Poema 443: El camino de las avutardas

El camino de las avutardas

La tierra no se sujeta en el campo descarnado:

llueve y la escorrentía embarra el camino.

Las huellas de las palmípedas persisten en el barro.

Huele a trigo húmedo y a las flores de las cunetas,

canturrean los pájaros;

una avutarda sale volando pesada y a ras de tierra.

A duras penas levanta el vuelo.

Hay huellas de otros animales: zorros, conejos,

caminos que trazaron las hormigas en su faenar

antes de la lluvia.

En medio de fiestas y romerías,

el disfrute de la naturaleza humedecida

es un oasis de felicidad, de sensaciones ancestrales.

Llegan en tropel los recuerdos y los cómputos:

¿Cuántas veces habré pasado por ahí?

¿Cuántas avutardas he avistado en mi vida?

En una bicicleta infantil recorríamos sendas

durante el mes de junio

con una pandilla que aún sobrevive en la madurez.

Ningún camino de la concentración parcelaria

me es desconocido:

puedo nombrarlos al estilo de los lugareños

si es que yo mismo no soy uno de ellos.

Puedo recordar los nidos de aguiluchos

o a Picachinas trepando por los pinos piñoneros.

La vida está pasando, pero las señales ancestrales

persisten, llenan mi memoria,

me invaden la nostalgia y el gozo

en una mezcla de emociones muy placentera.

Poema 442: En el campo

En el campo

Acudo bajo la llovizna tan excepcional de mayo

a un lugar sagrado en la antigüedad,

territorio de reposo de difuntos,

túmulo observable desde todo el valle.

El lugar me llena de paz y alegría;

aspiro el aroma de las espigas húmedas,

el viento cargado de agua,

la visión magnífica de entre verde y amarillo

que contrasta con el azul metálico –y oscuro–

de un cielo amenazante.

Descanso un instante del ajetreo del día,

del mes, del año.

Imagino a un cazador milenios atrás

hierático, olfateando el viento,

su lanza en ristre, joven y atlético,

atento a cualquier variación del campo visual.

Camino de vuelta por una senda inexistente

horadada por conejos y alimañas;

tras recorrer unos cientos de metros

observo una silueta animal en lo alto del cerro.

Estremecido y alerta corro campo a través,

atajo por entre las espigas

mirando de reojo con cautela.

Mi adrenalina se ha disparado al intuir un cánido,

a buen seguro más asustado que yo.

Llego lleno de barro, pies húmedos y sudando,

al camino conocido, lugar teórico de salvación,

satisfecho y resollando, lleno de vida.

Poema 437: Cuatro gotas

Cuatro gotas

Se espesa el aire delicadamente oscuro,

la premonición de una lluvia ausente,

el caminar presuroso de pensamientos turbios,

gris, azul, negro, nubes sin fecundar,

el tiempo gastado en banalidades

más allá de cópulas desesperadas,

de la muestra del deseo blando

susurros y palabras de amor,

el tiempo cíclico, repetido y anárquico.

Existe una sequía real y otra mediática,

la insistencia día tras día

en el asunto en que enfocan las agencias:

ayer Cataluña o cualquier derecho social,

hoy la sequía pertinaz

capaz de oscurecer cualquier futuro:

la cultura del pesimismo se filtra en mis neuronas,

¡Cómo voy a correr con veintidós grados en abril!

Y sin embargo con cuatro gotas caídas esta noche

–nocturnidad y alevosía–

huele a primavera llena de amapolas.

Conversan dos hombres calvos y orondos

con enérgico movimiento de manos,

posiblemente unos “enterados” de los noticiarios,

–la ideología social está acabando con el planeta–, dirán.

Cualquier pronóstico puede fallar,

incluso los más catastróficos.

La vida no depende de esos presagios,

quizás sí de las pequeñas vicisitudes personales,

rituales de confianza, alguna caricia,

esa risa que compartiste por una broma inescrutable.

Poema 414: La llegada del invierno

La llegada del invierno

La lluvia se apropia del otoño,

deja los parques sembrados de hojas,

una pátina neblinosa por doquier.

Es tiempo icónico de fotografías,

de luces navideñas irreales,

de hordas de caminantes bajo ellas.

Añoramos la lumbre, el fuego,

la fuerza desbordante de la noche

cálida de otras estaciones.

Los sistemas inmunitarios se adaptan

con cierta dificultad al frío,

a virus veloces de trasmisión desmedida.

Ese edificio en construcción me sobrevivirá,

a mí y a mis descendientes,

es un símbolo de permanencia estacional.

En pocos años,

han cerrado comercios emblemáticos

la cara vista de la ciudad se transforma.

Melancolía y añoranza de juventud,

de tiempos irreales, ya solo recordados,

mitificados, envueltos en la niebla del otoño.

Quizás en este pliegue del espacio-tiempo

se ha producido una aceleración imprevista,

algo que solo sienten los poetas y los pájaros.

Poema 367: ¿Quién disfrutará?

¿Quién disfrutará?

¿Alguien disfrutará de esas seis ventanas

circulares de la Casa Hebrea?

¿Y del increíble aroma de las flores del almendro?

Éstas, efímeras, se extinguirán en pocos días,

así es nuestra existencia, leve en años

en un mar de pequeños placeres que ignoramos.

Al fin llueve, perturba la vida cotidiana,

incapaces de concebir la guerra televisada,

el dolor de tantas pérdidas: familia, amigos, hogar,

el espacio en el que han habitado desde siempre.

He dejado de ser Don Quijote utópico

para devenir en un Sancho Panza calmoso,

acumulador de libros que no puedo leer

salvo en días de arrebato místico en soledad.

Poema 346: Contrapesos

Contrapesos

–Qué cansado es ser feliz– dijo mi hija

en uno de esos momentos de inspiración poética

que tiene desde muy pequeña.

¡Cuánto pesa la belleza!, leo en Louise Glück

y entonces me asomo al ventanal del salón

y observo el paseo de la alcoholera

el cielo gris y las hojas alfombrando el césped

una hora después de haber amanecido

en esta víspera de Todos los Santos.

Ahí está la belleza, aquí está la felicidad.

Llovizna y las copas arbóreas se mecen suavemente;

un señor corpulento, quizás octogenario,

camina con una bolsa de tela en la mano,

indiferente al peso del otoño.

La felicidad puede haber sido leer un poema

o terminar este.

Puede haber sido recordar el cariño que has sentido

en tus días de fiebre,

o la fuerza global de un diálogo ideológico con tu hijo.

Narras buscando palabras que acaban conformando

historias en tu cabeza,

y esa realidad es más potente que el ruido de los coches

o la suciedad del asfalto

o los tóxicos tejados de fibrocemento.

En el cielo gris del otoño destacan las escuadrillas de pájaros,

también las grúas;

un perro dálmata corretea por entre las hojas,

busca rastros y marca el territorio;

el dueño con pantalón rojo, recoge sus excrementos.

Todo se ha llenado de luz tras la lluvia,

en unas horas los árboles protagonizan cada paisaje,

el aire húmedo y oloroso es una medicina natural.

Sonrío de forma idiota apoyado en el alféizar.

Poema 338: PRAE

PRAE

En un cierto momento, todos los equilibrios

pueden desmoronarse

por la caída de una hoja seca del árbol.

Y esa luz, ese filtro entre nubes

que llevan toda la tarde soltando agua,

esa luz puede quemar las pupilas sin brillo.

Los niños juegan divertidos con los cangrejos

atrapados en el canal;

hay fruta didáctica que se resiste a madurar,

plantas aromáticas exhalando su perfume tras la lluvia.

Allí has hecho fotos magníficas, irrepetibles,

ahora caminas indeciso y desnudo sin una cámara,

incapaz de fijar la vista en cada detalle,

consciente de que tu propio ánimo

construye la visión de la naturaleza

la vuelve anodina o fascinante,

consciente de que caminas por inercia

cuando cada paso que das es una maravilla mecánica.

Cae el agua de un riachuelo artificial

en este pequeño paraíso, oasis urbano,

con una sonoridad relajante.

Pequeños animales y plantas sostienen

un equilibrio inesperado

en un lugar fuera del mundo mercantilista.

Poema 251: En estos días lluviosos

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En estos días lluviosos ascendentes de enero,

cuando los músculos duelen y duele el alma

el poeta debe volverse sobre sí mismo

una y otra vez, girando y girando, observando

donde están las anclas, donde está el arte.

 

Un verso de Carta al Mundo de Dickinson,

un fragmento de la Bohème,

escuchar la vicisitudes de un escritor en su novela,

degustar con calma una película o una serie

me devuelve el ansia de vivir, de escribir.

 

Una silueta, el olor del pinar tras la lluvia,

el recuerdo de aquellos pájaros azules

que rompían la soledad expectante,

una fotografía de las nubes duplicadas en el Duero,

transportan y embelesan, elevan el espíritu.

 

Existe en el ambiente una saturación de mediocridad,

chistes o rebuznos, opiniones políticas,

la ocurrencia cotidiana elevada al arte de las masas

que evidencia el vacío de ideas y la confusión

de quien busca igualar a todos en la ignorancia.

 

 

Basta el trazo delicado de una silueta,

o la libertad expresiva y anárquica de una poeta

para devolver la seguridad y el anhelo lector,

la confianza constructiva en algunos humanos

silenciados por el griterío evidente y avasallador.

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Poema 245: Lotería Nacional

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Llueven bolas de la Lotería Nacional,

a punto está de desbordarse el río:

sale en las noticias de portada

y eso le da empaque al río y a la ciudad.

 

La lluvia no es un accidente,

ni la riqueza espiritual que puedas adquirir

en el proceso de búsqueda de hilos

o de negación de la suerte monetaria.

 

La riqueza está en la energía y en la esperanza,

ambas adquiridas lentamente,

en un proceso de superposición paciente

de capas calizas de escaso aporte cultural.

 

Hojas volanderas arrebatadas por el viento

la fotografía imposible de la luz matinal,

aceleran el proceso eléctrico de toma de decisiones

de elevar la barbilla unos centímetros y despertar.

 

Cantan niñas emocionadas por el premio,

en una rutina que te devuelve al tiempo del laúd,

de la lumbre de paja familiar,

de cierta belleza y armonía infantil inolvidables.

 

La idea de aligerar tu vuelo despojándote de peso,

de quitarte asuntos listados de encima,

de un sol que hace brillar el invierno tras la lluvia,

te hace vulnerable hasta la extenuación.

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Poema 230: Molinos de viento en Zaanse Schans

Molinos de viento en Zaanse SchansIMG_20190817_104739

El viento y la lluvia ocultan la estampa:

a partes iguales ensalzan la silueta

destemplada bajo el cielo plomizo

de pesadas nubes marinas.

 

Los molinos de viento inútiles, decorativos,

rescatados del olvido,

funcionan para turistas en modo cinco euros,

parecen defender la bahía.

 

El crujido de la madera embelesa y transporta,

machaca un grano imaginario;

la ingeniería de engranajes y correas transmisoras

contrasta con la venta de objetos decorativos.

 

Todo ha sido monetizado, pero allí hubo un molinero,

allí convivía con su familia, con el sordo cortar el viento

de las aspas y el chillido sexual de las gaviotas,

frío y corrientes de aire en los intersticios.

 

Ya no hay polvo ni vida más allá del horario comercial,

solo es un decorado pictográfico para los soñadores

que bajan del autocar envueltos en la lluvia

y abren los ojos a la estampa de Rembrandt.

 

Puedes situar allí lecheras o rondas nocturnas,

imaginar juegos de luz sobre el polvo de la molienda,

todo es un decorado montado para que tu imaginación

recree escenas románticas del pasado.

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