Poema 451: Camino del Cid

Camino del Cid

En la memoria de la desmemoria,

olvidada la distancia entre Cantar y realidad,

más cercanos a Machado que a la Historia,

salimos a recorrer la ruta mítica.

Los caballos no son Babiecas, ni las espadas Tizonas,

y sin embargo hay cabalgaduras,

sillines rellenos de gel y alforjas,

el colorido de una tropa diversa,

democrática, exaltada y no desterrada.

Los nervios serán parecidos,

–la especie humana no cambia en un milenio–

las expectativas son diferentes,

algunas físicas y otras espirituales:

trascender el ruido mediático y urbano,

entrar en contacto con el polvo machadiano,

leer unas líneas del Cantar cada mañana,

prepararse como se preparan los mozos

en estos días de sanfermines.

La amistad con que se forjó la leyenda

continúa viva:

altruismo, comunidad, ayuda mutua,

la sensación de pertenencia a un grupo polimorfo,

sociograma con hilos conductores saludables,

a veces débiles y otras muy robustos.

La estepa castellana, tan despoblada como antaño

asusta entre el calor y el desabastecimiento,

genera incertidumbre y adrenalina.

Nos preparamos ya para esta aventura

caballeresco-literaria-deportiva,

armados de tecnología y barritas energéticas.

Días de gloria pedaleando por el pasado.

Poema 444: Los pinos míticos

Los pinos míticos

En medio del collado que protege el arroyo

de las embestidas furiosas del Duero

más allá de la Historia,

siluetean dos enormes pinos gemelos.

Inventé para ellos historias míticas,

ceremonias varias en tiempos inmemoriales,

anacronismos en el solsticio de verano.

La realidad es más hermosa que la ficción:

se enseñorean de un cultivo de cereal,

junto a una pradera de cañahejas y amapolas.

El sendero arranca incógnito

desde una pequeña cantera abandonada,

serpentea entre retamas y piornos,

ralentiza la bicicleta sobre cantos rodados,

para ascender al túmulo, ya loma o colina

observable desde cualquier punto del valle.

La sensación al estar allí es mágica:

me recupero del resuello ciclista,

fotografío las nubes azulinas de este día de junio,

respondo en mi smartphone, con paciencia,

a la miticidad alegórica de este lugar

recién establecida por mí.

Aspiro el fuerte olor de la cebada mojada

y sonrío para el selfie que acabo de realizar.

Toda la energía del lugar invade mi mente

y la puebla de espléndidos relatos fantásticos

aquellos con los que iluminaré, minutos después,

la tertulia generosa de mi amigo y sus hijos

compartiendo refresco y aceitunas.

Poema 420: Balance y final

Balance y final

Y la guerra es un bulbo,

exportable, lozano, un oscuro tubérculo

que arraiga en cualquier lodo.

                                    Aurora Luque en “Un número finito de veranos

Empezó el año con el mar

y unas temperaturas nunca esperadas.

Después fue El Viaje,

prepararlo, rememorar veinticinco años atrás,

planos, lugares, el Danubio.

Aún no había viaje, pero ya estaba viajando.

Entre tanto hubo música, conciertos, variaciones,

un pianista arrebatado,

una visita importante que se plasmó en el poema

sobre los pájaros que huyen del lúpulo.

Corrimos entre los pinos y la amistad una vez más.

Los castillos del Loira nos invitaron a soltar mascarillas,

a enmudecer ante el lujo y la magnificencia.

Despertaba la primavera y con ella la guerra,

el horror tan cerca, la incongruencia,

el beneficio de pocos y el desastre de todos.

En mayo descubrí los Zumacales, la magia

de un enterramiento prehistórico, el lugar sagrado,

la naturaleza en el valle de las Batuecas,

los pequeños eremitorios diseminados por la montaña.

Toda la naturaleza se llenó de amapolas y calor;

leí Como guardar ceniza en el pecho,

un festín literario lleno de feminismo y resistencia.

El Rey León en el que actuaba mi hija

creció lleno de baile y color.

Safo en Mérida entre el calor asfixiante

me llegó como un relato lleno de deseo y amor.

Hubo lesiones, fiebre, permanencia,

y sin pausa aparecieron las bicicletas rojas y amarillas,

la consciencia del viaje multitudinario,

días felices en los que todo salía mejor de lo planeado.

Permanecí en agosto mirando cielos, ruinas romanas,

ríos en los que apagar el calor inconmensurable,

un teatro y otra vez el mar nudista entre brezos violetas.

Hubo muertes mediáticas y cambios en el paisaje,

de nuevo la Amistad del corredor poema atemporal,

conversaciones sobre futuros inciertos, música india,

una campana y llegó, luctuosa, La herida matemática.

Noviembre fue un mes de belleza extrema en el Otoño Mágico,

lleno de acontecimientos, de ruido político, de poesía vital y setas.

Se termina el año con arte, con cielos, con fútbol,

lecturas, documentales que son una maravilla de hitos culturales.

Todo se sostiene por hilos invisibles, emoción poética,

formas que son miradas por ojos enfocados y atentos,

las sorpresas de cada día y la esperanza optimista

de fuerza incalculable, inmerecida y deslumbrante.

Poema 408: La herida matemática

La herida matemática

            “En memoria de Agustín,

                  quien siempre será el Divino Raíz de menos uno”

Hacía tiempo que no te veíamos

y ya no te veremos.

Llegó la noticia como un golpe

al pie de una iglesia,

entre la desapacibilidad y la amistad.

Nos ibas contando cada retroceso,

con desarmante entereza,

con las cicatrices al aire,

sin tapujos.

Cuando aparecías transmitías calma,

la serenidad de quien ama mucho la vida

y sabe de su finitud y sus desgracias.

Te recordaremos en aquella obra

como el Divino Raíz de Menos Uno,

entre el humo y el alcohol,

llenos de risa y de vida por delante,

embutidos en matemáticas abstrusas.

Reunidos con aire circunspecto

te homenajeamos con anécdotas, recuerdos,

pequeñas alabanzas que te habrían gustado,

nombres casi ya olvidados,

una pequeña catarsis para los vivos:

la herida matemática,

tu imagen bonachona y amiga

presente en el centro de la vida.

Poema 407: Campana

Campana

Una campana rasga la noche y el amanecer;

me despierto aún inmerso en la partida de naipes,

cómputos, risa, amistad reencontrada, gin tonics,

el suave río subterráneo que continúa

más de treinta años después.

Los ladrillos perfectamente alineados

denotan solidez robusta,

el color cambiante según la humedad de los días.

Es tiempo de algunas conversaciones

siempre convergentes y no siempre banales.

La campana rememora aquel poema de Zorrilla

en el funeral celebérrimo de Larra,

–Ese vago rumor que rasga el viento…

Corretean los niños, llenan el espacio de vida;

teletransportado a otra edad

resuenan risas y los gritos inocentes.

Un palacio nos reúne en un corrillo erudito:

las impresiones sobre Roma en el siglo primero a.c.,

la victoria de Cayo Mario en Vercelas

y los estertores de la República.

Cortinajes, tapices, cuberterías, relojes dorados

son observados con detenimiento,

imaginamos la vida ampulosa de los monarcas.

Las campanas vuelven a indicar la hora

o el final de la vida de alguien en este pueblo,

mientras amasamos pan

y nos aplicamos a la tarea de sobrevivir.

Poema 398: La amistad del corredor

La amistad del corredor

Se desvanece el ruido y la música de la fiesta

en las sendas estrechas del pinar;

correr es un acto de purificación

una hermosa ínsula en la vida cotidiana.

Huele a decorado recién regado

a pesar de la sequía que no nos abandona,

pinos que han rezumado resina todo el verano,

esparragueras fractales de millares de agujas.

La amistad de los corredores es un vínculo potente,

ha sobrevivido a paternidades varias,

al agotamiento de la edad o la desmesura alimenticia

y persevera en confidencias ahogadas por la respiración.

Ya no hay registros, ni marcas, ni tiempos,

el acto social ha superado al deportivo,

solo el orden, la fuerza o la forma física prevalecen

cuando todo lo demás ha sido olvidado.

Ciertas rutinas de calentamiento, estiramiento,

detenernos en los mismos pinos,

recordar anécdotas, risas, despistes,

sostienen ampliamente el esfuerzo deportivo.

Nadie tiene dudas de la recompensa tras la fatiga,

ni del público que escucha con interés hipótesis

y disertaciones varias en torno al fútbol

o a las estadísticas de cualquier disciplina humana.

Lazos, familia, vacaciones, vivencias,

incluso tras ausencias prolongadas

parece que no ha transcurrido el tiempo

que todo vuelve a comenzar mientras corremos.

Poema 391: El final del viaje

El final del viaje

Todavía veo bicicletas rojas y amarillas

y la amplitud como un mar del río Danubio,

aún creo ver siluetas familiares en las calles

de los compañeros de aventuras.

El viaje se ha vuelto liviano

ante el quehacer diario;

irá adquiriendo su peso como una celebración,

un momento idílico en estos años,

risas, conversaciones en paralelo, confidencias,

el alma austriaca analizada en sus campos y jardines,

la belleza de unos cisnes o la sorpresa de un lago,

un café delicado a la vera de una abadía,

la suma de recuerdos veinticinco años después

y las miradas incrédulas de los jóvenes.

Quedará en el recuerdo el primer baño en el río,

las cervezas del final de cada jornada ciclista,

algunas pequeñas ascensiones por rampas empinadas,

o los albaricoques al alcance de la mano.

El viaje ha tenido una velocidad ideal,

la mirada limpia de quienes lo hacían por vez primera,

las risas de cada noche sentados a una mesa,

junto a recuerdos y pequeñas erudiciones.

Una siesta junto a un campo de calabazas

nos descubrió el territorio Alevita;

el mecanismo de una esclusa nos hizo detenernos:

admirar la fuerza hidráulica,

entender las complicaciones de la navegación,

poner un pie en un país y otro en Alemania.

La suma de los días excede con creces a lo imaginado,

pues el calor de esta vez o la lluvia del viaje original

trastocan el modus intinerantur.

Las despedidas nos dejan hilos invisibles,

enlaces, nervaduras, amistad y alegría,

incluso para los que habitamos en la periferia.

Recuerda Raquel la generosidad y el disfrute

en estos día terapéuticos de julio.

Que las lágrimas de la despedida

se conviertan en vínculos imperecederos.

Poema 330: Vida al aire libre

Vida al aire libre

Las nuevas catedrales del campo castellano

están construidas con pacas de paja,

pueden verse sus moles enormes

a kilómetros de distancia.

Transito con mi amigo Pol en bicicleta

oliendo todos los olores del cereal,

observando el colorido inmenso de la meseta,

girasoles, viñas, campos sin cosechar.

La ruta está llena de confidencias

al modo en que surgen las piedras en el camino,

una  burbuja ciclista de intimidad,

las barreras del tiempo y la distancia derribadas.

Una dehesa, vacas, gorrinos, fotografías,

unas cervezas para calmar la sed del pedaleo,

las artes antiguas para pescar cangrejos

proporcionan momentos de gran felicidad vital.

Volverá la distancia y el segundo plano,

y estos paseos veraniegos serán recuerdo,

días felices de buena salud y ejercicio,

momentos estelares de todos los sentidos.

Poema 193: Huida

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¿Y a dónde llegaste en tu huida?

Huiste de un piso sucio

lleno de maravillas en tu mente joven,

de las duchas con mucho frío

en medio de inviernos de niebla

y amaneceres esplendorosos

sobre la silueta, ahora tétrica,

del seminario.

 

Has huido de ellos, de esos recuerdos,

has huido de tu amigo,

de la juventud alocada y risueña,

de la soledad y reflexión sobre un puente,

de las cajetillas vacías bajo el armario.

 

Hacia delante, siempre hacia delante,

sin planificación, sin sistema,

improvisas cada instante

sin salir del deber o de la rutina fácil:

no fuiste a ver salir el sol en las hoces,

no driblaste la tentación de un beso.

 

Huyes de tu memoria, de esa libertad

idolatrada e insensata

por la que escapa parte de tu trabajo,

filtros inexistentes en tu mente,

la incoherencia de una madurez no deseada.

 

Huyes de la felicidad presente,

de unos abrazos infantiles irrepetibles,

de los cuentos de cada noche,

del humor y la risa que te desdoblan

y hacen palpitar todo tu ser.

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