Poema 702: Granada

Granada

La luz del sur hacía daño a los ojos:

viento, reverberación del Mediterráneo,

el efecto de la claridad tras las oscuras borrascas.

La nieve tuvo que esperar,

atisbada a lo lejos en las cumbres nazaríes

parecía no llegar nunca.

Lorca tenía un paseo en un pueblo recóndito

lleno de versos, de fuentes cantarinas,

de la belleza aún cruda del invierno alpujarreño.

Fugaz fue mi visita al centro que le rinde homenaje,

un momento de soledad tan necesario,

poder caminar deprisa apurando el tiempo:

rutas de fuga, centro de gravedad.

Me sorprendí odiando al lugar y las circunstancias

en el que fue detenido el genio,

toda la ciudad y todas sus gentes por extensión

aunque noventa años después la vida sea diferente

salvo la exaltación y el homenaje que no llega.

Poema 698: Cuarenta días

Cuarenta días

Cuarenta días o más atribuidos a enero

ausencia de luz

lluvia viento sensación térmica

una cierta congoja de espíritu

y procrastinación conteniendo la respiración.

Cada día es un puzle de piezas variables

en el que vas colocando y desechando

pequeñas indicaciones vitales

asuntos más graves en las zonas oscuras.

Inopinadamente sale el sol nubes blancas

algodón sobre la dispersión de Rayleigh celeste

no se ha terminado el frío de las corrientes árticas

aunque hay más luz diurna.

Dormir seis ciclos de sueño completos de un tirón

antes de asomarte aún anestesiado

a todos los colores perceptibles

al bullicio de las tardes crecientes de optimismo.

Los cuerpos se desperezan y aligeran

las presiones más altas nos afianzan al terruño

una hoja que despunta o el incipiente renacer

de las pentámeras rosadas del almendro.

Bulle la sangre cual savia creadora

para expandir el cerebro en su singularidad

ideas prometedoras factibles renovadas

inician un vuelo de atisbos primaverales.

Los ciclos estacionales son aún discernibles

en la maraña de trampantojos artísticos

resultantes de las deformaciones del hielo.

Poema 691: ¿Quienes somos nosotros?

¿Quiénes somos nosotros?

¿Quiénes somos nosotros?

¿Cuánta violencia invisible?

¿Qué luz nos guía?

Somos el todo durante un tiempo,

somos deseo y miedo, y complacencia,

la mirada de los otros

y la supervivencia emocional.

Solo alcanzamos los bordes en el peligro

en la excepcionalidad inesperada.

Ese todo temporal ocupa un espacio inmenso,

también desborda y suprime,

se endiosa e hincha el plumaje de aire estéril.

A veces estalla.

Somos secreto y avaricia,

encogidos por el frío que entra por las ventanas,

acogidos por el calor transitorio de la belleza.

Llega entonces una cura de sueño

y te despiertas locuaz e inteligente.

Durante instantes asciendes a un Olimpo,

impostor interino, sonríes y bailas.

La cúspide no durará más allá de un soplo

en la suma de aquiescencias del mundo.

Tu violencia no existe en tu zona consciente

mas acecha paciente la falla

en el camino evolutivo de protagonismo victorioso.

Somos complejos y básicos, inexplicables,

puntos críticos sin polaridad definida.

Poema 689: Nieve

Nieve

Nieva en la burbuja que puedo alcanzar,

un entorno local de singularidad paralizante,

temor, frío amplificado, elevado por agoreros:

la nieve conecta nuestro paisaje con la geopolítica

los inuit se visualizan en el páramo castellano.

Algo fluye en nuestro interior ancestral,

oportunidad de caza, agua garantizada,

conservación de las viandas

pero también frío extremo, ventiscas mortales,

desorientación y búsqueda inmediata de refugio.

La luz blanca y los paisajes sin color

deslumbran al espectador que desafía la nevada

convierten la vida sedentaria de pantallas

en realidad digitalizable y protagonista.

La nieve es un meteorito estructurante,

se mezcla con la materia orgánica, la penetra

la transmuta en un barro informe germinal.

Delata también huellas, pisadas, roderas,

quién pisó primero, quien rodó esa bola gigante

que es la base de un muñeco grotesco.

Los copos son una bendición histórica,

una recarga de arroyos y acuíferos imprescindible,

la garantía de una primavera impetuosa y alegre.

Griterío adolescente que se lanza bolas apretadas

y encaja en el cuerpo los agravios amicales,

empapados y felices de rememorar su infancia.

Poema 671: Días sin luz

Días sin luz

Qué bonito está el parque y qué desolador el cielo,

plúmbeo, amenazante,

contraste de hojas volanderas, calvas en los árboles

una lluvia incipiente en un lunes oscuro.

Sin saber aún de donde surge la alegría

o el análisis acelerado de un mundo veloz

en el que colocar tics por cada tarea realizada

sin análisis más allá de una charla poco convencional

o de la sorpresa de una celebración.

Algunos días salen redondos por una suma de éxitos,

por la ausencia de simas estrictamente presentes,

por el recuerdo mesurado de aventuras recientes.

La ausencia de luz dispersa la percepción,

activa áreas de permanencia-resistencia mental,

aterriza la mirada en las hojas cobrizas del parque.

Este pesimismo radiado será habitual en otras latitudes,

formas de vida curtidas por borrascas contínuas

y ángulos solares mínimos durante la hibernación;

aquí el viento desordena rutinas y eleva el consumo

de series televisivas y de redes sociales.

La energía potencial aún permite alquilar una bicicleta,

recorrer la ribera del río solitaria al caer la tarde,

contemplar la belleza a la velocidad perfecta.

Continúa la alegría de contraste y el optimismo

inopinadamente, contrario a toda predicción,

basado en una suma indefinida de matices positivos.

Poema 670: Máximo placer

Máximo placer

La luz de la mañana, el aire frío de esta borrasca,

la silueta brillante de la luna menguante

y una colección de libros, papeles, erudición

tras el olor exuberante del café

convierten esta hora en un disfrute de los sentidos.

Ya no existe un trávelin del amanecer

mientras escuchaba pomposos relatos musicales:

se imponen algunos poemas de contraste,

el terrible siglo veinte en el este europeo,

la tesis profunda y documentada

sobre la igualdad natural o la historia revisada.

Despido a mis hijos que caminan con energía

hacia su propia captación del saber,

escenas memorables con fondo otoñal

de un paseo de árboles caducifolios en decoloración.

Mi conciencia solo me permite unos minutos de placer;

antes de reintegrarme al flujo laboral

observo el lejano brillo de un sol naciente,

unas nubes rosadas, un comando de jardineros

afanándose en la recogida de las hojas incontables.

El boli Bic me llama desde la portada de un Moleskine:

mínimas reflexiones personales de cada día,

la oscilación trigonométrica del estado de ánimo,

las novedades meditadas o improvisadas,

la vida revisada meses o años después.

El placer tiende a su fin según se aclara el día

y el enfoque se vuelve pragmático desde la poesía:

un elevado punto de partida para la lucha cotidiana.

Poema 634: Hay demasiada luz en el pedalear poético

Hay demasiada luz en el pedalear poético

Hay demasiada luz en ese pedalear poético,

campos rebosantes, agua

el espectáculo de la velocidad apropiada.

Se divisan manchas rojas aquí y allá,

amapolas adueñándose de un terreno baldío

o de una cuneta libre de glifosato.

La extensión rojiverde en el acceso al centro comercial

se ha convertido en atracción turística instagramera.

El caudal de agua del canal rima en asonante creciente

con los días previos al solsticio

en coyuntura prebélica de asesinatos selectivos.

El antihéroe inductor de tal desorden

huye precipitadamente de las instituciones,

aumenta sus réditos bursátiles con anuncios ridículos,

promete resolver lacónicamente los conflictos que alienta.

Esa clarividencia matinal amanece rodando

por canales y vías anónimas,

puentes clausurados preventivamente,

lugares privilegiados de observación deforestadora

de extracción de áridos en circuito cerrado,

de un continuo de camiones voladores inmunes.

Esa clarividencia es productiva e intensiva,

permite hollar caminos mentales obstruidos,

se llena de alegría en el trino matutino de las aves

o en el correteo alegre de un corzo en el camino.

La luz abre la puerta del pensamiento político

aplaude la valentía y el statu quo gobernante,

devuelve la auto esperanza al ingenuo oráculo ciclista.

Poema 622: El brillo de la juventud

El brillo de la juventud

Cansadas las alas terrestres

se ocultan como se oculta el pensamiento,

el brillo

el acceso profundo a la Sabiduría.

Sobrevuelo puentes y monumentos,

sin la luz prometida

solo palabras políticas absurdas,

sigo la estela de la Belleza.

Veloces

en días de primavera exuberante,

un ángel caído lleno de experiencia.

Gerontocracia azul

largas piernas moldeadas en el gym,

aún persiste el recuerdo del ascenso

los días veloces.

Difuso acontecer cronológico

–nunca existió la Historia–

hermosura ilusionada

trampantojo del agotamiento.

Los fotogramas dicen más que los libros,

congelan el instante

desvirtúan el tiempo,

el ensueño malabar de permanencia.

Alguien grita a tu lado, corre contigo

rejuveneces

no estás solo en el Universo.

Poema 584: Una luz azul

Una luz azul

Envuelve la niebla los caminos, los sembrados,

el terreno trazado de líneas rectas,

los surcos terrosos, algunas vides deshojadas.

Me persigue la noche como me persigue la historia.

¡Aquel bisabuelo llegó como un juglar,

joven, lleno de fiesta, levantando mesas con los dientes!

La luz oprime y aprisiona, desorienta,

la llanura se difumina en la ausencia de formas.

La viuda le hizo una fiesta especial al sanabrés,

le colmó de rimas y de la belleza de sus ojos.

Aún el pueblo existía: oficios, lavajos, artesanos,

la niebla no lo había condenado a la luz azul.

Cae la noche húmeda de Navidad.

El descendiente nació tras la muerte del padre.

Los animales abrevaban el en el lavajo grande;

en las noches eternas del invierno

se contaban historias en el corro de la lumbre.

Contra todo pronóstico el hijo dejó una estirpe,

moradores ocasionales de la cúpula bajo la niebla.

La luz azul engulle las casas deshabitadas,

la vasta llanura castellana escasamente poblada.

Poema 565: El tiempo del membrillo

El tiempo del membrillo

En el tiempo del membrillo se fue el sol,

terribles inundaciones,

la súbita caída de las hojas otoñales.

El tiempo de Todos los Santos,

buñuelos, y una escasez de luz

hogareña y de graves estudios.

Permanencia, viajes, castañas,

teatro y declamaciones exaltadas,

la guerra con un velo informativo.

La ironía del encantamiento,

lecturas de autoras epicéntricas

allá donde existió un paraíso,

una convivencia rica y feraz.

Color, botón, hoja, número,

una sombra móvil, incierta,

contraída y menguante,

el color violáceo de noviembre

que espera ansioso esas nieblas

esos diálogos románticos

esos héroes deconstruidos

y la humedad invasora de cementerios.