
Fuego, cielo, fulgor, armonía, espera
Las letanías propias de estos días de difuntos
se transmutan en explicaciones técnicas
sobre accidentes, gestiones, política extendida.
Como en el poema anterior, continúo escondido,
en los refugios poéticos, musicales, en el caminar
por una sinfonía majestuosa de la que fui ajeno.
La expectación era grande, música soviética
frente a los lapsos compositivos veraniegos
en un día de calma crítica y de tensa espera médica.
Se encendió la orquesta de las grandes sinfonías,
Midori encadenó agudos imposibles con su violín,
Guarnerius del Gesú, decía el programa de mano,
y sin embargo el cortafuegos de mi mente
siguió aislando la emoción intrínseca de la concordancia.
El fuego se había encendido en el paseo de la tarde,
surgía oculto por la ciudad en el parque palaciego:
pinos no tan antiguos como los cedros del Líbano
y una conversación enrocada en sí misma.
Una nube de desgarro en el espacio de salud,
rictus, temple y conformidad de la conciencia,
tensa espera y el deseo evasor de introducirme en un libro.
