
Caminar en la noche
Caminar en la noche después de un día intenso,
horas de horizonte finito, de cuentas que no cuadran,
luces azules policiales en medio de la nada,
perseverar, perorar, un pie tras otro, siempre.
Caminar se opone teóricamente al sumidero
de conversaciones tangibles a media voz,
sinestésicas del mundo unidas por un imán,
hipótesis, los detalles más nimios de la intimidad
captados sutilmente en gestos prosódicos.
La suma de acciones se eleva exponencial
con resultados exultantes en el caminar penitente:
la claridad de esa luna que parecía llena,
anacoretas de la noche silenciosos y opacos,
un vehículo explosivo y fugaz en la recta
compitiendo con la estulticia de su auriga.
El caminante trata de restablecer conexiones
interrumpidas por su propia necedad,
silencio, una despedida amorosa en un portal,
los trampantojos ineludibles en tanta complejidad.
No existe un estado de ánimo definido
enredado en este lunes del membrillo
maraña laboral, amical, productora laboriosa de miel.
Los días plenos se transmutan en noches reflexivas
de paseos desnortados, vacilantes y solitarios,
un deambular sin rumbo por el puro placer caminante.
