Poema 61: El invierno del poeta

El invierno del poetaIMG_20160119_180227
Las redes sociales, obstaculizan
el mirar delicado del poeta,
en una tarde fría de niebla y colores grises.
Un tuit, una foto del trabajo en grupo
para conmemorar el día de la paz,
el espejismo de cientos de amigos
sociales, pequeñas píldoras de conocimiento,
ideas que almacenas en el magín
para proyectos futuros,
y sin embargo puedes sentir el aroma
de la superficialidad, la liviandad y el olvido.
Basta sin embargo la lectura de un poema
sintético, un laberinto de curiosidad,
citas de un pasado elegante,
para que se despierten los sentidos:
observas y recuerdas el muñón de unos árboles,
los colores que ya describiste,
un orador que inventaste sobre una marquesina,
la magia precaria de una pareja enamorada,
identificas algunos de tus versos
extraídos en una noche de graves estudios
por alguno de tus seguidores sociales;
sientes entonces un calor amigo,
elevas tu mirada a los cielos dolorosos
del invierno, buscas dentro de ti el milagro
de un comienzo para un poema, una idea,
una imagen, el círculo que cierre el día
con la precisión de unos versos, la sonrisa
satisfecha de un creador ante su obra,
el ansia contenida ante un comentario
o una interpretación inédita. Quizás
un reflejo de inteligencia en unos ojos hermosos.

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Poema 59: El sonido de las motos

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El sonido de las motos

El sonido de las motos se enseñorea

de la vía pública principal:

no existe nada más, ellos anónimos,

son lo único importante. Un día. Unas horas.

Dentro de cien años habrá una foto icónica,

un río de lava motera, muda, en blanco y negro.

Ser protagonista de algo, ser observado:

el desfile de la victoria, Porta Triunphalis.

La lluvia y la soledad encarnada en el viejo árbol,

contrastan con el bullicio cálido, el rugido,

emergente de los motores. Frío, alcohol,

el motero polaco, brinda un poema a su dama.

Demasiadas Harley Davidson en esa acera,

caprichosos colonizadores del hotel de lujo,

movimientos de amor en las paredes,

vorágine vital, relato de días de gloria.

Prisa y sonido, perturbación del espacio,

los caballeros en sus monturas se aprestan

al torneo sustitutivo, pericia, caballitos, equilibrio,

adrenalina evolutiva en el combate teórico.

El poeta polaco, barbado e inflamado,

eleva las manos al cielo que rezuma agua,

asemeja un profeta apocalíptico

mas su imagen será el icono recordado.

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Poema 58: El mundo invisible

    El mundo invisible
“The tiny invisible spores in the air we breathe,
        that settle harmlessly on our drinking water
        and our skin, happen to come together
        with certain conditionson the forest floor”
Del poema “ Morir” de Robert Pinsky
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Pequeñas esporas se posan por doquier,
penetran en cada poro. La piel
se ha llenado de micro-partículas,
las cenizas de un crematorio,
el absurdo polvo transportado
por una mosca coprófaga.
Un cierto horror invisible, una muda
mañana de diciembre.
La magia de las fechas se diluye
día a día; se encumbran tardes
erigidas en míticas por su morosidad
por la luz límbica, ora onda, ora partícula,
quietud, lentitud, susurros, formas.
Por cada orificio del cuerpo penetra
esa niebla matinal, el frescor apenas
soportable, en su belleza, de la poesía
experimental de una chica de diecisiete años,
magia de palabras y sentimientos,
voz llena de imágenes, fotografías
elevadas al arte del acompañamiento.
Una luna al cincuenta y uno por cien
de su luminosidad, se recuesta naranja
en la noche de focos y ausencia:
uno es consecuencia de todo
lo que adquiere sin ser consciente de ello,
se alimenta de cada partícula, palabra,
sustancia imperceptible, detalles
desapercibidos, volcánicos, mágicos,
conceptos volátiles y voces amigas.
Mi propia esencia vive en alguna parte
incorpórea, sutil, elegante; convive allí
con miríadas de ideas, con imaginación,
con música deseada, rodeada
de fuerza invisible, de la luz creciente.
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Poema 57: Los colores del domingo

   Los colores del domingoIMG_20151006_100555
Muda poesía en un día crudo de diciembre,
lees fragmentos en un inglés deslavazado,
observas las ventanas abiertas
de un calendario de adviento:
los niños cada noche ensamblan las piezas.

El cuarto de baño es mi oficina privada,
el lugar de las ideas, de las revistas
amontonadas, el inicio de un verso,
cuaderno de tapas negras, un boli
la conexión con el mundo vía wifi.

El paisaje a través de los ventanales
carece de color: niebla, grises,
el color del frío o de las lentas expectativas,
el río, masa de agua verdosa,
tinieblas entrevistas corriendo sobre un puente.

Un paseo para comprar el pan, el periódico,
para fijarme en las pequeñas maravillas
cotidianas: la impronta de una hoja enorme
y amarilla, ya barrida, sobre el suelo enlosado,
un logo rojo de perfecta simetría.

La mañana del domingo se fragmenta
en espacios inconexos, mi mirada
los amplifica hasta el infinito, los exprime,
palabras, un verso leído aquí o una palabra
allá: “scattered”, ochenta y dos millones de resultados.

Sonrío ante la lectura de un poema,
imágenes, voces, tiempos remotos, infancia,
tormenta de ideas frescas, palabras vertebradas
en torno a una dispersión de la imaginación,
un necesario hilo que hilvane el conjunto.

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Poema 56: Arte

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Sobre la caja de flores pastel,

se amontonan revistas y suplementos,

en ella hay trapos sucios de betún,

cepillos, un pequeño cilindro metálico

con grasa de caballo.

Hojeo una revista masculina, plagada

de publicidad: relojes caros con su maquinaria

desnuda, perfumes altamente seductores,

automóviles de alta gama. El fotógrafo

ha diseñado las sombras perfectas

sobre el hermoso cuerpo de mujer

desnudo que cubre su pelo con una toalla

de colores apabullantes.

Es un domingo de diciembre. Tu imagen

en el espejo muestra tu barba de dos días

quizás ya invadida por las canas.

Admiras en otro suplemento las respuestas

de la escritora comprometida. Aquí estás

a salvo de un peligro físico. Confort y despilfarro.

La foto de la mujer de la toalla sigue llamando

a mi mente ávida de arte: Benjamin Askinas,

busco y encuentro su trabajo en la red.

El lujo contrasta con todo cuanto escuchas

o lees, refugiados, fusilamientos, ahogados,

el horror vacío de un apartamento arrasado

en Chernobyl, la pesadilla de una guerra en Siria

que no cesa. Es un lujo creado, inalcanzable

un arte de intensa provocación al que intentas

imitar con tu mirada mortal cultivada

en el otro arte: sobrevivir, musitar, permanecer.

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Poema 55: París

                   París

Ocho años y medio sin apenas viajarIMG_20140813_001001

el peaje de la paternidad,

universos recreados, un perímetro

de seguridad en torno al turista:

te asomas a una librería de un barrio

de París, allí reposan libros escolares,

estantes de altura patagona,

el sol de una mañana de agosto

en la que rescaté en medio de la vorágine

un instante precioso de soledad.

 

Un libro de haikus, otra inmersión

en la vida cotidiana de los que bailan

bajo el Trocadero, academia festiva

de movimiento sexual, un paseo en la noche

del Sena, en los botellones a la sombra

de la gigantesca torre Eiffel,

ratas que cruzan por el parque,

el anverso del tapiz de lujo opíparo.

 

Prisa, la masa vertiginosa posa sus ojos

un instante en la sonrisa davincciana,

flashes, fotos, un cambio drástico

en la permisividad reproductiva,

uno y nadie viajan en la luz al dieciocho,

Revolución, esa libertad agotada

en tiendas de souvenirs, en pasos comunes,

en un puente repleto de candados

sobre el que reposas un instante.

 

Haces fotos aquí y allá, desmitificas

otras visitas, acuchillas la pátina

mágica, el agotador caminar por la Isla,

fuera mapas, fuera guías, un mercadillo

de fruta y verdura en Montparnasse;

aún no ha llegado el Terror,

pero ya estuvo aquí, ya rodaron cabezas,

en nombre de la libertad.

 

¿Quién pintará estos días?

La cicatriz se suma a la oferta turística,

el miedo provee de adrenalina cuántica,

la masa elevada al cuadrado visitará

la sala Bataclan, Le Pétit Cambodge,

Le Carillon, una cierta banalidad curiosa,

impactos de bala, el inolvidable terror.

 

Los adoquines aún resuenan al paso

de las tropas nazis; uno lee y recuerda,

las esquinas mimetizan cada porción de Historia,

por allí pasó Rimbaud joven, aquí

se fotografió Jacqueline Kennedy,

en este otro lugar hubo una gran barricada.

 

Uno viaja y no viaja, escribe y no escribe,

recuerda historias escuchadas o sentidas,

no quiere mirar, pero mira, siente,

almacena y regurgita porciones estelares

de humanidad decadente, de pulsiones

execrables, arte contemporáneo nihilista.

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Poema 54: Nueva York, Madrid, Londres, París

Nueva York, Madrid, Londres, ParísIMG_20140813_005053


Un pájaro sobrevuela la ciudad vacía,
el murmullo está encerrado tras los postigos,
no es el Cid camino del destierro,
los fusiles han cesado su siniestro tronar.

Coordinación y muerte. Consternación,
el deseo de muerte convertido
en la muerte deseada,
el terror del azar, meteorito no monitorizado.

Una ciudad escaparate, soldados,
las guerras han camuflado su estampa,
dolor de unos cuantos, terror de muchos,
algunas voces serenas, no muchas.

Velas, oraciones, símbolos, catarsis
desesperadas, miedo y vacuidad,
bajo la niebla del paisaje uno olvida
la cronología, la historia y trata de sobrevivir.

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Poema 53: Monasterio de Caaveiro

  Monasterio de CaaveiroIMG_20151102_152928

 En la fraga oscura, verde y agua;

declamo en la piedra el fin

del estado ruinoso, del hambre

de poesía asíncrona.

 


Un vendedor de palabras,

un ufano compositor, tararea

su música mezclada con el correr

cantarín de las aguas del molino.

 


El fotógrafo encuadra, perfila

trata de domeñar una luz de fraga,

insuficiente o brillante, luz de helechos

no para cualquiera, no para cualquiera.

 


El filósofo está a miles de kilómetros

de allí, reaparece un instante

para indicar con suavidad al niño

el peligro que existe en la baranda del puente.

 


Un cantero observa con mimo

las marcas profundas en la piedra,

una pe, una sierpe, un ancla,

el día del recuento sería un día de gozo.

 


Un creador maravíllase del lugar,

de la piedra, de la geometría de los ríos

que confluyen; tantas manos, tanta ausencia

de planificación en esa perfección.

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Poema 52: Mi hija

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Mi hija es una gran poetisa:

ve pececitos de colores

en los cuerpos yacentes

de una clase de yoga;

la torre ruinosa con cuervos

es un dibujo animado;

nada escapa a su mirada infantil.


Mi hija dibuja gatos divertidos,

flores que exudan perfume,

princesas hermosas con sombrero,

sirenas posando en una isla con palmeras.

Dibuja un unicornio lleno de vida,

decora un mantel de papel

con muñecas de pestañas enormes.


Mi hija me dibuja agarrada a su mano,

me pone una sonrisa y algo de pelo,

me susurra el dragón que está viendo

en la nube; divertida, sigue pintando.

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