Poema 381: Los Zumacales

Los Zumacales

Era un nombre mítico que una vez memoricé,

un lugar aún sin imágenes,

el caminar con mirada pintora de Cuadrado-Lomas.

Y estaba ahí, cada día lo visitan decenas de personas

que buscan un atisbo de espiritualidad,

conocer el mágico lugar de enterramiento

desde el que se observan colinas, valles, un río caudaloso,

toda la primavera parcelada de cereal.

Aquel túmulo era un lugar sagrado

en el que se honraba a los ancestros:

meditar, sentir, asumir la propia identidad,

una forma de cohesión social

y una ordenación del territorio a ese lado del Pisuerga.

Hace cuatro mil años todo el clan se unió

en la descomunal tarea de arquitectura funeraria,

un gasto energético ajeno a la supervivencia

o quizás fundamental para la convivencia serena.

Hoy contemplo con reverencia esas piedras,

el lugar elegido, casi centro de peregrinación secreta,

expuestos los huesos y la industria lítica en un museo,

rodeado el paraje de un halo legendario.

Soy un poco más minúsculo que ayer,

integrado en esta tierra de supervivencia,

en esta maravilla conservada y excavada a conciencia,

heredero de espíritus que aullaron al viento desde aquí.

Poema 276: Lentitud

Lentitud7E2E1031-E659-412A-BCFE-521C232D530D

El lujo no es la velocidad si no la lentitud,

la ausencia de prisa, un paseo en bicicleta

acompañado por tus hijos,

las pequeñas cosas de la vida detenida

en la que todo se ha apreciado mucho mejor.

 

La feracidad de la primavera que solo traía el viento,

o el ruido de voces en una terraza de verano,

son las sorpresas ocultas que no estaban

en el radio que alcanzaban tus sentidos,

esa bola de la que no te has movido en tantos días.

 

Extraer quirúrgicamente las preocupaciones

del centro de tu procesador de ideas,

convertir esos huecos en banalidades cotidianas,

es la tarea del psicoanalista en estos días

ahora que el mundo se mueve otra vez tan deprisa.

 

Otra vez se me escapan los libros entre los dedos,

los días se acortan irremediablemente,

el cansancio se apodera de todas mis neuronas,

la belleza de la estación solo me roza al pasar

y los números crecen hasta ocultar la puesta de sol.

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Poema 271:Primavera con mascarilla

Primavera con mascarilla

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La naturaleza está desbordada,

mucho más de lo que se ve desde la ventana,

gatos y ocas reaccionan al movimiento

apretados por el hambre del confinamiento.

 

El olor de las flores, los almendrucos,

la humedad, ascienden desde un suelo

que parece virgen tras el descanso

de una cuarentena tan lluviosa.

 

Hay una alegría por algo tan cotidiano

como un paseo con los niños,

hay miedo y precaución,

todos cubiertos con mascarillas preventivas.

 

Unos restos ajados de lilas y el color

intenso de unas amapolas

redescubren los ojos sometidos a pantallas,

a luces artificiales en el hogar.

 

Somos seres anónimos hasta para los amigos:

no te detengas, no contamines,

no desperdicies la ventana temporal de tu paseo,

aprehende cada brizna de hierba en el camino.

 

Cada uno es su isla familiar, su entorno reducido,

los libros que ha leído y la música del confinamiento,

algunas canciones de resistencia,

y los aplausos a las ocho que ya van decreciendo.

 

El pinar huele a limpio y solo se escucha el ruido

de pájaros y corredores hollando los caminos;

enmascarados vuelven al hogar en embudo

a las diez en punto de la mañana conforme lo ordenado.

 

La vida se filtra, y se escapa y desborda por los pliegues

de un sistema que trata de ordenar el caos;

aún es pronto para saber si podremos mostrar

en primavera nuestro verdadero rostro.

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Poema 260: Doscientas ventanas

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Hay doscientas ventanas encendidas al anochecer,

miles de muertos por la pandemia vírica,

el aire sin ruido debido al confinamiento.

Una pequeña urraca vuela hacia el alero

desde donde observa mi rostro en el alféizar.

Hay margaritas asomándose con timidez

a esta primavera sin gente en las calles.

Hay una voz que apenas me llega,

no atraviesa los nodos digitales,

pero sigo llamándola y aguzando el oído.

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Poema 212: La tarde es mía

La tarde es mía

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La tarde es mía,

he mirado al árbol que parece un muchacho

con las manos en los bolsillos,

el sol es aún fuerte, el viento

obliga a cubrir las piernas y las gargantas,

ancianos frágiles esquivan las sombras.

 

Soledad productiva.

 

Ríos de luz y calma.

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Poema 173: Primavera desperdiciada

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Estoy desperdiciando otra primavera,

este año es una de las buenas:

sol, agua, cunetas llenas de flores,

el impagable olor de las plantas

que evoca mi infancia en bicicleta.

 

El valle que he mitificado,

las jaras florecidas que alguien

me anunció este verano,

un embalse lleno,

la montaña que quiero escalar

antes de cumplir cincuenta.

 

Todo el día vago cansado,

lleno de ocupaciones informáticas,

ajeno a quienes eran mis amigos,

con apenas capacidad de una mirada

poética, ahora dependiente de la casualidad.

 

El cuerpo se acostumbra al asfalto,

a la contaminación cotidiana,

rutas urbanas de flores solo en vestidos,

miseria y ruido.

 

Estoy desperdiciando otra primavera

en el tiempo confortable de la madurez.

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Poema 169: Se ha abierto la puerta de la primavera

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Es tiempo de las puertas tapiadas

y los edificios cambian de forma y color.

 

Aire de primavera con cuatro libros bajo el brazo.

 

Quizás infeliz pero hechizado por el olor

de los cerezos chinos.

 

Cigarros y más,

un viejo cono de metal,

una pose suficientemente sexy.

 

Los bajos excesivos del sonido de un coche,

matan la belleza de la ciudad que fluye:

una bicicleta de otro mundo,

unos pantalones ajustados que fascinan.

 

Se ha abierto la puerta de la primavera

y el kiosco de los helados.

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Poema 163: Primera luna

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La primera luna de primavera todo preside,

henchida, desde el cenit celeste.

 

Hay un corazón hortera enorme

pintado en blanco en la pared,

bien podría ser un culo.

 

Hormiguean cientos de personas

agolpadas en torno a una virgen,

cada cual busca su salida y su razón

con toda la prisa del mundo.

 

El aire cálido despierta olores y deseo,

la espuma de las cervezas

es un reclamo en cada terraza.

 

Vestidos de flores se alternan con ropa oscura,

ancianos abrigados sienten frío interno,

murmullos aún quedos, precavidos,

demasiado atentos a las previsiones del tiempo.

 

La luna provoca una extraña lucidez nocturna,

preside y embelesa,

llena de fervor y de palabras,

modifica la conducta humana en rituales atávicos,

pasa inadvertida en medio de los rascacielos.

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Poema 112: Hay días

Hay días

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Hay días en que no estás aquí ni allá,

en los que tus deseos

serían irrealizables, por difusos

en los que la belleza de un encuadre

es sólo una fotografía más,

en los que un poema precioso

te lleva a una isla griega,

a amaneceres olvidados

en los que no sabías qué serías,

ni dónde anclarías.


Hay días en que todo olvidas,

sales a dar un paseo primaveral en bici,

terminas por encontrar un nuevo camino,

un valle escondido, un riachuelo,

una luz orientada hacia ti,

la vida sobre los pedales,

la fuerza aún pujante de tu madurez.


Hay días en que te abandonas,

al paso de los minutos veloces,

en los que aguantas la respiración,

aprietas los dientes y avanzas

lentamente en este o aquel deber,

mientras tu sensibilidad se adapta

a la oscuridad de un día tan luminoso.


Hay días en que eres tú

y el futuro está blanco e inmarcesible,

y la experiencia te dice

que no serás vulnerado por el abismo.

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Poema 66: Ondular

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En el reverso de la tarde ya no sopla

el viento, no atardece, no avanza

si no en el ondulante modular

de una falda corta, desafiante,

horas y horas de luz y sol radiante

para los lastimeros herederos del invierno.

 

En la furia contenida durante horas

despliegas toda la pasión, la ensalzas,

volteas tus propios pensamientos

para elevarte por encima de tus expectativas

carnales, de tu conocimiento escaso

de tu propia lucidez, ya ocaso o continuo ondular.

 

Asideros de la razón, monstruos

de vida disoluta, la calle, el lugar

en el que se desarrolla el espíritu

enfermo y el tedioso y el anquilosado

transcurrir de jubilaciones decrépitas.

 

Allí donde todo sucede oscila el tiempo,

se deforman las siluetas a la manera

de ciertos cuadros de El Greco,

el mismo dolor solar en la hora del ocaso,

luces y tinieblas entremezcladas.

 

La paleta de la vida, el color del tedio,

ejercicio de moda, correr y correr,

coloridos atletas repletos de grasa,

fumadores empedernidos, suicidas

que aún vuelven la cabeza ante un ritmo.

 

Duele en los ojos el secreto de la belleza

oculta meses y meses, cuidada,

embadurnada de cremas hidratantes,

el caminar sinuoso de unas caderas

capaces de hacer levitar todas las miradas.

 

La piel prohibida, la creencia en sí mismo,

autosuficiencia que no es tal, necesitada

de admiración, de giros imposibles

de cabezas ante el taconeo tan peinado

de un pelo ondulante y sedoso en primavera.

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