Poema 466: Una luz grisácea, el mar, el cielo, el Centro Botín

Una luz grisácea, el mar, el cielo, el Centro Botín

El perfil del mar y las montañas es difuso,

más allá, el cielo.

En las salas de exposición penetra la luz,

estará el cuadro de El Greco lejos de su tierra de nacimiento,

habrá experimentos artísticos perturbadores

visitantes cosmopolitas que no suben a la fragata

por el mismo precio.

Me he sentado en un punto de anclaje,

ahora es un punto de meditación;

imité a una hermosa mujer vestida de negro,

medias negras, falda negra, corpiño negro:

miraba hacia el mar con nostalgia

tal y como ahora lo miro yo.

Parece una nave del futuro el Centro Botín;

sobrevivirá largos años a su fundador,

la ciudad hecha camino y diseño,

ideas y extrañísimo arte, pensamiento, música.

Canta un aborigen Le Méthèque de Moustaki

armado con una guitarra,

la tarde está calma en esta parte del mundo,

lejos de los bombardeos, del horror intencionado

repelido, vengado, vuelto a vengar hasta la extenuación.

Los maestros del ojo por ojo en su salsa,

todos inmigrantes, emigrantes, invasores, colonos,

quienes se creen superiores en fanatismo,

la luz neblinosa que confunde a verdugos con víctimas,

los fuegos de artificio que pueden eliminarte.

La magia del instante voraz ha pasado;

he seguido a distancia a la dama de negro

hasta una librería que es una pura maravilla.

Allí me esperaban tres libros y la sensación atemporal

de no querer marcharme,

de estar horas y horas hojeando poemas y solapas.

Los libros devoraron la presencia de la dama.

Poema 465: Desastre

Desastre

En el avispero del mundo han entrado los fanáticos

han removido los panales conscientemente,

la delicada exagonalidad hecha trizas,

se han regodeado un instante en la miel

en la adrenalina de la venganza aquí y allá

antes de ser víctimas de la devastación generada.

Sesudos analistas acuden desde otras guerras

olvidan amnistías y días patrios de colonización

–salvo los muy ignorantes, toscos, mentecatos–

para ofrecer sus servicios de opinión,

sus acusaciones a diestro y siniestro

llenas de razonamientos y fundamentación de parte.

En el avispero del mundo confluyen intereses varios:

religión, economía, territorialidad, ideologías varias;

la superioridad moral de cada facción no termina nunca.

Hay algunas guerras estacionales,

juegos de poder inconscientes, marionetas de hilos invisibles;

esta es una partida de ajedrez en cuatro dimensiones,

llena de vías de escape y sorpresas, de gambitos y enroques,

una deshumanización casi intolerable en esa época

de cámaras, móviles, drones, horror cinematográfico,

en la que cada avance pacífico es contrapesado por la barbarie.

El avispero del mundo se expande sin solución,

células dormidas, históricas cuentas pendientes,

dejar tuerto a alguien mientras tu ceguera se realiza,

el tablero geopolítico cita a la testosterona bárbara,

sin apenas voces cuerdas que llamen al calmo diálogo.

El avispero se convertirá en un sumidero,

un vórtice en el que se trituran todas las ideas humanísticas,

capaz de devorar los frágiles acuerdos de posguerra,

la igualdad incipiente y cualquier movimiento migratorio.

El tiempo de paz y de esperanza aún no ha llegado,

tampoco el de los frenos y sistemas de amortiguación:

sigue siendo banal matar y morir, salvo que sea uno mismo.

Poema 464: El lento amanecer

El lento amanecer

Un día a la semana, –los viernes–

me es dado contemplar el amanecer,

la lenta conversión de la luz,

violeta, anaranjada, azul,

la magia tantas veces sentida,

el frescor en medio de este veranillo.

Acontece en mi interior.

Paso semanas rutinarias, oscuras,

un peso en medio de mi equilibrio,

dados que se lanzan para decidir

cada pequeño acto, ya montaña,

bifurcaciones inevitables y consuetudinarias.

Amanece tras un abrazo,

o una espiritualidad en forma de mensaje,

lento, emocionante, lágrimas y renacimiento.

Se consolida el día en una cópula de luz,

vibrante, calurosa, cariñosa,

el apego a la vida,

el ansia desmesurada de disfrutar hoy, ahora.

La piel absorbe la luz como absorbe los besos,

siente la emoción primigenia,

guarda un impactante silencio.

El juego lumínico y la voz en directo

que susurra Moon River con una guitarra,

acaban de inaugurar la hermosura del día.

Poema 463: Belleza natural

Belleza natural

Belleza, esa hora de luz mágica, girasoles

nada hay ya hermoso en el campo

pero me apego a él como un don,

esa ebriedad del poeta zamorano,

el fresco que desprende la tierra en el ocaso.

La luz ilumina un parque, lo llena de color

ya sin la vida que tuvo hace unos minutos,

paseantes, parejas otoñales, carritos de bebé,

las almendras amargas que nadie quiere,

las arcas reales como vestigio arqueológico.

Solitarios exploradores ascienden a una cueva,

cuelgan sus fotografías de valles perdidos

como si fuera el trofeo conquistado con paciencia,

caminantes jubilados, henchidos de gozo.

Perdí la oportunidad de ver salir la luna llena,

imposible fotografiar el encuadre del satélite

entre los tirantes del puente sobre el Pisuerga,

lo efímero se volatiliza entre los móviles.

El mundo ha cambiado con el covid pandémico,

también con las aplicaciones de los teléfonos:

el acoso de los tiktokers,

la búsqueda de un nicho original en las ondas.

La Gran Belleza se mantiene intacta,

Jep Gambardella visita lugares mágicos o míticos,

la música abre los poros de la absorción de imágenes,

la mezcla total de los géneros.

Solo el dolor evita la absorción de la belleza natural,

desordena las terminaciones nerviosas,

desquicia el pensamiento racional,

compite con cualquiera de las lacras del tiempo.

El instante ha pasado y queda una cierta quietud,

unas picaduras de mosquito en las piernas,

el imposible silencio roto por las bicicletas,

el recuerdo futuro de hermosas fotografías.

Poema 462: En la mañana nublada de septiembre

En la mañana nublada de septiembre

En la mañana nublada de septiembre

atisbo nubes,

me rodeo de libros, bolígrafos, cultura,

un pequeño placer de unos minutos

en los que pueda expresarme y leer,

un flujo de ideas, de respuestas a problemas

que ya fueron formulados.

Quietud,

tejados húmedos,

el flujo de vehículos contaminantes detenido,

solo un instante de paz:

los árboles aún muy verdes, aún es verano.

La lectura me abre los ojos sobre la estructura

desigual, injusta, sexista:

experimentos, ideas, sutilezas para ocultar

una forma de convivencia en desigualdad,

violencia, mecanismos de protección,

la forma ilógica del desarrollo

incluso en esta punta de lanza que es Europa.

Y bajo todo este aprendizaje-conflicto,

asuntos estructurales, miedos, muerte,

condiciones laborales y nimios problemas

que me buscan y me encuentran.

Estos remansos de placer infinito son efímeros,

y sin embargo se remontan a mi paternidad

de al menos tres lustros,

son una búsqueda expresiva y aprehensiva

de ideas, palabras, belleza,

mecanismos ocultos a la mirada banal,

a la pervivencia de tradiciones no muy loables.

Retraso el momento de sumergirme

en la vorágine laboral también jugosa,

animada, vital, otro mundo paralelo,

el lugar imaginado de decisiones trascendentes,

otro juego social efímero de gran implicación.

Allí la risa y la palabra organizan y distribuyen

los roles y los espacios,

sociabilizo como puedo, soluciono y propongo,

en aras de mejorar la luz individual y colectiva.

Desde la cadencia temprana y solitaria

me dispongo a consumir otra porción de vida

otro día luminoso de septiembre,

lleno de la belleza y el deleite de todos los sentidos.

Poema 461: El cielo, los cielos, septiembre

El cielo, los cielos, septiembre

La puesta de sol detrás de la ventana abierta

es un escándalo naranja, violeta, azul,

el final de un día anodino

en el que la vuelta ciclista lo impregnó todo.

Hay imágenes que ruedan y ruedan

que aparecen de repente en un texto poético

y te recuerdan que una vez las absorbiste:

una pradera en un día de primavera

por la que corretean perros y niños,

incluso tu hijo pequeño corría por allí.

Una playa de cuerpos desnudos,

podría ser un cuadro de Sorolla

pero es un recuerdo de un verano en Cantabria,

días efímeros en los que no fijaste el tiempo,

no lo pudiste clavar en tu recuerdo

y lo mitificaste para poder vislumbrarlo.

Los cielos transmiten paz y ganas de vivir,

también dolor:

el sol que parece morir y se resiste en sus reflejos,

la noche baldía,

el inicio del declive horario que nos llevará al invierno.

Pasan los veranos, –el número finito de veranos–

que escribió Aurora Luque,

todas las posibilidades que dejaste escapar,

también las que conseguiste coleccionar en tu piel,

imágenes que aún no has asimilado,

días hermosos, amaneceres, caminatas, bicicletas,

algunos poemas que surgieron por necesidad,

palabras que alguien te dirigió,

los libros que has leído y dejaron una impronta triste

o deliberativa.

Vislumbras personas bronceadas por la calle

de las que imaginas otros veranos diferentes,

esos que no has conocido y fantaseas con que existen.

No caben todos los detalles que querrías recordar,

traer al primer plano de tu pensamiento:

momentos captados en fotos o en aquella frase

que escribiste en un cuaderno que no vas a mirar.

El cielo, los cielos, señalan toda la belleza aleatoria

de nubes vulgares iluminadas por el sol cautivador,

de momentos estelares en días insustanciales.

La nada aparece cuando menos te lo esperas

y tienes que llenarla con los cielos de septiembre.

Poema 460: Llover, leer

Llover, leer

Llueve,

tras más de dos meses llueve,

huele a lluvia;

aquel calor del verano ya se ha olvidado.

En mis ojos llovió casi toda la mañana;

estuve leyendo,

hacía meses o años que no llovía así.

Y en medio de toda esta lluvia interna y externa

algún mecanismo intrínseco empezó a analizar,

a recordar, a interpretar,

a buscar modelos de aprendizaje que imité,

a intentar entender mis miedos y los de los demás.

La lluvia vista y olida desde casa

me recordó el confinamiento,

las horas asomado al balcón o a la ventana,

el silencio de los coches que no pasaban,

el sordo golpeteo en el asfalto del agua,

la feracidad que provocó en el reino vegetal

aquella primavera.

Eché de menos la calma humana,

sin griterío,

sin alterar con gestos exagerados el curso del tiempo:

sin violencia a la vista, sin egoísmos en directo.

Surgen decenas de preguntas tras la lectura,

¿Estaré repitiendo patrones machistas?

¿De quién he aprendido? ¿Cuánto miedo tengo?

¿Estoy a gusto con mi vida? ¿Están a gusto conmigo?

La lluvia aporta la permanencia, la reflexión, cierta nostalgia:

gris profundo instalado en el cielo, verde fulgor

en las copas de los árboles, en el césped,

un rumor: tráfico lejano, algunas voces de adolescentes

que pasan mojados por la acera,

la masa de agua haciendo espuma sobre el suelo.

Cada cuál posee silencios, evidencias de discrepancias,

dolor, luchas de poder que ni sabe que existen.

Cada uno tiene su propia novela familiar,

anécdotas, toboganes vitales, tristeza y más miedo.

Pasan más adolescentes caminando, capuchas negras,

pañuelos, indiferentes a la lluvia o a la humedad;

sus preocupaciones están en otros sitios;

sus modelos somos nosotros, padres, adultos,

feministas reconvertidos por puro razonamiento.

Se comban por humedad, los libros dispuestos en montaña,

libros que son como el cuerpo:

los observas cada día, quieres leerlos, poseer su sabiduría,

los miras, como te miras las manos,

las piernas, los antebrazos:

reconoces la belleza de tu piel, el bronceado.

Casi todos poseen alguna marca de lectura,

esa impronta que te dejarán marcada si los terminas.

Arrecia la lluvia, anunciada, proclamada, avisada,

todo se detiene, también tú te detienes.

Poema 459: #Se acabó

#Se acabó

Vergüenza y desilusión momentánea,

en las formas, en las ideas y el fondo,

ese que él no ha sido capaz aún de comprender,

testosterona alta de machos enaltecidos,

las formas más burdas de dominación.

–Yo soy un dios y me debéis vuestras ofrendas–

La culpa es de ella que me provocó,

los hechos se han tergiversado de forma idiota,

en mi reinado omnímodo esto es una nimiedad.

El mecanismo de la destitución está en marcha.

La reputación del individuo alcanza el nivel cero

mientras renueva y dispensa prebendas a sus palmeros.

Me agarro mis caprichos, que valen una fortuna,

la que cobro cada mes a razón de dos mil euros diarios.

Si hubiera suerte, arrastraría tras de sí toda la estructura,

la que durante años ha taponado la igualdad

que hoy se filtra entre los dedos en adhesiones.

La inteligencia social dice que esto es un avance,

una catarsis de las masas, una indignación colectiva,

el paradigma de un cambio estructural,

un salto cuántico en la percepción de la desigualdad.

Optimista, no me cabe duda de la conversión masiva,

esa pequeña luz feminista que se enciende y todo se ilumina.

Crece el enojo y aumentan la solidaridad explícita,

mientras se hace visible la cobarde cortedad

de quienes, pudiendo ser faro y guía, guardan silencio.

El fútbol era el último gran reducto del atavismo machista,

va a ser revisado hasta el más recóndito rincón;

ansiamos y esperamos el cambio de las estructuras,

el modelo para niñas y niños,

la ejemplar sanción al patriarcado ignorante,

el triunfo de la igualdad tanto tiempo añorada.

Poema 458: La línea del tiempo

La línea del tiempo

La línea del tiempo es singular,

me lleva y me trae, entre olvidos

ocupaciones y preocupaciones varias,

mi infancia y adolescencia parecen estar

a un tiro de piedra del recuerdo,

recuperables siempre,

así como las personas queridas que murieron.

La inercia se encarga del resto:

estoy y participo y disfruto el instante,

sin fijar los momentos, llenos de fotografías

e incluso de algún poema también inercial.

El móvil me absorbe el cuarenta por cien de todo,

pegado a mí participa en debates, recuerdos,

menciones, imágenes, citas y referencias.

Ocupamos el mismo espacio que ocupábamos:

¿Durante cuánto tiempo?

¿Qué reminiscencias leves quedarán tras de mí?

La calle y la noche son ahora de otros jóvenes,

también la alegría desbocada sin horizonte,

el desconocimiento de la fugacidad,

la huida hacia adelante renovada por generaciones.

El tiempo jibarizado en una exposición aleatoria,

recortes de hitos y recuerdos macabros,

la forma de sostener una comunidad inconexa.

En mi recuerdo se producen pliegues extraños,

atajos a momentos vitales estelares

insignificantes en el cómputo global comunitario.

Las líneas siguen un relato simplificado,

más allá de la losa de tristeza que duró un instante

una emoción y unas palabras íntimas y profundas,

la conexión y el llamamiento comunitario

a un pensamiento conjunto de misticismo y elevación.

El tiempo es un espacio topológico que puedo deformar

una goma maleable, deformable, plegable,

pero finita e irrompible, y finalmente inexorable.

Poema 457: Rayo fulminante

Rayo fulminante

                        Para Miguel Ángel

que siempre ayudaba a todo el mundo.

Llegó, –tensa espera–, fulminante,

cuando el ascenso parecía esperanza

creando un desorden temprano,

un vórtice en todo cuanto ocupaba.

Suma de excesivos recuerdos, cariño,

fórmulas de cortesía y palabras profundas

que atañen al lado pragmático de la vida.

Casa faro y luz en la esquina emblemática,

guía y consejero, gran hacedor, solucionador,

infatigable vecino, pariente y amigo.

Temperamento y voces extemporáneas,

nervio puro, eslabón y memoria,

defensa del menos común de los sentidos.

Indefensos y embriagados por su ausencia

velamos humildemente familia y obra,

un tiempo difícil y repleto de boquetes.

El rayo fulminante cayó inesperado,

convirtió en luto la celebración,

interrumpió la senda, ya apacible,

de contemplar los frutos de su amor.