
Vulnerable
Quizás todo se mueve y yo permanezco
estático, incapaz de mirar a ningún lado
prisionero de mis propias incertidumbres.
Soslayo cada idea de decadencia,
la justifico, busco excusas coadyuvantes
antes de aceptar la herida de la edad
de mis hábitos siempre mejorables.
A veces me lamento de mi inacción eventual,
del tiempo diario improductivo,
de esos instantes de aislamiento mental
incapaz de leer o de actuar o de progresar.
Tal vez en esos oasis baldíos está el secreto
para no perder la divina inmortalidad,
la que evita atisbar un deterioro celular
mientras la imaginación cose los puntos
de forma creativa, optimista e ilimitada.
Llegan señales, evidencias, desgastes inequívocos
siempre compensados por la belleza
de unos cielos multiformes irrepetibles,
llamaradas solares, una sonrisa cómplice
o una conversación inteligente con un ser de luz.
Y sin embargo deceleras, ralentizas tu ritmo,
te aferras a un presente continuo eterno
empantanado en preocupaciones de tercera clase
en listas interminables de asuntos pendientes.
La vida resurge oportunamente en los campos,
en el crecimiento inesperado de un huerto,
en esa fruta que se deshace en tu boca
y en el renacer diario tras el sueño reparador.
Las advertencias de la edad deberían ser asimiladas.
