre ellos

orgullosos de su energía y sus frontales,

si tienen suerte hallarán un camino romántico.

Desciendo de la piedra, altar, puesto de observación,

lugar mitificable y fotogénico,

salgo al encuentro de mi hijo que avanza

confiado en la senda que le lleva hasta mí.

Volvemos, austeros en los comentarios,

hacia la belleza del descenso en la hora dorada,

paisajes que discurren entre el mate del roble

y el ocre esplendor de los castaños.

Mañana recorreremos el valle por sendas antiguas,

números en medio de otros caminantes

que cuentan sus vicisitudes en voz proyectada.

Somos herederos de otras sagas nómadas,

agraciados con la luz de la montaña

protegidos del frío y de la oscuridad,

señores de la palabra que describe la belleza

capaces de crear un universo en una piedra.

Poema 463: Belleza natural

Belleza natural

Belleza, esa hora de luz mágica, girasoles

nada hay ya hermoso en el campo

pero me apego a él como un don,

esa ebriedad del poeta zamorano,

el fresco que desprende la tierra en el ocaso.

La luz ilumina un parque, lo llena de color

ya sin la vida que tuvo hace unos minutos,

paseantes, parejas otoñales, carritos de bebé,

las almendras amargas que nadie quiere,

las arcas reales como vestigio arqueológico.

Solitarios exploradores ascienden a una cueva,

cuelgan sus fotografías de valles perdidos

como si fuera el trofeo conquistado con paciencia,

caminantes jubilados, henchidos de gozo.

Perdí la oportunidad de ver salir la luna llena,

imposible fotografiar el encuadre del satélite

entre los tirantes del puente sobre el Pisuerga,

lo efímero se volatiliza entre los móviles.

El mundo ha cambiado con el covid pandémico,

también con las aplicaciones de los teléfonos:

el acoso de los tiktokers,

la búsqueda de un nicho original en las ondas.

La Gran Belleza se mantiene intacta,

Jep Gambardella visita lugares mágicos o míticos,

la música abre los poros de la absorción de imágenes,

la mezcla total de los géneros.

Solo el dolor evita la absorción de la belleza natural,

desordena las terminaciones nerviosas,

desquicia el pensamiento racional,

compite con cualquiera de las lacras del tiempo.

El instante ha pasado y queda una cierta quietud,

unas picaduras de mosquito en las piernas,

el imposible silencio roto por las bicicletas,

el recuerdo futuro de hermosas fotografías.

Poema 461: El cielo, los cielos, septiembre

El cielo, los cielos, septiembre

La puesta de sol detrás de la ventana abierta

es un escándalo naranja, violeta, azul,

el final de un día anodino

en el que la vuelta ciclista lo impregnó todo.

Hay imágenes que ruedan y ruedan

que aparecen de repente en un texto poético

y te recuerdan que una vez las absorbiste:

una pradera en un día de primavera

por la que corretean perros y niños,

incluso tu hijo pequeño corría por allí.

Una playa de cuerpos desnudos,

podría ser un cuadro de Sorolla

pero es un recuerdo de un verano en Cantabria,

días efímeros en los que no fijaste el tiempo,

no lo pudiste clavar en tu recuerdo

y lo mitificaste para poder vislumbrarlo.

Los cielos transmiten paz y ganas de vivir,

también dolor:

el sol que parece morir y se resiste en sus reflejos,

la noche baldía,

el inicio del declive horario que nos llevará al invierno.

Pasan los veranos, –el número finito de veranos–

que escribió Aurora Luque,

todas las posibilidades que dejaste escapar,

también las que conseguiste coleccionar en tu piel,

imágenes que aún no has asimilado,

días hermosos, amaneceres, caminatas, bicicletas,

algunos poemas que surgieron por necesidad,

palabras que alguien te dirigió,

los libros que has leído y dejaron una impronta triste

o deliberativa.

Vislumbras personas bronceadas por la calle

de las que imaginas otros veranos diferentes,

esos que no has conocido y fantaseas con que existen.

No caben todos los detalles que querrías recordar,

traer al primer plano de tu pensamiento:

momentos captados en fotos o en aquella frase

que escribiste en un cuaderno que no vas a mirar.

El cielo, los cielos, señalan toda la belleza aleatoria

de nubes vulgares iluminadas por el sol cautivador,

de momentos estelares en días insustanciales.

La nada aparece cuando menos te lo esperas

y tienes que llenarla con los cielos de septiembre.

Poema 445: Bendita Felicidad

Bendita felicidad

Él duerme.

Toca el piano con soltura,

se llena de memoria y de notas,

se mide conmigo cada día.

Ella se relaciona,

queda bien con todo el mundo,

empatiza hasta el tuétano de sus huesos.

Veo pasar sus momentos,

los días llenos de una felicidad muy alta,

repletos de acontecimientos.

Pienso, escribo, disfruto,

leo poco, pero pausado y consciente

del poder evocador de las palabras.

Atisbo la vorágine de cuanto sucede,

la gracia del olvido selectivo,

el engaño colectivo tan reiterado.

Bendita felicidad de libros acumulados,

de conocimiento y belleza,

de contacto intenso con la naturaleza.

No hay tantas rutinas placenteras,

ni tantas extravagancias exquisitas,

solo el cultivo sosegado del bienestar.

No dejo pasar el instante, ni la ocasión efímera,

ni tan siquiera un poema vislumbrado,

ni esa risa –rara avis– tan amiga.

Existen las oscuridades y el dolor,

algunos presagios difíciles de ignorar,

el fin absoluto de los tiempos en que vives.

Y sin embargo suena la música,

coexisten las bellas palabras

con miradas llenas de energía y pasión.

El tiempo nunca dura suficiente,

ni la belleza, ni los rituales, ni el amor,

solo el amplio instante perdura inmarcesible.

Poema 433: Escenas de vida y muerte

Escenas de vida y muerte

No podría vivir ahí, en la casa cuya entrada

tiene forma de ataúd.

¿Quién pensaría esas escaleras, esa perspectiva,

ese ángulo de inclinación?

Falta el cadáver y la cruz, eso sí.

Lo observan varios burros que pacen en altura,

una farola y un poste telefónico.

Se puede mirar con suspicacia,

igual que se puede amar con suspicacia.

Todos los humanos son enemigos,

aún los allegados, los domesticados, los ungidos.

Alguien ha diseñado la casa del terror:

enorme mole llena de aguas y alturas,

soledad fantasmagórica con vistas al romanticismo,

a un cementerio en el que el ángel blanco

avisa de que allí terminarán tus días

en caso de ser rico de familia,

bajo arcos de una iglesia que no se sostuvo.

Una mujer rechoncha pasea a tres perros por el prado,

ella no se mueve, sus cánidos parecen satélites,

anda unos pasos y se detiene agotada, contemplativa.

La cooperativa que trabajó con las algas

ha sido colonizada por zarzas e higueras;

el lugar es un altar secreto de misas negras,

de pecados nefandos u otras profanaciones

en la vera misma del antiguo seminario.

Los mirlos despegan al paso aventurero

de una familia hambrienta y cansada,

oscurecen el cielo durante un instante

y avisan con graznidos de su superioridad aérea.

Poema 427: Leonora

Leonora

Tras una visita a la exposición Leonora Carrington
en la Fundación Mapfre en Madrid.

Incombustible e inconformista,

llena de símbolos y pájaros,

de las formas de la pintura antigua.

Leonora pinta caballos,

aparece feliz en el sur de Francia,

decora muebles, puertas y muros

se me figura con sensualidad extrema.

Es surrealista y busca a la diosa blanca,

el texto, la palabra, la ecología.

Despierta en mí, cual Orlando

la magia de la longevidad:

ella fue transversal en todo el siglo XX,

alongada a través de Max Ernst,

por sus viajes y su infinita búsqueda.

Como el Zaratustra de su obra

es un ser longilíneo y bello,

una musa de sí misma, una revelación.

Atraviesa guerras y violencias,

salvaje, perturba cuanto vive,

pinta y describe; imagina y lucha.

Quedan caballos y fotografías de Lee Miller,

retratos bellísimos,

el intercambio fructífero de ideas,

alimento mutuo para llegar al Arte.

Leonora es un trabajo descomunal

para atisbar un iceberg creativo,

una búsqueda y un aprovechamiento,

la defensa feminista y ecológica.

Codifica y enmascara y exprime

cada acontecimiento vital:

se oscurece o ilumina en diferentes verdes,

no hay obra gratuita, ni escena banal.

Es la Reina de las Nieves o la Recuperadora

de Derechos Femeninos,

la giganta que custodia el huevo.

Poder, brujería y sabiduría

impregnan lienzos en su evolución,

su búsqueda, su adecuación investigadora

a los tiempos de una madurez soberbia.

Ya no hay límites, atesora poder político,

eminencia reconocida y adorada,

hasta que se funde con México

en El Mundo mágico de los Mayas.