Poema 676: El hechizo de la forma

El hechizo de la forma

El hierro penetra en la piedra

óxido que destaca sobre fondos de color

sorpresa del artista

formas originales preceden al título

colección de forjas según conveniencia

la mirada es el título de cada obra

un conjunto excelso de interpretaciones

más atrevidas

aquí y allá excavamos herrumbre

piedra que soporta su cruz

hasta que llega la palabra

y oscurece la multiplicidad latente

ansia desproporcionada de risa en un jueves

el hechizo de la forma

años de búsqueda amateur

cientos de ojos disonantes

y al fin unas manos que se entrelazan.

Poema 657: La feria de las ilusiones

La feria de las ilusiones

Amaneces corriendo para acceder a la rutina,

un trote pausado por el pinar

conversando con un pasado lleno de anécdotas,

polvo septembrino, cargado de libertad veraniega.

–¿Y tú qué ilusión tienes? –, me preguntó.

La máquina cerebral comenzó a bucear

en bases de datos olvidadas, en la penumbra

de un recordar mustio y desentrenado.

Mis ilusiones de hoy se ausentarán mañana,

un viaje, una ópera, una cierta continuidad lozana,

un ruido mediático descendente,

el fin de conflictos que no son del todo ajenos,

una risa relajada probablemente efímera,

una feria oscilante de ideas mutantes.

La ilusión del recuerdo activo, de la narración,

la austeridad y sobriedad de las múltiples vivencias,

esa mirada poética que transforma lo ordinario

en una suma de minúsculos milagros coloreables,

un encuadre inesperado y burlón,

convierten cada día en aventuras acotadas fortuitas.

La experiencia dice que si resistes aparece esa llama

vibrante que ilumina el estado mate de tus ojos,

crea circuitos neuronales de alta tensión,

te sorprende en tu minimalismo lírico,

aporta hilos convenientes o proyectos prometedores.

La feria de las ilusiones viene y va oscilante,

a veces extenuada y otras presa de incipiente euforia

moldeando expectativas y costumbres,

enseñoreándose de cada uno de mis pensamientos.

Poema 619: La panera de la tía Fernanda

La panera de la tía Fernanda

Los rostros han sufrido trabajos y desgracias,

nadie está indemne, pero hacen bromas,

algunos cuentan chascarrillos novedosos

mientras en el horno de Pereruela hierve el pote.

Nos conocemos desde la infancia,

esa que rememoran unos y otros entre ruinas,

cárcavas, tirachinas, juegos de toda índole,

casas abiertas, familias, genealogía,

ubicación precisa en el espacio-tiempo.

Existe un espacio común y un personaje aglutinante,

trabajo, planificación-improvisación y recursos,

mucha cooperación y la voluntad continuada

de permanecer ajenos al tiempo.

El lugar, antigua panera de la tía Fernanda,

es un habitáculo singular y mágico,

conservado y mejorado,

lleno de recuerdos y novedades.

El éxito es el acudir presuroso desde los extremos,

la cordial acogida de quien aparece con discontinuidad,

la risa franca, generosa, hospitalaria y descomunal.

Los lazos que unen a unos y a otros son enrevesados,

diversos, a veces difusos, pero siempre vitalicios y definitivos:

parentesco, amistad, deporte, afinidad electiva,

la integración amalgamada de comer juntos

cada cual con sus costumbres ancestrales y caprichosas.

El oasis permanece en la memoria esencial colectiva

bajo la apariencia de la despoblación y la ruina,

el empeño de los puntos cumbre de felicidad activa.

Poema 591: El club de los vecinos muertos

El club de los vecinos muertos

La vida a veces dura una novela,

o menos.

Nos toleramos, nos queremos, nos acariciamos,

ese reconocimiento crea un hueco,

un espacio vital en el que leemos, razonamos,

nos reímos todo lo que podemos, ¡a veces tan poco!

La cultura o los proyectos, o las maquinaciones,

cada cual posee un motor más o menos contaminante.

El club de los vecinos muertos aumenta cada año:

reflexiono sobre mis recuerdos de ellos,

su voz, el impacto de su presencia, algunas frases,

la bondad o no de sus presupuestos.

–En este banco conversamos–, –el tiempo pasó volando–,

–siempre sonreía mientras hablábamos–,

–me lo crucé muchas veces, pero nunca intimamos–.

Un día desaparecieron y no lo supe hasta semanas después,

o meses, sin apenas circunstancias explicativas.

El club se extinguirá conmigo, como idea, como poema,

no la realidad de la muerte, no los huecos,

ni los espacios mentales o el rastro de las voces

grabadas en un subconsciente que tratamos de ignorar.

Mis descendientes no sabrán apenas nada de mí,

menos de lo que conocieron esos desaparecidos

a los que tangencialmente saludé o reconocí

en el paisaje diario, en la cordialidad vecinal.

Nada les importa ya, nada les concierne,

llega la insignificancia tras la apoteosis del sol poniente.

Poema 455: En la vida y en la muerte

En la vida y en la muerte

 A Perea
quien siempre nos transmitió alegría.

Un fanfarrón alegre, un torbellino,

vorágine de vida y alegría fresca,

un tipo inteligente y veloz.

No le conocí en el cara a cara con profundidad:

imagino que tenía su máscara,

la broma que esconde ideas y proyectos,

fracasos y éxitos.

Diría que era el más popular de la comarca

hasta que la vida le pasó por encima;

un trabajador infatigable, amigo de todos,

capaz de encender una chispa en un velatorio.

No sé cuándo apareció en nuestras vidas,

rapidillo y listo jugando al futbito,

ni como en los veranos se multiplicaba

en el día y en la noche,

siempre presente con su voz tan grave

y las anécdotas almacenadas por millares.

Ciertamente tenía el don de la risa

y la teatralidad narrativa de un genio;

quizás fue un faro generacional

omnipresente de forma oblicua

en cada evento, fiesta y celebración.

Se nos va un hombre excesivo y bueno,

recordado por todos con cariño,

la alegría de una juventud

difuminada en un sueño.

Poema 445: Bendita Felicidad

Bendita felicidad

Él duerme.

Toca el piano con soltura,

se llena de memoria y de notas,

se mide conmigo cada día.

Ella se relaciona,

queda bien con todo el mundo,

empatiza hasta el tuétano de sus huesos.

Veo pasar sus momentos,

los días llenos de una felicidad muy alta,

repletos de acontecimientos.

Pienso, escribo, disfruto,

leo poco, pero pausado y consciente

del poder evocador de las palabras.

Atisbo la vorágine de cuanto sucede,

la gracia del olvido selectivo,

el engaño colectivo tan reiterado.

Bendita felicidad de libros acumulados,

de conocimiento y belleza,

de contacto intenso con la naturaleza.

No hay tantas rutinas placenteras,

ni tantas extravagancias exquisitas,

solo el cultivo sosegado del bienestar.

No dejo pasar el instante, ni la ocasión efímera,

ni tan siquiera un poema vislumbrado,

ni esa risa –rara avis– tan amiga.

Existen las oscuridades y el dolor,

algunos presagios difíciles de ignorar,

el fin absoluto de los tiempos en que vives.

Y sin embargo suena la música,

coexisten las bellas palabras

con miradas llenas de energía y pasión.

El tiempo nunca dura suficiente,

ni la belleza, ni los rituales, ni el amor,

solo el amplio instante perdura inmarcesible.

Poema 417: El arte

El arte

El arte está más allá de los sentimientos.

A veces son un motor de inspiración.

Otras veces el desencadenante es la inconsciencia,

la temeridad sin freno ni censura.

El miedo es una sentencia cierta.

Los días grises permanecen como una condena mental.

Duelen y atenazan.

Te encadenan a rutinas inesquivables.

La inteligencia puede convertir la nube en dragón,

el respirar aún, en una micro oportunidad única.

Hormigas en las calles siguen a sus teléfonos móviles,

hipnotizadas por la luz.

Por las noticias insignificantes amplificadas.

Cualquier movimiento más allá de la rutina es arte.

Produce placer.

Te eleva un instante cual trampantojo de hermosura.

Somos conscientes del camino de luz.

Y por él transitamos sin esperanza.

La sabiduría consiste en saber que la oportunidad llega.

En soportar el trabajo duro de cada día.

Aparecerá la risa o el encuadre inesperado,

esa luz en el cielo más compleja que toda creación humana.

Una historia que supera a la tuya en tristeza.

O la emoción de un verso en medio de las tinieblas.

Poema 407: Campana

Campana

Una campana rasga la noche y el amanecer;

me despierto aún inmerso en la partida de naipes,

cómputos, risa, amistad reencontrada, gin tonics,

el suave río subterráneo que continúa

más de treinta años después.

Los ladrillos perfectamente alineados

denotan solidez robusta,

el color cambiante según la humedad de los días.

Es tiempo de algunas conversaciones

siempre convergentes y no siempre banales.

La campana rememora aquel poema de Zorrilla

en el funeral celebérrimo de Larra,

–Ese vago rumor que rasga el viento…

Corretean los niños, llenan el espacio de vida;

teletransportado a otra edad

resuenan risas y los gritos inocentes.

Un palacio nos reúne en un corrillo erudito:

las impresiones sobre Roma en el siglo primero a.c.,

la victoria de Cayo Mario en Vercelas

y los estertores de la República.

Cortinajes, tapices, cuberterías, relojes dorados

son observados con detenimiento,

imaginamos la vida ampulosa de los monarcas.

Las campanas vuelven a indicar la hora

o el final de la vida de alguien en este pueblo,

mientras amasamos pan

y nos aplicamos a la tarea de sobrevivir.

Poema 344: Tardes de octubre

Tardes de octubre

Las tardes de octubres son maravillosas,

verdes, amarillas, de todos los colores,

la gente pasea

recordando cuando no podía pasear

por el confinamiento,

a lo lejos los campos son arados

tras la lluvia que el fin de semana

comenzó a degradar las hojas.

Hay una necesidad oculta que me impele

a salir a caminar o a sentarme en un banco

a leer durante unos minutos un libro

sintiendo los rayos ya oblicuos,

sintiendo el privilegio de respirar sin mascarilla.

Cada octubre quiero aprehender estos días,

los colores de membrillos, arces, árboles de Judas,

la calma con que los patos reposan en el río.

Hay una luz dorada;

alguien recordaba en la radio esta mañana

el poema de Baudelaire Invitación al viaje,

la necesidad de escapar hacia la luz poniente

sobre los canales de Amsterdam.

Cae la tarde como un velo y con ella el relente

que refresca y obliga a cubrirse los brazos

aún tostados por el sol del verano.

Un perro negro corretea por el verde césped

indicando tal vez la fugacidad de la vida;

caen algunas hojas y no cesa el ruido en las calles

de vehículos cuyos conductores nada saben

de esta felicidad octubrina.

Hoy me he reído un instante bajo el sol

y ese tesoro me ha llenado el alma de alegría.

Poema 321: Un final posible

Un final posible

Imágenes de primavera florida,

datos, vacunas, ciencia,

el olor salvaje de las flores de saúco,

las escobas en flor amarillo intenso en los ojos,

el movimiento humano que resurge,

un artículo sobre cuadrillas de amigos,

caminantes de todo tipo y condición

hacen elevar la esperanza,

prometen días de vino y rosas en sazón.

Solo la lluvia y el dolor acumulado

contraponen la magia del despertar natural,

las densas nubes de Lola,

el silencio de las aves ante la tormenta,

teorías conspirativas varias,

un fascismo que nada bueno recuerda,

tañen notas de prudencia ancestral.

Es un tiempo de perseverancia, lujoso

como todo tiempo vital, como todo gesto

amistoso de ojos que bailan al verte,

como cada conocimiento que atesoras,

la voz afinada de una soprano a capela

o el vuelo afilado y certero de una cigüeña.

Se repite un ciclo humano, las sensaciones,

el ansia de caminar por una playa ahora prohibida,

poder programar un viaje,

leer sentado en un campo de cereal

consciente de que los alérgicos, ciegos o sin olfato

no van a disfrutar de esos momentos.

Tendrán otros, desenfrenos que no imagino,

anhelos largo tiempo durmientes,

la risa coordinada y cómplice con otros grupos humanos,

la preparación de un banquete

o el fin del Archipiélago Gulag tan extenso.

Se acerca un final posible, un relato de futuro,

una salida venturosa reconvertida en continuidad,

el instante en el que las mentes vacías

descargarán cada ítem que otros han sabido colocar.