Poema 647: La montaña

La montaña

El ascenso exige fuerza de voluntad,

madrugar para evitar el calor seco y extremo,

caminar siguiendo el instinto ascendente.

La ruta ofrece imágenes impagables

y algunas incomodidades:

castaños centenarios, hierbas aromáticas,

moscas que buscan tus ojos en la zona de robles,

el espacio enorme abierto de la llanura

en la que se espejea el embalse de Gabriel y Galán.

Al fondo se divisa el humo del incendio hurdano

ya controlado, pero aún activo y desolador.

Observas árboles huecos y otros reventados por el rayo,

aves canoras, musgos y líquenes, un arroyo cantarín:

ya has estado aquí antes y los paisajes se van desvelando

como una fórmula matemática que vas escrutando paso a paso.

Divisas a lo lejos un enorme saliente de roca

es el punto culmen del viaje porque es hora de regresar;

te fotografías con retardo de diez segundos

cual caminante sobre el mar de nubes en ausencia de estas.

Los tiempos han cambiado,

Caspar David Friedrich no te pintaría con palo de castaño,

pantalón corto y gorra de pandillero juvenil.

El descenso lo realizas trotando para minimizar el tiempo,

como una divinidad que desciende del monte sagrado

antes de comprar el pan y unos tomates para el almuerzo.

La aventura matinal se ha consumado antes del cenit solar,

comienza el resto del día en esta tierra extrema.

Poema 614: Márgenes

Márgenes

Escribo desde la centralidad del sistema,

no en los márgenes ni en la periferia,

lejos de la montaña y la llanura,

esas que a veces me llaman

y a las que acudo desde mi privilegio

de hombre blanco hetero con estudios.

Acomodado en mi sofá se infiltran noticias de magnates

o desdichados paganos de la avaricia;

se entrelazan con avances científicos

o pequeñas joyas culturales no para cualquiera.

Fotografío la luna creciente o la puesta de sol abrileña

preludio de las mil lluvias del refrán,

escucho Pulchinella potenciando los graves,

mientras paseo la vista por docenas de libros

a cuál más fascinante y prometedor.

Casi en los márgenes he debatido sobre el miedo,

el temor, la preocupación, el efecto subjetivo

que las palabras producen en quien las recibe.

Mi subconsciente ha evaluado a un sospechoso:

forma, tamaño, volumen, actitud al caminar;

lo he ignorado al no considerarlo peligroso.

Hoy no he paseado ningún libro en la tarde calurosa,

he leído una inscripción en la Fuente de la Salud

sobre unas tropas francesas acantonadas allí

hace dos siglos y medio largos, sin continuidad de días,

y he caminado de vuelta a mi referencia hogareña.

Un cierre cíclico del deambular centrífugo,

el placer de estar clausurando la tarde poética.

Poema 544: Memoriam Omnium Rerum

Memoriam Omnium Rerum

En la velocidad el vértigo oculta la belleza,

–montañas calvas, morrenas, canchales–,

los volcanes y el pavor ancestral heredado,

un lago verde, charco marino, montaña negra,

la calma de unas horas hermosas e incógnitas.

La vista traiciona cuanto anhela,

sin embargo, la piel absorbe, funde, clarifica,

la nariz transporta, evoca, mitifica y desnuda.

El recuerdo de los hitos se posa en una veleta,

el sonido del viento y un clic metálico

que la mano de mi hijo produce en el mástil.

La Ensalada César tras la agotadora jornada,

el cuerpo que busca recuperar sales y energía,

luz verde sobre el estanque trapezoidal:

una pata triangula las aguas con sus vástagos,

cañas, enredaderas, lavandas, césped y un tractor.

Puestas de sol lentas, contemplación,

antes de una cena doméstica y deseable,

días de lectura, de creación de poemas simples,

calma y reposo de todos los sentidos.

El envolvente museo de la igualdad,

reivindicación sutil de los nuevos tiempos

y un viaje de reencuentro ascético del trance.

Poema 542: Subida al Pinajarro

Subida al Pinajarro

Perdí la contera de mi palo de montaña,

se quedó en la subida tan dura, tan aplazada.

Los piornos nos destrozaron las piernas,

múltiples siseos, arañas, una culebrilla,

cuatro horas infinitas de ascenso

entre praos, riachuelos secos y los hitos

que otros montañeros anteriores colocaron.

Las plantas rastreras y leñosas

dificultan constantemente la ascensión,

unos novecientos metros en tres kilómetros y pico,

una transición difícil del plano a la realidad.

Hemos subido con la ilusión de mi hijo,

con el conocimiento previo de la exigencia de la ruta,

sumando voluntades y esfuerzos,

admirando la altura y las múltiples visiones

de valles, otras montañas, pueblos y senderos.

Arriba la veleta marcaba noroeste,

el privilegio de una visión de ángulo completo

el culmen de un esfuerzo titánico

y el pánico racionalizado del descenso.

La luz del amanecer doraba el fondo tras los pinos,

sombras en los canchales,

el verde emboscado de las escobas en las laderas.

El descenso fue un calvario de piernas arañadas,

y un fortalecimiento resistente del vínculo filial,

el grito desde la altura de un deseo consumado.

Poema 541: Canchales

Canchales

La belleza en lo alto de las montañas

se esconde en los canchales,

rocas arrastradas y aplanadas por la nieve,

gris sobre fondo verde que antes fue blanco

en el invierno.

Cientos de miles de rocas peladas, casi inexpugnables,

formas caprichosas y sombra de las nubes

diseños aleatorios propensos a la imaginación popular:

gallinas, dragones, perros y rapaces.

Son dinámicos como las dunas de una playa,

confluyen como ríos en un punto de fuga más bajo.

Se reconocen por sus destrozos en los caminos

que serpentean en las faldas de la montaña,

producen avalanchas y liman las cumbres reiteradamente.

Los últimos rayos del sol crean sombras doradas en las cumbres,

iluminan las rocas gelifractadas,

hacen aún más bellas las enormes moles macizas.

La vida es escasa en estas pedreras,

apenas unas raíces sujetan los ríos de piedra

entre los que pululan micromamíferos

y saltan las cabras montesas.

Anochece y las sombras opacan los dibujos

en los conos montañosos,

el sonido de fricción de una piedra desprendida

activa sinapsis neuronales antiquísimas

indica al cuerpo ya fatigado la urgencia del descenso.

Poema 539: El cuerpo desnudo

El cuerpo desnudo

El cuerpo desnudo tras el baño

en el agua fría que baja de la montaña

se mimetiza con las rocas, a pesar de su blancura.

Las piedras sobre las que se asienta

se han enfriado durante la noche.

El sonido de la cascada

oculta el canto de los pájaros,

todo es verde para los ojos y la cámara.

En esa pausa de integración con la tierra

la mente ha divagado por múltiples caminos,

sin filtros ni censura,

ensoñaciones varias en el paraíso idílico.

La aventura de caminar por rutas conocidas,

seguir la senda de riachuelos y cascadas,

adaptarse al calor seco,

propicia la contemplación extracorpórea

la fusión plena con el núcleo ígneo de la piedra.

El cuerpo desnudo se ha secado,

ha regularizado su temperatura

y aguarda el fin de las ensoñaciones

para iniciar el camino descendente de vuelta.

Poema 494: La hermética belleza

La hermética belleza

La hermética belleza es el estado de ánimo

al contemplar una flor,

el deseo de vivir en un lugar por el que transitas,

una silla vacía en una terraza con vistas,

poder mirar al mar o a la montaña

(paisajes siempre cambiantes, siempre hermosos).

Llueve en estos días de transición

aún el invierno resistiéndose,

el dios Marte campando a sus anchas por el mundo.

Ese ladrillo no me gusta y ahí habrá mosquitos,

las ventanas son estrechas y oscurece pronto,

el ruido de los automóviles en la autopista,

lejos de todo, lejos de todo.

Solo hay un banco no recién pintado;

ahí leo el poder colectivo de los sueños,

la función social en los clanes y tribus,

la belleza imaginada, soñada, compartida,

el proceloso proceso de abstracción

y la incansable búsqueda de lo sublime

plasmado esquemáticamente en un santuario.

Capturo la imagen de la flor, la edito levemente,

desaparecen los contornos,

deja de existir el mundo y solo quedan palabras

la voz que expresa ese sueño oscuro,

la mente inteligente que lo analiza y exprime,

esa tarde diáfana y cálida ya memorable.

Poema 456: El desnudo en el río

El desnudo en el río

Posan desnudos en comunión natural

como yo lo haría en su lugar.

Luces que reverberan en sus pieles blancas,

el sol a trompicones se filtra entre las hojas,

sombra de nubes

un viento cálido sube por el cañón del río.

La fuerza del número y la comunidad,

deseo de pertenencia al agua,

a la piedra de la que absorben calor y energía,

músculos, rostros animados, beldad,

un cuadro posible de Sorolla.

Paso de largo, envidioso, cambio de registro,

familia, equilibrio, respeto,

la permanencia divina entre el agua y las nubes,

exposición e integración,

el tiempo en el que disfruté en soledad

horas antes, vidas distintas.

Soy yo desnudo, consciente de la edad

de mi cuerpo aún resistente,

agasajado por el frescor matinal

de las aguas puras de la montaña.

Todas las sensaciones, la libertad,

los sentidos alerta, deseo, luz, aire,

belleza y contrastes.

El agua está fría cual manantial de montaña:

lucen los cuerpos satisfechos

en contraste profundo con las rocas,

mientras la corriente, cantarina,

enmascara sensaciones sociales:

pudor, vergüenza, desnudez

y hace aflorar empoderamiento y valor,

el orgullo de integrarse en la naturaleza.

Poema 368: Amanecen los gallos

Amanecen los gallos

Amanecen los gallos, y las sombras

se van desvaneciendo en la montaña.

Hace frío y no se oyen aviones ni artillería,

quizás ha sido solo el sueño de la noche

o una película en la que los tanques avanzaban.

Tiembla la tierra por obra de Marte,

los puentes y caminos deberán ser reconstruidos,

las familias con hijos jóvenes no cicatrizarán.

Los olivos recién podados

absorben toda la energía de la tierra,

sangre, excrementos, abonos comprimidos;

sus hojas perennes son inmunes a los gritos,

al pasado, al futuro.

Arrastran sus maletas en la frontera

sin ánimo ni esperanza,

ajenos a los análisis concienzudos de los políticos,

enajenadas sus mentes, sobrepasadas

por hierros retorcidos y silbos constantes.

El agua cantarina transcurre entre las piedras

fría y trasparente;

alguien saciará allí su sed y aliviará el dolor

de sus botas desgastadas por las flores.

El bullicio del comercio sigue su curso

ignorante de la injusticia, del horror y de la guerra.

Poema 292: Senderos ancestrales

Senderos ancestrales

Caminar, con rumbo cambiante

a la luz precaria anterior a la salida del sol,

seguir ese instinto en el que confías,

que cuando falla convierte el error en éxito

por mor de una fuerza mental positiva.

Búsqueda, casualidad o intención,

la suerte convertida en maravilla,

una senda entre piedras, una aventura

con la que bajas de la montaña serpenteando,

llenos los ojos de los colores del otoño.

Subes a la piedra que pudo ser altar sacrificial,

haces una fotografía panorámica,

te recreas en los viñedos abandonados,

pruebas las uvas negras, pequeñas, recias,

coges el higo maduro de una higuera.

–Por allí sube el cordel de la cañada soriana–,

te dices a ti mismo, ausente toda compañía,

recuerdas entonces las otras rutas de este verano,

las bifurcaciones necesarias en el camino ascendente,

el calor pegajoso y las moscas impertinentes.

El sendero es la belleza del descubrimiento,

la maravilla perdurable e incógnita,

el atajo que atraviesa los campos tan fructíferos,

la casita escondida con mirador al sol naciente

en la que te gustaría amanecer en este día soleado de octubre.