Poema 690: Geometría helada

Geometría helada

Geometría del hielo cencellada

cortado el paisaje talud carretera

ahí incide el frío extremo

parpadea en el salpicadero el signo negativo

plantas inútiles como tantas vidas

se embellecen en tensiones mínimas

-flota el hielo en el agua- dijo el hijo

la densidad siempre la densidad

el mar de placas solares triste en la niebla

Debussy el fauno mínimos destellos

mi padre como excusa para el vino

estrellas fractales invisibles sé que estáis ahí

curvas de Von Koch

pájaros ahuecados orondos pesan en el cable

ya catenaria eléctrica densa

se cuela en los huesos esa humedad subrepticia

otros fríos imaginarios de antaño

chuzos y sabañones dijo mi padre

el lavajo helado dejaba sin abrevar a las bestias

y todos los damnificados del invierno

ninguna geometría es como parece

ni como fue.

Poema 648: Vacaciones

Vacaciones

Los días se suceden en una rutina placentera

en la que los sobresaltos son mínimas alteraciones

de la meseta rodeada de lagos y montañas.

Los estados de ánimo son cambiantes

dentro de una onda sinusoidal bastante aplanada,

cumbres lectoras, conversaciones,

un baño helado solitario desnudo en un paraje recóndito,

la canción oportuna en un momento de reposo.

Los valles mínimos anímicos llegan como contrapunto

a esos momentos sensoriales en los que nada sucede.

El calor soslayable con agua fría y sombras centenarias

aplana toda disidencia discursiva

en el interior de este mundo natural de cantos de gallo

de grillos y chicharras, de aves que se conciertan en el ocaso.

Al levantar la vista todo es verde, oloroso, inalcanzable;

los habitantes-hormiga domeñan frutales y huertos,

dan de comer a sus cabras para después ordeñarlas,

comercian con el fruto de su esfuerzo ancestral.

En este silencio lleno de ruidos apenas hay vehículos,

los pensamientos de intendencia nivelan ancianos volcanes,

vacuidades pasadas o futuras, proyectos más o menos arriesgados.

Los círculos concéntricos se completan con cierta tolerancia,

con la mirada miope y olvidadiza que desenfoca el deseo

de otros parajes, otras latitudes y otros azules yodados.

Permanecer durante un tiempo indefinido y ateo

es la única misión de las circunvoluciones cerebrales.

Poema 554: Septiembre, despunta el día

Septiembre, despunta el día

Un amanecer entre coches, luz:

se abre paso entre las tinieblas

horizonte, cerro testigo, frenos rojos,

aún la música de los Proms veraniega

en la emisora clásica,

rostros recién aclarados en vehículos rivales

la ebullición de la aurora en la mente

y la visualización de las tareas diarias.

El trazado visual del GPS en modo nocturno

de aquel pueblo intermedio lagunar

evocaba una tela de araña expansiva

que tenía atrapados dentro a sus habitantes.

Dos corzos cotidianos saltan delante

¿qué probabilidad hay de que los atropelle?

¿Cuántos albores aún contemplaré?

He sonreído tras el trampantojo de la belleza,

tristes miradas alienadas,

el espectáculo de los pájaros

tendidos en los cables, ateridos o expectantes.

Poema 436: Soledad

Soledad

Non, je ne suis jamais seul

avec ma solitude

                        Georges Moustaki

La soledad hay que cuidarla y trabajarla,

darle una salida,

alfombra roja llena de flashes,

destellos de belleza y amor.

Hay que pintarla de colores hermosos,

llenarla de cantos de pájaros en primavera,

de nubes irisadas, de arrebol.

Toda una vida cuidando la soledad,

mínimos destierros, sonrisas en el espejo,

el ánimo vulnerable protegido por la infantería,

los caminos aleatorios rebosantes de amapolas,

el detalle nimio de una planta olorosa,

y esa presencia de sosquín en las redes sociales.

A veces te alcanza cuando no la deseas

y conjurarla es un arte innoble,

una cocina desordenada y sucia,

ausencia sinfónica de ruidos amigos.

Será, –como dice Moustaki–, tu última compañía,

la que regará tus desiertos

y volverá la noche confortable y placentera,

la presencia ausente de errores y recuerdos,

dulce compañía rebosante de felicidad.

Poema 434: Viernes Santo

Viernes Santo

En el aire de esta primavera florida

están los pájaros devoradores de flores

perseguidos por mi padre el día de su cumpleaños.

Leo poesía desconsolada, corpórea, enferma,

angustiada de vivir en una enfermedad imaginada,

mientras un rayo visible me enfoca a Leonora,

el monumental canto del catálogo:

los días que se vuelven mágicos en el recuerdo.

La descripción tamizada por el intelecto

es un arma poética impagable,

hipocondría mejorada, decenas de detalles hogareños,

recuerdos, el aleve pensamiento inestable

que pasa y ya no será recordado.

Vienen imágenes nocturnas de desfiles,

de penitentes descalzos con los hombros magullados

por el peso de esculturas centenarias,

un bobo inútil y anacrónico presidiendo la talla suprema,

mejorando la tesis en la que me reafirmo

sin haberla terminado: isla cultural aquella SEMINCI.

Reflexiono sobre el sentido de comunidad,

de pertenencia y sentimiento fraterno,

un sentido vital oculto en la palma de la mano,

colores y costumbres que perduran

destronadas por la seguridad social universal.

El capirote que posee el poder de parar y reanudar,

brilla con todo su esplendor en la masa uniforme:

horas estáticas de peregrinación

en caminos repetidos unas decenas de veces.

Música y arte popular, expresión coral consuetudinaria,

silencio y respeto, más allá de las creencias.

El movimiento ingente de voluntades

induce pensamientos de colectividad evolutiva.

Poema 383: Los pájaros muertos

Los pájaros muertos

El primero lo encontré al pie de la terraza lectora;

habían desaparecido la dueña y  la butaca,

todo el invierno aguantando el hielo

con la rebeca en las rodillas.

Será un mal augurio, un pájaro muerto.

Moriría por un golpe de calor

o por la gripe de los pájaros.

El segundo lo vi desde la bicicleta;

parecía un disparo,

el pecho abierto y la sangre coagulada.

Me invadió una pena extraña:

de surcar el cielo con planeo elegante

a yacer sin vida en el suelo gris.

Los siguientes que vi ya no tenían razón de ser,

demasiados, diseminados aquí y allá

en calles céntricas o en parques concurridos,

ajenos a la mirada de los transeúntes.

Pensé en la guerra lejana o en una epidemia,

en el equilibrio de las especies,

en insecticidas o herbicidas mortíferos.

Solo até cabos cuando la luz sepia de media mañana

se instaló como una losa sobre la ciudad.

Poema 373: Ruinas

Ruinas

Aquella cabaña de adobe que una vez te cautivó

es ahora una ruina,

dentro de poco será un vestigio abandonado

volverá a ser parte de la tierra.

El pozo quedará al descubierto en un rincón,

un residuo de la edad que castiga tu cara,

tus músculos, la velocidad del pensamiento.

Los tiempos de esplendor han pasado,

la fealdad invade los solares descuidados

al igual que los recuerdos.

Los árboles no son iguales, ni las personas

ni tampoco los animales.

Algunas casas mantienen aún la forma

con la que fueron construidas hace cien años.

Entretenido en estas ocupaciones estéticas,

llegan imágenes terribles de la guerra:

cadáveres, destrucción y chatarra,

como si aún ignorásemos que no era un videojuego.

La ruina moral de quien ve su vida comprometida

no atiende a nostalgias y abandonos.

Se detiene el tiempo y entonces surge una melodía

de pájaros que se requiebran y envanecen,

música para el oído tras un silencio atroz e inmarcesible.

El horror son solo imágenes televisadas

que apenas interferirán en tu vida diaria.

Poema 372: Los pájaros huyen del lúpulo

Los pájaros huyen del lúpulo

A mi amigo Paco, para quien el tiempo

transcurre apaciblemente

La música de la memoria permanece intacta

en la madre casi nonagenaria;

ahueca los labios para pronunciar palabras

deliciosas sobre las que cabalgan recuerdos:

Acolumbraban  la tierra o achisbaban con el fuelle,

argayábanse los praos o áquel estaba hecho un peizo.

Cuando pusieron las trepas y sulfataron

desaparecieron los trigaleros y las golondrinas.

Él se toca las manos las mueve, mientas escucha,

sus expresiones no han cambiado,

ni siquiera la luz de sus ojos tras las gafas.

Horas más tarde, el canto de los pájaros en el plantío

me hará recordar la placidez y la calma,

la risa alegre y las afirmaciones inconsistentes,

las pequeñas seguridades del camino conocido.

Ha vuelto el lúpulo a la vega pero la margaza

casi no se da aunque escojaron con otras plantas.

No recuerda, pero quizás los timbres de voz

o las palabras de la madre, o la casa viva y feliz

le protejan de la oscuridad progresiva.

Poema 363: Hastío

Hastío

En el hastío hay silencio

una nota de música es una gota de color

rojo en medio de una niebla pucelana,

el canto de un pájaro simultáneo

en los oídos cómplices de una pareja.

Respiras el aire filtrado de la ciudad

caminas y caminas, estación, cuarteles abandonados

tal vez te aventuras por la antigua judería

una hermosa casa muy simple

rodeada de toda la ciudad.

Ha dejado de interesarte el poema que lees

por una conversación en una mesa ajena,

qué crítica mordaz a la familia

cuánto desprecio en las palabras comadreadas,

un desahogo en medio de la nada.

Hay un rumbo débil hacia el que te diriges

dando rodeos, siguiendo hilos torpes

deslavazados, incompletos:

te detienes a comprar algo de comida

en el más triste de los supermercados vacíos.

Una ventana con luz y sin cortinas

es un acontecimiento que ilumina la tarde,

el libro al que te aferras te ancla al mundo

como si en él habitara el mejor de los regalos

y tal vez sí: la melodía agotada de una vida plena.

A la luz del día, ha desaparecido el árbol

que tanto te gustaba,

las máquinas, grúas, camiones, escriben sus rutinas,

caminos y tareas grises sin alma ni música ni olor,

solo en tus ojos cobra vida la trasparencia mundana.

Poema 346: Contrapesos

Contrapesos

–Qué cansado es ser feliz– dijo mi hija

en uno de esos momentos de inspiración poética

que tiene desde muy pequeña.

¡Cuánto pesa la belleza!, leo en Louise Glück

y entonces me asomo al ventanal del salón

y observo el paseo de la alcoholera

el cielo gris y las hojas alfombrando el césped

una hora después de haber amanecido

en esta víspera de Todos los Santos.

Ahí está la belleza, aquí está la felicidad.

Llovizna y las copas arbóreas se mecen suavemente;

un señor corpulento, quizás octogenario,

camina con una bolsa de tela en la mano,

indiferente al peso del otoño.

La felicidad puede haber sido leer un poema

o terminar este.

Puede haber sido recordar el cariño que has sentido

en tus días de fiebre,

o la fuerza global de un diálogo ideológico con tu hijo.

Narras buscando palabras que acaban conformando

historias en tu cabeza,

y esa realidad es más potente que el ruido de los coches

o la suciedad del asfalto

o los tóxicos tejados de fibrocemento.

En el cielo gris del otoño destacan las escuadrillas de pájaros,

también las grúas;

un perro dálmata corretea por entre las hojas,

busca rastros y marca el territorio;

el dueño con pantalón rojo, recoge sus excrementos.

Todo se ha llenado de luz tras la lluvia,

en unas horas los árboles protagonizan cada paisaje,

el aire húmedo y oloroso es una medicina natural.

Sonrío de forma idiota apoyado en el alféizar.