Poema 710: Me diluiré en la nada

Me diluiré en la nada

Me diluiré en la nada cuando me detenga.

¡Hay tantas cosas que limpiar!

Me llaman constantemente,

acude aquí o allá, disfruta y publica

eres un pixel contributivo a la nada cotidiana.

Se volvió gris el día y también las conciencias,

vuelve el patíbulo público

arraigados, enraizados, evitativos.

Sonríe la luz un día y florecen los vestidos

en una montaña rusa de bufandas y miedos.

Estulticia y negligencia contra la excelencia,

ruido y suciedad, la tontería amplificada

llena de colores verde-rojigualda.

¿Dónde estás, agenda infinita?

La introcepción me pide ahora escribir el poema,

sufrir el frío burgués del esfuerzo voluntario.

La belleza se ha ocultado mansamente

aún no se han diluido la música ni la poesía

perdura el esfuerzo titánico del arte contra la guerra.

A punto de detenerme un instante.

Poema 708: Domingo por la mañana

Domingo por la mañana

La felicidad era madrugar para correr por el pinar

día calmo entre borrascas nominales temibles

flores sueltas en versos sueltos

tal vez almendros o prunos solitarios.

La vida intensa no cesa ni un instante:

basta levantar la vista alrededor

obligaciones y devociones sucesivas

belleza, piar de pájaros, confianza

y la presión de la agenda real o impostada.

Hace seis años del virus asesino:

han cambiado las amenazas globales

nubes de tensión, armas insospechadas,

la tiranía ostentosa de exhibición mediática,

artículos explicativos o poéticos,

destrucción y ruina activadas desde lujosos palacios.

Perlas de felicidad en todos los sentidos,

lucha feminista, escuchas múltiples,

una torre de libros y revistas por leer,

el sosiego de abrir la ventana y atisbar el río

entre árboles llenos de brotes, aún pelados.

Toda la mañana por delante,

sol y mínimas decisiones enmarcan un día hermoso

en la flor de la vida, con el privilegio enorme de vivir.

Poema 706: La cáscara del día

La cáscara del día

La cáscara del día envuelve la vida:

una suma increíble de pequeños acontecimientos

de decisiones intensas y cambios de humor

de sensaciones a flor de piel

de instantes de pertenencia a uno mismo.

Combinas la seguridad con la duda

evalúas, accedes al pensamiento profundo

guiado, sostenido y obligado

por la línea de continuidad temporal.

La revolución terráquea es una unidad de medida

de duración variable que se elonga o se encoge

por el vigor en la autopercepción intrínseca,

la intensidad de ese almendro en flor

o las portadas terribles de los diarios de guerra.

Millones de hormigas-persona se encogen o exaltan

por las palabras ocurrentes de multimillonarios estúpidos,

bravucones incapaces de taponar todas las fugas

del maravilloso laborar humano.

Antes o después caerán con oprobio y rencor

dejando tras de sí un rastro nefando

una memoria que la humanidad no podrá asimilar.

Los días envuelven todas las conexiones y las empaquetan

antes de que el sueño reestructure y organice

y limpie las banalidades e inmundicias del espíritu.

Renovados, asistimos a la propaganda y los fuegos de artificio.

Poema 695: Volver a pedalear

Volver a pedalear

La bicicleta se me resiste al principio

frío

inseguridad de quitarte un guante en marcha

cara orejas ojos viento

llegas al sendero calzándolo

allí refugio belleza verde pinos

suma concentración

me detengo para hacer una foto a la sierpe

luz del ocaso entre las ramas.

¿Cuánto queda?

Sudor bajo la ropa

esfuerzo

llego al río torbellinos simas corriente

fulgor del caudal

instantáneas intensas una sonrisa fotogénica

se oculta el sol doloroso tras los chopos desnudos.

¡Cuánta belleza!

Vuelvo acelerando los carriles

me persigue el fuego voluptuoso del astro

ligero a favor del regreso

frío intenso se cierne la noche.

Alegría del transitar rústico y urbano

del cuerpo desperezado y vivo

del retorno del placer ciclista.

Poema 625: La belleza de los caminos en primavera

La belleza de los caminos en primavera

Conozco la belleza de los caminos en primavera,

el olor inalcanzable de algunas plantas al despertar,

el colorido en las cunetas donde no llega el herbicida.

Desearía pasar por allí una y otra vez, eternamente.

El ciclista atesora todo eso entre el sudor y el esfuerzo,

siente una vitalidad desbordante,

piensa en su privilegio viajero de esfuerzo improductivo,

en urbanitas que nunca podrán disfrutar de esas ondulaciones

de los valles cerealísticos acompasados por el viento.

El pedalear sin rumbo otorga una falsa sensación de libertad,

una capacidad espejística de elección,

una añoranza de un pasado lejano anti tecnológico.

Al llegar al valle en el que transcurre un riachuelo

por el que serpentea una senda casi invisible

me detengo a escuchar el sonido de los grillos omnipresentes,

aquí no hay guerra, ni injusticia, ni vocingleros del mal,

ni la competitividad humana a veces tan sutil.

Pienso que estar aquí una vez más,

sería un motivo categórico de querer seguir viviendo;

después, consciente de mi egoísmo, pienso en personas

en el hueco relacional que ocupo,

quiero mostrarles la belleza de un día anónimo y soleado

en mitad de ninguna parte.

Aquí, escuchando el zumbido de los insectos polinizadores,

dejo la mente en blanco y me integro con la tierra

en la que un día desapareceré sin apenas dejar rastro.

Poema 622: El brillo de la juventud

El brillo de la juventud

Cansadas las alas terrestres

se ocultan como se oculta el pensamiento,

el brillo

el acceso profundo a la Sabiduría.

Sobrevuelo puentes y monumentos,

sin la luz prometida

solo palabras políticas absurdas,

sigo la estela de la Belleza.

Veloces

en días de primavera exuberante,

un ángel caído lleno de experiencia.

Gerontocracia azul

largas piernas moldeadas en el gym,

aún persiste el recuerdo del ascenso

los días veloces.

Difuso acontecer cronológico

–nunca existió la Historia–

hermosura ilusionada

trampantojo del agotamiento.

Los fotogramas dicen más que los libros,

congelan el instante

desvirtúan el tiempo,

el ensueño malabar de permanencia.

Alguien grita a tu lado, corre contigo

rejuveneces

no estás solo en el Universo.

Poema 599: ¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

El amanecer se ha disfrazado de luna llena

en el punto cardinal opuesto a la aurora.

Hipnotizado por el tamaño y el color

acodado en la ventana privilegiada

contemplo ese instante de hermosura efímera.

Aún consciente de la fugacidad de la escena

no tengo paciencia para la consumación.

Es el sino de los tiempos, apresuramiento,

prisa, fugacidad, ausencia de recogimiento.

La velocidad de la bicicleta no parece suficiente,

tampoco ese audio escuchado a velocidad normal,

el tiempo no se multiplica por subdividirlo en mónadas,

tampoco el disfrute profundo de la vida.

Ciertamente el encuadre de la escena callejera

es repentino: lugar, luz, circunstancia, presencia,

después el caos y la vulgaridad persistente

abierta en canal un instante para tu ansiosa mirada.

Leo cada día una suma intensa de titulares periodísticos,

la nada vacía y matemáticamente discreta

de unos fuegos artificiales remotos y ajenos

que se cuelan en las mentes desprevenidas

crean emociones básicas, arcaicas e insanas

en aras de la huida hacia adelante consumista.

¿Cuánto tiempo puedo dedicar a la luna?

¿Y cuánto tiempo a la lectura y a la cultura?

Poema 591: El club de los vecinos muertos

El club de los vecinos muertos

La vida a veces dura una novela,

o menos.

Nos toleramos, nos queremos, nos acariciamos,

ese reconocimiento crea un hueco,

un espacio vital en el que leemos, razonamos,

nos reímos todo lo que podemos, ¡a veces tan poco!

La cultura o los proyectos, o las maquinaciones,

cada cual posee un motor más o menos contaminante.

El club de los vecinos muertos aumenta cada año:

reflexiono sobre mis recuerdos de ellos,

su voz, el impacto de su presencia, algunas frases,

la bondad o no de sus presupuestos.

–En este banco conversamos–, –el tiempo pasó volando–,

–siempre sonreía mientras hablábamos–,

–me lo crucé muchas veces, pero nunca intimamos–.

Un día desaparecieron y no lo supe hasta semanas después,

o meses, sin apenas circunstancias explicativas.

El club se extinguirá conmigo, como idea, como poema,

no la realidad de la muerte, no los huecos,

ni los espacios mentales o el rastro de las voces

grabadas en un subconsciente que tratamos de ignorar.

Mis descendientes no sabrán apenas nada de mí,

menos de lo que conocieron esos desaparecidos

a los que tangencialmente saludé o reconocí

en el paisaje diario, en la cordialidad vecinal.

Nada les importa ya, nada les concierne,

llega la insignificancia tras la apoteosis del sol poniente.

Poema 585: Parthénope

Parthénope

Verano de juventud y deseo,

cine que muestra y oculta e indica

retazos de gran belleza.

Tempus fugit, el mar,

nació en el mar como la sirena odiseica,

agua y frente a la belleza y el trampantojo

de una opulencia palaciega, de la iglesia rococó,

la humildad semioculta de la miseria:

un traveling veloz entre deformes,

desamparados luces azules y prostitutas,

el capo que cree conseguir un instante

de la mítica belleza,

un Maradona que reparte caridad

a cambio de la aclamación populista.

Las joyas de la iglesia relumbran

sobre el cuerpo magnífico de la Parténope mística,

su voluntad, su estética antropológica,

el deseo que traspasa la pantalla:

es mi secuencia favorita–,

también la mía-.

La muerte se llevó la hermosura y la alegría

de los ojos, de las vidas ausentes,

creó la belleza austera, palimpséstica y onírica.

Nápoles es milagrosa y horrenda,

bellísima y oscura, luminosa y cruel,

es endogámica y eufórica en sus mitos.

En descifrar los detalles está la oculta perversión,

también el homenaje y la autorreferencia.

Al salir, la niebla lo empapa todo.

Poema 578: La ciudad, sin ritmo

La ciudad, sin ritmo

Atravieso parques y jardines

bajo la bruma gris de otras latitudes,

diríase un día anodino, festivo, otoñal

y en efecto lo es.

La bicicleta eléctrica funciona sin esfuerzo,

aún recuerdo la doble caída bajo la lluvia

y el cuerpo reacciona imponiendo precaución.

Boquean los árboles sus últimos adornos foliares,

transitan las gentes alienadas por la escasa luz,

caminantes inseguros y grises, agotados

por los embates vitales y las noticias infames.

La belleza está ahí, presente y estática,

hilos de conocimiento y verdad, lecturas, imágenes,

anclajes múltiples que elevan la humanidad,

convierten cada día en un oasis de luz y aprendizaje.

La felicidad basada en el comercio, las luces brillantes,

el movimiento permanente,

está hoy de vacaciones muy a su pesar.

Canturreo una canción (o varias) de Batiatto,

la barbilla alta, la mirada poética, la sonrisa puesta

a modo de sostén y equilibrio

tras el enorme descanso nocturno.