Poema 527: En el aire

En el aire

En el aire estuvieron las acrobacias,

llegaron a toda velocidad tras una tarde de lectura,

las cervicales, el esfuerzo por no tener gafas de cerca,

el orgullo de atravesar raudo la ciudad en bicicleta.

Pasan los acontecimientos apresurados,

con una leve percepción de la intensidad,

del momento tan especial que supone cada acto.

Me demoro en la escritura de algunos detalles,

un paseo soleado por el canal, una piña verde,

el final del curso sostenido durante varias semanas,

celebraciones, conciertos, lecturas, palabras,

un diálogo de vital importancia en una minúscula vida,

la nimiedad de la propia existencia.

El equilibrio de la mente, del peso de cada acontecimiento,

quitarte los asuntos de encima como piezas de un tetris,

encajar absurdos y huecos lo mejor posible

aquellos hechos sobrevenidos, veloces, imparables.

En el aire comprendes el riesgo, la habilidad extrema,

el peso psicológico de cuanto sujetas en tierra,

te esfuerzas por la estética y el ritmo y la música,

despejas todo lo accesorio, te encuentras a ti misma.

Entrevés las nubes extrañas en el cuasi solsticio,

te preparas para captar ese instante de belleza fotográfica,

e inmediatamente incorporarte a la corriente cotidiana:

cenas, logística, aprovisionamiento;

desearías estar en el círculo del arcaico sepulcro de corredor

apenas marcado ya con unas piedras,

visible desde el valle, olor a cereal y a tierra húmeda,

sentir la luz, la caída de la tarde, la noche, la soledad

e incluso el miedo atávico a cualquier alimaña.

Poema 420: Balance y final

Balance y final

Y la guerra es un bulbo,

exportable, lozano, un oscuro tubérculo

que arraiga en cualquier lodo.

                                    Aurora Luque en “Un número finito de veranos

Empezó el año con el mar

y unas temperaturas nunca esperadas.

Después fue El Viaje,

prepararlo, rememorar veinticinco años atrás,

planos, lugares, el Danubio.

Aún no había viaje, pero ya estaba viajando.

Entre tanto hubo música, conciertos, variaciones,

un pianista arrebatado,

una visita importante que se plasmó en el poema

sobre los pájaros que huyen del lúpulo.

Corrimos entre los pinos y la amistad una vez más.

Los castillos del Loira nos invitaron a soltar mascarillas,

a enmudecer ante el lujo y la magnificencia.

Despertaba la primavera y con ella la guerra,

el horror tan cerca, la incongruencia,

el beneficio de pocos y el desastre de todos.

En mayo descubrí los Zumacales, la magia

de un enterramiento prehistórico, el lugar sagrado,

la naturaleza en el valle de las Batuecas,

los pequeños eremitorios diseminados por la montaña.

Toda la naturaleza se llenó de amapolas y calor;

leí Como guardar ceniza en el pecho,

un festín literario lleno de feminismo y resistencia.

El Rey León en el que actuaba mi hija

creció lleno de baile y color.

Safo en Mérida entre el calor asfixiante

me llegó como un relato lleno de deseo y amor.

Hubo lesiones, fiebre, permanencia,

y sin pausa aparecieron las bicicletas rojas y amarillas,

la consciencia del viaje multitudinario,

días felices en los que todo salía mejor de lo planeado.

Permanecí en agosto mirando cielos, ruinas romanas,

ríos en los que apagar el calor inconmensurable,

un teatro y otra vez el mar nudista entre brezos violetas.

Hubo muertes mediáticas y cambios en el paisaje,

de nuevo la Amistad del corredor poema atemporal,

conversaciones sobre futuros inciertos, música india,

una campana y llegó, luctuosa, La herida matemática.

Noviembre fue un mes de belleza extrema en el Otoño Mágico,

lleno de acontecimientos, de ruido político, de poesía vital y setas.

Se termina el año con arte, con cielos, con fútbol,

lecturas, documentales que son una maravilla de hitos culturales.

Todo se sostiene por hilos invisibles, emoción poética,

formas que son miradas por ojos enfocados y atentos,

las sorpresas de cada día y la esperanza optimista

de fuerza incalculable, inmerecida y deslumbrante.

Poema 381: Los Zumacales

Los Zumacales

Era un nombre mítico que una vez memoricé,

un lugar aún sin imágenes,

el caminar con mirada pintora de Cuadrado-Lomas.

Y estaba ahí, cada día lo visitan decenas de personas

que buscan un atisbo de espiritualidad,

conocer el mágico lugar de enterramiento

desde el que se observan colinas, valles, un río caudaloso,

toda la primavera parcelada de cereal.

Aquel túmulo era un lugar sagrado

en el que se honraba a los ancestros:

meditar, sentir, asumir la propia identidad,

una forma de cohesión social

y una ordenación del territorio a ese lado del Pisuerga.

Hace cuatro mil años todo el clan se unió

en la descomunal tarea de arquitectura funeraria,

un gasto energético ajeno a la supervivencia

o quizás fundamental para la convivencia serena.

Hoy contemplo con reverencia esas piedras,

el lugar elegido, casi centro de peregrinación secreta,

expuestos los huesos y la industria lítica en un museo,

rodeado el paraje de un halo legendario.

Soy un poco más minúsculo que ayer,

integrado en esta tierra de supervivencia,

en esta maravilla conservada y excavada a conciencia,

heredero de espíritus que aullaron al viento desde aquí.