Poema 547: Inventario veraniego

Inventario veraniego

Continuidad, suaves transiciones de la edad,

y, sin embargo, saltos físicos, imágenes del pasado,

el trampantojo de las repeticiones,

baños ancestrales en las mismas aguas ya diferentes.

En esencia la estructura permanece:

caminar, pedalear luengas jornadas, nadar,

leer con ritmos e intensidades diferentes,

la casa familiar como meta tras las andanzas,

los descubrimientos y los hitos.

Me he bañado en tres mares diferentes,

hemos escalado volcanes y cimas graníticas,

atravesado canchales y piornos amenazantes.

Observé las sombras inquietas de los árboles

en las pozas heladoras de ríos de montaña,

un teatro en unas ruinas romanas,

el espectáculo orquestal que nadie contemplaba,

una casa mítica para la cultura,

y una abadía contenedora de reliquias inmemoriales.

El verano se parece a una jubilación vislumbrada,

un dulce viajar, leer, escribir, ejercitar,

llegar allí donde la energía y la imaginación te lleven.

La escala de las sombras se amplifica o se reduce

oculta por el veloz movimiento cotidiano,

se alterna con la luz que elonga los días,

con una corriente subrepticia alegre y vitalista.

El verano es el punto geodésico del año,

al que solo accedes tras arduo y placido camino.

Poema 546: Invisibles

Invisibles

Hay quien escucha la palabra cooperación

y gira la cabeza alejándose

hacia las zonas más confortables de su espíritu:

ojos que no ven…

Y sin embargo cada cual puede aportar-modificar

su estilo satinado de vida,

bajar las expectativas, minorar el consumo,

otras políticas, otro uso del mismo dinero.

Hay ventanas que se abren inopinadamente:

una exposición muy personal de experiencias

en un salón perdido de un pueblo lejano;

una conversación al hilo de un viaje no turístico,

un documental comprometido, un libro o varios,

una fotografía de un basurero en Managua

o la más aséptica de unos granos de café en la plantación.

Dengue o Malaria, susto o muerte,

incesto, estupro, abusos viles con consentimiento social,

una frontera imposible entre resorts y ropa residual

volandera en un paisaje haitiano desolador.

Los niños serán adultos imitadores de su injusta infancia,

círculo vicioso, prolongada explotación

de blancos occidentales infelices con sus posesiones.

Llorar es un desahogo instantáneo,

concienciarse, formarse, cooperar,

expandir la salud y la dignidad

debería ser un consenso insoslayable universal.

Poema 545: Ocaso de masas

Ocaso de masas

El espectáculo del ocaso en la Arnía

es de contemplación masiva,

ociosos vacacionales lo incorporan

a sus rutinas diarias gratuitas.

Es una obra de teatro con final previsible:

aplausos ascendentes fluyen desde la playa

hasta los encaramados en riscos y laderas.

No hay dos puestas de sol iguales,

un barco que atraviesa el horizonte,

la gaviota que planea perfilándose en lontananza,

unas nubes que se autoinvitaron a la fiesta.

Hay murmullos y comentarios fugaces,

una sensación de paz ante el deceso del día,

el final de este calor playero y estival.

Una señora de espaldas al sol parlotea sin cesar,

ajena al trance comunal de quienes lo contemplan,

capaz de escucharse sola a sí misma,

la diversidad humana opuesta a la norma.

Tras los aplausos se disuelve el gentío,

apenas un grupo minúsculo de ascéticos

persevera en la tasación de la hermosura:

el cielo y el mar se confunden en el oriente,

los colores pastel susurran una armonía

indigna de la gran masa devota del astro sol.

La comunión solar ha sido consumada.

Poema 544: Memoriam Omnium Rerum

Memoriam Omnium Rerum

En la velocidad el vértigo oculta la belleza,

–montañas calvas, morrenas, canchales–,

los volcanes y el pavor ancestral heredado,

un lago verde, charco marino, montaña negra,

la calma de unas horas hermosas e incógnitas.

La vista traiciona cuanto anhela,

sin embargo, la piel absorbe, funde, clarifica,

la nariz transporta, evoca, mitifica y desnuda.

El recuerdo de los hitos se posa en una veleta,

el sonido del viento y un clic metálico

que la mano de mi hijo produce en el mástil.

La Ensalada César tras la agotadora jornada,

el cuerpo que busca recuperar sales y energía,

luz verde sobre el estanque trapezoidal:

una pata triangula las aguas con sus vástagos,

cañas, enredaderas, lavandas, césped y un tractor.

Puestas de sol lentas, contemplación,

antes de una cena doméstica y deseable,

días de lectura, de creación de poemas simples,

calma y reposo de todos los sentidos.

El envolvente museo de la igualdad,

reivindicación sutil de los nuevos tiempos

y un viaje de reencuentro ascético del trance.

Poema 543: El museo

El museo

Un oasis incluso en un pueblo que rezuma cultura:

ha conservado su barrio judío,

organiza jornadas culturales y conciertos,

y mantiene una espléndida biblioteca y algunas librerías.

El museo Pérez Comendador-Leroux

ocupa un hermoso palacio bisecular,

se abre a un jardín romántico con cenador

un lugar de reposo idílico para leer

al pie de una fuente cantarina sobre una pilastra.

Recordaba de visitas anteriores el lugar

como un homenaje casi exclusivo al gran hombre,

escultor prolífico de desnudos, conquistadores y santos.

La grata sorpresa fue la integración en igualdad

de la pintura de Madeleine Leroux:

ya no es musa y esposa, sino gran pintora de viajes,

detallista magnífica, artista revalorizada.

Entre desnudos escultóricos bellísimos

y figuras ciclópeas y colosales de Enrique

se abre paso un delicado autorretrato de Madeleine

por cuya voluntad, trabajo y tesón se abre este museo,

lugar de encuentro y comunión y diálogo

de las obras de estos dos grandes artistas.

Poema 542: Subida al Pinajarro

Subida al Pinajarro

Perdí la contera de mi palo de montaña,

se quedó en la subida tan dura, tan aplazada.

Los piornos nos destrozaron las piernas,

múltiples siseos, arañas, una culebrilla,

cuatro horas infinitas de ascenso

entre praos, riachuelos secos y los hitos

que otros montañeros anteriores colocaron.

Las plantas rastreras y leñosas

dificultan constantemente la ascensión,

unos novecientos metros en tres kilómetros y pico,

una transición difícil del plano a la realidad.

Hemos subido con la ilusión de mi hijo,

con el conocimiento previo de la exigencia de la ruta,

sumando voluntades y esfuerzos,

admirando la altura y las múltiples visiones

de valles, otras montañas, pueblos y senderos.

Arriba la veleta marcaba noroeste,

el privilegio de una visión de ángulo completo

el culmen de un esfuerzo titánico

y el pánico racionalizado del descenso.

La luz del amanecer doraba el fondo tras los pinos,

sombras en los canchales,

el verde emboscado de las escobas en las laderas.

El descenso fue un calvario de piernas arañadas,

y un fortalecimiento resistente del vínculo filial,

el grito desde la altura de un deseo consumado.

Poema 541: Canchales

Canchales

La belleza en lo alto de las montañas

se esconde en los canchales,

rocas arrastradas y aplanadas por la nieve,

gris sobre fondo verde que antes fue blanco

en el invierno.

Cientos de miles de rocas peladas, casi inexpugnables,

formas caprichosas y sombra de las nubes

diseños aleatorios propensos a la imaginación popular:

gallinas, dragones, perros y rapaces.

Son dinámicos como las dunas de una playa,

confluyen como ríos en un punto de fuga más bajo.

Se reconocen por sus destrozos en los caminos

que serpentean en las faldas de la montaña,

producen avalanchas y liman las cumbres reiteradamente.

Los últimos rayos del sol crean sombras doradas en las cumbres,

iluminan las rocas gelifractadas,

hacen aún más bellas las enormes moles macizas.

La vida es escasa en estas pedreras,

apenas unas raíces sujetan los ríos de piedra

entre los que pululan micromamíferos

y saltan las cabras montesas.

Anochece y las sombras opacan los dibujos

en los conos montañosos,

el sonido de fricción de una piedra desprendida

activa sinapsis neuronales antiquísimas

indica al cuerpo ya fatigado la urgencia del descenso.

Poema 540: Al fondo, antes de las montañas

Al fondo, antes de las montañas

El embalse del fondo parece infinito.

Quisiera estar allí y aquí al mismo tiempo

Ascender, tal como veo a las águilas,

en espiral hasta alcanzar la corriente y planear

contemplar el contorno,

buscar un fractal que lo aproxime,

fijar en la memoria de águila-humana

la forma geométrica exacta de la mega represa.

Brilla como un espejo con el sol poniente,

refleja naranjas y el verde del valle de regadío,

también devuelve el perfil montañoso

que la bruma convierte en masas superpuestas,

un decorado de fondo de ópera austro-germánica.

Un gran nogal oculta un tercio del valle,

serenidad, masas arbóreas,

rapaces sosteniendo su vuelo,

el movimiento rectilíneo y en apariencia uniforme

de los vehículos-hormiga por una autovía invisible.

El dios caótico que dibujó los perfiles montañosos

se olvidó de diseñar un valle homogéneo;

el viento sobre la noguera y unas pequeñas nubes blancas

dotan de vida a la escenografía natural.

Una mirada atenta con prismáticos

permite dilucidar que los penachos blancos móviles

son aspersores que alfombran de verde

las superficies geométricas menos frondosas.

Al fondo permanece azul-cielo

el intrincado perímetro del acopio artificial de agua.

Poema 539: El cuerpo desnudo

El cuerpo desnudo

El cuerpo desnudo tras el baño

en el agua fría que baja de la montaña

se mimetiza con las rocas, a pesar de su blancura.

Las piedras sobre las que se asienta

se han enfriado durante la noche.

El sonido de la cascada

oculta el canto de los pájaros,

todo es verde para los ojos y la cámara.

En esa pausa de integración con la tierra

la mente ha divagado por múltiples caminos,

sin filtros ni censura,

ensoñaciones varias en el paraíso idílico.

La aventura de caminar por rutas conocidas,

seguir la senda de riachuelos y cascadas,

adaptarse al calor seco,

propicia la contemplación extracorpórea

la fusión plena con el núcleo ígneo de la piedra.

El cuerpo desnudo se ha secado,

ha regularizado su temperatura

y aguarda el fin de las ensoñaciones

para iniciar el camino descendente de vuelta.

Poema 538: Días de bici

Días de bici

El calor húmedo de la Costa Brava

es insoslayable a finales de julio,

solo el pedaleo en compañía y el agua

mitigan el cansancio extremo.

La luz hiere los ojos al mediodía,

unas cervezas y unas aceitunas

atenúan la dureza de la ruta.

Ayuda, ánimo, una conversación,

la belleza natural del camino,

sentir la fuerza de los músculos

para manejar el peso de la bicicleta,

me hacen sentir un privilegiado

en estos días de descanso laboral.

El consenso estupendo en el grupo,

la tolerancia compartida y conocida,

el reparto generoso de roles,

convierten cada jornada en ilusión,

en descubrimiento de paisajes,

lugares, personas, historias míticas.

Una piscina en un pueblo anónimo

es un oasis temporal en medio del camino:

bajar la temperatura corporal,

ingerir alimentos veraniegos

para recuperar toda la energía posible.

La alegría personal se integra

en un júbilo comunal multiplicativo,

juegos de palabras, bromas recurrentes,

trivialidades que conviven con confesiones

profundas, íntimas o recién elaboradas

en las arduas jornadas pirenaicas.

La vida fluye alegre a través del esfuerzo,

de la asociación de mentes cultivadas.