Poema 679: El tiempo blanco

El tiempo blanco

Aislado y azul

amanece el invierno aséptico

voces en un coro presuntamente navideño

muchos tics de labores realizadas

el placer se escapa

en la multiplicidad veloz del aprovechamiento

lo pasado es una imagen fugaz

solo lo por venir habita el cerebro

The Nutcracker llegó donde no había máscaras

en una soledad armoniosa

con coro contemplativo y respetuoso

un espacio sonoro de abrazos fraternos

en un final propio del espíritu de adviento

los cielos engañan cual trampantojos

de anuncios níveos nunca concretados

palabras que engarzan reflexiones

hilos y pensamientos voraces

sostenido por ideas fijas eternas inmutables

de apariencia inmortal

sobrevuela el río con sus corrientes convectivas

aquella garza que azulea la piedra

junto al puente desmemoriado

llega el tiempo constreñido y taciturno

un azar hogareño lector y reflexivo

Poema 678: El tiempo del unicornio

El tiempo del unicornio

El tiempo del unicornio trae la lluvia

momentos de máxima alerta

un recordatorio de ardor guerrero

preocupaciones inútiles antes del sosiego.

Multitarea repartida sin piedad

en días enfebrecidos de Navidad latente,

capitalismo desatado, noticias tremendas

de abusadores machistas impunes.

Toda la atención enfocada en etéreas noticias

víctimas y consumidores del vértigo

de editoriales cargados de epítetos

de la prisa vital por alcanzar el absoluto.

La belleza del invierno que amanece

es gris, llena de niebla y de siluetas,

es un tiempo de imaginación y memoria,

reminiscencias de un pasado de laúdes

de cánticos desafinados en una cocina

en la que chisporroteaba la lumbre materna.

El tiempo vuela y la memoria se renueva

en aras de esa cierta resiliencia mítica

cuando las siluetas se difuminan

y uno explota de alegría efímera y exultante.

Poema 660: Melancolía otoñal

Melancolía otoñal

La luna se acuesta en una secuencia fotográfica

una maravilla, una impaciencia pese a su velocidad.

El signo de los tiempos es tecnológico, veloz,

mucho más que la velocidad de procesamiento

melancólico de las neuronas implicadas.

Las tardes aún largas, secas y calurosas

se oponen con fuerza a la languidez anímica,

a los pensamientos evolutivos fruto de la edad.

Alcanzas a ver ojos llorosos y decaimiento eventual

la vida por delante erizada de espinos y trampas,

también de una belleza sublime por averiguar.

Este otoño no traerá búsquedas micológicas

sino sequía y crujir de suelos castigados por el sol,

tal vez música y tal vez silencio y más silencio.

La autoestima cotiza en la bolsa local y universal

fluctúa siguiendo algoritmos recónditos,

conversaciones, deportes, acontecimientos.

Revives momentos estelares en fotografías antiguas,

agrandas la percepción de tu paso por el mundo,

viajes, confidencias, secretos de medio punto.

Termina el tiempo de introspección poética

por motivos laborales acumulados en montañas

de excelsa burocracia, de selección de contenidos,

más allá de los estados de ánimo o del marco otoñal

de este mes de octubre aún verde y ya decreciente.

Poema 599: ¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

El amanecer se ha disfrazado de luna llena

en el punto cardinal opuesto a la aurora.

Hipnotizado por el tamaño y el color

acodado en la ventana privilegiada

contemplo ese instante de hermosura efímera.

Aún consciente de la fugacidad de la escena

no tengo paciencia para la consumación.

Es el sino de los tiempos, apresuramiento,

prisa, fugacidad, ausencia de recogimiento.

La velocidad de la bicicleta no parece suficiente,

tampoco ese audio escuchado a velocidad normal,

el tiempo no se multiplica por subdividirlo en mónadas,

tampoco el disfrute profundo de la vida.

Ciertamente el encuadre de la escena callejera

es repentino: lugar, luz, circunstancia, presencia,

después el caos y la vulgaridad persistente

abierta en canal un instante para tu ansiosa mirada.

Leo cada día una suma intensa de titulares periodísticos,

la nada vacía y matemáticamente discreta

de unos fuegos artificiales remotos y ajenos

que se cuelan en las mentes desprevenidas

crean emociones básicas, arcaicas e insanas

en aras de la huida hacia adelante consumista.

¿Cuánto tiempo puedo dedicar a la luna?

¿Y cuánto tiempo a la lectura y a la cultura?

Poema 527: En el aire

En el aire

En el aire estuvieron las acrobacias,

llegaron a toda velocidad tras una tarde de lectura,

las cervicales, el esfuerzo por no tener gafas de cerca,

el orgullo de atravesar raudo la ciudad en bicicleta.

Pasan los acontecimientos apresurados,

con una leve percepción de la intensidad,

del momento tan especial que supone cada acto.

Me demoro en la escritura de algunos detalles,

un paseo soleado por el canal, una piña verde,

el final del curso sostenido durante varias semanas,

celebraciones, conciertos, lecturas, palabras,

un diálogo de vital importancia en una minúscula vida,

la nimiedad de la propia existencia.

El equilibrio de la mente, del peso de cada acontecimiento,

quitarte los asuntos de encima como piezas de un tetris,

encajar absurdos y huecos lo mejor posible

aquellos hechos sobrevenidos, veloces, imparables.

En el aire comprendes el riesgo, la habilidad extrema,

el peso psicológico de cuanto sujetas en tierra,

te esfuerzas por la estética y el ritmo y la música,

despejas todo lo accesorio, te encuentras a ti misma.

Entrevés las nubes extrañas en el cuasi solsticio,

te preparas para captar ese instante de belleza fotográfica,

e inmediatamente incorporarte a la corriente cotidiana:

cenas, logística, aprovisionamiento;

desearías estar en el círculo del arcaico sepulcro de corredor

apenas marcado ya con unas piedras,

visible desde el valle, olor a cereal y a tierra húmeda,

sentir la luz, la caída de la tarde, la noche, la soledad

e incluso el miedo atávico a cualquier alimaña.

Poema 488: Concatenaciones

Concatenaciones

Los conos de la niebla son incontables,

efímeros, no existen.

Existe la luz, el polvo cósmico, la oscuridad.

No hay tiempo para observar,

apenas para meditar, salvo prescripción psicológica.

Más efímera aún es la agenda comunicativa:

se enfoca en un tema que a nadie importa

hasta que importe, hasta que incomode y perturbe.

El desasosiego domeña la risa, el humor,

aumenta la velocidad vital, la insignificancia que somos.

Trato de identificar, de adivinar la nimiedad

que una lectora avezada extraerá del poema,

–de la pretenciosidad con la que llamo poema al texto–,

quizás estará aquí, en la ostentación cursiva…

Existe el día que se abre paso en la tiniebla

entre sopladores de hojas y paseantes de perros

y sus conversaciones trascendentes y emotivas.

Existe la luz diáfana, las horas productivas,

el trabajo rutinario que nadie mira.

Poema 435: Primavera veloz

Primavera veloz

Un escritor presenta su libro

–largamente esperado–,

el fruto de años de silencio poético,

y rápidamente pasa y apenas permanece.

Somos el tiempo que nos queda,

–dijo Bonald-,

y ese tiempo no es lineal:

acelera en primavera, se contrae

en las tardes cortas y oscuras de invierno.

Suceden –pues todo llega–, acontecimientos

percibidos como lejanos en su planificación,

decisiones, alegrías fugaces,

esas canas y arrugas que asumes con humildad,

el fulgor de las estaciones, la luz.

Desearías amanecer en medio del campo,

verde, fresco y húmedo, oloroso,

corriente de aromas entrecruzados

en una forma helicoidal cromosómica

a la que asignas colores.

Te impregnas de ellos, tocas, acaricias

la tierra, quizás un cuerpo amado,

antes de gritar a pleno pulmón tu presencia,

primate convertido en autócrata,

pergeñador de versos bucólicos,

íntegramente satisfecho por la fusión

con una naturaleza ancestral y mítica.

Las nubes cubren el sol, lo tamizan;

desde tu observatorio urbano sopesas

la comodidad, –litúrgica y lectora–,

contra el ejercicio incierto y agotador,

los lances del campo a través salpicado de alimañas,

el polvo ya roña en tu piel aseptizada.

–Reducción de la disonancia cognitiva–,

te dirán con convicción profesional,

ese desencuentro con la pérdida y la memoria,

una cuenta atrás vital,

que te hermana con las plantas y las rocas,

temeroso desde siempre

de cuanto se mueve de forma autónoma y animal.

El placer básico de ver amanecer desde un teso,

Mambla, Cuchilla, Cerro, Pinajarro,

tan difícil de conseguir en la veloz rutina,

en los días verdes de un abril a punto de fugarse.

Poema 388: Vértigo

Vértigo

Cada día es veloz en la suma de ideas,

esas que no reposan ni permanecen.

Se suceden las fechas marcadas en el calendario,

fastos, alegrías, reencuentros,

libres al fin de mascarillas y precauciones:

una Consagración de la Primavera sublime

pasó de largo en mi letargo,

una visita a un lugar mágico en el solsticio

apenas dejó un poso poético,

el fin de las rutinas matinales con los niños

no hizo mella en mis lágrimas no derramadas.

Todo pasa a una velocidad no deseada,

se acumulan fotografías y levedad,

apenas aparecen sueños que fijen la irrealidad,

y aunque las formas puedan mantenerse,

me siento como un defensa central que despeja

cuantos balones le llegan constantemente.

En medio de todo ese vértigo hay momentos estelares,

instantes en los que un detalle se elonga inesperadamente:

un olor, una luna, el vuelo de unas rapaces,

el dolor o la secuencia orquestada de sonidos,

un rostro, una frase en medio de la banalidad.

Todo suma y avanza en esta velocidad.

Confío en el poso y en el conjunto de percepciones,

en un resultado final que aún no vislumbro

tras la suma de esfuerzos de contención

en este renacer a la vida pasada y futura.

Poema 157: Velocidad

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La velocidad impide disfrutar del viaje:

atisbo a ver la hoguera,

el cauce marrón del río,

mas ignoro la forma de las nubes

o la silueta de los pinos solitarios,

no veo a los mirlos picoteando el sembrado,

ni los dibujos de los charcos en los caminos.

 

La pelusa verde de los campos

se convierte en cereal sin apenas darme cuenta,

las tierras altas cambian de color,

la prisa desbarata el placer

de apreciar la intensidad de la luz.

 

No observo la suciedad en las laderas

del polígono industrial,

ni las naves abandonadas o la casa okupa,

tampoco los tocones aún naranjas

de los pinos cortados en la última poda.

 

He pasado al lado de los extraterrestres

de mono naranja con luces estroboscópicas,

adelanto a varios camiones cargados

de papel prensado, pesados y volátiles,

veo al grajo que come despojos destripados

levantar su vuelo al acercarme.

 

La velocidad se confunde con el blues de Norah Jones,

puedo sentir la tensión de mis manos

crispadas en el volante,

y el avance rápido de los minutos en el reloj,

la adrenalina para tomar decisiones rápidas

la levedad del desplazamiento fugaz.

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Poema 113: Velocidad de la luz

Velocidad de la luz

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Viajar,

¿tú dónde irías?

¿Dónde te ha gustado más?

¿Un paisaje o una catedral,

un objeto de museo,

una emoción subjetiva

o el reconocimiento universal

de la belleza y la magnitud?


Viajas a la velocidad de la luz

en tu mente, en mi mente,

viajo a una emoción en un instante,

a una sensación o un olor,

a las puestas de sol

en el perfil rocoso de Creta

desde la fortaleza veneciana.


Viajas a los ojos de jade

de una figura animal,

a una playa pedregosa y solitaria,

quizás nudista, sol y calor,

un mundo predispuesto

a aparecer en tu sueño.


Viajas en la lentitud enorme

de tus reflejos y reflexiones,

vórtice en el tiempo,

desde isla Mauricio

a las playas cálidas de Puket.


Viajas de un museo a otro,

de una capital atestada de turistas

a la Venecia dieciochesca,

del deseo de visitar Samarkanda

a la luz de Cacilhas frente a Lisboa,

de los Jerónimos a Lanzarote.


Highlands, fiordos, auroras boreales

en el norte,

calor y luz en el sur,

playas y mar,

cultura, una maravilla de la antigüedad,

sal y cocina mediterránea,

todo cabe en el ansia imaginativa.


Eres tú el viaje y tú la velocidad,

versos de La Ciudad de Cavafis,

en ti está la esperanza y la ilusión,

nada existe más allá de tu imagen mental,

ora recuerdo, ora deseo,

eres tú y tu poderosa mente viajera en fusión.

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