Poema 538: Días de bici

Días de bici

El calor húmedo de la Costa Brava

es insoslayable a finales de julio,

solo el pedaleo en compañía y el agua

mitigan el cansancio extremo.

La luz hiere los ojos al mediodía,

unas cervezas y unas aceitunas

atenúan la dureza de la ruta.

Ayuda, ánimo, una conversación,

la belleza natural del camino,

sentir la fuerza de los músculos

para manejar el peso de la bicicleta,

me hacen sentir un privilegiado

en estos días de descanso laboral.

El consenso estupendo en el grupo,

la tolerancia compartida y conocida,

el reparto generoso de roles,

convierten cada jornada en ilusión,

en descubrimiento de paisajes,

lugares, personas, historias míticas.

Una piscina en un pueblo anónimo

es un oasis temporal en medio del camino:

bajar la temperatura corporal,

ingerir alimentos veraniegos

para recuperar toda la energía posible.

La alegría personal se integra

en un júbilo comunal multiplicativo,

juegos de palabras, bromas recurrentes,

trivialidades que conviven con confesiones

profundas, íntimas o recién elaboradas

en las arduas jornadas pirenaicas.

La vida fluye alegre a través del esfuerzo,

de la asociación de mentes cultivadas.

Poema 537: Pirinexus

Pirinexus

El camino de ronda sobre la iglesia 

muestra el territorio fronterizo y defensivo,

en un lugar de la historia codiciado y cambiante.

El camino del exilio hace ochenta y cinco años

convierte estos parajes montañosos 

en míticas rutas de salvación.

El camino ciclista circular atraviesa la frontera 

a más de mil quinientos metros de altitud,

serpentea hasta Prats de Molló,

lugar inexpugnable de entrada a los Pirineos.

Coinciden todas las rutas mentales en planos paralelos,

en vidas diferentes, el metaverso del espacio compartido.

Los ciclistas han colmado sus retinas de verdes pastos,

de perfiles montañosos en planos superpuestos,

de un agradable sol de julio.

Descenderán siguiendo el curso de ríos pirenaicos,

llegarán al mar en una mañana calurosa de julio,

cerca de las excavaciones veraniegas de Ampurias.

Antes se habrán alojado en una casa de apariencia provenzal,

se habrán bañado en una cala preciosa y masificada,

y, agotados, planificarán la ruta del día siguiente.

Poema 496: Ruta inaugural

Ruta inaugural

Refulge el amanecer a mi espalda

camino del occidente:

jirones de niebla siguen la senda del Pisuerga

en una mañana de gran hermosura.

Las bicicletas están esperando junto al templo;

pugna el sol con la bruma en los primeros kilómetros,

hay corriente en el cauce fluvial del Trabancos,

gran arenera desde hace medio siglo al menos.

Maravillados por el agua cantarina en su correr

asistimos atónitos al vuelco del ciclista guía

en el trance de atravesar el curso fluvial:

emerge cual Neptuno dominador de las aguas.

El barro y el sol nos acompañarán ya

hasta completar la ruta circular tan preparada,

habrá un buey que se cruce en el camino,

y un pastor de ovejas churras que precede a su jumento.

Las risas y la confraternidad se prolongan

hasta bien entrada la tarde:

comida opípara y paseo ermitaño,

conversaciones amenas en la hora del ocaso.

Poema 443: El camino de las avutardas

El camino de las avutardas

La tierra no se sujeta en el campo descarnado:

llueve y la escorrentía embarra el camino.

Las huellas de las palmípedas persisten en el barro.

Huele a trigo húmedo y a las flores de las cunetas,

canturrean los pájaros;

una avutarda sale volando pesada y a ras de tierra.

A duras penas levanta el vuelo.

Hay huellas de otros animales: zorros, conejos,

caminos que trazaron las hormigas en su faenar

antes de la lluvia.

En medio de fiestas y romerías,

el disfrute de la naturaleza humedecida

es un oasis de felicidad, de sensaciones ancestrales.

Llegan en tropel los recuerdos y los cómputos:

¿Cuántas veces habré pasado por ahí?

¿Cuántas avutardas he avistado en mi vida?

En una bicicleta infantil recorríamos sendas

durante el mes de junio

con una pandilla que aún sobrevive en la madurez.

Ningún camino de la concentración parcelaria

me es desconocido:

puedo nombrarlos al estilo de los lugareños

si es que yo mismo no soy uno de ellos.

Puedo recordar los nidos de aguiluchos

o a Picachinas trepando por los pinos piñoneros.

La vida está pasando, pero las señales ancestrales

persisten, llenan mi memoria,

me invaden la nostalgia y el gozo

en una mezcla de emociones muy placentera.

Poema 426: La vida cotidiana en la urbe

La vida cotidiana en la urbe

Desgasto una tras otra mis lentillas,

–de las camisas que versaba José Agustín, ni hablamos–,

me vuelven a picar los ojos por la cupresáceas

y he comprado un periódico en papel.

Hay infinitas posibilidades electivas

aunque parezca que no puedo salirme del carril,

después están los choques con ideas ajenas,

el límite de la corrección política que apenas traspaso.

La fluidez mental viene de los textos,

bien o mal elegidos, elongados, investigados:

palabras, conceptos angulosos usados a vuelapluma,

acotaciones sistemáticas, flujo de ideas.

Cuando pongo un parche al radiador que se desangra

se funde el foco derecho de mi coche,

o se termina la leche de los niños en la despensa;

hay pocos momentos de calma para la poesía.

Escucho unos podcasts, irrelevantes por eruditos,

llenos de notas y de un trabajo ingente,

lanzados a las ondas para unos miles de personas,

cada una con sus intereses y sus neuras.

Boca a boca, bicicletas municipales naranjas,

un lanzamiento ecológico desesperado

en la búsqueda de una masa crítica de usuarios,

la modernidad es el transporte a pedales.

Leer el periódico dominical sentado al sol en un banco,

o ensayar una charla de achaques con un amigo

son los mayores placeres bajo el sol de febrero,

mientras esperamos atisbos de la primavera.

Poema 371: Las bicicletas no pueden con los patines eléctricos

Las bicicletas no pueden con los patines eléctricos

Las bicicletas no pueden con los patines eléctricos,

el esfuerzo frente a la pasividad veloz,

quizás el almacenamiento o la prisa.

Así es la vida y así fue siempre, comodidad de muchos

frente a unos irreductibles románticos,

una especie humana que se hace masa

para invadir supermercados ante la mínima brisa,

estulticia de quienes eligen populistas

o escuchan relatos simplificados al máximo.

El bulto sustituye a los detalles y el grosor a la sutileza,

la fuerza tremenda de las alianzas en la miseria

pueden hacer tambalearse el sistema,

más frágil en apariencia que la robusta presencia

comercial que lo sustenta.

En estos días desapacibles de calima y viento,

en los que la luz grisácea iguala las calles,

la virtud pasa desapercibida entre el camuflaje

teórico y verbal de quien todo ignora:

la excelsa cultura, el esfuerzo y la palabra

como construcciones avanzadas de la humanidad.

Y sin embargo cada persona es inalcanzable

en la infinita secuencia de sus motivos y circunstancias,

termina por elegir lo más conveniente y sabio

en consonancia con la suma de sus instantes vitales.

Poema 330: Vida al aire libre

Vida al aire libre

Las nuevas catedrales del campo castellano

están construidas con pacas de paja,

pueden verse sus moles enormes

a kilómetros de distancia.

Transito con mi amigo Pol en bicicleta

oliendo todos los olores del cereal,

observando el colorido inmenso de la meseta,

girasoles, viñas, campos sin cosechar.

La ruta está llena de confidencias

al modo en que surgen las piedras en el camino,

una  burbuja ciclista de intimidad,

las barreras del tiempo y la distancia derribadas.

Una dehesa, vacas, gorrinos, fotografías,

unas cervezas para calmar la sed del pedaleo,

las artes antiguas para pescar cangrejos

proporcionan momentos de gran felicidad vital.

Volverá la distancia y el segundo plano,

y estos paseos veraniegos serán recuerdo,

días felices de buena salud y ejercicio,

momentos estelares de todos los sentidos.

Poema 280: Memoria del verano

Memoria del verano

Cada verano es un plano inexistente

que se superpone a otros planos

imágenes, sudor, playa, bicicleta,

pantalones cortos y sandalias

una puesta de sol en el mar.

Las láminas más lejanas

son transparentes,

apenas pinceladas en la memoria,

una playa de río,

la brecha de mi hermano contra una puerta,

un periódico con Suárez en la portada,

las ciruelas rojas y enormes en Gandía.

Luego hay ya una tormenta de imágenes:

hoy saldrá alguna por azar,

una bicicleta roja apoyada en un árbol

al que nos hemos subido,

tirar piedras a un lavajo con ranas,

un monasterio en ruinas en Aquitania,

leer un tebeo escondido a la hora de la siesta.

La superposición de planos no es nítida,

ni hay un camino temporal por el que seguir;

la presencia de estímulos reconocibles

te lleva a unos u otros recuerdos,

hilos de los que extraes vivencias

modeladas a tu conveniencia adulta,

sin aristas, ni sudor, ni agotamiento.

Las canciones del verano del ochenta y dos, 

conviven con partidos de fútbol en una era

a la que vuelves subido en un trillo

cuando apenas habías cumplido cuatro años,

tras el sombrero de paja de tu abuelo.

Antes de la pandemia el verano era estructura,

viajes, vivencias, museos, arte y belleza, naturaleza;

ahora es una lucha mental de continuidad,

un cúmulo de pequeñas acciones

para soslayar el extraordinario peligro,

dotar de normalidad la herida física y mental

ante la incertidumbre de los meses futuros.

Este verano dejará imágenes extraordinarias

aplicado como estás en la búsqueda de belleza,

en el orden armónico dentro del desorden,

en la risa que aparece inesperada,

en una suma de ilusiones renovadas:

palabras, lecturas y ojos que brillan al mirarlos.

Poema 276: Lentitud

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El lujo no es la velocidad si no la lentitud,

la ausencia de prisa, un paseo en bicicleta

acompañado por tus hijos,

las pequeñas cosas de la vida detenida

en la que todo se ha apreciado mucho mejor.

 

La feracidad de la primavera que solo traía el viento,

o el ruido de voces en una terraza de verano,

son las sorpresas ocultas que no estaban

en el radio que alcanzaban tus sentidos,

esa bola de la que no te has movido en tantos días.

 

Extraer quirúrgicamente las preocupaciones

del centro de tu procesador de ideas,

convertir esos huecos en banalidades cotidianas,

es la tarea del psicoanalista en estos días

ahora que el mundo se mueve otra vez tan deprisa.

 

Otra vez se me escapan los libros entre los dedos,

los días se acortan irremediablemente,

el cansancio se apodera de todas mis neuronas,

la belleza de la estación solo me roza al pasar

y los números crecen hasta ocultar la puesta de sol.

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Poema 228: Noche de agosto

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Las calles de moda en Amsterdam

rezuman fiestas privadas,

ventanas iluminadas sin cortinas

conciertos abarrotados en el canal.

 

En la puerta elevada de su casa

una pareja degusta un vino caro y frío,

charla en un idioma sonoro

prepara su noche íntima de sábado.

 

Todos ríen: la gracia de la juventud les alcanza,

el tiempo por delante es su tarjeta de crédito,

la agilidad de sus muslos torneados en la bici,

la altura tremenda de su generación.

 

Un tenor levanta centenares de aplausos,

desafía la seria laboriosidad semanal,

es admirado, elevado en ese instante por la masa,

se desvanecerá en horas, salvo en la memoria.

 

En una noche única de agosto se han conjurado

la luna, la música, la temperatura y el agua;

sobre el bosque de bicicletas aúlla la conciencia del poeta,

el deseo reconvertido en poema.

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